lunes, 27 de mayo de 2013

"Shogun", de James Clavell



Este es un libro al que llegué, una vez más, gracias al enorme servicio literario que ofrece la tertulia de Kenzi Guerrero, a la que solo asisto con el corazón, pero algo es algo. Es un libro que, de no ser porque está siendo objeto de debate en esa tertulia, seguramente no habría leído en mi vida, y todo por una insana mezcla de pasividad, indiferencia, prejuicios y otras demencias. Ya sabéis, que si es un best seller, que si lo ha escrito un gaijin que para colmo se dedica a poner a caldo a los japoneses de hace 400 años y a retratarlos como siniestros personajes de katanas tomar…

Y bueno, tras la lectura de Shogun (1975) no he llegado a caer en el más eufórico de los entusiasmo ni a lamentar lo mucho que me estaba perdiendo, pero tampoco he tenido la acerba sensación del que irreversiblemente ha visto como una parte sustancial del tiempo de su existencia ha sido irreversiblemente agotada tras haber sido invertida en una actividad poco enriquecedora o infructuosa.

Nada de eso. Esta aventura ha merecido la pena, como supongo que también al navegante inglés William Adams (1564-1620) le compensó sufrir lo suyo en 1600 y años posteriores, durante su estancia forzosa en Japón a raíz de un viaje accidentado por el Pacífico, con tifones y persecuciones de españoles y portugueses, que le hicieron arribar con su nave a las costas niponas. En la novela el histórico Adams adquiere cuerpo de ficción bajo el nombre de John Blackthorne (sí, el que interpretaba Richard Chamberlain en la serie de televisión que luego hicieron), personaje protagónico que ha de participar lo quiera o no en un oscuro juego de relaciones y de feroces intereses locales e internacionales (señores feudales japoneses que ansían controlar el país, portugueses que quieren seguir teniendo la exclusiva en el comercio exterior, holandeses e ingleses que pretenden llevarse el gato al agua, etc.).

Bueno, no pienso detenerme más en la compleja y dilatada trama que da para mil y pico páginas y que a veces resulta algo costosa de digerir, con tanto diálogo prolongado y tanto personaje y acontecimiento, con tanta inclusión de palabras y expresiones japonesas incrustadas en el texto original inglés o su traducción al español; un recurso que, dicho sea de paso, resulta algo artificioso e innecesario para mi gusto, pues no es que esos “nee” o “sumimasen” aporten algo a la comprensión general del texto; más bien lo que hacen es liar al lector y resultan, insisto, algo artificiales; digo yo que ya podía haber puesto también los diálogos en portugués y latín, ya que esa es la lengua que generalmente emplea Blackthorne cuando habla con sus interlocutores nipones). También, como sería lo deseable en una buena novela histórica (esta me parece regular; le falta un hervor para ser buena), se echa de menos una mayor presencia de descripciones de ambientes, de espacios geográficos, de batallas. He visto poca maestría en ese aspecto por parte de James Clavell, la que le sobra para generar diálogos y ahondar en la mentalidad de los japoneses y europeos de la época. Es una novela que estudia la psicología colectiva y personal de las gentes que vivieron en ese momento y en ese lugar; triunfa la narrativa, la electrizante acción y la enumeración de hechos, pero falla en cierta medida la ambientación, muy superficial (gran fallo en alguien que procede del mundo del guión cinematográfico), como si Clavell diera por supuesto que el lector la conoce, la domina, no así la situación política y económica del momento, que no duda en presentarnos con todo lujo de detalles.

Pero precisamente por eso mismo, por lo que tiene de bueno, de instructivo, de ameno, no hay que caer en el descuido de dejar de leer Shogun

Hay varias ediciones en papel, todas ellas archiagotadas y archidescatalogadas, así que descárguensela de Internet sin el menor cargo de conciencia.

martes, 14 de mayo de 2013

"Vita sexualis", de Ôgai Mori



Vita sexualis: un título prometedor, incluso si no se sabe latín. Y me imagino que el Japón de 1909, momento en que esta novela de Ôgai Mori vio la luz, pocos eran los japoneses que dominaban la lengua de Cicerón, o tenían al menos las nociones suficientes como para deducir el significado del título. Pero con ese título es como se publicó originalmente esta novela hace poco más de un siglo. Sabiendo, además, que las autoridades retiraron de la circulación el texto por considerarlo moralmente inadecuado, uno llega a pensar que la obra no pasó de ningún modo desapercibida. Por ese mismo motivo esperaba encontrarme con unas páginas de esas que a veces vienen convencionalmente a llamar “escandalosas”, a pesar de que ya hay pocas cosas, si no ninguna, que nos escandalicen en materia de sexo a estas alturas de la película. Sin embargo, empiezo a leer el prólogo de Kayoko Takagi en la edición española de Trotta, y en él se advierte de que no hay tales motivos para el rubor, y que quizás se pasaron unos cuantos pueblos censurando este trabajo en su época (solía pasar, y no solo en Japón). Es más, se nos indica que el lector de Vita sexualis se dispone a iniciar una lectura reflexiva, en la que básicamente se trata de demostrar la importancia que el sexo llega a tener a lo largo de nuestras vidas; una de esas obviedades que hasta fechas no demasiado remotas se ha estado viendo como una verdad incómoda. Y se ve que Ôgai Mori metió el dedo en una de las llagas que laceraba el cuerpo de la paradójica era Meiji, a ratos occidental, a ratos oriental; en ocasiones desinhibida, pero en otras puritana; por momentos moderna, por momentos tradicional y conservadora; libre y tolerante para unas cosas, censora y restrictiva para otras.

Lo que uno se encuentra al leer Vita sexualis es un texto contado en primera persona y que puede que tenga mucho de autobiográfico. El filósofo ficticio Shizuka Kanai se presta a contarnos todo lo que de sexual ha tenido su vida, desde la tierna edad de seis años hasta los veintiuno. Concebida por el propio Ôgai Mori como una crítica, no exenta de parodia, hacia el Naturalismo literario, la obra ante todo lo que ofrece es mucho sentido del humor. (humor a la japonesa, humor de hace más de un siglo, pero humor al fin y al cabo). Por ese mismo detalle, me ha recordado mucho a Soy un gato, la memorable novela de Sôseki Natsume; no en vano, y por si quedaban dudas, en el capítulo introductorio de Vita sexualis se cuenta que “(Shizuka) Kanai leyó (Soy un gato) con enorme interés, hasta el punto de sentirse estimulado por ella”. Luego, en el siguiente párrafo, y por si también cabían dudas del antinaturalismo de Ôgai Mori, se dedica a poner a parir a Germinal de Zola porque insinúa que las escenas sexuales que aparecen en la citada novela no vienen a cuento… O sea, que como en Yo, el gato, Mori aprovecha las páginas de Vita sexualis para exorcizar sus fantasmas literarios, para quedarse bien a gusto, en otras palabras, combatiendo al enemigo con sus propias armas: las armas del shishôsetsu o novela del “yo”. Bueno, me gusta el resultado; ese “yo” sarcástico que se desnuda a todos los niveles y nos permite entender algo más de los códigos sexuales de un lugar y un tiempo. Una discreta joya literaria que no hay que dejar de leer.

