viernes, 18 de abril de 2014

"Balzac y la joven costurera china", de Dai Sijie


Ya daba vergüenza que un blog de literatura oriental, después de cuatro años, apenas le haya dedicado entradas a las letras chinas, aunque en el caso que nos ocupa se trate de letras escritas en francés, pues ese ha sido el idioma que el chino Dai Sijie ha elegido para desarrollar su obra literaria. Pero me apetecía leer la novela en la que se basa una de mis películas chinas favoritas (por cierto, dirigida por el propio Dai Sijie), ahora que el libro había llegado a mis manos.
 
Y lo que me he encontrado es con un texto sencillo, modesto en sus mimbres, de esos que no te van a resultar grandioso, ni tampoco adictivo, pero que vas a leer con gusto, quizás por lo que tiene de emotivo, de autobiográfico y de sincero. Te gustará y disfrutarás con su lectura, y todo ello pese al considerable nivel de crudeza que por momentos impregna las páginas de esta novela, si bien se trata de una crudeza sostenible gracias al aporte de emotividad y romanticismo que aportan las pulsiones sentimentales de los protagonistas, por no hablar de la kafkiana representación que se hace del aparato represor y “reeducativo” con que contaba el estado maoísta hace cosa de cuatro décadas, pero que la China de hoy se empeña en seguir sacando a colación en cuanto cuenta con la menor oportunidad, incluso allende sus fronteras (léase esta noticia).
 
Bueno, no te deja indiferente la historia de ese par de adolescentes “burgueses” (término con el que los comunistas suelen denominar solemnemente, aunque en igual tono despectivo, a los pijos) que son enviados al campo a trabajar, a ver si se les pega la ignorancia de los campesinos y se olvidan de memeces tales como tocar el violín o leer a “peligrosos” autores occidentales tal que Balzac, nada más y nada menos…
 
En fin, habrá quien diga, amortiguados por ese sanitario colchón virtual que es Internet, que esto es pura y lacerante propaganda occidental contra la virtuosa y pluscuamperfecta revolución cultural de Mao; y lo dirán como si verdaderamente lo hubieran vivido, como si hubieran estado ahí, reeducándose en el medio rural chino. Yo soy más partidario del castizo “cuando el río suena, agua lleva”. Y escucho el fluir de las aguas…

 

domingo, 30 de marzo de 2014

"Muerte en Estambul", de Petros Márkaris


Siempre me había apetecido hablar de uno de mis autores de novela negra favoritos, el griego Petros Márkaris. Bueno, si metemos a la sufrida Grecia actual en el saco de lo oriental, pues entonces las correrías del comisario Kostas Jaritos por las calles de Atenas a lomos de su Fiat Supermirafiori podrían tener cabida en este blog. Pero, qué mejor ocasión para meter a Márkaris en nuestra nómina de autores que con Muerte en Estambul, la quinta novela de la serie Jaritos y la única en la que el cachazudo y pintoresco agente heleno lleva íntegramente a cabo su labor investigadora no solo fuera de la capital griega, sino fuera de la misma Grecia. El buen hombre estaba tratando de pasárselo bien en un viaje organizado por Estambul, cuando le informan de que una abuelita griega va cargándose a gente a golpe de empanadillas de queso generosamente sazonadas con pesticida. La cosa se complica cuando esta abuelita, que antaño perteneció a la comunidad de griegos residentes en Turquía, decide traspasar fronteras y ampliar su actividad asesina por tierras turcas, lo que ya implica profesionalmente al comisario Jaritos, que se ve obligado a dejar aparcadas sus vacaciones y a colaborar con un agente de la policía turca en la investigación del caso.
 
Pese a lo excepcional de esta nueva aventura de Jaritos en cuanto al escenario de sus acciones, la novela en sí no difiere mucho de las restantes de la saga. Vemos a un Jaritos mordaz e irónico, de vuelta ya de casi todo, en constante batalla dialéctica con Adrianí, su histérica e indomeñable mujer. Al margen de esos detalles ya rutinarios, como del sentido del humor “marca Jaritos” que desde la primera página ya te convierte en fan incondicional del poli griego, y de la trama detectivesca bien hilvanada y que lleva a la resolución del caso, lo realmente interesante e innovador de Muerte en Estambul desde un punto de vista cultural o antropológico es sin duda la certera y didáctica descripción que Márkaris hace de los rum, es decir, la colonia de griegos que reside en territorio turco, a día de hoy muy exigua, dados los crudos avatares de su historia más reciente, y que Márkaris describe con precisión y presteza a lo largo de la novela. Al fin y al cabo sabe de lo que habla, porque el propio Petros Márkaris perteneció a esa comunidad (nació en Estambul en 1937), pero como la gran mayoría de sus miembros, tuvo que huir a Grecia a mediados del siglo pasado debido a uno de los muchos episodios trágicos que han ensangrentado la convivencia entre turcos y griegos a lo largo de su historia más reciente. La novela no deja de hacer hincapié en ese lado tan oscuro del pasado grecoturco, así como en lo duro que siempre es pertenecer a una minoría, no importa cuál y no importa dónde. Murat, el agente turco que colabora con Jaritos, lo ha sufrido en sus propias carnes, pues su familia tuvo que emigrar a Alemania. Es lo bueno de Márkaris: siempre nos permitirá viajar por cada uno de los rincones que configuran la cruda realidad griega (o incluso de más allá), cruda como realmente es, ya se trate de la baja consideración con que en Grecia se trata a inmigrantes balcánicos y africanos, o del auge y la caída de la economía helena, o de ese siniestro pasado griego de dictadura fascista y un no más halagüeño presente de neonazis y niñatos de extrema derecha. Pero Márkaris, ecuánime, hará gala de un magistral ejercicio de integración literaria y dejará siempre espacio a las voces de todos los puntos de vista implicados. Al final, a uno siempre le queda la sensación de que toda Grecia está en Márkaris.
 

martes, 18 de marzo de 2014

"El samurai", de Shusaku Endô



En este año dual del (supuesto) inicio de las relaciones diplomáticas entre Japón y España, mucho se ha oído hablar sobre lo maravilloso de tal empresa, o sea, la que un tal Hasekura emprendió junto a algunos de los suyos, atravesando dos océanos, con México (entonces Nueva España) de por medio. Viendo lo bien que se lo pasan ahora los emisarios de uno y otro estado, con ese príncipe heredero de Japón a la cabeza, dándose un garbeo por Coria del Río para visitar a esos españoles apellidados Japón y de paso, y con ese vago pretexto, ponerse morado de jamón ibérico, entre otras delicias (según me cuentan, el caviar de Coria goza de cierto reconocimiento entre los gourmets), a costa del erario público coriano, vengando así a aquellos compatriotas suyos que arribaron a las márgenes del Guadalquivir hace cuatro siglos y que seguramente no catarían tales manjares en demasía; más adelante veremos por qué.
 
