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miércoles, 5 de febrero de 2014

"En el bosque, bajo los cerezos en flor", de Ango Sakaguchi


Cada vez estoy más fascinado con la labor editorial de la gijonesa Satori Ediciones, que se ha empeñado en dar a conocer al lector hispanohablante esos tesorillos de la literatura japonesa que hasta ahora habían permanecido ocultos en la caverna del desconocimiento generalizado (al menos más allá de Japón), bien porque sus autores no tienen el suficiente caché como para que sus obras resulten vendibles en España (por aquellas tierras, si eres japonés y quieres que te lean incondicionalmente, tienes que llamarte Haruki Murakami), bien porque tocaban temas de escaso interés (o de elevadísimo interés, pero solo para determinadas minorías o hermandades otaku-frikis).
 
Pero los de Satori no incurren ni en la mediocridad ni en el convencionalismo tan arraigado en el sector editorial español; al contrario, se ponen el mundo por montera (o por hachimaki), agarran al toro (o al oni) por los cuernos y nos acercan figuras literarias como la de Ango Sakaguchi (1909-1955), todo un descubrimiento (al menos para mí lo ha sido).
 
En un solo volumen, bajo el título de En el bosque, bajo los cerezos en flor, los de Satori nos proporcionan tres relatos representativos del arte literario de Sakaguchi, que se revela ante el lector como todo un maestro del género del terror y la fantasía más delirante. Tras los tres cuentos se puede leer un epílogo biográfico a cargo de Jesús Palacios, aunque yo recomiendo que, si no se sabe mucho sobre Sakaguchi, se lea antes de los relatos a modo de prólogo, pues sus páginas resultarán de lo más esclarecedoras. Por ejemplo, descubrirás que Sakaguchi era un personaje de lo más singular, pero que a su vez, y como vulgarmente se dice, los tenía bastante bien puestos, pues en plena Segunda Guerra Mundial (1942) se ponía a cuestionar en un artículo asuntos como el nacionalismo, el patriotismo o los valores tradicionales japoneses que a veces se colocaban por encima de otros valores que podían resultar más beneficiosos para el bienestar del conjunto de la población, algo que, es obvio decirlo, no podía beneficiar en nada al bienestar de Sakaguchi en aquellos oscuros tiempos. No contento con eso, y ya en tiempos de posguerra (1946), escribe otro superpolémico artículo sobre la decadencia de la cultura japonesa, que me imagino que era justo lo que muchos japoneses no tenían ganas de leer en ese preciso momento, incluso aunque estuviesen de acuerdo.
 
La verdad es que me gustaría leer en el futuro este par de ensayos, pues seguramente dicen tanto o más de su autor que los relatos de terror, magníficos pese a todo. Pero es que ese pensamiento nihilista y poco amigo de la realidad y el tiempo que a su titular le tocó vivir se va a ver reflejado en los artículos de no ficción, y será sin duda el motivo que lleve a Sakaguchi a encontrar refugio en la fantasía y en la recreación de mundos terroríficos ambientados en un Japón que respira irrealidad y fundamento histórico a partes iguales y que ya no es el Japón sombrío de los inicios de la era Showa. No menos cierto (lo cuenta también Palacios en el epílogo) es que Sakaguchi se amparaba también en otros refugios paralelos como el philopon, una droga de diseño que causó verdaderos estragos en el Japón de posguerra y que forma parte de esas muchas cosas que nunca verás escritas en los libros de historia nipones, aunque si la verás mencionada en trabajos mucho más transparentes e intelectualmente honestos sobre la época, como en la monumental saga cinematográfica Battles Without Honor and Humanity, de Kinji Fukasaku. Quién sabe lo que tales coqueteos con lo tóxico pudieron proporcionar a Sakaguchi en cuanto a originalidad y tremendismo.
 
De las tres historias que integran el volumen, la que más me ha convencido es la primera, que da título al libro, y nos describe a la mujer fatal perfecta, algo que también se le daba muy bien al escritor japonés Tanizaki, y la verdad es que pueden llegar a dejar bastante mal paradas a la Naná de Zola, la Sónnica de Blasco Ibáñez o la Lolita de Nabokov. Y tampoco tiene precio la figura del bandido rural calzonazos que se apodera de esta mujer en uno de sus asaltos, pero que finalmente acaba haciendo todo lo que a ella le viene en gana. Quizás como la vida misma; tal vez lo más fantástico de la literatura fantástica radica en que puede llegar a ser menos fantástica de lo que parece.
 

martes, 28 de enero de 2014

"Relatos japoneses de misterio e imaginación", de Edogawa Rampo


La Navidad te brinda tiempo para visitar librerías y allí hacer descubrimientos literarios de lo más gratos y fortuitos, de esos que no se consiguen ni recurriendo a las revistas que hacen eco de las novedades editoriales, ni navegando en mil páginas web o bitácoras dedicadas al mundo de los libros, sino simplemente dándote de narices con una portada cuyo título o diseño, por la razón que sea, te sugiere algo. El placer de recorrer las estanterías de una librería y encontrar un autor y un título desconocido pero cuya lectura piensas que va a merecer la pena, adquirirlo, leerlo y comprobar que tenías razón y que te estabas perdiendo algo, es uno de esos escasos placeres que la vida nos sigue proporcionando a quienes ya empezamos a tener una edad en que todo lo placentero va paulatinamente ingresando en el terreno de lo mítico, de lo poco probable o de lo apenas perceptible.
 