La edición, como ya he dicho, es de Trotta, con traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo.


martes, 23 de abril de 2013

"Una extraña historia al este del río", de Nagai Kafû



Esto era otra cosa. Me reconcilio con la pluma de Nagai Kafû después de leer Una extraña historia al este del río (1937), novela corta mucha más elaborada que Durante las lluvias, con la que comparte volumen en su edición en español, publicada por Satori. Ahora he podido entender los elogios que Carlos Rubio le dedicaba a Nagai Kafû en su introducción a estos dos trabajos. Y aunque sigo viéndolo algo alejado de la categoría de genio, ahora me parece un poco más próximo a esa condición.

Como obra de madurez que era (Nagai Kafû tenía 58 años cuando se publicó), Una extraña historia al este del río ofrece elementos de calidad literaria y aspiraciones técnicas y estéticas que van mucho más allá de la mera descripción de los ambientes y espacios más característicos del Japón putero y libertino de los primeros años de la era Showa. Por supuesto que también hay mucho de eso, pero la cosa no se queda ahí y aspira a alcanzar otros horizontes. De momento, nos encontramos con un sugerente planteamiento metaliterario, bajo el pretexto de la historia de un escritor que se enamora de una prostituta, a la par que trata de escribir una novela. Así, entre episodio y episodio transcurrido en los bajos fondos tokiotas, el protagonista va proporcionando al lector detalles sobre su proceder como escritor e incrustando en el texto fragmentos de la novela que está componiendo.

En definitiva, un ejercicio original, complejo y altamente autobiográfico, con aires de innovación y de vanguardia, con aromas a esos autores franceses que Nagai Kafû tanto admiraba. Y es que, a medida que iba leyendo Una extraña historia al este del río, por mi cabeza iban pasando recuerdos vagos pero elocuentes de Los monederos falsos de André Gide. Quizás la novela de Kafû no alcance la complejidad de la de Gide, pero ello no le resta originalidad ni interés. En otras palabras, se perciben las influencias de André Gide, pero ello no supone una renuncia por parte de Nagai Kafû a la esencia literaria del Japón: como ejemplo, cabe comentar que, en un momento de la novela, el protagonista reconoce la importancia de incluir en una novela los fenómenos meteorológicos o la observación de la naturaleza. Y así lo cumple el propio Kafû: la gran mayoría de los capítulos de Una extraña historia al este del río se inician con una descripción del tiempo y/o del paisaje en el momento en que transcurre la acción. En fin, eso que a mí me da por llamar “momento haiku”, y que a autores como Kawabata se les daba tan bien. Pues Kafû, cuando se lo proponía, tampoco se quedaba corto, a lo que se ve.

Un texto que parece transitar sin rumbo definido ni planteamiento estructural claro, lo que no es de extrañar en el contexto histórico en que fue escrita, pues se trata de una novela con la que Nagai Kafû nos lleva una vez más al sórdido mundo del Japón de entreguerras, época en que el país navegaba lentamente a la deriva y hacia un trágico hundimiento que aún no se había producido ni tan siquiera se atisbaba, aunque ya parecía contar con un significativo grupo de náufragos, como lo eran los personajes que pueblan las páginas firmadas por Nagai Kafû (él mismo sin duda figuraba en esa nómina de náufragos): un autor que habrá que seguir leyendo.

lunes, 1 de abril de 2013

"País de nieve", de Yasunari Kawabata



Tocaba volver a navegar por los mares literarios de Kawabata, uno de esos autores que nunca se leerá lo suficiente. Y, hablando de mi caso particular, lo que llevo leído y disfrutado del primer Premio Nobel japonés queda aún a años luz de lo que podría recibir el calificativo de “suficiente”.

Camino de esa suficiencia he transitado por las páginas de País de nieve, novela que fue originalmente publicada por entregas entre 1935 y 1937, como sucedió años atrás con muchas de las grandes novelas de la literatura europea decimonónica: para que luego vengan diciendo que lo de la cultura por entregas es algo de nuestro tiempo.

Preciosa historia de amores y desamores, de temáticas universales que trascienden el tiempo y el espacio. La acción transcurre en el interior de Japón, en los años treinta y en pleno invierno, pero, con los ajustes lógicos y necesarios, si te dicen que esto pasa en la costa alicantina, en 2013 y en pleno verano, resulta igual de creíble.

La vida del ocioso y diletante Shimamura, arquetipo del pijo sobrado de pasta y que no necesita trabajar (se dedica teóricamente al estudio de la danza occidental), se cruza con la de Komako, geisha en un pequeño pueblo montañés que vive del turismo, circunstancia que obliga a que las geishas sean algo más de lo que las enciclopedias bienpensantes de Japón suelen decirnos que son. Los caracteres bien contrapuestos de Shimamura y Komako entran constantemente en conflicto y a la vez en atracción, lo que motiva que Shimamura haga varios viajes al “país de la nieve”. Pero mientras, para complicar las cosas, surge en escena otra joven pueblerina llamada Yoko.

Me quedo con la fuerza de la historia gracias al triángulo de relaciones y sentimientos que se van forjando a lo largo de la historia, con desenlace trágico de postre. El prologuista Edward G. Seidensticker (en la edición de Emecé al menos está su prólogo) ve un montón de simbolismo en todas las figuras protagónicas, con buena parte de razón, aunque a mí lo que me ha llegado es sobre todo la profunda belleza lírica que engalana esta novela.

Y es que hay poesía por todas partes. La sensibilidad hacia el paisaje, hacia el medio natural y la meteorología, aflora por la superficie de cada página. Tienes la sensación de que te has sumergido en la lectura de un haiku de casi doscientas páginas.