En otras palabras: con tanto acto conmemorativo da la sensación de que realmente hay algo que celebrar, de que aquella expedición doblemente transoceánica de 1613-1614 fue más trascendente para nuestro devenir histórico que el Concilio de Trento, la batalla de Rocroi, la invención del chupachús o el gol de Iniesta en Suráfrica. Vamos, que aquellos intrépidos diplomático-marinerillos de tres al cuarto hicieron en España algo más sustancioso que adiestrar a Águila Roja en el manejo de la katana.

 
Afortunadamente, ya había literatura que hace más de una década, y aunque fuera bajo la sanitaria y precavida forma de una obra de ficción, trató de poner al acontecimiento en su debido sitio. Y quizás por eso mismo no se hable tanto de esta literatura y permanezca tan escondida en las estanterías de las librerías. De hecho, El samurai es uno de esos libros que resultan difíciles de encontrar, a pesar de las halagüeñas perspectivas comerciales que podría tener su reedición aprovechando la coyuntura del año dual de marras. Pero no. Y eso es una lástima; se ve que las editoriales en lengua española no han acabado de cogerle el suficiente cariño a Shusaku Endô, aunque en los últimos años parece que se han multiplicado los esfuerzos por hacerle un hueco a su obra en las librerías del mundo hispanohablante. Porque además Endo tiene la gracia de que, en su condición tan peculiar de japonés cristiano, está en una situación privilegiada para interpretar aquellos momentos o acontecimientos históricos en los que Japón y Occidente se encuentran, cuando no se dan directamente de bruces, y en virtud de ello se ven obligados a entenderse, o a menos a intentarlo.

 
Y en el caso de la novela El samurai, vemos un análisis minucioso de ese proceso, un proceso que desemboca en el absoluto fracaso del proyecto común. Vale que Endô, insisto, recurre a la ficción y altera sustancialmente los hechos históricos, que no fueron exactamente como él los narra, pero la esencia del momento histórico queda sagazmente captada, al margen de todo artificio literario: se describen dos mundos fanatizados, el del Imperio español, y el del Japón de los primeros años del periodo Edo. En el Imperio español, si no eras católico, eras hombre muerto; y en el Japón de Edo podías morir exactamente por todo lo contrario: por ser católico. Estaba claro que dos mundos así no podían entenderse ni para formar pareja en una partida de mus. Y así de mal (no cuento más) les fue a Hasekura y compañía en la novela de Endo.

 
Pero El samurai no se queda en la mera novelita histórica de aventuras. De hecho, no es una novelita histórica de aventuras de esas que ahora se leen tanto y se escriben más, y que en ocasiones te dejan intelectualmente más vacío de lo que estabas antes de iniciar su lectura. Lo que Endo pretende, al narrarnos la odisea del equipo de Hasekura, es ahondar en el otro viaje que experimentaron los miembros de la expedición: el viaje interior, la transformación profunda y paulatina de que van siendo objeto, la génesis de la duda ante el descubrimiento del otro y de sus valores espirituales, todo un hallazgo en un contexto histórico en que, como ya dije líneas más arriba, el fundamentalismo y la cerrazón eran moneda de uso común. Y en eso reside el valor de esta historia: en lo bien que se describe cómo va brotando en Hasekura el germen de la duda, en su escalonado descubrimiento de un mundo opuesto al que conocía en su Japón natal, y que a ratos va odiando, y a ratos le va cogiendo cariño. Y el valor es doble en cuanto a que descubrimos (lo confesaba el propio Endo) que la novela histórica es en parte una novela autobiográfica, pues a Endô la religión cristiana también le fue impuesta, pues su familia profesaba esa religión, pero a él no le convencía demasiado. Como a Hasekura, los crucifijos le inspiraban más incomprensión y repugnancia que otra cosa, con ese “dios” torturado y envuelto en harapos que poco tenía de glorioso; pero los años y un mayor conocimiento del lado miserable de la vida le fueron proporcionando las bases para el acercamiento a una fe que posteriormente se convirtió en algo genuinamente suyo.

 
En definitiva, El samurai es la lectura ideal para todos aquellos que siempre buscan el “algo más”, porque sin duda que lo van a encontrar.

 

viernes, 7 de marzo de 2014

"Diario de una vagabunda", de Hayashi Fumiko


Hay literatura de la de verdad, de esa que no persigue objetivos comerciales, que no piensa más en el lector o el editor que en el autor; de esa que solo puede salir del corazón, o de las vísceras, o incluso de ambas en mayor o menor grado de proporción. Es lo que creo que sucede con Diario de una vagabunda, la curiosa e inquietante aportación autobiográfica de la escritora japonesa Hayashi Fumiko (1903-1951), mujer que, según se desprende de la lectura de su libro, las pasó bastante putas a lo largo de su corta vida, sobre todo en sus años de infancia y juventud (los que describe su libro, escrito en 1930), pero eso no le impidió en todo momento luchar con encono para tratar de ser ella misma, aunque para ello tuviera que navegar contra viento y marea. En las páginas del Diario de una vagabunda se ofrece un catálogo de todos los amores y los odios de Hayashi Fumiko, que trataba de ser escritora y, más audaz si cabe, vivir de ello. Pero ni los tiempos ni el lugar en los que le tocó vivir parecían ser los mejores aliados para lograr semejantes objetivos, y entonces ahí vemos a Fumiko viéndose obligada a desempeñar trabajos ingratos, a acercarse a ciertos hombres por necesidad, a vagar por todo lo largo y lo ancho de la geografía japonesa en busca de lo que Tokio no podía ofrecerla. Nos encontramos con un espíritu libre, que no dudaba en criticar mordazmente a los intelectuales de su época que se abonaban a la literatura proletaria y que veían en la revolución socialista la panacea que les iba a librar de todos los males, si bien en un momento de su vida su libertad incurrió en la contradicción de aceptar trabajos de cronista en varios lugares de Asia colaborando con el régimen dictatorial japonés. Pero bueno, muchos escritores han tenido similares borrones en sus trayectorias; recordemos al premio Nobel noruego Knut Hamsun (por cierto, apreciadísimo por Hayashi Fumiko, y a quien cita en más de una ocasión en el Diario de una vagabunda), que en la Segunda Guerra Mundial acabó apoyando al régimen nazi. Aun así, con todas sus contracciones, o precisamente por ellas, la figura de Hayashi Fumiko merece la pena conocerse. Y, gracias a los de Satori (una vez más), es posible conocerla.

