martes, 28 de enero de 2014

"Relatos japoneses de misterio e imaginación", de Edogawa Rampo


La Navidad te brinda tiempo para visitar librerías y allí hacer descubrimientos literarios de lo más gratos y fortuitos, de esos que no se consiguen ni recurriendo a las revistas que hacen eco de las novedades editoriales, ni navegando en mil páginas web o bitácoras dedicadas al mundo de los libros, sino simplemente dándote de narices con una portada cuyo título o diseño, por la razón que sea, te sugiere algo. El placer de recorrer las estanterías de una librería y encontrar un autor y un título desconocido pero cuya lectura piensas que va a merecer la pena, adquirirlo, leerlo y comprobar que tenías razón y que te estabas perdiendo algo, es uno de esos escasos placeres que la vida nos sigue proporcionando a quienes ya empezamos a tener una edad en que todo lo placentero va paulatinamente ingresando en el terreno de lo mítico, de lo poco probable o de lo apenas perceptible.
 
En esta ocasión, una portada con el dibujo de una japonesa de ojos alienantemente almendrados y ataviada con un quimono, acompañada a la derecha del nombre de Edogawa Rampo (1894-1965), maestro de la literatura de misterio y fantástica japonesa, bastó para que me pusiera a ojear y hojear el ejemplar y pocos minutos después me dirigiera a la caja.
 
No me defraudó en absoluto la adquisición compulsiva que, bajo el título de Relatos japoneses de misterio e imaginación, contiene en sus páginas una selección de nueve relatos de Rampo. En las pocas horas que tardé en leerlo, Edogawa Rampo me proporcionó unas nutridas raciones de emociones fuertes y de un misterio como los de antes, de corte clásico, de esos cuya lectura resultaría de provecho en los talleres literarios, brillantes ejemplos de lo que es hacer un cuento como dios manda, como los de su admirado e imitado Edgar Allan Poe… por cierto, no sabía que el nombre de Edogawa Rampo es en realidad un seudónimo que procede de la lectura en katakana del nombre del autor estadounidense por el que el japonés sentía verdadera devoción. Ese detalle lo cuenta, entre otras muchas cosas, Antonio Ballesteros González en su prólogo a esta edición, publicada por Jaguar, traducida por Juan José Pulido (me temo que desde el inglés, que no del japonés), y fenomenalmente ilustrada bajo un convincente minimalismo cromático de dos tintas (la negra y la roja) por Leticia Vera. Insisto en que me he enamorado de la japonesa de portada (ahora entiendo a los que pretenden casarse con personajes de manga o anime), pero os aseguro que el resto de las ilustraciones tampoco os van a dejar fríos, sino todo lo contrario: creo que han sido todo un acierto, pues contribuyen a intensificar el clímax de inquietud y de miedo que requieren las historias de Rampo.
 
Por comentar los relatos que mayor impresión me han causado, destaco el primero de ellos, La butaca humana. A caballo entre el sueño y la realidad, resulta inquietante la historia de este carpintero que decide ocultarse dentro de una de sus butacas para entrar en contacto con los cuerpos de quienes se sientan en ella. El final es bastante anticlimático, de esos que te cortan el buen rollo, de los que te recomiendan en los talleres de escritura que hay que evitar a toda cosa, pero todo se le puede perdonar a un gran maestro como Edogawa Rampo, incluso finales así.
 
A La oruga le tenía yo ganas ya que hace unos pocos años vi la película Caterpillar (Kôji Wakamatsu, 2010), basada en este cuento de Rampo. No voy a menospreciar el filme, que también me dejó acongojado por describir el contexto bélico en una aldea japonesa adonde regresa un héroe mutilado que es recibido por sus paisanos poco menos que como una semidivinidad y cuya abnegada esposa se encarga de cuidar de él día y noche aunque él se porta bastante mal con ella. Pero es que el cuento de Rampo se ve desde otra óptica, que es la de una mujer que de abnegada no tiene mucho, y de la que sabemos que ya desde niña gustaba de abusar de los débiles, lo que llevará a una exposición de los hechos bien distinta a la que Wakamatsu nos sirvió en su largometraje. Pero bien por ambos, escritor y director.
 
El test psicológico trata con brillantez el tópico de la imposibilidad del crimen perfecto, en el que solo creen algunos escritores, sobre todo de novela negra, porque les viene muy bien para hilvanar sus relatos, pero vive Dios que el crimen perfecto existe; no hay más que repasar la actualidad política y económica de un país como España y ver a tanto hijoputa suelto en la calle y hasta con cargo político para darse cuenta y derribar el mito. Rampo ofrece guiños al Crimen y castigo dostoievskiano, el clásico del negacionismo del crimen perfecto.
 
La cámara roja me encantó también por lo que tiene de sátira hacia los clubes del misterio en los que cuatro pedantes se ponen a contar “historias para no dormir” a los alelados que las quieran escuchar (algo así como lo que sucede en cierto programa de la Cadena SER que emiten en la madrugada de los fines de semana). A ver si alguna madrugada de estas reciben una llamada de alguien similar al protagonista de La cámara roja y nos divertimos un poco.
 
En definitiva, uno de esos libros que pueden ser fantásticos como regalo (incluso para regalárselo a uno mismo). Ahora que las nuevas generaciones han redescubierto a Poe (y han hecho muy requetebién), Edogawa Rampo entra dentro de la onda imperante y visto desde el presente resulta fresco, actual, vigente, tan convincente o más que hace tres cuartos de siglo.
 

martes, 21 de enero de 2014

"El ladrón", de Fuminori Nakamura


Lo vengo comprobando desde hace tiempo: no hay nada como poner en la contraportada o en las solapas de un libro que la novela contenida en él guarda similitudes con la obra o el estilo de tal o cual autor clásico, para que así el libro se venda mejor. Incluso cuando las supuestas influencias son falsas, o verdaderas pero excesivamente superficiales como para considerarlas genuinas y poderosas influencias.

Es la sensación que he percibido al leer El ladrón, novela de un joven novelista japonés llamado Fuminori Nakamura. Desde luego, el título no ha sido puesto en balde y resulta algo premonitorio, pues debo declarar que me he sentido algo robado al recordar, mientras lo leía, que el libro me costó 18,50 euros. En la contraportada aparece un comentario que es el objeto de mi decepción: en él se asegura que esta novela tiene ecos de Dostoievski, de Yukio Mishima y de Patricia Highsmith… Y claro, con esas premisas, le generan al lector unas expectativas que en muchos casos desembocarán en la más absoluta de las decepciones.