El final, como ya dije, es trágico, incendiario, a la vez que poco esclarecedor, bastante abierto, lo que le añade un último encanto a la novela, por si ya tuviera pocos: te deja ese regusto que solo tienen las grandes obras, te proporciona los motivos para que lo que has leído siga presente en ti tras cerrar el libro.


martes, 26 de marzo de 2013

"Durante las lluvias", de Nagai Kafû



Durante las lluvias (Tsuyu no atosaki, 1931) es la primera de las dos novelas cortas del escritor japonés Nagai Kafû (1879-1959) que componen el volumen Una extraña historia al este del río, publicado en español por Satori (2012), con traducción de Rumi Sato. La segunda de las novelas, publicada en 1937, es la que da título al libro, y de ella me ocuparé en otra entrada de este blog dentro de unos días.

Accedí a la lectura de esta historia alentado por la introducción que Carlos Rubio hace a la citada edición, donde llega a afirmar que Nagai Kafû “se halla un peldaño más arriba de la categoría de maestro: la de genio (como Chikamatsu y Akutagawa)”. Leo con profundo respeto, cuando no con algo de veneración, los textos introductorios que Carlos Rubio redacta en las publicaciones de Satori u otras editoriales, porque con ellos es capaz de sumergir al lector en el contexto espacio-temporal de la obra y de aportarle datos biográficos de singular relevancia sobre el autor que permiten acercarnos al por qué de su estilo y sus inquietudes temáticas. Y por eso mismo, confié en que iba a leer una obra genial, es decir, la que es propia de un genio, y he de confesar que me llevé un chasco. Estoy de acuerdo en apreciar la maestría literaria de Nagai Kafû, pero no he sabido encontrarle la genialidad, al menos en Durante las lluvias, el primero que leo de este autor. No he logrado verle a la altura de otros japoneses de su tiempo como Tanizaki o (mucho menos aún) Akutagawa.

Es cierto que el profundo conocimiento de campo que Kafû tenía sobre los bajos fondos y el puterío tokiotas de su tiempo confiere una gran credibilidad y un incalculable valor documental a sus trabajos, ambientados en tan sórdidos pero atractivos lugares. Durante las lluvias tiene sin duda muchísimo de autobiográfico, con ese escritor protagonista que se enamora de la puta y con la que establece un sutil juego de atracción y rechazo. De acuerdo también en que la carga costumbrista y realista del texto le aporta un valor documental añadido. A través de sus páginas contemplo zonas de Tokio por las que transito en la actualidad, tales como Ichigaya, Kaguzaraka, Yotsuya… Y no hay quien las reconozca… Te enteras de que los sitios que hoy son el súmmum de la elegancia y del pijerío tokiotas, debieron ser antros puteros de agárrate hace poco menos de un siglo. Las vueltas que da la vida.

A pesar de todo, no sé si es porque me esperaba algo más de una literatura calificada de “libertina”, pero lo cierto es que el relato me ha resultado algo suave, naif, me atrevería a decir que incluso algo pueril. Que no era para tanto, vamos.

De todas maneras, leeré a continuación Una extraña historia al este del río, supuestamente mejor que Durante las lluvias, confiando en que solo se haya tratado de una mala primera impresión, aunque “mala” tampoco es el adjetivo que quiero utilizar para referirme a esta narración; eso tampoco haría justicia a la novela de Kafû.

domingo, 10 de marzo de 2013

"La mujer de la arena", de Kôbô Abe



Hace unos días alguien me puso un ejemplar de este libro sobre la mesa y me recomendó que lo leyera, porque “Este sí que es el Kafka japonés, y no el Haruki Murakami”. No podía argumentar en su contra, pues la historia del libro ya me era familiar gracias al impactante filme que Hiroshi Teshigahara había rodado basándose en esta novela. Y precisamente por eso hace años que ya lo habría leído, si no fuese porque en las librerías españolas figura eternamente como agotado y no parece que exista versión digital en Internet digna de ser descargada. Pero en cuanto un ejemplar cayó en mis manos, no hubo piedad con sus páginas y cayeron una tras otra.

La película de Teshigahara respondió a mis expectativas en su momento y el texto original de Kôbô Abe ahora me ha resultado igual de convincente, si no más. Engancha la historia del maestro de escuela aficionado a la entomología que se aventura durante sus vacaciones en una comarca de dunas para capturar escarabajos y al final acaba siendo él el capturado. Los lugareños le obligan a vivir junto a una enigmática mujer en una vivienda sumida en un hoyo, como tantas otras de la localidad, desde la cual debe colaborar en las labores de recogida de arena que permiten la subsistencia de sus gentes, pues de lo contrario las dunas habrían sepultado el pueblo tiempo atrás. Como es de suponer, el protagonista pretende librarse de su cautiverio, y para ello lleva a cabo una serie de planes y operaciones de fuga que siempre desembocan en el fracaso, y ahí está lo kafkiano del asunto: el personaje se ve implicado en un desafortunado asunto sin comerlo ni beberlo, ni haber hecho especiales méritos para ello, ni encontrar una explicación lógica a su negro destino. Paralelamente, el hombre establece una intensa y ambigua relación con su anfitriona que podríamos calificar de amor-odio, y que aporta intensidad argumental a la novela, a la vez que le asegura un final abierto, de esos que te dejan un regusto en el paladar literario.

No sé si solo me pasa a mí, pero en La mujer de la arena he creído ver, más allá de la fábula kafkiana, una soterrada y sutil crítica al Japón en que a Abe le tocó vivir, el Japón de hace cincuenta años que, en esencia, comparte bastantes rasgos esenciales con el Japón de 2013. O precisamente esa cimentación oculta en la realidad es lo que hace que esta novela sea más kafkiana si cabe, porque, ¿acaso Kafka no anunciaba premonitoriamente y de paso denunciaba en sus trabajos toda la demencia que pringaba a la Europa central de hace un siglo y que con el paso de los años devendría en demencias aún mayores?