 

miércoles, 26 de febrero de 2014

"El camarada", de Takiji Kobayashi


Takiji Kobayashi (1903-1933) ya no era un descubrimiento para mí. La lectura que hace unos años hice de Kanikosen, novela redescubierta por las nuevas generaciones de japoneses, me hizo darme de bruces con la fuerza de un autor japonés de literatura proletaria o de inspiración revolucionaria que nada tenía que envidiar a los Gorki, los Jack London o los Steinbeck.
 
No mentiría si dijera que El camarada me ha llenado e impactado más que Kanikosen, siendo la primera una obra menos conocida y probablemente inferior a la segunda en lo técnico. Pero es que el componente visceral y bastante autobiográfico que se percibe en las páginas de El camarada hace que lleguen al lector con la contundencia que siempre muestra la sinceridad, la literatura que sale del alma, del “porque sí”, del “caiga quien caiga” y del “te guste o no”, y no de la sumisión a unos gustos generales para la consecución de unos objetivos comerciales.
 
El camarada contiene todos esos elementos que dan a este tipo de literatura obrera unos tintes de épica que ni Homero: sensación de peligro y heroicidad constantes en los protagonistas, con un maniqueísmo que ni en el Poema de Mio Cid: la patronal, la policía y los trabajadores espías son los perfectos villanos, dispuestos a destruir al héroe, al personaje que está dispuesto a hacer el sacrificio de morir por la salvación de sus camaradas. Mi abuelo, comunista de pro, ya lo decía: “Jesucristo fue el primer comunista de la historia”. Desde luego, en la idea del sacrificio por el bien común parece que los extremos (si es que realmente cristianismo y comunismo son extremos) se unen. En fin, ya solo por ese detalle, El camarada es una de esas lecturas que te hacen reflexionar sobre lo relativo (por no decir lo fraudulento y lo demagógico) de todo lo que te han estado vendiendo desde tus años más mozos en el colegio, en casa, en la tele… Quizás por eso mismo, libros como El camarada nunca serán lecturas obligatorias en los institutos. Nosotros nos los perdemos, y ellos se lo ganan.
 
Como Kanikosen, El camarada también ha sido publicada por Ático de los libros, e igualmente traducida por Jordi Juste y Shizuko Ono.
 

martes, 18 de febrero de 2014

"Estoy desnudo", de Yasutaka Tsutsui


Ya tenía yo ganas de volver a leer algo de Tsutsui, aunque la cosa está bastante difícil para quienes tratamos de hacer algo así, por lo poco que hay publicado en español y lo escasamente presente que suele estar en las librerías. Lo poco que hay, o te dicen que está agotado, o lo encuentras milagrosamente en alguna librería. En fin, es una pena que las editoriales españolas maltraten o cuando menos ninguneen al irreverente Tsutsui. Sólo Ediciones Atalanta se muestra valiente y leal a la obra del genio de Osaka. Tres títulos ofrecen ya de Tsutsui en su catálogo; a ver si la cifra crece.

 
De verdad que los lectores hispanohablantes nos estamos perdiendo algo si Tsutsui sigue mostrándose ausente de nuestras estanterías. Pocas personas han entendido el Japón de finales del siglo XX tan bien como Tsutsui. Resulta desolador, ácido, mordaz, incontestable, y seguro que hasta intolerable para más de uno, puede que incluso para el propio Tsutsui, de ahí que a veces opte por camuflar la realidad presente bajo el velo de la ciencia-ficción y ubique sanitariamente su historia en un inalcanzable planeta o en un no menos intangible futuro.

 
Y para ejemplo de lo que comento, la lectura de hoy: Estoy desnudo, una antología de ocho cuentos que el propio Tsutsui seleccionó a petición de los de Atalanta. Algunos de estos cuentos nos hablan de hilarantes situaciones ambientadas en el Japón de hoy. La clave del humor tsutsuiano normalmente radica en la irrupción de lo anormal, lo excepcional y lo imprevisible en el archiorganizado y ultraprogramado estilo de vida nipón, principalmente si se trata del ámbito laboral. En ese sentido, la visión satírica del universo de los salarymen nipones que nos ofrece en Estoy desnudo (el relato que da nombre a todo el libro) o en Maneras de morir, dos de los cuentos con mayor retranca de esta antología, es difícilmente superable. En ese microcosmos que es la empresa japonesa, donde todo está tan perfectamente organizado y programado, no hay nada como el surgimiento de una novedad que venga a trastocarlo todo, no importa si se trata de un incendio en un love hotel donde un asalariado echa un polvete con una mujer casada, o de la aparición de un oni asesino en una prosaica oficina.

 
Tsutsui también le da lo suyo a los medios de comunicación, a su poder y su capacidad manipuladora. En el caso de esta antología, el relato La ley del talión es una sátira mordaz sobre la obsesiva búsqueda de morbo y sensacionalismo por parte de los medios.

 
Y, como no podía ser de otra forma, en el libro se podrán leer relatos de ciencia-ficción como El peor contacto posible, que en el fondo a Tsutsui le sirve para mofarse del carácter introspectivo de los japoneses, frecuentemente tan poco comunicativos y quizás algo torpes en el entendimiento de otras culturas. El papel que un japonés desempeña en un hipotético intercambio cultural con los habitantes del planeta Magumagu es de lo más elocuente.

 
No me cansaré de repetirlo: que se aparten los los Harukis Murakamis y las Bananas Yoshimotos, que por la puerta asoma Yasutaka Tsutsui para darnos lecciones de lo que es hacer literatura japonesa de la buena.