Dostoievski, Mishima y Highsmith, todo en uno. Casi nada. Desde luego, hay ciertos críticos en la prensa que deberían estar en cuarentena y bajo vigilancia intensiva. Lamento decir que El ladrón no me ha convencido ni tan siquiera como novela de entretenimiento, ni muchísimo menos como novela negra, que es lo que parece que pretende ser. Ya resulta rocambolesco el planteamiento inicial de la historia, con un hábil e infalible carterista que habitualmente opera en el metro de Tokio como protagonista. ¿Pero hay carteristas en Japón? ¡Si los japoneses descubren la existencia de semejante “profesión” el día en que pasean por la Puerta del Sol de Madrid y les birlan la cartera de Louis Vuitton y el pasaporte! La cadena de inverosimilitudes prosigue cuando a este carterista le proponen ciertos mafiosos hacer un robo a mano armada en la vivienda de un millonario, hecho que cambiará su existencia y que sirven al autor para “vender” unas pretenciosas y nada trabajadas reflexiones sobre lo que es el destino, lo que complementa con el encuentro del carterista con una mujer cuyo hijo pequeño se dedica a mangar comida en los supermercados para subsistir (otro par de personajes que resultan de ciencia-ficción si los ubicamos en Tokio: ¡Niños que roban en los supermercados y madres que les animan a hacerlo!). Total, que al final no me quedó muy claro por qué era tan trascendente el tema del destino en esta novela. ¿Porque el carterista no puede huir de la mafia que le hizo aquel encargo? Bueno, no creo que haya nada de sorprendente en ese hecho; en toda novela que se precie los personajes se ven implicados en problemas difíciles de resolver o eludir y que constituyen el motor de la historia. Por eso mismo no entiendo cómo algo tan normal se vende como algo tan extraordinario.

Y lo de su posible influencia de Dostoievski tal vez venga de una alusión que hace el jefe de los mafiosos a Crimen y castigo, en la que pone como panoli a Rashkolnikov porque no logró el crimen perfecto. Como chascarrillo o “guiño” puede estar gracioso; pero como muestra de la presunta influencia trascendente que Dostoievski ejerce en la novela de Nakamura, provoca bastante hilaridad. Se ve que Nakamura sigue la estela de Haruki Murakami en lo relativo a la inclusión de citas vacuas y algo forzadas, básicamente con el poco edificante objetivo de demostrar una erudición y una profundidad intelectual de la que con toda probabilidad carecen.

Con todo y con eso, esta novela ganó el prestigioso premio Kenzaburo Oe del año 2009, así que puede que la culpa sea mía por no haber sabido disfrutar de las páginas de esta novela. Pese a ello, mi consejo no puede ser otro que el que les hago a continuación: ahórrense 18,50 euros.

 

viernes, 10 de enero de 2014

"La novela de Genji", de Murasaki Shikibu


Para empezar el año, y aprovechando el paréntesis de unas vacaciones que parecía que no iban a llegar nunca, hice lo que llevaba ya un tiempo tratando de hacer: respirar literariamente hondo y sumergirme en la lectura del Genji Monogatari, que ya iba siendo hora. Y lo hice a través de la versión española de Xavier Roca-Ferrer, publicada por Destino (formato grande) y Austral (formato bolsillo) bajo el título de Novela de Genji y presentada en dos tomos, uno para cada una de las partes en que se divida la novela: Esplendor (primera parte) y Catástrofe (segunda parte).

 
Para los pocos que la desconozcan: Genji Monogatari es uno de los hitos de la literatura japonesa; una novela milenaria (milenaria en años y en páginas) escrita a finales del siglo X o comienzos del siglo XI por la cortesana Murasaki Shikibu, y cuya trama gira en torno a la figura del príncipe Genji, sus descendientes, y las conquistas amorosas de todos ellos, que fueron unas cuantas.

 
Había pospuesto en varias ocasiones la aventura de leer la obra de Murasaki Shikibu básicamente por culpa de los prejuicios que nos pueden surgir a los lectores comunes, a saber: “es una obra demasiado larga”, “seguro que es un rollo”, “a lo mejor no se entiende”, etc. Para colmo, tampoco resulta demasiado motivador descubrir que la gran mayoría de los japoneses con los que uno se relaciona afirman que todavía no han leído el Genji Monogatari o que, como mucho, lo han leído de manera fragmentada o en versiones escolares adaptadas para niños y adolescentes, o incluso en formato manga. Sin embargo, para mi sorpresa me he encontrado con uno de los clásicos de la literatura mundial más accesibles al lector de hoy, o al menos así lo he percibido yo. Acabas encontrando muchos rasgos de contemporaneidad en el arte literario de Murasaki Shikibu, quizás porque las páginas del Genji Monogatari no cayeron en saco roto en épocas posteriores ni en culturas ajenas a la japonesa.

