martes, 17 de julio de 2012

"Las hermanas Makioka", de Junichirô Tanizaki


Será en parte porque los calores del verano han empezado a atizar fuerte sobre las calles de Tokio, pero lo cierto es que terminar de leer las más de 500 páginas que componen Las hermanas Makioka (1943-1948) me ha costado sudores. Es quizás una de las novelas más populares de Tanizaki y, sin embargo, la menos característica de su estilo, al menos de cuantas llevo leídas. Ya de entrada la extensión del texto resulta enorme y desmesurada en un autor que suele resolver sus historias en menos de 150 páginas. Eso ya pone en guardia al lector y le anuncia que probablemente vaya a encontrarse con algo diferente. Y así es: el autor que siempre se manifestó contra el Naturalismo literario nos brinda en esta ocasión una obra de rasgos naturalistas, inspirada en la mejor novela europea de finales del siglo XIX tal que la que escribía Tolstoi o Zola, pero con la diferencia de que a Tanizaki eso no le pega demasiado y eso se le nota, pues no alcanza la sutileza técnica ni la viveza de los dos autores arriba citados en la descripción del cuadro social que pretende reflejar: el drama de una familia aristocrática japonesa de Osaka, los Makioka, que en los años 30 del pasado siglo han ido considerablemente a menos, pero que se esfuerzan enormemente por guardar las apariencias y siguen gozando del mismo esplendor de antaño. Y esa decadencia se ve que afecta fundamentalmente a Yukiko y Taeko, las dos hermanas menores de las cuatro que representan a la familia, ya que ambas siguen solteras, situación que es más insostenible si cabe para la treintañera Yukiko, en una época en que si una mujer no se casaba, era socialmente un cero a la izquierda. Por su parte, Taeko, la modern girl de la familia, llega a tener varios pretendientes e incluso logra proporcionarles a los Makioka lo que les faltaba en su humillante situación: la joven se queda embarazada en soltería…

Seré franco: la obra, literariamente, me ha parecido un rollo. Yo creo que Tanizaki quiso hacer una obra naturalista para demostrar que él también sabía escribir ese tipo de novelas a las que él tanto criticaba. Aun así, la obra merece nuestra atención como catálogo de costumbres de la decadente nobleza nipona durante los años en que se gestaba e iniciaba la Segunda Guerra Mundial, fundamentalmente la costumbre del miai, tradición que la familia Makioka eleva a la categoría de arte a juzgar por el nutrido catálogo de estrategias que emplean para tratar de encontrar marido a la pobre Yukiko. A pesar de todo, y a la vista de los numerosos fracasos cosechados en las intentonas matrimoniales, no parece que esa sabiduría no les sirviera de mucho en un mundo que, aunque no lo pareciera, estaba cambiando y las relaciones humanas empezaban a medirse por otros patrones, incluso en Japón. La novela registra un final agridulce que resume de una forma bastante certera la escala de valores de la familia, muy chocante para cualquier cabeza pensante de inicios del siglo XXI.

De nuevo, Tanizaki exterioriza su debate interno entre tradición y modernidad y lo pone al servicio del lector. Ya digo que la obra es árida y algo pestiño por momentos, pero como ciertas medicinas, tiene probados efectos beneficiosos para la salud a pesar del sabor: la letra con sangre entra…

Como es habitual en lo que suelo comentar en este blog, el libro está descatalogado. Esta es la edición de Seix Barral de los años 60, que he podido leer gracias a la biblioteca de la Japan Foundation de Tokio. Creo que en breve van a reeditarla en español: serán buenas noticias.

viernes, 6 de julio de 2012

"Hay quien prefiere las ortigas", de Junichirô Tanizaki


No me viene a la memoria ninguna obra literaria que aborde el fenómeno del divorcio con tanta precisión y riqueza de matices como Hay quien prefiere las ortigas. Esta obra parece marcar el inicio de una nueva etapa en la bibliografía de Tanizaki; el momento en que el autor consolida su reconciliación con la cultura japonesa tras unos años de coqueteo con los valores estéticos occidentales. Escrita en 1929, en la misma época de su Manji, en las páginas de Hay quien prefiere las ortigas demuestra el enorme aprecio (y el vasto conocimiento) que Tanizaki sentía hacia manifestaciones culturales tan tradicionales y tan genuinamente niponas como el bunraku (teatro de marionetas), arte dramático que en esta novela se ve homenajeado al ubicar varias escenas en algunos de esos teatros de títeres, tanto en la ciudad de Osaka como en la isla de Awaji, próxima a Kobe.