 

miércoles, 5 de febrero de 2014

"En el bosque, bajo los cerezos en flor", de Ango Sakaguchi


Cada vez estoy más fascinado con la labor editorial de la gijonesa Satori Ediciones, que se ha empeñado en dar a conocer al lector hispanohablante esos tesorillos de la literatura japonesa que hasta ahora habían permanecido ocultos en la caverna del desconocimiento generalizado (al menos más allá de Japón), bien porque sus autores no tienen el suficiente caché como para que sus obras resulten vendibles en España (por aquellas tierras, si eres japonés y quieres que te lean incondicionalmente, tienes que llamarte Haruki Murakami), bien porque tocaban temas de escaso interés (o de elevadísimo interés, pero solo para determinadas minorías o hermandades otaku-frikis).
 
Pero los de Satori no incurren ni en la mediocridad ni en el convencionalismo tan arraigado en el sector editorial español; al contrario, se ponen el mundo por montera (o por hachimaki), agarran al toro (o al oni) por los cuernos y nos acercan figuras literarias como la de Ango Sakaguchi (1909-1955), todo un descubrimiento (al menos para mí lo ha sido).
 
En un solo volumen, bajo el título de En el bosque, bajo los cerezos en flor, los de Satori nos proporcionan tres relatos representativos del arte literario de Sakaguchi, que se revela ante el lector como todo un maestro del género del terror y la fantasía más delirante. Tras los tres cuentos se puede leer un epílogo biográfico a cargo de Jesús Palacios, aunque yo recomiendo que, si no se sabe mucho sobre Sakaguchi, se lea antes de los relatos a modo de prólogo, pues sus páginas resultarán de lo más esclarecedoras. Por ejemplo, descubrirás que Sakaguchi era un personaje de lo más singular, pero que a su vez, y como vulgarmente se dice, los tenía bastante bien puestos, pues en plena Segunda Guerra Mundial (1942) se ponía a cuestionar en un artículo asuntos como el nacionalismo, el patriotismo o los valores tradicionales japoneses que a veces se colocaban por encima de otros valores que podían resultar más beneficiosos para el bienestar del conjunto de la población, algo que, es obvio decirlo, no podía beneficiar en nada al bienestar de Sakaguchi en aquellos oscuros tiempos. No contento con eso, y ya en tiempos de posguerra (1946), escribe otro superpolémico artículo sobre la decadencia de la cultura japonesa, que me imagino que era justo lo que muchos japoneses no tenían ganas de leer en ese preciso momento, incluso aunque estuviesen de acuerdo.
 
La verdad es que me gustaría leer en el futuro este par de ensayos, pues seguramente dicen tanto o más de su autor que los relatos de terror, magníficos pese a todo. Pero es que ese pensamiento nihilista y poco amigo de la realidad y el tiempo que a su titular le tocó vivir se va a ver reflejado en los artículos de no ficción, y será sin duda el motivo que lleve a Sakaguchi a encontrar refugio en la fantasía y en la recreación de mundos terroríficos ambientados en un Japón que respira irrealidad y fundamento histórico a partes iguales y que ya no es el Japón sombrío de los inicios de la era Showa. No menos cierto (lo cuenta también Palacios en el epílogo) es que Sakaguchi se amparaba también en otros refugios paralelos como el philopon, una droga de diseño que causó verdaderos estragos en el Japón de posguerra y que forma parte de esas muchas cosas que nunca verás escritas en los libros de historia nipones, aunque si la verás mencionada en trabajos mucho más transparentes e intelectualmente honestos sobre la época, como en la monumental saga cinematográfica Battles Without Honor and Humanity, de Kinji Fukasaku. Quién sabe lo que tales coqueteos con lo tóxico pudieron proporcionar a Sakaguchi en cuanto a originalidad y tremendismo.
 
De las tres historias que integran el volumen, la que más me ha convencido es la primera, que da título al libro, y nos describe a la mujer fatal perfecta, algo que también se le daba muy bien al escritor japonés Tanizaki, y la verdad es que pueden llegar a dejar bastante mal paradas a la Naná de Zola, la Sónnica de Blasco Ibáñez o la Lolita de Nabokov. Y tampoco tiene precio la figura del bandido rural calzonazos que se apodera de esta mujer en uno de sus asaltos, pero que finalmente acaba haciendo todo lo que a ella le viene en gana. Quizás como la vida misma; tal vez lo más fantástico de la literatura fantástica radica en que puede llegar a ser menos fantástica de lo que parece.
 

martes, 28 de enero de 2014

"Relatos japoneses de misterio e imaginación", de Edogawa Rampo


La Navidad te brinda tiempo para visitar librerías y allí hacer descubrimientos literarios de lo más gratos y fortuitos, de esos que no se consiguen ni recurriendo a las revistas que hacen eco de las novedades editoriales, ni navegando en mil páginas web o bitácoras dedicadas al mundo de los libros, sino simplemente dándote de narices con una portada cuyo título o diseño, por la razón que sea, te sugiere algo. El placer de recorrer las estanterías de una librería y encontrar un autor y un título desconocido pero cuya lectura piensas que va a merecer la pena, adquirirlo, leerlo y comprobar que tenías razón y que te estabas perdiendo algo, es uno de esos escasos placeres que la vida nos sigue proporcionando a quienes ya empezamos a tener una edad en que todo lo placentero va paulatinamente ingresando en el terreno de lo mítico, de lo poco probable o de lo apenas perceptible.
 
En esta ocasión, una portada con el dibujo de una japonesa de ojos alienantemente almendrados y ataviada con un quimono, acompañada a la derecha del nombre de Edogawa Rampo (1894-1965), maestro de la literatura de misterio y fantástica japonesa, bastó para que me pusiera a ojear y hojear el ejemplar y pocos minutos después me dirigiera a la caja.
 
No me defraudó en absoluto la adquisición compulsiva que, bajo el título de Relatos japoneses de misterio e imaginación, contiene en sus páginas una selección de nueve relatos de Rampo. En las pocas horas que tardé en leerlo, Edogawa Rampo me proporcionó unas nutridas raciones de emociones fuertes y de un misterio como los de antes, de corte clásico, de esos cuya lectura resultaría de provecho en los talleres literarios, brillantes ejemplos de lo que es hacer un cuento como dios manda, como los de su admirado e imitado Edgar Allan Poe… por cierto, no sabía que el nombre de Edogawa Rampo es en realidad un seudónimo que procede de la lectura en katakana del nombre del autor estadounidense por el que el japonés sentía verdadera devoción. Ese detalle lo cuenta, entre otras muchas cosas, Antonio Ballesteros González en su prólogo a esta edición, publicada por Jaguar, traducida por Juan José Pulido (me temo que desde el inglés, que no del japonés), y fenomenalmente ilustrada bajo un convincente minimalismo cromático de dos tintas (la negra y la roja) por Leticia Vera. Insisto en que me he enamorado de la japonesa de portada (ahora entiendo a los que pretenden casarse con personajes de manga o anime), pero os aseguro que el resto de las ilustraciones tampoco os van a dejar fríos, sino todo lo contrario: creo que han sido todo un acierto, pues contribuyen a intensificar el clímax de inquietud y de miedo que requieren las historias de Rampo.
 