 
Pero lo que percibe el lector no especializado que se anima a leer el Genji Monogatari es que su autora no era una simple cortesana palaciega que para matar el aburrimiento se ponía a registrar por escrito los cotilleos de la corte. Ni muchísimo menos. Por el contrario, una de las cosas que más nos puede llegar a sorprender es el enorme oficio que, como escritora, Murasaki Shikibu demuestra tener a lo largo de la obra. Desde luego, no es nada sencillo componer una historia con unos 450 personajes y una trama que se extiende a lo largo de medio siglo. Y ese enorme oficio de Murasaki resulta doblemente meritorio teniendo en cuenta que la novela se estrenaba mundialmente como género (eso si eres de los que consideras que El asno de oro de Apuleyo no es una novela sino una colección de relatos, porque yo soy de los que ve aquel texto latino más como lo primero que como lo segundo), o sea, que la Murasaki no tuvo la oportunidad de aprender a hacer novela leyendo a los grandes maestros de la narrativa mundial. Por el contrario, más bien sería ella la que podría haber enseñado algún que otro “truquillo profesional” a Cervantes, Victor Hugo, Dostoievsky, Tolstoi, etc. (y puede que a los dos últimos se los enseñara, ya que los rusos de finales del siglo XIX e inicios del XX estaban bastante al corriente, por la cuenta que les traía, de lo que intelectualmente se cocía y se había cocido en el vecino y amenazante Japón). La Murasaki sabía lo que se tenía entre manos; no era ni por asomo una dominguera de las letras. Sorprende y resulta admirable el comentario “metaliterario” que Murasaki pone en boca de su príncipe Genji en el capítulo 25 de Esplendor: “[…] yo mismo me dejo ganar con frecuencia por las emociones que aparecen en los libros si están bien descritas, y por las aventuras, si el autor ha sabido tejerlas con destreza. Resulta perfectamente posible tener conciencia de que todo ello es solo el producto de la invención de un autor y, al mismo tiempo, sentirnos conmovidos o arrastrados por el interés de la historia. […] El gran autor es capaz de deslumbrarnos hasta borrar nuestra incredulidad primera. Luego, al evocar las emociones experimentadas, quizás nos avergoncemos de haber tomado en serio tantos dislates, pero al escuchar la historia por primera vez, seguramente nos ha parecido la cosa más fascinante del mundo… A veces, cuando las azafatas de mi hija le leen historias, me paro a escucharlas y casi siempre me admiro del talento de nuestros autores. Probablemente escriben tan bien porque han adquirido el hábito de mentir, aunque supongo que hay bastante más que eso”. ¿Me pasa solo a mí o hay alguien más que encuentre similitudes entre este discurso y el que emplea Mario Vargas Llosa cuando se pone a exponer lo que de verdadero tienen esas mentiras que llamamos novelas? Pues eso, que la autora del Genji Monogatari no se había caído de ningún guindo literario.

 
Tan fascinante como la figura de Murasaki me parece la de Genji, el protagonista de la historia, todo un personaje. Yo de mayor querría ser como él, y vivir en la sofisticada y despreocupada corte de Heian, al menos tal y como la retrata Murasaki en su novela. Desde luego, siendo varón y aristócrata (el pueblo solo existía para producir arroz y satisfacer el pago de tributos), vivir en aquella Heian Kyo (nombre que recibía la actual Kioto en tiempos de Murasaki) debía ser lo más parecido a residir en el paraíso: en una sociedad sumida en una paz crónica y carente de convulsiones políticas graves, aquellos aristócratas no parecían aburrirse demasiado, pues dedicaban sus días y sus noches a componer y recitar versos, a tocar el koto u otros instrumentos y, sobre todo, a andar detrás de toda criatura del sexo opuesto. Así era Genji en sus años más mozos: un pijo irresponsable de hace mil años rodeado de mujeres de todo tipo y más feliz que una semana con siete domingos. Luego, a medida que Genji va avanzando en edad, la cosa se va torciendo. Por eso mismo me ha gustado más la primera parte de la obra (Esplendor) que la segunda (Catástrofe), porque es la que trata toda la sucesión inagotable de amoríos de Genji. De todas maneras, Catástrofe no le va a la zaga, y tras la muerte de Genji llegan las aventuras en la ciudad de Uji de los descendientes de este, que son su falso hijo Kaoru (a Genji también se la pegaban) y su nieto Niou, quienes se lían con varias mujeres, entre ellas con Ukifune, una chica sensible que va a cobrar un fuerte protagonismo al final de la novela y cuya historia va a arrancar las mejores páginas de Catástrofe, y eso es precisamente lo que me ha encantando de la segunda parte del Genji Monogatari: que va de menos a más, y que lo que prometía ser un aburrido ladrillo acaba resultando emocionante, enternecedor, lírico, una navegación literaria de lo más placentera.

 
En definitiva, nos encontramos ante una obra de peso, un clásico, de la que podemos aprender de usos y costumbre del tiempo en que se escribió, pero también recibir enseñanzas universales e intemporales, válidas en cualquier momento y lugar, como sucede en toda obra maestra. Una obra original, pura, pero capaz de influir enormemente en la narrativa mundial posterior, y probablemente en lo que no es la narrativa (ahora no dejo de ver paralelismos entre el Genji Monogatari y las series de televisión romántico-históricas coreanas, aunque estas últimas resulten más superficiales y ñoñas). Y eso es un valor añadido tratándose de una obra surgida en Japón, porque generalmente (sobre todo si hablamos de narrativa contemporánea) se aprecia el influjo de los autores occidentales sobre los japoneses, pero rara vez se habla de obras o autores japoneses que influyan sobre los creadores de otros países: el Genji Monogatari parece ser una de esas excepciones. Lo que es evidente es que uno no deja de encontrar razones para leer este monumento literario. ¿Quieren ustedes más razones? Disfruten con estas citas:

 
Las mujeres que exigen ser tratadas con mil miramientos impuestos por reglas de conducta tres veces centenarias resultan, a mi juicio, absolutamente insoportables.” (capítulo 35, en boca de Genji).

 
“Lo excepcional es el hombre que alcanza cierta edad habiendo sido fiel solo a una mujer. ¿Has oído hablar del marido “calzonazos”? ¿Sabes cómo se burla le gente de esa clase de hombres? Por otra parte, la mujer que ocupa un lugar de privilegio entre unas cuantas rivales es más digna de admiración que la que se guarda el marido para ella sola. Y, además, su vida resulta mucho más divertida y emocionante…” (capítulo 39, en boca de Yugiri)

 
“¿Qué realidad tiene el mundo? La misma que la efímera. Visto y no visto.” (capítulo 52, en boca de Kaoru)

 
“Nada es eterno, solo el cambio existe… Nos guste o no, así es el mundo.” (capítulo 53, en boca de la hermana del monje Sozu)

 

lunes, 11 de noviembre de 2013

"Fuego cruzado (Crossfire)", de Miyuki Miyabe


Vivimos en el reino de los lectores justos, así que había que concederle una segunda oportunidad a Miyuki Miyabe, después de que su Juego de rol no me satisficiera lo suficiente. Me habían dicho que Fuego cruzado era la obra de referencia de esta autora, la que había que leer de forma prioritaria por encima de todas las demás. Y lo que me he encontrado es con el patrón del que luego Miyuki Miyabe se sirvió para escribir Juego de rol y, probablemente (tendría que leerlas para prescindir del “probablemente”), las otras dos novelas que configuran su tetralogía de Tokio. Y esa horma parece querer trasmitir a la obra consecuente todas sus virtudes (las pocas que yo consigo ver) y todos sus defectos (abundantes para mi gusto).