Pero no es el bunraku el principal motor argumental de la novela, sino el drama personal que sufre el matrimonio formado por Kaname (él) y Misako (ella). Desde hace tiempo, Misako tiene un amante, lo que Kaname conoce y tolera, aunque el divorcio se atisba como la solución más conveniente. Pero lo de divorciarse no parecía tarea fácil en aquel Japón de entreguerras que coqueteaba con lo moderno y lo occidental, a la par que para muchas cosas permanecía anclado en su inamovible tradición nipona. No había impedimentos legales para solicitar el divorcio, pero sí muchas trabas de índole social: el hijo que ambos cónyuges tenían, el qué dirán y, la más importante, el padre de Misako, un hombre de gustos refinados, amante de la cultura tradicional japonesa y detractor de toda innovación foránea y, como es de suponer en semejante perfil, un hombre ultraconservador que no va a aceptar el divorcio de su hija así como así, ni mucho menos el hecho de que ella tenga un querido, pese a que este señor, que ya ha enviudado, no tiene reparo alguno en mantener a una concubina llamada O-hisa con la que va a todas partes, incluso a ver funciones de bunraku.

Ante tal situación, y aprovechando un viaje a la isla de Awaji para asistir a uno de esos espectáculos, Kaname le comunicará a su suegro qué es lo que está pasando entre Misako y él.

Bueno, los que quieran encontrarse con la vertiente sadomasoquista o fetichista de Tanizaki tal vez se lleven una decepción al leer Hay quien prefiere las ortigas, pero a mí me ha gustado porque esta obra parece un avance en fórmula de ficción del pensamiento que el autor manifestó sobre la cultura y la estética tradicionales japonesas en el ensayo El elogio de la sombra. Se ve un giro obvio en los gustos de Tanizaki, aquel hombre que en los años diez del pasado siglo adoraba lo occidental pero que en la década de los veinte y siguientes parecía encontrarse más a gusto percibiendo belleza en el arte y el espectáculo de su tierra natal. Y en esta novela se percibe ese giro, esa victoria del sentido nipón de lo bello sobre el europeo. Son deliciosos los parlamentos que ofrece el padre de Misako a su yerno en relación a las manifestaciones más primitivas del teatro de guiñol de Awaji, cuya oscuridad y primitivismo supera a la grandeza escénica del sofisticado bunraku de Osaka, y lo supera precisamente por eso: porque en esa tosquedad y esa imperfección él cree ver la esencia de la estética tradicional japonesa.

Insisto en que ese paréntesis estético no es más que un tema accesorio, una excusa para mostrar a un padre desencantado con la vida moderna, sobre todo porque ésta parece estar afectando a sus hijos que se encaminan hacia el divorcio. Sin embargo, hay que reconocer que un divorcio poco va a atraer la atención del lector de hoy. En cambio, le va a motivar muchísimo más viajar por unos instantes a las profundidades del alma artística nipona. Aunque solo sea por eso, hay que leer esta novela.

Eso sí, hay que leerla siempre y cuando se encuentre, porque me temo que está descatalogadísima. Y ni siquiera parece encontrarse en formato digital para que nos la podamos descargar de internet por la jeta. Yo he podido leerla gracias a que en la biblioteca de la Japan Foundation de Tokio conservan un ejemplar de una edición de 1963 publicada por Seix Barral con una traducción algo limitada de María Luisa Borrás, supongo que porque la tradujo de una edición inglesa en vez de hacerlo directamente del japonés: era lo habitual en aquella época, aunque por desgracia tales prácticas, si bien con menos asiduidad, aún se siguen llevando a cabo en el presente por ciertas editoriales, como si no hubiera buenos traductores de japonés a español. En fin, tal vez algún día se den cuenta de que sí.