Por comentar los relatos que mayor impresión me han causado, destaco el primero de ellos, La butaca humana. A caballo entre el sueño y la realidad, resulta inquietante la historia de este carpintero que decide ocultarse dentro de una de sus butacas para entrar en contacto con los cuerpos de quienes se sientan en ella. El final es bastante anticlimático, de esos que te cortan el buen rollo, de los que te recomiendan en los talleres de escritura que hay que evitar a toda cosa, pero todo se le puede perdonar a un gran maestro como Edogawa Rampo, incluso finales así.
 
A La oruga le tenía yo ganas ya que hace unos pocos años vi la película Caterpillar (Kôji Wakamatsu, 2010), basada en este cuento de Rampo. No voy a menospreciar el filme, que también me dejó acongojado por describir el contexto bélico en una aldea japonesa adonde regresa un héroe mutilado que es recibido por sus paisanos poco menos que como una semidivinidad y cuya abnegada esposa se encarga de cuidar de él día y noche aunque él se porta bastante mal con ella. Pero es que el cuento de Rampo se ve desde otra óptica, que es la de una mujer que de abnegada no tiene mucho, y de la que sabemos que ya desde niña gustaba de abusar de los débiles, lo que llevará a una exposición de los hechos bien distinta a la que Wakamatsu nos sirvió en su largometraje. Pero bien por ambos, escritor y director.
 
El test psicológico trata con brillantez el tópico de la imposibilidad del crimen perfecto, en el que solo creen algunos escritores, sobre todo de novela negra, porque les viene muy bien para hilvanar sus relatos, pero vive Dios que el crimen perfecto existe; no hay más que repasar la actualidad política y económica de un país como España y ver a tanto hijoputa suelto en la calle y hasta con cargo político para darse cuenta y derribar el mito. Rampo ofrece guiños al Crimen y castigo dostoievskiano, el clásico del negacionismo del crimen perfecto.
 
La cámara roja me encantó también por lo que tiene de sátira hacia los clubes del misterio en los que cuatro pedantes se ponen a contar “historias para no dormir” a los alelados que las quieran escuchar (algo así como lo que sucede en cierto programa de la Cadena SER que emiten en la madrugada de los fines de semana). A ver si alguna madrugada de estas reciben una llamada de alguien similar al protagonista de La cámara roja y nos divertimos un poco.
 
En definitiva, uno de esos libros que pueden ser fantásticos como regalo (incluso para regalárselo a uno mismo). Ahora que las nuevas generaciones han redescubierto a Poe (y han hecho muy requetebién), Edogawa Rampo entra dentro de la onda imperante y visto desde el presente resulta fresco, actual, vigente, tan convincente o más que hace tres cuartos de siglo.
 

martes, 21 de enero de 2014

"El ladrón", de Fuminori Nakamura


Lo vengo comprobando desde hace tiempo: no hay nada como poner en la contraportada o en las solapas de un libro que la novela contenida en él guarda similitudes con la obra o el estilo de tal o cual autor clásico, para que así el libro se venda mejor. Incluso cuando las supuestas influencias son falsas, o verdaderas pero excesivamente superficiales como para considerarlas genuinas y poderosas influencias.

Es la sensación que he percibido al leer El ladrón, novela de un joven novelista japonés llamado Fuminori Nakamura. Desde luego, el título no ha sido puesto en balde y resulta algo premonitorio, pues debo declarar que me he sentido algo robado al recordar, mientras lo leía, que el libro me costó 18,50 euros. En la contraportada aparece un comentario que es el objeto de mi decepción: en él se asegura que esta novela tiene ecos de Dostoievski, de Yukio Mishima y de Patricia Highsmith… Y claro, con esas premisas, le generan al lector unas expectativas que en muchos casos desembocarán en la más absoluta de las decepciones.

Dostoievski, Mishima y Highsmith, todo en uno. Casi nada. Desde luego, hay ciertos críticos en la prensa que deberían estar en cuarentena y bajo vigilancia intensiva. Lamento decir que El ladrón no me ha convencido ni tan siquiera como novela de entretenimiento, ni muchísimo menos como novela negra, que es lo que parece que pretende ser. Ya resulta rocambolesco el planteamiento inicial de la historia, con un hábil e infalible carterista que habitualmente opera en el metro de Tokio como protagonista. ¿Pero hay carteristas en Japón? ¡Si los japoneses descubren la existencia de semejante “profesión” el día en que pasean por la Puerta del Sol de Madrid y les birlan la cartera de Louis Vuitton y el pasaporte! La cadena de inverosimilitudes prosigue cuando a este carterista le proponen ciertos mafiosos hacer un robo a mano armada en la vivienda de un millonario, hecho que cambiará su existencia y que sirven al autor para “vender” unas pretenciosas y nada trabajadas reflexiones sobre lo que es el destino, lo que complementa con el encuentro del carterista con una mujer cuyo hijo pequeño se dedica a mangar comida en los supermercados para subsistir (otro par de personajes que resultan de ciencia-ficción si los ubicamos en Tokio: ¡Niños que roban en los supermercados y madres que les animan a hacerlo!). Total, que al final no me quedó muy claro por qué era tan trascendente el tema del destino en esta novela. ¿Porque el carterista no puede huir de la mafia que le hizo aquel encargo? Bueno, no creo que haya nada de sorprendente en ese hecho; en toda novela que se precie los personajes se ven implicados en problemas difíciles de resolver o eludir y que constituyen el motor de la historia. Por eso mismo no entiendo cómo algo tan normal se vende como algo tan extraordinario.

Y lo de su posible influencia de Dostoievski tal vez venga de una alusión que hace el jefe de los mafiosos a Crimen y castigo, en la que pone como panoli a Rashkolnikov porque no logró el crimen perfecto. Como chascarrillo o “guiño” puede estar gracioso; pero como muestra de la presunta influencia trascendente que Dostoievski ejerce en la novela de Nakamura, provoca bastante hilaridad. Se ve que Nakamura sigue la estela de Haruki Murakami en lo relativo a la inclusión de citas vacuas y algo forzadas, básicamente con el poco edificante objetivo de demostrar una erudición y una profundidad intelectual de la que con toda probabilidad carecen.