 
Lamento no haber podido detectar en la obra de Miyabe los elementos de disfrute y de positiva apreciación que muchos han sabido encontrar, según se observa en Internet a poco que te metas en el Google a buscar blogs literarios que contengan críticas y reseñas de Fuego cruzado. Las alabanzas a la novela abundan: que si es como Stephen King, que si la novela negra y la de terror se dan de la mano en inigualable maridaje, etc.

 
No digo que no. Pero a mí, si se me pide sinceridad, he de decir que, más que Stephen King, en Fuego cruzado he creído ver una versión nipona de la novela negra escandinava más sosa y menos creíble, o sea, la novela tipo Stieg Larsson (y que me perdonen los incondicionales de Millennium), con heroína vengativa invencible en sus dotes (siempre por encima de lo que la realidad y el sentido común aceptan por tolerable) e insuperable en los niveles de mala leche que llega alcanzar en su labor vengadora, aunque siempre se trata de una venganza y una mala leche de las políticamente correctas, es decir, que las víctimas de su cólera son personas de esas que a la gente de bien no le gustaría tener como vecinos: militantes de extrema derecha, maltratadores de mujeres, violadores, mafiosos varios, etc. Ver cómo un indeseable muerde el polvo es un planteamiento temático que seduce a la gran masa del público y le hace pensar cosas como que lo que lee también debería suceder en la realidad y que en España nos ha faltado una guillotina...


En este caso, las dotes de Junko Aoki, la protagonista, son las de la piroquinesis, palabreja con la que se designa la facultad que ciertas personas, al parecer, tienen de provocar incendios por medio de la mente, y que no debe haber muchas en el mundo, pues de haberlas, y en los tiempos de indignaciones varias en que vivimos, ardería Troya (y nunca mejor dicho). Por eso mismo me sorprende que una niñata con semejantes poderes se limite a ajustarle las cuentas a cuatro criminalillos de mala muerte, pudiendo aspirar a convertir parlamentos y sedes bancarias en monumentos falleros… Claro, sucede que Miyuki Miyabe es japonesa y no española (o de cualquier otra nacionalidad donde la vida no sea Bambi), de ahí que, sumida en su peculiar y naíf cosmogonía nipona, la quintaesencia del mal quede personificada en una banda de macarrillas barriobajeros. En fin, que a poco aspiran los vengadores japoneses dotados de superpoderes.

 
La detective Chikako Ishizu, verdadera protagonista de la tetralogía de Tokio de Miyuki Miyabe, tampoco le va a la zaga a Junko Aoki en cuanto a corrección política y a ausencia de elementos canallas: no tiene problemas con el alcohol, ni con el tabaco, ni enfermedades chungas, ni vicios  merecedores de sonrojo, ni marido putero, ni tan siquiera hijos que saquen malas notas. No hay cosa más sosa que un policía íntegro y exento de graves problemas personales protagonizando una novela negra, aparte de que esa integridad y serenidad de espíritu resulta menos creíble aún que la piroquinesis de Junko Aoki.

 
De todas maneras, al igual que paso factura a lo malo de este novela, aprovecho para elogiar su lado positivo: también en la línea de Stieg Larsson, Fuego cruzado constituye un termómetro social bastante certero (y en ese sentido, sí hace honor al concepto de novela negra). En más de una ocasión se le mete el dedo en la llaga a la sociedad japonesa contemporánea, denunciando algunos de sus aspectos más oscuros como el crimen organizado, el maltrato y la violencia de género, la soledad no deseada, problemas que ya resultan algo tópicos y manoseados en la narrativa y el cine japoneses de hoy, pero no por ello dejan de ser ciertos. Ya solo por eso no considero tiempo perdido la lectura de este trabajo.

 
Además, supongo que, por encima de todo, la novela fue concebida para entretener y al parecer a muchos entretiene, así que cumpliría con sus objetivos. En definitiva, la Miyabe debe de sentirse contenta.
 

lunes, 7 de octubre de 2013

"La bailarina de Izu", de Yasunari Kawabata


Con el pretexto de la excursión que hice a la península de Izu hace un par de semanas, releí La bailarina de Izu, ópera prima de Yasunari Kawabata, un breve relato publicado en 1926 y que marca las pautas de lo que será el quehacer literario del Nobel japonés durante las siguientes cuatro décadas.

Hará unos 25 años que lo leí por vez primera, y me dejó en el paladar literario un regusto de melancolía (la que debió acompañar a Kawabata a lo largo de su vida), pero también la fascinación por el exotismo de una cultura como la japonesa que en aquella época me resultaba totalmente ajena, ignota, remota. Pero las escasas páginas de La bailarina de Izu sirven para convencer a cualquiera de que, ni La bailarina de Izu será la última obra de Kawabata que lea, ni Kawabata será el último autor japonés que le suscite interés.

Y es que a todo lector dotado de unos mínimos de sensibilidad le va a marcar esta bella historia de un joven estudiante tokiota que se va de veraneo a la península de Izu y allí se enamora de una bailarina natural de la vecina isla de Oshima y cuya compañía de baile andaba de gira estival por Izu, de pueblo en pueblo y de onsen en onsen. Y a ese lector le va a marcar esta historia por la sencilla razón de que el primero que se vio marcado por ella fue sin duda el propio Kawabata: lo que se cuenta en La bailarina de Izu tiene muchísimo de autobiográfico, y somos muchos los que nos dejamos fácilmente atrapar por una historia en cuanto esta desprende aromas a confesión y revelación: la sinceridad normalmente llega al lector.

En definitiva, La bailarina de Izu es la historia de una vivencia efímera pero intensa; de deleite, seducción y sensualidad, pero también de frustración, dolor y fracaso. No es fácil dar tanto y con tanta dignidad literaria en tan pocas páginas y bajo el peso de la inexperiencia que se le supone al autor debutante. A Kawabata al menos no pareció influirle demasiado ese factor.

 

martes, 10 de septiembre de 2013

"Hanshichi, un detective en el Japón de los samuráis", de Okamoto Kidô


Si me dicen que el libro que voy a leer es algo parecido a Sherlock Holmes, es más que probable que acabe eligiendo otra lectura. Y eso es lo que hubiera hecho con Hanshichi, pero le di una oportunidad por aquello de que era japonesa y estaba ambientada en el Tokio decimonónico previo a la Restauración Meiji, o sea, esa ciudad que aún no era la capital de Japón  (al menos no lo era en el sentido de que el emperador aún residía en Kioto) y que todavía era conocida como Edo.