jueves, 28 de junio de 2012

"Tristeza de hereje", de Junichirô Tanizaki


Esta novela corta, junto a Jotaro el masoquista, se publicó en un solo volumen por Bid & Co. Editor, con traducción de Ryukichi Terao en ambos relatos. Y como sucede con aquélla, ésta es una de esas obrillas que en su modestia literaria nos pueden ofrecer abundantes datos sobre el autor y su forma de ver y hacer las cosas, tanto o más que en algunas de las llamadas “obras maestras”. Escrita por Tanizaki en 1917, Tristeza de hereje nos sumerge en la existencia de Shozaburo, un joven tokiota de rollo nihilista y bastante egocéntrico, hasta el punto de que la muerte prematura de un amigo suyo llega a causarle cierta alegría por el mero hecho de que con ello se libra del pago de una pequeña deuda que había contraído con el difunto…

Una vez más se observa la historia de una degeneración a todos los niveles, con un Shozaburo que parece cada vez menos interesado por todos aquellos que le rodean (claro, que viendo el infame cuadro familiar que nos retrata Tanizaki, uno puede llegar a entender al protagonista). Y ello le lleva a encaminar sus pasos “al alcohol y la lujuria”, en palabras de Tanizaki, e incluso a la literatura, que Shozaburo elaboraba “con las fabulosas pesadillas que fermentaban en su mente”. En el texto se puede leer alguna que otra crítica, soterrada o no, hacia la novela naturalista, corriente literaria que Shozaburo odia tanto como el propio Tanizaki la odiaba en vida. ¿Texto autobiográfico? Seguro que sí; Tanizaki debía ser eso que comúnmente llamamos “un elemento de cuidado”. Y yo la verdad es que me alegro mucho por él de que así fuera, como me alegro egoístamente por el notorio efecto benefactor de ese rasgo de su personalidad sobre su quehacer literario.

lunes, 25 de junio de 2012

"Jotaro el masoquista", de Junichirô Tanizaki


Suele tener bastante de grato la tarea de leer esas obras literarias de menor envergadura que todo gran autor posee en su bibliografía y que muchas veces no dudamos en calificar de “obras menores”. Lo cierto es que muchas de ellas me han permitido apreciar las virtudes y defectos de mis escritores favoritos con mucho mayor detalle que las llamadas “obras maestras”, quizás porque buena parte de esos “trabajillos”, que normalmente son ignorados por la gran masa lectora y yacen ahítos de polvo en las estanterías de librerías y bibliotecas, nacen en la espontaneidad y la sinceridad creativas más absolutas. Son esas obras que muchas veces se regalan los autores a sí mismos. No las escriben a su pesar: las escriben le pese a quien le pese.

Y yo acabo de descubrir una de esas obras menores que poseen, me parece, todos los rasgos arriba descritos. Jotaro el masoquista (1914) es una novela corta que pasa desapercibida dentro de la extensa bibliografía de Junichirô Tanizaki: por no figurar, no aparece citada ni en la entrada que Wikipedia dedica a este autor (hablo de las versiones en inglés y español, porque en la versión japonesa sí figura, como era de esperar). Y la acabo de descubrir gracias a la magnífica biblioteca que la Japan Foundation tiene en Tokio: allí se conserva un ejemplar de la edición española que de esta novela y otra titulada Tristeza de hereje (1917) publicó Bid & Co. Editor en 2009, con traducción directa del japonés a cargo de Ryukichi Terao, revisada por Ednodio Quintero, quien además aporta una introducción biográfica de Tanizaki bastante curiosa.

De nuevo nos encontramos a un Tanizaki preocupado por retratar personajes con inclinaciones sexuales singulares, y los enormes problemas que ello les podía suponer en el Japón de hace un siglo, un país que se iba modernizando a pasos agigantados pero probablemente no lo suficiente. El protagonista de la historia, Jotaro, es un masoquista declarado que encuentra serias dificultades para dar con una pareja a la medida de sus necesidades. Parece ser que en Tokio de 1914 no era tarea sencilla dar con una mujer que aceptara “zumbar de lo lindo” a su pareja, ni siquiera recurriendo a la emergencia de la prostitución. Vamos, que ni pagando… Y eso le hace sufrir enormemente a Jotaro, que envidia a los masoquistas de ciudades europeas como Berlín, Viena o Londres, quienes al parecer en aquella época lo tenían mucho más sencillo que los masoquistas tokiotas. ¡Cómo ha cambiado todo en un siglo!