Con todo y con eso, esta novela ganó el prestigioso premio Kenzaburo Oe del año 2009, así que puede que la culpa sea mía por no haber sabido disfrutar de las páginas de esta novela. Pese a ello, mi consejo no puede ser otro que el que les hago a continuación: ahórrense 18,50 euros.

 

viernes, 10 de enero de 2014

"La novela de Genji", de Murasaki Shikibu


Para empezar el año, y aprovechando el paréntesis de unas vacaciones que parecía que no iban a llegar nunca, hice lo que llevaba ya un tiempo tratando de hacer: respirar literariamente hondo y sumergirme en la lectura del Genji Monogatari, que ya iba siendo hora. Y lo hice a través de la versión española de Xavier Roca-Ferrer, publicada por Destino (formato grande) y Austral (formato bolsillo) bajo el título de Novela de Genji y presentada en dos tomos, uno para cada una de las partes en que se divida la novela: Esplendor (primera parte) y Catástrofe (segunda parte).

 
Para los pocos que la desconozcan: Genji Monogatari es uno de los hitos de la literatura japonesa; una novela milenaria (milenaria en años y en páginas) escrita a finales del siglo X o comienzos del siglo XI por la cortesana Murasaki Shikibu, y cuya trama gira en torno a la figura del príncipe Genji, sus descendientes, y las conquistas amorosas de todos ellos, que fueron unas cuantas.

 
Había pospuesto en varias ocasiones la aventura de leer la obra de Murasaki Shikibu básicamente por culpa de los prejuicios que nos pueden surgir a los lectores comunes, a saber: “es una obra demasiado larga”, “seguro que es un rollo”, “a lo mejor no se entiende”, etc. Para colmo, tampoco resulta demasiado motivador descubrir que la gran mayoría de los japoneses con los que uno se relaciona afirman que todavía no han leído el Genji Monogatari o que, como mucho, lo han leído de manera fragmentada o en versiones escolares adaptadas para niños y adolescentes, o incluso en formato manga. Sin embargo, para mi sorpresa me he encontrado con uno de los clásicos de la literatura mundial más accesibles al lector de hoy, o al menos así lo he percibido yo. Acabas encontrando muchos rasgos de contemporaneidad en el arte literario de Murasaki Shikibu, quizás porque las páginas del Genji Monogatari no cayeron en saco roto en épocas posteriores ni en culturas ajenas a la japonesa.

 
Pero lo que percibe el lector no especializado que se anima a leer el Genji Monogatari es que su autora no era una simple cortesana palaciega que para matar el aburrimiento se ponía a registrar por escrito los cotilleos de la corte. Ni muchísimo menos. Por el contrario, una de las cosas que más nos puede llegar a sorprender es el enorme oficio que, como escritora, Murasaki Shikibu demuestra tener a lo largo de la obra. Desde luego, no es nada sencillo componer una historia con unos 450 personajes y una trama que se extiende a lo largo de medio siglo. Y ese enorme oficio de Murasaki resulta doblemente meritorio teniendo en cuenta que la novela se estrenaba mundialmente como género (eso si eres de los que consideras que El asno de oro de Apuleyo no es una novela sino una colección de relatos, porque yo soy de los que ve aquel texto latino más como lo primero que como lo segundo), o sea, que la Murasaki no tuvo la oportunidad de aprender a hacer novela leyendo a los grandes maestros de la narrativa mundial. Por el contrario, más bien sería ella la que podría haber enseñado algún que otro “truquillo profesional” a Cervantes, Victor Hugo, Dostoievsky, Tolstoi, etc. (y puede que a los dos últimos se los enseñara, ya que los rusos de finales del siglo XIX e inicios del XX estaban bastante al corriente, por la cuenta que les traía, de lo que intelectualmente se cocía y se había cocido en el vecino y amenazante Japón). La Murasaki sabía lo que se tenía entre manos; no era ni por asomo una dominguera de las letras. Sorprende y resulta admirable el comentario “metaliterario” que Murasaki pone en boca de su príncipe Genji en el capítulo 25 de Esplendor: “[…] yo mismo me dejo ganar con frecuencia por las emociones que aparecen en los libros si están bien descritas, y por las aventuras, si el autor ha sabido tejerlas con destreza. Resulta perfectamente posible tener conciencia de que todo ello es solo el producto de la invención de un autor y, al mismo tiempo, sentirnos conmovidos o arrastrados por el interés de la historia. […] El gran autor es capaz de deslumbrarnos hasta borrar nuestra incredulidad primera. Luego, al evocar las emociones experimentadas, quizás nos avergoncemos de haber tomado en serio tantos dislates, pero al escuchar la historia por primera vez, seguramente nos ha parecido la cosa más fascinante del mundo… A veces, cuando las azafatas de mi hija le leen historias, me paro a escucharlas y casi siempre me admiro del talento de nuestros autores. Probablemente escriben tan bien porque han adquirido el hábito de mentir, aunque supongo que hay bastante más que eso”. ¿Me pasa solo a mí o hay alguien más que encuentre similitudes entre este discurso y el que emplea Mario Vargas Llosa cuando se pone a exponer lo que de verdadero tienen esas mentiras que llamamos novelas? Pues eso, que la autora del Genji Monogatari no se había caído de ningún guindo literario.