Curiosidad era también la que sentía hacia el autor de estos relatos, el escritor Okamoto Kidô (1872-1939), un autor de lo más versátil, y aunque el mayor volumen de su bibliografía lo ocupan las obras de teatro, en su época fue sobre todo conocido por sus historias del detective Hanshichi, que se fueron publicando por entregas en revistas entre 1916 y 1939, y que ahora tenemos la ocasión de poder leer en español gracias a la edición de Quaterni.

En efecto, Hanshichi es un detective que, a comienzos del siglo XX, y ya jubilado, se dedica a contarle a un joven periodista (que ejerce de narrador en los relatos) las peculiares batallitas detectivescas que vivió décadas atrás en una ciudad de Edo que no tenía mucho que ver con el Tokio de la era Taisho en que Hanshichi pasaba sus últimos años de vida. Y en eso reside el encanto de esta colección de relatos: en que Hanshichi va sirviendo de guía por aquel Edo a alguien que por su juventud no lo había conocido, y a los lectores nos va poniendo al corriente de los usos y costumbres del lugar y de la época. A través de las tramas criminales descubres el lado oscuro y siniestro de la ciudad de Edo, pero por otra parte, por la humanidad que rezuman las historias, te vas dando cuenta de que Edo tenía ese aroma inconfundible de “pueblo gordo”, más que de ciudad, muy similar al del Madrid que puebla las páginas de muchas de las novelas de Pérez Galdós. Queda reflejada la psicología del habitante de Edo, muy supersticioso y obsesionado con encontrar explicaciones sobrenaturales a las cosas que suceden a su alrededor, incluidos los crímenes. Se describe también con fidelidad la topografía de aquel Tokio decimonónico y, lo más interesante para los amantes de la narrativa histórica (pues qué duda cabe de que Hanshichi también tiene algo de eso), se describe con detalle la vida cotidiana de las distintas clases sociales y colectivos que poblaban aquellas calles del viejo Edo, y las relaciones, no siempre cordiales, que entre ellos se producían.

Pues eso, que Hanshichi es mucho más de lo que puede parecer. Es literatura de detectives, pero con elementos de la mejor literatura negra (Hanshichi no es detective de salón, sino que se ve obligado a “mojarse” en ocasiones, y el lado oscuro de la ciudad queda recogido en las páginas de los relatos), de la mejor literatura histórica, de un costumbrismo certero y trabajado que nos hace pensar en la buena narrativa realista y naturalista de la Europa del siglo XIX… No es literatura menor, no…

miércoles, 26 de junio de 2013

"El Palacio de los Sueños", de Ismail Kadaré



Ismail Kadaré, uno de esos autores que llevaba mucho tiempo queriendo leer, pero cuya primera lectura siempre se iba inexorablemente posponiendo a favor de otras. Ya le tocaba, y qué mejor manera de empezar a leerlo que con una de sus obras más representativas. El Palacio de los Sueños (1981) no defrauda: ofrece lo que uno espera de ella, al menos lo que yo esperaba. Y es que, bajo la apariencia de un original relato que mezcla elementos de novela histórica con ciencia-ficción, Kadaré parece querer hacer una crítica sutil pero valiente hacia las formas totalitarias de Estado, como el Estado en que a él le tocó vivir: el de la Albania socialista. De hecho, a los mecanismos censores albaneses no se les escapó el detalle y la obra tuvo dificultades para ver la luz.

Y es que, ¿podría haber un Estado más totalitario que aquél que pretendiera controlar incluso los sueños de sus ciudadanos? Pues eso es lo que propone Kadaré en El Palacio de los Sueños: la existencia de un delirante ministerio que, en tiempos de un Imperio Otomano en decadencia (se deduce que la acción transcurre a mediados o finales del siglo XIX), se dedicaba a hacer acopio de los sueños de sus súbditos para después tratar de interpretarlos por si pudieran pronosticar algún desastre que afectara a la seguridad del Estado.

El protagonista es Mark-Alem, uno de los funcionarios que trabaja para ese Palacio de los Sueños. Es un chico perteneciente a los Qyprilli, una de las más ilustres familias del Imperio, una saga de hombres de Estado que, sin embargo, nunca han visto al Palacio de los Sueños con buenos ojos. Sin embargo, ello no es óbice para que Mark-Alem vaya progresando en su carrera administrativa y que sus investigaciones sobre los sueños del populacho otomano puedan traer repercusiones funestas para los Qyprilli.

La comparación con Kafka suele ser inevitable. Buscas en Internet, y sueles encontrarte con el adjetivo “kafkiano” asociado a esta novela. No digo que no, aunque sinceramente, esa irrespirable atmósfera de Estado controlador, opresivo y metomentodo se acerca más a la idea que tengo de “orweliano” que de “kafkiano”. El Palacio de los Sueños se muestra al lector como un exótico Gran Hermano a la otomana, capaz de succionar la esencia onírica de su pueblo y de actuar en consecuencia: y al final al lector le queda la acongojante sensación de que nada se puede escapar a tales tentáculos.

Se lee bien, se lee con gusto.

lunes, 27 de mayo de 2013

"Shogun", de James Clavell



Este es un libro al que llegué, una vez más, gracias al enorme servicio literario que ofrece la tertulia de Kenzi Guerrero, a la que solo asisto con el corazón, pero algo es algo. Es un libro que, de no ser porque está siendo objeto de debate en esa tertulia, seguramente no habría leído en mi vida, y todo por una insana mezcla de pasividad, indiferencia, prejuicios y otras demencias. Ya sabéis, que si es un best seller, que si lo ha escrito un gaijin que para colmo se dedica a poner a caldo a los japoneses de hace 400 años y a retratarlos como siniestros personajes de katanas tomar…

Y bueno, tras la lectura de Shogun (1975) no he llegado a caer en el más eufórico de los entusiasmo ni a lamentar lo mucho que me estaba perdiendo, pero tampoco he tenido la acerba sensación del que irreversiblemente ha visto como una parte sustancial del tiempo de su existencia ha sido irreversiblemente agotada tras haber sido invertida en una actividad poco enriquecedora o infructuosa.