Lo cierto es que a lo largo de las páginas de La mujer de arena, pero sobre todo a medida que me he ido acercando al final, he visto toda una sucesión de alegorías sobre los aspectos menos edificantes del estilo de vida de las grandes ciudades niponas, aunque la acción de la novela se desarrolle en un entorno desértico y desde luego nada urbano. Pero veo esos siniestros hoyos rodeados de arena en los que la gente se ve condenada a trabajar día tras día, sin apenas disfrutar de descansos y por supuesto sin vacaciones, sin tener la mínima opción de escapar, y con la retranca que tiene el dato, que Abe deja sutilmente caer, de que muchos de esos cautivos tienen a su disposición medios para escapar y sin embargo no lo hacen, quizás porque tienen miedo a lo que hay fuera, quizás porque consideran que esa es su obligación o ese es su lugar…

Y a veces Abe deja aparcadas las alegorías y otras licencias literarias y lanza ataques contra el sistema tan directos como inequívocos. Jamás había leído una descripción tan precisa y acertada como la que hace de los deprimentes y prosaicos domingos tokiotas (otra cosa que no ha cambiado mucho en 50 años, me temo).

Gran novela, sin duda, de las que son (o deberían ser) un hito en su época y en su cultura. No será lo último de Abe que lea.


viernes, 22 de febrero de 2013

"Una cuestión personal", de Kenzaburo Oé



El año pasado traté de saldar mi deuda lectora con Junichiro Tanizaki; y este año me he propuesto rendirle similar tributo a la obra de Kenzaburo Oé, un autor cuya obra conocía parcialmente y ahora me doy cuenta de lo que me estaba perdiendo.

Sigo avanzando en orden cronológico por su bibliografía, prestándole ahora atención a sus obras más tempranas. Y así me he encontrado con el que me ha parecido uno de los trabajos de Oé más sinceros, mejor elaborados y más representativos de lo que es la esencia creadora de este autor (o al menos lo que yo percibo como su esencia creadora): se trata de Una cuestión personal (1964), obra que podemos disfrutar en español gracias a Anagrama, que la publica con traducción de Yoonah Kim y colaboración de Roberto Fernández Sastre.

En la reseña que enriquece la contraportada de la citada edición se le reconocen a Una cuestión personal en particular y a Oé en general influencias de las obras de Dante, William Blake y Malcom Lowry. De las tres referidas, a mí me ha llegado más de la primera, pues dantesco resulta el particular periplo híbrido de tres jornadas, a caballo entre el viaje interior y el descenso a los infiernos, que ha de recorrer Bird, el protagonista de la novela, arquetipo del salaryman frustrado, mediocre y adocenado que empezaba a proliferar en los años en que la novela fue escrita, víctima del alcohol, de un trabajo nada gratificante como profesor de inglés en una escuela preparatoria de baja estopa, y de unas relaciones de pareja que no parecen ser ni plenas ni satisfactorias, a juzgar por lo que se va descubriendo página a página. Pero Bird trata de eclipsar todas esas adversidades con el sueño de un viaje a África que va preparando mediante la lectura de libros y la adquisición de mapas, aunque sin tener la certeza de que algún día esa fuga al continente negro pueda verse materializada.

En definitiva, un asquito de vida es lo que tiene nuestro Bird, y eso que va a tener un hijo. Pero pronto descubrimos que el problema es precisamente el hijo, que ha nacido con una grave lesión cerebral que, según los médicos de la maternidad, condena a la criatura a la muerte o a vivir como un vegetal. No obstante, tales médicos recomiendan una operación, porque ven un atisbo de esperanza, aunque eso es precisamente lo que tortura a Bird quien, envuelto en sus delirios de egoísmo, sueña con un futuro mejor para él (solo para él), a ser posible sin “el monstruo”… Aflora en Bird el lado más mezquino de su individualismo: el que le lleva a verse con derecho a acabar con la vida de su malformado bebé, pero no por ahorrarle el sufrimiento al niño, sino por ahorrárselo a él, que quiere ser libre y largarse a África, y el hijo tal vez se lo impediría.

Y ahí viene su particular descenso al infierno, su trágico debate interior. Lo bueno para él (y para el lector, porque le da alegría y sustancia al asunto) es que no estará solo en ese crucero infernal (siendo el infierno, cómo no, la descorazonadora sordidez de aquel Tokio “sesentero”), sino que le acompañará, a modo de delicioso Mefistófeles a la nipona, una amiga de sus años de universitario. Esta chica, llamada Himiko, será la encargada de encender, entre polvo y polvo, las pocas bombillas que Bird puede tener disponibles bajo la mata de pelo.

Una novela en la que sale a la luz lo mejor y lo peor del ser humano, en la que vemos una batalla de egos donde muchos luchan solo por salvar sus trastos, no importa quién caiga, pero en la que otros se esfuerzan por apoyar al prójimo, aunque al final, por mucho apoyo que reciban, la solución a sus problemas solo dependerá de ellos mismos: se tratará de una cuestión personal.

Una lectura fácil y grata, de esas que te dejan regusto (lo propio de las obras maestras): acabé de leerla hace diez días y sigo dándole vueltas.


lunes, 28 de enero de 2013

"Arrancad las semillas, fusilad a los niños", de Kenzaburo Oé



Hoy vengo a reconciliarme con los que se enfadan (cariñosamente) conmigo porque en alguna ocasión he dicho que Kenzaburo Oé, aunque me encanta (al menos lo que llevo leído de él), resulta en ocasiones un autor algo difícil de leer. Y no digo esto como defecto del escritor ni como advertencia disuasoria a sus posibles lectores: todo lo contrario, me parece que eso convierte a Oé en un autor más interesante y sugerente si cabe.

Aunque es posible que esa dificultad en realidad sea más propia del Oé más reciente en el tiempo que de sus primeras obras. En su momento no me resultó difícil la lectura de La presa, como ahora también me ha parecido sencilla y placentera la de Arrancad las semillas, fusilad a los niños. Placentera en lo literario, que quede claro, pero sobrecogedora en lo temático: unos chicos de reformatorio, unos delincuentillos juveniles de poca monta, vagan por el Japón rural en plena Segunda Guerra Mundial, huyendo de sus propios compatriotas, que les tratan del modo más cruel (alguien incluso sugiere su exterminio). En uno de esos pueblos los acogen para trabajar en régimen de esclavitud, hasta que se desata una epidemia y todo el mundo huye, dejando a estos niños abandonados y encerrados, pero los chicos logran salir y organizarse una mini-sociedad que les permita sobrevivir a esa sinrazón, a esa especie de guerra civil con forma de guerra mundial en la que el japonés es lobo para el japonés y en la que el mayor peligro no cae del cielo bajo la forma de un bombardeo yanqui, sino que está a pie de tierra y blandiendo un arma blanca o simplemente golpeando con sus puños…

Una fábula sobre los niños que han de madurar prematuramente, a hostia limpia y por imperativo legal, porque lo exige una guerra que establecen los llamados adultos. Tales niños ingresan en ese mundo a tientas, por el método de ensayo-error, estableciendo pautas, liderazgos, simbologías, mitos… En ese sentido, uno no puede dejar de recordar las vivencias de los niños de El señor de lasmoscas (William Golding, 1954) en su isla desierta.