 
Tan fascinante como la figura de Murasaki me parece la de Genji, el protagonista de la historia, todo un personaje. Yo de mayor querría ser como él, y vivir en la sofisticada y despreocupada corte de Heian, al menos tal y como la retrata Murasaki en su novela. Desde luego, siendo varón y aristócrata (el pueblo solo existía para producir arroz y satisfacer el pago de tributos), vivir en aquella Heian Kyo (nombre que recibía la actual Kioto en tiempos de Murasaki) debía ser lo más parecido a residir en el paraíso: en una sociedad sumida en una paz crónica y carente de convulsiones políticas graves, aquellos aristócratas no parecían aburrirse demasiado, pues dedicaban sus días y sus noches a componer y recitar versos, a tocar el koto u otros instrumentos y, sobre todo, a andar detrás de toda criatura del sexo opuesto. Así era Genji en sus años más mozos: un pijo irresponsable de hace mil años rodeado de mujeres de todo tipo y más feliz que una semana con siete domingos. Luego, a medida que Genji va avanzando en edad, la cosa se va torciendo. Por eso mismo me ha gustado más la primera parte de la obra (Esplendor) que la segunda (Catástrofe), porque es la que trata toda la sucesión inagotable de amoríos de Genji. De todas maneras, Catástrofe no le va a la zaga, y tras la muerte de Genji llegan las aventuras en la ciudad de Uji de los descendientes de este, que son su falso hijo Kaoru (a Genji también se la pegaban) y su nieto Niou, quienes se lían con varias mujeres, entre ellas con Ukifune, una chica sensible que va a cobrar un fuerte protagonismo al final de la novela y cuya historia va a arrancar las mejores páginas de Catástrofe, y eso es precisamente lo que me ha encantando de la segunda parte del Genji Monogatari: que va de menos a más, y que lo que prometía ser un aburrido ladrillo acaba resultando emocionante, enternecedor, lírico, una navegación literaria de lo más placentera.

 
En definitiva, nos encontramos ante una obra de peso, un clásico, de la que podemos aprender de usos y costumbre del tiempo en que se escribió, pero también recibir enseñanzas universales e intemporales, válidas en cualquier momento y lugar, como sucede en toda obra maestra. Una obra original, pura, pero capaz de influir enormemente en la narrativa mundial posterior, y probablemente en lo que no es la narrativa (ahora no dejo de ver paralelismos entre el Genji Monogatari y las series de televisión romántico-históricas coreanas, aunque estas últimas resulten más superficiales y ñoñas). Y eso es un valor añadido tratándose de una obra surgida en Japón, porque generalmente (sobre todo si hablamos de narrativa contemporánea) se aprecia el influjo de los autores occidentales sobre los japoneses, pero rara vez se habla de obras o autores japoneses que influyan sobre los creadores de otros países: el Genji Monogatari parece ser una de esas excepciones. Lo que es evidente es que uno no deja de encontrar razones para leer este monumento literario. ¿Quieren ustedes más razones? Disfruten con estas citas:

 
Las mujeres que exigen ser tratadas con mil miramientos impuestos por reglas de conducta tres veces centenarias resultan, a mi juicio, absolutamente insoportables.” (capítulo 35, en boca de Genji).

 
“Lo excepcional es el hombre que alcanza cierta edad habiendo sido fiel solo a una mujer. ¿Has oído hablar del marido “calzonazos”? ¿Sabes cómo se burla le gente de esa clase de hombres? Por otra parte, la mujer que ocupa un lugar de privilegio entre unas cuantas rivales es más digna de admiración que la que se guarda el marido para ella sola. Y, además, su vida resulta mucho más divertida y emocionante…” (capítulo 39, en boca de Yugiri)

 
“¿Qué realidad tiene el mundo? La misma que la efímera. Visto y no visto.” (capítulo 52, en boca de Kaoru)

 
“Nada es eterno, solo el cambio existe… Nos guste o no, así es el mundo.” (capítulo 53, en boca de la hermana del monje Sozu)

 

lunes, 11 de noviembre de 2013

"Fuego cruzado (Crossfire)", de Miyuki Miyabe


Vivimos en el reino de los lectores justos, así que había que concederle una segunda oportunidad a Miyuki Miyabe, después de que su Juego de rol no me satisficiera lo suficiente. Me habían dicho que Fuego cruzado era la obra de referencia de esta autora, la que había que leer de forma prioritaria por encima de todas las demás. Y lo que me he encontrado es con el patrón del que luego Miyuki Miyabe se sirvió para escribir Juego de rol y, probablemente (tendría que leerlas para prescindir del “probablemente”), las otras dos novelas que configuran su tetralogía de Tokio. Y esa horma parece querer trasmitir a la obra consecuente todas sus virtudes (las pocas que yo consigo ver) y todos sus defectos (abundantes para mi gusto).

 
Lamento no haber podido detectar en la obra de Miyabe los elementos de disfrute y de positiva apreciación que muchos han sabido encontrar, según se observa en Internet a poco que te metas en el Google a buscar blogs literarios que contengan críticas y reseñas de Fuego cruzado. Las alabanzas a la novela abundan: que si es como Stephen King, que si la novela negra y la de terror se dan de la mano en inigualable maridaje, etc.

 
No digo que no. Pero a mí, si se me pide sinceridad, he de decir que, más que Stephen King, en Fuego cruzado he creído ver una versión nipona de la novela negra escandinava más sosa y menos creíble, o sea, la novela tipo Stieg Larsson (y que me perdonen los incondicionales de Millennium), con heroína vengativa invencible en sus dotes (siempre por encima de lo que la realidad y el sentido común aceptan por tolerable) e insuperable en los niveles de mala leche que llega alcanzar en su labor vengadora, aunque siempre se trata de una venganza y una mala leche de las políticamente correctas, es decir, que las víctimas de su cólera son personas de esas que a la gente de bien no le gustaría tener como vecinos: militantes de extrema derecha, maltratadores de mujeres, violadores, mafiosos varios, etc. Ver cómo un indeseable muerde el polvo es un planteamiento temático que seduce a la gran masa del público y le hace pensar cosas como que lo que lee también debería suceder en la realidad y que en España nos ha faltado una guillotina...


En este caso, las dotes de Junko Aoki, la protagonista, son las de la piroquinesis, palabreja con la que se designa la facultad que ciertas personas, al parecer, tienen de provocar incendios por medio de la mente, y que no debe haber muchas en el mundo, pues de haberlas, y en los tiempos de indignaciones varias en que vivimos, ardería Troya (y nunca mejor dicho). Por eso mismo me sorprende que una niñata con semejantes poderes se limite a ajustarle las cuentas a cuatro criminalillos de mala muerte, pudiendo aspirar a convertir parlamentos y sedes bancarias en monumentos falleros… Claro, sucede que Miyuki Miyabe es japonesa y no española (o de cualquier otra nacionalidad donde la vida no sea Bambi), de ahí que, sumida en su peculiar y naíf cosmogonía nipona, la quintaesencia del mal quede personificada en una banda de macarrillas barriobajeros. En fin, que a poco aspiran los vengadores japoneses dotados de superpoderes.