Nada de eso. Esta aventura ha merecido la pena, como supongo que también al navegante inglés William Adams (1564-1620) le compensó sufrir lo suyo en 1600 y años posteriores, durante su estancia forzosa en Japón a raíz de un viaje accidentado por el Pacífico, con tifones y persecuciones de españoles y portugueses, que le hicieron arribar con su nave a las costas niponas. En la novela el histórico Adams adquiere cuerpo de ficción bajo el nombre de John Blackthorne (sí, el que interpretaba Richard Chamberlain en la serie de televisión que luego hicieron), personaje protagónico que ha de participar lo quiera o no en un oscuro juego de relaciones y de feroces intereses locales e internacionales (señores feudales japoneses que ansían controlar el país, portugueses que quieren seguir teniendo la exclusiva en el comercio exterior, holandeses e ingleses que pretenden llevarse el gato al agua, etc.).

Bueno, no pienso detenerme más en la compleja y dilatada trama que da para mil y pico páginas y que a veces resulta algo costosa de digerir, con tanto diálogo prolongado y tanto personaje y acontecimiento, con tanta inclusión de palabras y expresiones japonesas incrustadas en el texto original inglés o su traducción al español; un recurso que, dicho sea de paso, resulta algo artificioso e innecesario para mi gusto, pues no es que esos “nee” o “sumimasen” aporten algo a la comprensión general del texto; más bien lo que hacen es liar al lector y resultan, insisto, algo artificiales; digo yo que ya podía haber puesto también los diálogos en portugués y latín, ya que esa es la lengua que generalmente emplea Blackthorne cuando habla con sus interlocutores nipones). También, como sería lo deseable en una buena novela histórica (esta me parece regular; le falta un hervor para ser buena), se echa de menos una mayor presencia de descripciones de ambientes, de espacios geográficos, de batallas. He visto poca maestría en ese aspecto por parte de James Clavell, la que le sobra para generar diálogos y ahondar en la mentalidad de los japoneses y europeos de la época. Es una novela que estudia la psicología colectiva y personal de las gentes que vivieron en ese momento y en ese lugar; triunfa la narrativa, la electrizante acción y la enumeración de hechos, pero falla en cierta medida la ambientación, muy superficial (gran fallo en alguien que procede del mundo del guión cinematográfico), como si Clavell diera por supuesto que el lector la conoce, la domina, no así la situación política y económica del momento, que no duda en presentarnos con todo lujo de detalles.

Pero precisamente por eso mismo, por lo que tiene de bueno, de instructivo, de ameno, no hay que caer en el descuido de dejar de leer Shogun

Hay varias ediciones en papel, todas ellas archiagotadas y archidescatalogadas, así que descárguensela de Internet sin el menor cargo de conciencia.

martes, 14 de mayo de 2013

"Vita sexualis", de Ôgai Mori



Vita sexualis: un título prometedor, incluso si no se sabe latín. Y me imagino que el Japón de 1909, momento en que esta novela de Ôgai Mori vio la luz, pocos eran los japoneses que dominaban la lengua de Cicerón, o tenían al menos las nociones suficientes como para deducir el significado del título. Pero con ese título es como se publicó originalmente esta novela hace poco más de un siglo. Sabiendo, además, que las autoridades retiraron de la circulación el texto por considerarlo moralmente inadecuado, uno llega a pensar que la obra no pasó de ningún modo desapercibida. Por ese mismo motivo esperaba encontrarme con unas páginas de esas que a veces vienen convencionalmente a llamar “escandalosas”, a pesar de que ya hay pocas cosas, si no ninguna, que nos escandalicen en materia de sexo a estas alturas de la película. Sin embargo, empiezo a leer el prólogo de Kayoko Takagi en la edición española de Trotta, y en él se advierte de que no hay tales motivos para el rubor, y que quizás se pasaron unos cuantos pueblos censurando este trabajo en su época (solía pasar, y no solo en Japón). Es más, se nos indica que el lector de Vita sexualis se dispone a iniciar una lectura reflexiva, en la que básicamente se trata de demostrar la importancia que el sexo llega a tener a lo largo de nuestras vidas; una de esas obviedades que hasta fechas no demasiado remotas se ha estado viendo como una verdad incómoda. Y se ve que Ôgai Mori metió el dedo en una de las llagas que laceraba el cuerpo de la paradójica era Meiji, a ratos occidental, a ratos oriental; en ocasiones desinhibida, pero en otras puritana; por momentos moderna, por momentos tradicional y conservadora; libre y tolerante para unas cosas, censora y restrictiva para otras.

Lo que uno se encuentra al leer Vita sexualis es un texto contado en primera persona y que puede que tenga mucho de autobiográfico. El filósofo ficticio Shizuka Kanai se presta a contarnos todo lo que de sexual ha tenido su vida, desde la tierna edad de seis años hasta los veintiuno. Concebida por el propio Ôgai Mori como una crítica, no exenta de parodia, hacia el Naturalismo literario, la obra ante todo lo que ofrece es mucho sentido del humor. (humor a la japonesa, humor de hace más de un siglo, pero humor al fin y al cabo). Por ese mismo detalle, me ha recordado mucho a Soy un gato, la memorable novela de Sôseki Natsume; no en vano, y por si quedaban dudas, en el capítulo introductorio de Vita sexualis se cuenta que “(Shizuka) Kanai leyó (Soy un gato) con enorme interés, hasta el punto de sentirse estimulado por ella”. Luego, en el siguiente párrafo, y por si también cabían dudas del antinaturalismo de Ôgai Mori, se dedica a poner a parir a Germinal de Zola porque insinúa que las escenas sexuales que aparecen en la citada novela no vienen a cuento… O sea, que como en Yo, el gato, Mori aprovecha las páginas de Vita sexualis para exorcizar sus fantasmas literarios, para quedarse bien a gusto, en otras palabras, combatiendo al enemigo con sus propias armas: las armas del shishôsetsu o novela del “yo”. Bueno, me gusta el resultado; ese “yo” sarcástico que se desnuda a todos los niveles y nos permite entender algo más de los códigos sexuales de un lugar y un tiempo. Una discreta joya literaria que no hay que dejar de leer.