Y sí, he de decirlo: muy fácil de leer.

La tenéis en Anagrama, con traducción de Miguel Wandenbergh.


jueves, 24 de enero de 2013

"R.P.G. Juego de rol", de Miyuki Miyabe



Pongo de nuevo en marcha este blog (por cierto, ¡feliz año nuevo!). Confieso que han sido pocas lecturas asiáticas las que he realizado a lo largo de este último otoño, más interesado por el ahora tan aclamado género de la novela negra, particularmente aclamado si tales novelas negras proceden de Suecia o países vecinos; sí, esos países que las mentes normales tienen por ejemplos a seguir a todos los niveles, pero que en las mentes de sus novelistas figuran como siniestros feudos de violadores, pederastas, ultraderechistas y otras joyas humanas que hacen la vida imposible al resto de sus pacíficos compatriotas, si estos no mueren antes de una sobredosis de tabaco, alcohol barato o comida basura (porque en estas novelas negras los hábitos alimenticios de los vikingos quedan peor parados que su marcada tendencia a la criminalidad sexual). Lo cierto es que sigo sin ver lo que de maravilloso tiene la novela negra de aquellas geografías nórdicas: por más que leo y leo, en general (y sálvese quien pueda) me parecen un desolador ejemplo de sobrevaloración, escritas en un tono de candidez y maniqueísmo que a veces resulta insufrible, y ejecutadas en unos mimbres literarios que muchas veces no darían para el más misericorde de los beneplácitos en el más permisivo de los talleres literarios. En cualquier caso, lo que es evidente es que a la gente le da a veces por tal o cual producto literario y, si tú no lo lees, da la sensación de que procedes de una extraña galaxia o que ni padres ni escuela hicieron un buen trabajo contigo.

Y alicaído ante lo poco que me estaban aportando todos aquellos crímenes que vinieron del frío (con mis mayores respetos y mi cariño hacia los fans de Stieg Larsson, Asa Larsson, Camilla Läckberg, Jo Nesbo y demás), me dispuse a dedicar algo de atención a algún crimen que viniera de geografías más orientales. Me decanté por este Juego de rol de la aclamada “Reina japonesa del misterio” Miyuki Miyabe, pero al final de su lectura me planteé que tal vez lo mejor sería seguir leyendo a los escandinavos durante una temporada más…

Sí, Juego de rol era la primera novela de Miyabe que leía, la primera de su afamada Tetralogía de Tokio, una de esas sagas supuestamente imprescindibles de la historia de la novela negra, y lo que me he encontrado con una panda de agentes nipones relamidos, listillos y algo pagados de sí mismos que no se mojan demasiado ni se juegan el tipo en sus actividades investigadoras (dicen que en Fuego cruzado sí se implican algo más, así que le concederé a Miyabe el beneficio de la duda y me leeré tal novela). Un rollo algo artificial y aburrido; uno pensaba que Agatha Christie estaba enterrada y bien enterrada, pero resulta que no…

Supongo que en el fondo Japón no es país para novela negra, y mucho menos el distrito tokiota de Suginami, donde sucede la trama de Juego de rol, ya que el citado lugar no es más que un decrépito barrio de abuelillos (más un servidos que reside en él desde la primavera pasada) donde el mayor delito que se puede cometer es robarle el paraguas al vecino o no clasificar adecuadamente la basura…

Pero en esta novela suceden nada más y nada menos que un par de asesinatos, y con ellos se descubre el lado oculto de un asalariado japonés (una de las víctimas) que, harto de la esposa e hija gilipollas que tenía en su vida real, decide montarse una familia virtual en Internet, pero la cosa acaba mal. En fin, no sé si es que Internet ya es para mí algo tan habitual como lavarme los dientes antes de acostarme, pero la verdad es que me impactan muy poco esas novelas y películas que se empeñan en vendernos el lado oscuro de la red. Vale que la novela es de hace una década y entonces Internet no era algo tan extendido como hoy y aún podía llegar a sorprender y deslumbrar, pero a diez años vista todo lo que se refleja resulta muy forzado, muy exagerado, muy poco creíble y, en definitiva, con muy poca capacidad para dejarnos boquiabiertos y patidifusos en el horror del crimen, que es la principal estrategia con la que suele jugar la novela negra.

Casi toda la acción transcurre en la sala de interrogatorios de una comisaría, lo que la hace ser una novela más aburrida si cabe. A lo mejor como obra de teatro tenía futuro esta historia, pero en novela negra lo suyo es la acción, el movimiento, la diversidad escénica, el peligro… Aquí no hay nada de eso.

Al final, en novela negra japonesa, el rey sigue siendo Keigo Higashino


viernes, 19 de octubre de 2012

"El Japón heroico y galante", de Enrique Gómez Carrillo



No es el objetivo de esta bitácora hablar de literatura en español, pero de vez en cuando no está de más hacer alguna excepción si lo que se lee guarda relación con Oriente y es digno de ser leído. Y el caso que nos ocupa no es para menos: me refiero a la crónica del viaje a Japón que realizó el poeta y diplomático guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) y que públicó en 1912 bajo el coqueto título de El Japón heroico y galante, un feliz descubrimiento (sí, yo lo he descubierto ahora) que debo gracias al blog de la tertulia literaria que Kenzi Guerrero Miyamoto, amigo y compañero del Instituto Cervantes, organiza periódicamente en Tokio.

Insisto en que ha sido una gratísima sorpresa encontrarme con el escrito de un occidental de hace justo un siglo que, a modo de otaku gaijin adelantado a su tiempo, tenía una visión realmente positiva y abierta hacia lo japonés, y tan diferente a lo que pensaban otros viajeros occidentales que en la era Meiji se acercaron a este país, del que no llegaron a hablar demasiado bien, esclavos de sus orejeras etnocéntricas. Tales eran los casos de Pierre Loti y Rudyard Kipling, autores que precisamente por ese tono ligeramente "japonófobo" no me caían demasiado simpáticos; pero Gómez Carrillo se encarga de ponerles en su sitio en esta obra.