 
La detective Chikako Ishizu, verdadera protagonista de la tetralogía de Tokio de Miyuki Miyabe, tampoco le va a la zaga a Junko Aoki en cuanto a corrección política y a ausencia de elementos canallas: no tiene problemas con el alcohol, ni con el tabaco, ni enfermedades chungas, ni vicios  merecedores de sonrojo, ni marido putero, ni tan siquiera hijos que saquen malas notas. No hay cosa más sosa que un policía íntegro y exento de graves problemas personales protagonizando una novela negra, aparte de que esa integridad y serenidad de espíritu resulta menos creíble aún que la piroquinesis de Junko Aoki.

 
De todas maneras, al igual que paso factura a lo malo de este novela, aprovecho para elogiar su lado positivo: también en la línea de Stieg Larsson, Fuego cruzado constituye un termómetro social bastante certero (y en ese sentido, sí hace honor al concepto de novela negra). En más de una ocasión se le mete el dedo en la llaga a la sociedad japonesa contemporánea, denunciando algunos de sus aspectos más oscuros como el crimen organizado, el maltrato y la violencia de género, la soledad no deseada, problemas que ya resultan algo tópicos y manoseados en la narrativa y el cine japoneses de hoy, pero no por ello dejan de ser ciertos. Ya solo por eso no considero tiempo perdido la lectura de este trabajo.

 
Además, supongo que, por encima de todo, la novela fue concebida para entretener y al parecer a muchos entretiene, así que cumpliría con sus objetivos. En definitiva, la Miyabe debe de sentirse contenta.
 

lunes, 7 de octubre de 2013

"La bailarina de Izu", de Yasunari Kawabata


Con el pretexto de la excursión que hice a la península de Izu hace un par de semanas, releí La bailarina de Izu, ópera prima de Yasunari Kawabata, un breve relato publicado en 1926 y que marca las pautas de lo que será el quehacer literario del Nobel japonés durante las siguientes cuatro décadas.

Hará unos 25 años que lo leí por vez primera, y me dejó en el paladar literario un regusto de melancolía (la que debió acompañar a Kawabata a lo largo de su vida), pero también la fascinación por el exotismo de una cultura como la japonesa que en aquella época me resultaba totalmente ajena, ignota, remota. Pero las escasas páginas de La bailarina de Izu sirven para convencer a cualquiera de que, ni La bailarina de Izu será la última obra de Kawabata que lea, ni Kawabata será el último autor japonés que le suscite interés.

Y es que a todo lector dotado de unos mínimos de sensibilidad le va a marcar esta bella historia de un joven estudiante tokiota que se va de veraneo a la península de Izu y allí se enamora de una bailarina natural de la vecina isla de Oshima y cuya compañía de baile andaba de gira estival por Izu, de pueblo en pueblo y de onsen en onsen. Y a ese lector le va a marcar esta historia por la sencilla razón de que el primero que se vio marcado por ella fue sin duda el propio Kawabata: lo que se cuenta en La bailarina de Izu tiene muchísimo de autobiográfico, y somos muchos los que nos dejamos fácilmente atrapar por una historia en cuanto esta desprende aromas a confesión y revelación: la sinceridad normalmente llega al lector.

En definitiva, La bailarina de Izu es la historia de una vivencia efímera pero intensa; de deleite, seducción y sensualidad, pero también de frustración, dolor y fracaso. No es fácil dar tanto y con tanta dignidad literaria en tan pocas páginas y bajo el peso de la inexperiencia que se le supone al autor debutante. A Kawabata al menos no pareció influirle demasiado ese factor.

 

martes, 10 de septiembre de 2013

"Hanshichi, un detective en el Japón de los samuráis", de Okamoto Kidô


Si me dicen que el libro que voy a leer es algo parecido a Sherlock Holmes, es más que probable que acabe eligiendo otra lectura. Y eso es lo que hubiera hecho con Hanshichi, pero le di una oportunidad por aquello de que era japonesa y estaba ambientada en el Tokio decimonónico previo a la Restauración Meiji, o sea, esa ciudad que aún no era la capital de Japón  (al menos no lo era en el sentido de que el emperador aún residía en Kioto) y que todavía era conocida como Edo.

Curiosidad era también la que sentía hacia el autor de estos relatos, el escritor Okamoto Kidô (1872-1939), un autor de lo más versátil, y aunque el mayor volumen de su bibliografía lo ocupan las obras de teatro, en su época fue sobre todo conocido por sus historias del detective Hanshichi, que se fueron publicando por entregas en revistas entre 1916 y 1939, y que ahora tenemos la ocasión de poder leer en español gracias a la edición de Quaterni.

En efecto, Hanshichi es un detective que, a comienzos del siglo XX, y ya jubilado, se dedica a contarle a un joven periodista (que ejerce de narrador en los relatos) las peculiares batallitas detectivescas que vivió décadas atrás en una ciudad de Edo que no tenía mucho que ver con el Tokio de la era Taisho en que Hanshichi pasaba sus últimos años de vida. Y en eso reside el encanto de esta colección de relatos: en que Hanshichi va sirviendo de guía por aquel Edo a alguien que por su juventud no lo había conocido, y a los lectores nos va poniendo al corriente de los usos y costumbres del lugar y de la época. A través de las tramas criminales descubres el lado oscuro y siniestro de la ciudad de Edo, pero por otra parte, por la humanidad que rezuman las historias, te vas dando cuenta de que Edo tenía ese aroma inconfundible de “pueblo gordo”, más que de ciudad, muy similar al del Madrid que puebla las páginas de muchas de las novelas de Pérez Galdós. Queda reflejada la psicología del habitante de Edo, muy supersticioso y obsesionado con encontrar explicaciones sobrenaturales a las cosas que suceden a su alrededor, incluidos los crímenes. Se describe también con fidelidad la topografía de aquel Tokio decimonónico y, lo más interesante para los amantes de la narrativa histórica (pues qué duda cabe de que Hanshichi también tiene algo de eso), se describe con detalle la vida cotidiana de las distintas clases sociales y colectivos que poblaban aquellas calles del viejo Edo, y las relaciones, no siempre cordiales, que entre ellos se producían.

Pues eso, que Hanshichi es mucho más de lo que puede parecer. Es literatura de detectives, pero con elementos de la mejor literatura negra (Hanshichi no es detective de salón, sino que se ve obligado a “mojarse” en ocasiones, y el lado oscuro de la ciudad queda recogido en las páginas de los relatos), de la mejor literatura histórica, de un costumbrismo certero y trabajado que nos hace pensar en la buena narrativa realista y naturalista de la Europa del siglo XIX… No es literatura menor, no…