La edición, como ya he dicho, es de Trotta, con traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo.


martes, 23 de abril de 2013

"Una extraña historia al este del río", de Nagai Kafû



Esto era otra cosa. Me reconcilio con la pluma de Nagai Kafû después de leer Una extraña historia al este del río (1937), novela corta mucha más elaborada que Durante las lluvias, con la que comparte volumen en su edición en español, publicada por Satori. Ahora he podido entender los elogios que Carlos Rubio le dedicaba a Nagai Kafû en su introducción a estos dos trabajos. Y aunque sigo viéndolo algo alejado de la categoría de genio, ahora me parece un poco más próximo a esa condición.

Como obra de madurez que era (Nagai Kafû tenía 58 años cuando se publicó), Una extraña historia al este del río ofrece elementos de calidad literaria y aspiraciones técnicas y estéticas que van mucho más allá de la mera descripción de los ambientes y espacios más característicos del Japón putero y libertino de los primeros años de la era Showa. Por supuesto que también hay mucho de eso, pero la cosa no se queda ahí y aspira a alcanzar otros horizontes. De momento, nos encontramos con un sugerente planteamiento metaliterario, bajo el pretexto de la historia de un escritor que se enamora de una prostituta, a la par que trata de escribir una novela. Así, entre episodio y episodio transcurrido en los bajos fondos tokiotas, el protagonista va proporcionando al lector detalles sobre su proceder como escritor e incrustando en el texto fragmentos de la novela que está componiendo.

En definitiva, un ejercicio original, complejo y altamente autobiográfico, con aires de innovación y de vanguardia, con aromas a esos autores franceses que Nagai Kafû tanto admiraba. Y es que, a medida que iba leyendo Una extraña historia al este del río, por mi cabeza iban pasando recuerdos vagos pero elocuentes de Los monederos falsos de André Gide. Quizás la novela de Kafû no alcance la complejidad de la de Gide, pero ello no le resta originalidad ni interés. En otras palabras, se perciben las influencias de André Gide, pero ello no supone una renuncia por parte de Nagai Kafû a la esencia literaria del Japón: como ejemplo, cabe comentar que, en un momento de la novela, el protagonista reconoce la importancia de incluir en una novela los fenómenos meteorológicos o la observación de la naturaleza. Y así lo cumple el propio Kafû: la gran mayoría de los capítulos de Una extraña historia al este del río se inician con una descripción del tiempo y/o del paisaje en el momento en que transcurre la acción. En fin, eso que a mí me da por llamar “momento haiku”, y que a autores como Kawabata se les daba tan bien. Pues Kafû, cuando se lo proponía, tampoco se quedaba corto, a lo que se ve.

Un texto que parece transitar sin rumbo definido ni planteamiento estructural claro, lo que no es de extrañar en el contexto histórico en que fue escrita, pues se trata de una novela con la que Nagai Kafû nos lleva una vez más al sórdido mundo del Japón de entreguerras, época en que el país navegaba lentamente a la deriva y hacia un trágico hundimiento que aún no se había producido ni tan siquiera se atisbaba, aunque ya parecía contar con un significativo grupo de náufragos, como lo eran los personajes que pueblan las páginas firmadas por Nagai Kafû (él mismo sin duda figuraba en esa nómina de náufragos): un autor que habrá que seguir leyendo.

lunes, 1 de abril de 2013

"País de nieve", de Yasunari Kawabata



Tocaba volver a navegar por los mares literarios de Kawabata, uno de esos autores que nunca se leerá lo suficiente. Y, hablando de mi caso particular, lo que llevo leído y disfrutado del primer Premio Nobel japonés queda aún a años luz de lo que podría recibir el calificativo de “suficiente”.

Camino de esa suficiencia he transitado por las páginas de País de nieve, novela que fue originalmente publicada por entregas entre 1935 y 1937, como sucedió años atrás con muchas de las grandes novelas de la literatura europea decimonónica: para que luego vengan diciendo que lo de la cultura por entregas es algo de nuestro tiempo.

Preciosa historia de amores y desamores, de temáticas universales que trascienden el tiempo y el espacio. La acción transcurre en el interior de Japón, en los años treinta y en pleno invierno, pero, con los ajustes lógicos y necesarios, si te dicen que esto pasa en la costa alicantina, en 2013 y en pleno verano, resulta igual de creíble.

La vida del ocioso y diletante Shimamura, arquetipo del pijo sobrado de pasta y que no necesita trabajar (se dedica teóricamente al estudio de la danza occidental), se cruza con la de Komako, geisha en un pequeño pueblo montañés que vive del turismo, circunstancia que obliga a que las geishas sean algo más de lo que las enciclopedias bienpensantes de Japón suelen decirnos que son. Los caracteres bien contrapuestos de Shimamura y Komako entran constantemente en conflicto y a la vez en atracción, lo que motiva que Shimamura haga varios viajes al “país de la nieve”. Pero mientras, para complicar las cosas, surge en escena otra joven pueblerina llamada Yoko.

Me quedo con la fuerza de la historia gracias al triángulo de relaciones y sentimientos que se van forjando a lo largo de la historia, con desenlace trágico de postre. El prologuista Edward G. Seidensticker (en la edición de Emecé al menos está su prólogo) ve un montón de simbolismo en todas las figuras protagónicas, con buena parte de razón, aunque a mí lo que me ha llegado es sobre todo la profunda belleza lírica que engalana esta novela.

Y es que hay poesía por todas partes. La sensibilidad hacia el paisaje, hacia el medio natural y la meteorología, aflora por la superficie de cada página. Tienes la sensación de que te has sumergido en la lectura de un haiku de casi doscientas páginas.

El final, como ya dije, es trágico, incendiario, a la vez que poco esclarecedor, bastante abierto, lo que le añade un último encanto a la novela, por si ya tuviera pocos: te deja ese regusto que solo tienen las grandes obras, te proporciona los motivos para que lo que has leído siga presente en ti tras cerrar el libro.


martes, 26 de marzo de 2013

"Durante las lluvias", de Nagai Kafû



Durante las lluvias (Tsuyu no atosaki, 1931) es la primera de las dos novelas cortas del escritor japonés Nagai Kafû (1879-1959) que componen el volumen Una extraña historia al este del río, publicado en español por Satori (2012), con traducción de Rumi Sato. La segunda de las novelas, publicada en 1937, es la que da título al libro, y de ella me ocuparé en otra entrada de este blog dentro de unos días.