Me ha gustado la erudición que gasta el autor guatemalteco en temas de cultura japonesa. En cambio, echo de menos algo más de "sustancia viajera" en el texto, porque hay cierto desequilibro en los contenidos: mucho más trabajo de biblioteca que de campo. Aun así, los apuntes sobre sus vivencias en el desaparecido (o malamente conservado) "putódromo" de Yoshiwara no tienen precio...

En cualquier caso, el lector atisba en el texto de Gómez Carrillo un acercamiento a la realidad japonesa libre de prejuicios, cosa totalmente meritoria en un autor de hace un siglo, viendo lo que había en el panorama literario de la época. Libre de prejuicios para detectar lo bueno, pero también para denunciar lo malo. Porque Gómez Carrillo demuestra ser también un adelantado a su época en cuanto a la percepción de los males que la modernidad ha traído a Japón durante la era Meiji: me hizo mucha gracia ver cómo a un viajero de 1912 ya le llamaba la atención el nada estético laberinto de cables que siempre se extiende bajos los cielos de cualquier ciudad japonesa, algo que cien años después nos sigue llamando poderosamente la atención a quienes nos acercamos a este país. Y todo eso, en rotundo contraste con la pervivencia de usos y valores de antaño: de verdad, si uno elimina las referencias históricas y cronológicas en el texto de Gómez Carrillo, se podría pensar que estamos ante la crónica de viajes de alguien que recorrió Japón el pasado verano. El Japón heroico y galante rezuma vigencia y contemporaneidad por los poros de cada página.

Muy recomendable lectura, la verdad. Yo he usado la edición original centenaria, publicada en Madrid por Renacimiento, pero existen reediciones recientes.

viernes, 5 de octubre de 2012

"El precepto roto", de Shimazaki Tôson



Uno se pregunta en qué andan pensando las editoriales españolas para que vengan a tardar un siglo en traducir y publicar ciertas obras clásicas extranjeras que en su época tuvieron una enorme trascendencia, gozaron del favor del público de su país y recibieron toda suerte de parabienes por parte de los más severos críticos. No he dejado de preguntármelo mientras pasaba cada una de las más de trescientas páginas de El precepto roto, novela de Shimazaki Tôson (1872-1943) que en Japón vio la luz en 1906 pero de la que el lector hispanohablante no pudo disfrutar hasta 1997, fecha en que fue por primera vez publicada en nuestro idioma por la editorial japonesa Luna Books, en una edición muy limitada en cuanto a ejemplares y difusión. Afortunadamente, la editorial Satori lanzó el año pasado una segunda edición que le garantiza una mayor presencia en las librerías españolas. En ambas ediciones se ha utilizado la buena traducción de Montse Watkins. La edición de Satori, además, incluye un esclarecedor y pedagógico estudio introductorio de Carlos Rubio.

Se trata de una historia sencilla, como suele suceder en tantas y tantas obras maestras. Nos cuenta la vida de un maestro de provincias perteneciente a los eta o burakumin, una casta inferior que ha sufrido y sufre la discriminación en Japón. Y se les considera inferiores por el simple hecho de que tradicionalmente se han dedicado a profesiones consideradas “impuras”, como por ejemplo aquellas que tuvieran una relación directa con la muerte (matarife, verdugo, sepulturero, etc.). Por tanto, un burakumin no podía aspirar a ascender socialmente y ejercer otras profesiones que no fueran las mismas que desempeñaban sus antepasados. Sin embargo, el protagonista de El precepto roto establece un pacto con su padre, que le exige que no revele a nadie su origen social. Gracias a ese secreto, consigue entrar en la escuela de magisterio y posteriormente ejercer como profesor de educación infantil, actividad profesional prohibida a los burakumin. Pero una serie de acontecimientos, entre ellos la muerte de su padre y la toma de conciencia de que se encuentra en una sociedad llena de injusticias y prejuicios, llevan al maestro a romper el precepto paterno y a declarar públicamente su condición de burakumin, confesión que, pese a los perjuicios que le ocasiona, tales como la pérdida de su plaza docente, le resulta altamente liberadora.

Pero la cosa no se queda solo en denunciar la situación de marginación que sufren los burakumin. A través de las páginas de El precepto roto se aprovecha para hacer una durísima crítica al ambiente de corrupción y de falso desarrollo y occidentalización en que vivía inmerso el Japón de finales de la era Meiji, es decir, en el paso del siglo XIX al XX. Shimazaki Tôson no deja títere con cabeza y nos ofrece toda una galería de personajes viles y rastreros que dan una pésima imagen de aquella sociedad, fundamentalmente en su faceta política y educativa: políticos corruptos e hipócritas, directores de escuela egocéntricos e incompetentes, profesores trepas, etc.

Insisto en que me ha parecido que se trata de una de las grandes obras de su lugar y momento. Hasta Natsume Sôseki dijo que se trataba del primer trabajo literario del Japón moderno que merecía el calificativo de “novela”. Y tengo la sensación de que no lo dijo bajo los efectos del sake, sino en estadio de sobriedad y con conocimiento de causa: cierto es que un año antes de la publicación de El precepto roto, Sôseki ya había sacado a la luz su Soy un gato, pero esta excelente y cachonda obra, que para nuestros parámetros literarios actuales es sin lugar a dudas una novela, quizás no lo fuera tanto en los albores del siglo XX, y en cambio una obra como El precepto roto sí entraba dentro de la concepción de novela naturalista que triunfaba en el momento en Europa y a la que los autores japoneses aspiraban a imitar. Digamos que Natsume Sôseki fue un adelantado de su tiempo y no era consciente de ellos, mientras que Shimazaki Tôson fue quien entendió a la perfección cómo había que escribir novelas en su tiempo, y lo demostró en El precepto roto. Sôseki captó la idea, le gustó y parece que le influyó bastante cuando poco tiempo después sacó su mordaz Botchan, novela que, al igual que El precepto roto, nos ofrece un poco halagüeño retrato de la sociedad japonesa de provincias y sus centros de enseñanza secundaria, aunque con un toque mucho más ácido y satírico que el empleado por Shimazaki Tôson, más sobrio, con muchas menos concesiones a la ironía y al sarcasmo.