En esta ocasión, una portada con el dibujo de una japonesa de ojos alienantemente almendrados y ataviada con un quimono, acompañada a la derecha del nombre de Edogawa Rampo (1894-1965), maestro de la literatura de misterio y fantástica japonesa, bastó para que me pusiera a ojear y hojear el ejemplar y pocos minutos después me dirigiera a la caja.
 
No me defraudó en absoluto la adquisición compulsiva que, bajo el título de Relatos japoneses de misterio e imaginación, contiene en sus páginas una selección de nueve relatos de Rampo. En las pocas horas que tardé en leerlo, Edogawa Rampo me proporcionó unas nutridas raciones de emociones fuertes y de un misterio como los de antes, de corte clásico, de esos cuya lectura resultaría de provecho en los talleres literarios, brillantes ejemplos de lo que es hacer un cuento como dios manda, como los de su admirado e imitado Edgar Allan Poe… por cierto, no sabía que el nombre de Edogawa Rampo es en realidad un seudónimo que procede de la lectura en katakana del nombre del autor estadounidense por el que el japonés sentía verdadera devoción. Ese detalle lo cuenta, entre otras muchas cosas, Antonio Ballesteros González en su prólogo a esta edición, publicada por Jaguar, traducida por Juan José Pulido (me temo que desde el inglés, que no del japonés), y fenomenalmente ilustrada bajo un convincente minimalismo cromático de dos tintas (la negra y la roja) por Leticia Vera. Insisto en que me he enamorado de la japonesa de portada (ahora entiendo a los que pretenden casarse con personajes de manga o anime), pero os aseguro que el resto de las ilustraciones tampoco os van a dejar fríos, sino todo lo contrario: creo que han sido todo un acierto, pues contribuyen a intensificar el clímax de inquietud y de miedo que requieren las historias de Rampo.
 
Por comentar los relatos que mayor impresión me han causado, destaco el primero de ellos, La butaca humana. A caballo entre el sueño y la realidad, resulta inquietante la historia de este carpintero que decide ocultarse dentro de una de sus butacas para entrar en contacto con los cuerpos de quienes se sientan en ella. El final es bastante anticlimático, de esos que te cortan el buen rollo, de los que te recomiendan en los talleres de escritura que hay que evitar a toda cosa, pero todo se le puede perdonar a un gran maestro como Edogawa Rampo, incluso finales así.
 
A La oruga le tenía yo ganas ya que hace unos pocos años vi la película Caterpillar (Kôji Wakamatsu, 2010), basada en este cuento de Rampo. No voy a menospreciar el filme, que también me dejó acongojado por describir el contexto bélico en una aldea japonesa adonde regresa un héroe mutilado que es recibido por sus paisanos poco menos que como una semidivinidad y cuya abnegada esposa se encarga de cuidar de él día y noche aunque él se porta bastante mal con ella. Pero es que el cuento de Rampo se ve desde otra óptica, que es la de una mujer que de abnegada no tiene mucho, y de la que sabemos que ya desde niña gustaba de abusar de los débiles, lo que llevará a una exposición de los hechos bien distinta a la que Wakamatsu nos sirvió en su largometraje. Pero bien por ambos, escritor y director.
 
El test psicológico trata con brillantez el tópico de la imposibilidad del crimen perfecto, en el que solo creen algunos escritores, sobre todo de novela negra, porque les viene muy bien para hilvanar sus relatos, pero vive Dios que el crimen perfecto existe; no hay más que repasar la actualidad política y económica de un país como España y ver a tanto hijoputa suelto en la calle y hasta con cargo político para darse cuenta y derribar el mito. Rampo ofrece guiños al Crimen y castigo dostoievskiano, el clásico del negacionismo del crimen perfecto.
 
La cámara roja me encantó también por lo que tiene de sátira hacia los clubes del misterio en los que cuatro pedantes se ponen a contar “historias para no dormir” a los alelados que las quieran escuchar (algo así como lo que sucede en cierto programa de la Cadena SER que emiten en la madrugada de los fines de semana). A ver si alguna madrugada de estas reciben una llamada de alguien similar al protagonista de La cámara roja y nos divertimos un poco.
 
En definitiva, uno de esos libros que pueden ser fantásticos como regalo (incluso para regalárselo a uno mismo). Ahora que las nuevas generaciones han redescubierto a Poe (y han hecho muy requetebién), Edogawa Rampo entra dentro de la onda imperante y visto desde el presente resulta fresco, actual, vigente, tan convincente o más que hace tres cuartos de siglo.