Accedí a la lectura de esta historia alentado por la introducción que Carlos Rubio hace a la citada edición, donde llega a afirmar que Nagai Kafû “se halla un peldaño más arriba de la categoría de maestro: la de genio (como Chikamatsu y Akutagawa)”. Leo con profundo respeto, cuando no con algo de veneración, los textos introductorios que Carlos Rubio redacta en las publicaciones de Satori u otras editoriales, porque con ellos es capaz de sumergir al lector en el contexto espacio-temporal de la obra y de aportarle datos biográficos de singular relevancia sobre el autor que permiten acercarnos al por qué de su estilo y sus inquietudes temáticas. Y por eso mismo, confié en que iba a leer una obra genial, es decir, la que es propia de un genio, y he de confesar que me llevé un chasco. Estoy de acuerdo en apreciar la maestría literaria de Nagai Kafû, pero no he sabido encontrarle la genialidad, al menos en Durante las lluvias, el primero que leo de este autor. No he logrado verle a la altura de otros japoneses de su tiempo como Tanizaki o (mucho menos aún) Akutagawa.

Es cierto que el profundo conocimiento de campo que Kafû tenía sobre los bajos fondos y el puterío tokiotas de su tiempo confiere una gran credibilidad y un incalculable valor documental a sus trabajos, ambientados en tan sórdidos pero atractivos lugares. Durante las lluvias tiene sin duda muchísimo de autobiográfico, con ese escritor protagonista que se enamora de la puta y con la que establece un sutil juego de atracción y rechazo. De acuerdo también en que la carga costumbrista y realista del texto le aporta un valor documental añadido. A través de sus páginas contemplo zonas de Tokio por las que transito en la actualidad, tales como Ichigaya, Kaguzaraka, Yotsuya… Y no hay quien las reconozca… Te enteras de que los sitios que hoy son el súmmum de la elegancia y del pijerío tokiotas, debieron ser antros puteros de agárrate hace poco menos de un siglo. Las vueltas que da la vida.

A pesar de todo, no sé si es porque me esperaba algo más de una literatura calificada de “libertina”, pero lo cierto es que el relato me ha resultado algo suave, naif, me atrevería a decir que incluso algo pueril. Que no era para tanto, vamos.

De todas maneras, leeré a continuación Una extraña historia al este del río, supuestamente mejor que Durante las lluvias, confiando en que solo se haya tratado de una mala primera impresión, aunque “mala” tampoco es el adjetivo que quiero utilizar para referirme a esta narración; eso tampoco haría justicia a la novela de Kafû.

domingo, 10 de marzo de 2013

"La mujer de la arena", de Kôbô Abe



Hace unos días alguien me puso un ejemplar de este libro sobre la mesa y me recomendó que lo leyera, porque “Este sí que es el Kafka japonés, y no el Haruki Murakami”. No podía argumentar en su contra, pues la historia del libro ya me era familiar gracias al impactante filme que Hiroshi Teshigahara había rodado basándose en esta novela. Y precisamente por eso hace años que ya lo habría leído, si no fuese porque en las librerías españolas figura eternamente como agotado y no parece que exista versión digital en Internet digna de ser descargada. Pero en cuanto un ejemplar cayó en mis manos, no hubo piedad con sus páginas y cayeron una tras otra.

La película de Teshigahara respondió a mis expectativas en su momento y el texto original de Kôbô Abe ahora me ha resultado igual de convincente, si no más. Engancha la historia del maestro de escuela aficionado a la entomología que se aventura durante sus vacaciones en una comarca de dunas para capturar escarabajos y al final acaba siendo él el capturado. Los lugareños le obligan a vivir junto a una enigmática mujer en una vivienda sumida en un hoyo, como tantas otras de la localidad, desde la cual debe colaborar en las labores de recogida de arena que permiten la subsistencia de sus gentes, pues de lo contrario las dunas habrían sepultado el pueblo tiempo atrás. Como es de suponer, el protagonista pretende librarse de su cautiverio, y para ello lleva a cabo una serie de planes y operaciones de fuga que siempre desembocan en el fracaso, y ahí está lo kafkiano del asunto: el personaje se ve implicado en un desafortunado asunto sin comerlo ni beberlo, ni haber hecho especiales méritos para ello, ni encontrar una explicación lógica a su negro destino. Paralelamente, el hombre establece una intensa y ambigua relación con su anfitriona que podríamos calificar de amor-odio, y que aporta intensidad argumental a la novela, a la vez que le asegura un final abierto, de esos que te dejan un regusto en el paladar literario.

No sé si solo me pasa a mí, pero en La mujer de la arena he creído ver, más allá de la fábula kafkiana, una soterrada y sutil crítica al Japón en que a Abe le tocó vivir, el Japón de hace cincuenta años que, en esencia, comparte bastantes rasgos esenciales con el Japón de 2013. O precisamente esa cimentación oculta en la realidad es lo que hace que esta novela sea más kafkiana si cabe, porque, ¿acaso Kafka no anunciaba premonitoriamente y de paso denunciaba en sus trabajos toda la demencia que pringaba a la Europa central de hace un siglo y que con el paso de los años devendría en demencias aún mayores?

Lo cierto es que a lo largo de las páginas de La mujer de arena, pero sobre todo a medida que me he ido acercando al final, he visto toda una sucesión de alegorías sobre los aspectos menos edificantes del estilo de vida de las grandes ciudades niponas, aunque la acción de la novela se desarrolle en un entorno desértico y desde luego nada urbano. Pero veo esos siniestros hoyos rodeados de arena en los que la gente se ve condenada a trabajar día tras día, sin apenas disfrutar de descansos y por supuesto sin vacaciones, sin tener la mínima opción de escapar, y con la retranca que tiene el dato, que Abe deja sutilmente caer, de que muchos de esos cautivos tienen a su disposición medios para escapar y sin embargo no lo hacen, quizás porque tienen miedo a lo que hay fuera, quizás porque consideran que esa es su obligación o ese es su lugar…

Y a veces Abe deja aparcadas las alegorías y otras licencias literarias y lanza ataques contra el sistema tan directos como inequívocos. Jamás había leído una descripción tan precisa y acertada como la que hace de los deprimentes y prosaicos domingos tokiotas (otra cosa que no ha cambiado mucho en 50 años, me temo).

Gran novela, sin duda, de las que son (o deberían ser) un hito en su época y en su cultura. No será lo último de Abe que lea.