O sea, que está claro, o para mí al menos lo está, que Shimazaki Tôson caló hondo en el arte de Natsume Sôseki y ejerció cierto influjo sobre él. Es evidente que en Shimazaki Tôson entendió y absorbió los mecanismos de la novela europea de la segunda mitad del siglo XIX: leemos El precepto roto y estamos viendo las preocupaciones sociales que Zola recogía en las páginas de Germinal; leemos El precepto roto y vemos a un protagonista que se redime a través de la confesión de un secreto, como el Rashkolnikov de Crimen y Castigo

Pues eso: leamos El precepto roto.

domingo, 30 de septiembre de 2012

"La llave", de Junichirô Tanizaki



Pocas veces me he encontrado con universos literarios como el de Tanizaki. Y sé que no solo me pasa a mí. Lo cierto es que, una vez que el lector se sumerge por primera vez en su cosmovisión de sentimientos, estética y su nada convencional tratamiento de la sexualidad y de las relaciones humanas que en virtud de todo ello se establecen, resulta muy difícil conformarse con esa primera lectura: uno siempre va a querer leer más, mucho más.

Dejándome llevar por ese inagotable hechizo, acabo de terminar la lectura del undécimo libro de Tanizaki en lo que llevamos del presente año. Se trata de La llave, uno de sus últimos trabajos, publicado en 1956. Me habían hablado muy bien de esta novela, y lo cierto es que no me ha decepcionado, porque en sus páginas parece recuperar el carácter tergiversador y depravado de su bibliografía más temprana. Y en lo estilístico, un retorno a la economía en los recursos del lenguaje, a primacía de la sensación sobre la narración, al impresionismo sobre el naturalismo. Por lo que cuento, es fácil deducir que Las hermanas Makioka (1949) no me gustó demasiado, pero me aventuro a sospechar que a Tanizaki no le gustó mucho más que a mí, o al menos debió encontrarse en terreno ajeno como para pocos años después regresar con La llave a retomar sus viejas identidades literarias.

El planteamiento estructural resulta original: la novela se construye sobre dos diarios personales, el de un marido y una mujer, que van intercalándose a medida que se desarrolla, de forma completamente lineal, la acción de la novela. En ambos diarios se guardan los secretos íntimos de uno y otro protagonista, pero con el morboso ánimo de que lo que en ellos escriben pueda ser leído clandestinamente por su pareja. De esta forma descubrimos que al marido, un cincuentón que ha perdido buena parte de sus ya de por sí escasos bríos sexuales, gusta mucho de drogar o emborrachar a su esposa para luego, una vez anestesiada, hacer con ella todo lo que le apetezca, que básicamente es besarle los pies o tomarle fotos… La mujer, once años más joven que su esposo, no se queda corta en su catálogo de “especialidades”, pues toma como amante al hombre que aspira a ser el prometido de la hija de esta señora y su marido… Y éste, que es sabedor del lío de su cónyuge, no solo no se enfrenta al amante, sino que descubre que los celos le “reactivan” el ánimo y entonces hace al querido de su mujer partícipe de sus fechorías fetichista-fotográficas…

Pues eso, una historia intensa y adictiva por lo que tiene a partes iguales de verosímil e inverosímil. Recuerda mucho a la también tanizakiana Arenas movedizas (Manji), otra obra cumbre del amor a cuatro bandas (en el caso de La llave esa complejidad en las relaciones solo se percibe en el desenlace de la novela), con mujeres fuertes, dominantes, mejor ubicadas en la realidad a todos los niveles que el prototipo de hombre débil, manipulable, obseso, perdedor fracasado y cornudo que suele ejercer el papel de protagonista masculino de las novelas y relatos de Tanizaki.

La novela se ve coronada con un acertadísimo y coherente final que afirma todos estos principios.

Una obra donde Tanizaki de nuevo es capaz de darnos una lección sobre la paradójica complejidad de la sencillez; sobre cómo con elementos escasos (escasa extensión de los textos, escasos rudimentos descriptivos, escasos escenarios y escaso cuadro de personajes principales) se puede crear una nutrida gama de matices portadores de sensualidad y de estética, así como el planteamiento de un abanico de conflictos humanos que van evolucionando ante el lector casi sin que éste se dé cuenta a medida que va navegando por las páginas del texto. De ahí que la navegación a bordo de Tanizaki siempre resulte tan placentera.

martes, 4 de septiembre de 2012

"Libertad bajo palabra", de Akira Yoshimura



Aquí tenemos una novela que parece haber pasado bastante desapercibida entre la crítica y el público españoles, a juzgar por la poca presencia que tiene en la web en cuanto a reseñas. Parece que ni siquiera le ha proporcionado popularidad el hecho de que Shohei Imamura se basara en ella para rodar su Unagi (1997). Una lástima; supongo que a los que cortan el bacalao no les interesa que leamos cosas que meten el dedo en la llaga y cuestionan sin demasiados tapujos lo que ellos consideran incuestionable.

Y en este caso lo que se cuestiona es la supuesta perfección del sistema penitenciario y las leyes que lo rigen; leyes que en principio están orientadas a evitar que se deteriore nuestro estilo de vida, o al menos así es como lo ve Koinuma, un agente de libertad condicional que supervisa al protagonista de la novela, Shiro Kikutani, un señor que había sido maestro de escuela hasta que un día sorprende a su mujer poniéndole los cuernos, en plena faena y en su propio domicilio. Y el señor Kikutani responde al desplante asesinando a su mujer y mutilando al amante (igual me traiciona la memoria, pero en la película de Imamura recuerdo que la mutilación era mucho más contundente que la que se describe en la novela). Por ello, Kikutani es condenado a cadena perpetua, pero por buena conducta se le concede la libertad condicional dieciséis años después de su ingreso en prisión, y a medida que vamos avanzando en la lectura de la novela descubrimos que realmente se trata de una libertad condicional bastante condicional… Demasiado condicional para alguien que ha vivido dieciséis años entre rejas y sin más oportunidades de socializarse que las que le brindaban los leves contactos con sus compañeros de presidio o los funcionarios. Por si eso fuera poco, Kikutani se debe enfrentar a los radicales cambios que ha experimentado su entorno vital a lo largo de ese largo periodo de tiempo, cambios de los que él no tenía más que vagas noticias. Kikutani ingresa en prisión en un Japón que evolucionaba sin pausas pero sin prisas, y regresa a la libertad en otro Japón que vive ahíto de desarrollo, tecnología y bienestar... Y entonces esa readquirida libertad, que en ocasiones ofrecerá maravillosos momentos Kikutani, en otras situaciones se mostrará como una peligrosa arma de doble filo y de difícil manejo que le llevarán irremediablemente a la tragedia…

Además de esa capacidad que Yoshimura demuestra para cuestionar lo que a ojos del poder (y los sumisos al mismo) parece incuestionable, de la novela destaco la sencillez narrativa y estructural, pues es una sencillez que aporta bastante a la comprensión de lo que se plantea, y consecuentemente facilita la credibilidad de lo que se lee. En novelas de esta naturaleza la complejidad no suele aportar nada bueno: mejor que sea fácil.

Y también destaco la habilidad de Yoshimura para sumergirse en la piel de quien vive y sufre la complicada situación existencial de Kikutani, un criminal con entrecomillado que tiene más de víctima que de verdugo, una perspectiva que, supongo, tampoco gustará demasiado a los amigos de lo políticamente correcto, pues concebirán la figura de Kikutani como la de un irredimible practicante de la violencia de género. Ya digo que la novela no deja de meter dedos en las más diversas llagas, y eso a muchísima gente no le gusta. Para mí, en cambio, encontrarme con novelas así es la razón que me queda para seguir leyendo. Espero que a ti también.

En español la publicó la editorial Emecé en 2002, con traducción de César Aira.

domingo, 2 de septiembre de 2012

"Grotesco", de Natsuo Kirino



Cuando se vive en Japón y se leen libros así, aun sabiendo que se trata de libros de ficción, uno no puede dejar de reflexionar sobre el sentido de su estancia en este país y si algún día acabará encajando en su complejo engranaje social y aceptando por completo todas y cada una de sus cláusulas y peculiaridades, incluso las más chocantes y nocivas, que a pesar de todo ahí están, presentes e insoslayables. Cuando uno lee Grotesco en un atestado vagón del metro de Tokio, no puede hacer otra cosa que lanzar alguna que otra fugaz mirada a quienes le acompañan y preguntarse: “¿Dónde me he metido?”

Grotesco (2003) es una de esas novelas que tienen la virtud de retratar con brillantez y sin pretensiones eso que ahora nos da por llamar “el mal rollo”. Más allá de la historia de un crimen ya anunciado desde las primeras páginas (el de dos prostitutas que habían estudiado en el mismo instituto), Grotesco me ha parecido un catálogo del odio, de lo diversa y rica en matices que esta emoción humana puede llegar a ser, y de lo poco que en realidad podemos llegar a hacer contra ella: nadie está a salvo del odio, y el que crea que sí es un iluso que lee demasiado a Paulo Coelho. Y además se trata de un odio que viene dado por el profundo determinismo en que parece encontrarse sumida la sociedad japonesa, al menos tal como lo plantea Kirino en este trabajo: da la sensación de que cada uno tiene un sitio ya asignado en función de lo que tiene o de lo que puede ofrecer (o de lo que tienen y pueden ofrecer sus familias), y es muy difícil, si no imposible, tratar de hacer algo por superarse a uno mismo; y resulta mucho más complicado aún tratar de competir contra quienes han de estar por encima de uno en esa jerarquización tan férrea establecida por el sistema, ya sea porque tienen más dinero que uno, porque son más guapos que uno, porque sacan mejores notas que uno o porque tienen una sangre menos mestiza que uno (quien haya leído la novela, entenderá). Y el papel que en ese sentido juega el sistema educativo es bastante desolador. Desde luego, las escuelas (al menos cierto tipo de escuelas elitistas) no salen muy bien paradas de Grotesco. Ante tales premisas, es lógico que a quienes les toque desempeñar el papel de perdedores o de menos favorecidos acaben fraguando intensas dosis de resentimiento y odio hacia quienes están por encima.

Pues eso, mal rollo y odio a raudales: justo lo que una buena novela negra necesita. Para pensamientos en positivo ya tenemos los encuentros de la juventud con Benedicto XVI, los cursos de autoempleo para parados de larga duración del INEM y las canciones de AKB48. Muchos dirán que a esta novela le falta la presencia del clásico detective cínico y algo chuloputesco, a lo Philipe Marlowe, para ser una novela negra como dictan los cánones. Yo, muy al contrario, me alegro de ver que hoy en día es posible desembarazarse de la herencia de Chandler y Hammett y poder abordar con intensidad, originalidad y gracia literaria la esencia del crimen y la naturaleza criminal. Los clichés de género están precisamente para tenerlos en mente y tratar de recurrir a ellos lo menos posible, y Kirino en ese sentido se muestra de lo más solvente.

Y es que por encima de todo, lo que más me ha gustado de Grotesco es la maestría narrativa que posee la autora, Natsuo Kirino, la misma maestría que ya supo mostrar años atrás en Out (1997). En esta ocasión, la historia se nos va revelando a través de los diarios, cartas o declaraciones de todos los implicados en el asunto (las dos prostitutas asesinadas, el presunto asesino y otras personas relacionadas con ellas), mientras que la narradora principal es la hermana de una de las prostitutas y ex compañera de clase de la otra. Todos mienten, o todos cuentan verdades a medias; quizás la peor de todas esas voces sea la de la narradora, que muestra un odio y un rencor inusitados hacia todos los demás participantes en la trama (a excepción de su abuelo, con quien vivió durante su adolescencia y a quien manifiesta algo de aprecio). Textos tan subjetivos y tan cargados de falsedades y resentimientos ofrecen al lector un esfuerzo de lectura añadido que es de agradecer: me molestan esas novelas-papilla que ahora están tan en boga y donde se lo dan al lector todo mascadito. En fin, una estructura narrativa muy atractiva y muy inteligentemente montada, con la subjetividad y la diversidad de puntos de vista como bandera: no he podido evitar pensar en los relatos de Akutagawa, principalmente en Rashomon, que sin duda habrán influido en el proceder literario de Natsuo Kirino. Además, se nota una mayor clase en la recreación de ambientes por parte de la autora, que ya no recurre a esos excesos gore que manejaba en Out; y ni falta que le hace, porque en Grotesco sigue mostrándose como una maestra en la descripción de todo lo sucio, y hablamos tanto de suciedad moral como suciedad ambiental: el lector palpará y sentirá el lado más inmundo y menos presentable del Japón de hoy, y siempre codeándose irreverentemente con ese Japón superficial de dinero a espuertas, marcas y pijerío.

Y ya está; no pienso hacer una sinopsis de la novela ni revelar detalles de su argumento, porque para eso ya está la Wikipedia y la contraportada del libro. Solo diré que es una de esas novelas que harán deteneros en cada página y os permitirán reflexionar sobre lo que hay, y puede que incluso sobre vosotros mismos. Una página os llevará a la siguiente y, si os encontráis en el Hemisferio Norte, habréis encontrado una bonita forma de dar carpetazo al presente verano.