La búsqueda de una “sádica” que sepa ponerle “en órbita” lleva a Jotaro a experimentar toda suerte de sinsabores y de problemas y van conduciéndole a una degeneración personal en la que se mezclan tintes de comedia y de drama… Algo muy de Tanizaki. En ese sentido me ha recordado bastante a la novela Naomi que escribió años después, aunque insisto en que sólo se le parece en ese sentido, ya que lo que a uno más le llama la atención de Jotaro el masoquista es que esta novelita pertenece a una etapa de la vida de Tanizaki en la que, según parece, el escritor vivía enamorado de la cultura occidental, a la que veía claramente superior a la japonesa; o sea, nada que ver con el estado de animo en el que el autor emprendió la redacción de Naomi, obra donde se critica y se satiriza la excesiva occidentalización de los usos y costumbres del Japón urbano de los años 20. En Jotaro el masoquista, por el contrario, Tanizaki aprovecha para denostar al teatro clásico japonés, que en ese momento concebía como aburrido y falto de interés, muy al contrario de lo que opinaba del teatro europeo que empezaba a verse en los escenarios tokiotas.

Quizás esto sea una muestra más del carácter inconformista y tendente a lo alternativo de Tanizaki: cuando la cultura occidental todavía era una especie de rareza en Japón, él la adoraba; pero cuando se popularizó, Tanizaki empezó a sentirse disgustado por ella y volver a oriental la mirada hacia los valores estéticos tradicionales japoneses. En definitiva, una muestra más del genio de un personaje que podía ver bastante más lejos que la gran mayoría de sus contemporáneos.

lunes, 18 de junio de 2012

"Indigno de ser humano", de Osamu Dazai


Mañana es 19 de junio, aniversario del nacimiento del escritor Osamu Dazai (1909-1948), fecha que sus seguidores celebran cada año con visitas al templo de Zenrin-ji de la ciudad de Mitaka, donde se encuentra la tumba de este ilustre suicida (a ver si este año tengo tiempo y voy). Así que no podía haber mejor día para hablar de la última de las novelas de Dazai y probablemente la más significativa de cuantas componen la bibliografía de este autor.

Significativa a nivel literario, por el enorme poso “dostoyevskiano” que se percibe en sus páginas, y por lo que ha influido en la literatura japonesa posterior y en las generaciones de japoneses que vivieron en la segunda mitad del siglo pasado y hasta en lo que llevamos del presente, pues hoy son muchos quienes ven en Indigno de ser humano un texto digno de ser leído, lo que ya dice bastante de esta novela en un país como Japón donde, como otros muchos países, los jóvenes rara vez orientan masivamente su mirada hacia productos culturales que vieron la luz medio siglo antes que ellos.

Y significativa también a nivel biográfico, pues el camino de constante degeneración y pérdida de dignidad humana que sigue Yozo, el protagonista de la historia, no es otro que el que el propio Osamu Dazai debió tomar, al menos en el último tramo de su existencia, sin rumbo definido, sin ver ni la más mínima chispa de luz en su túnel de alcohol y morfina. La escena en la que Yozo convence a su novia para perpetrar un doble suicidio arrojándose a las aguas del Pacífico en una fría noche de otoño no parece sino un grotesco borrador literario del suicidio real que Dazai y su amante protagonizaron en el río Tama de Mitaka (ciudad del área metropolitana de Tokio) en ese mismo 1948 en que Indigno de ser humano fue publicada.

Un cuadro realmente triste, deprimente, con un Yozo que cae en un irreparable proceso de autodestrucción, pese a haberse criado en un entorno social de clase media-alta que en apariencia resulta más proclive a garantizar su éxito y su desarrollo personal que a privarle del mismo; pero la acción del individuo y su escala de valores (cuando no la ausencia de valor alguno) se muestra determinante. Quizás por eso mismo surja en él ese sentimiento de culpa, y en eso una vez más se percibe, rotunda, la huella de Dostoyevski, como se nota también en el estudio tan preciso que elabora de la decadencia del individuo y su alejamiento del resto de sus semejantes, un alejamiento que contiene ciertas dosis de misantropía y por tanto resulta deseado, pero en parte también desemboca en un arrepentimiento del protagonista que le lleva a sentirse carente de la dosis mínima de dignidad necesaria para considerarse un ser humano.

Novela repleta de valores y de humanística pero no por ello difícil de leer. Ni tampoco aburrida. Muy al contrario, entre esas páginas cargadas de crudeza e incontestable sinceridad, el lector halla frecuentes oasis de comedia que le permiten esbozar alguna que otra sonrisa.

jueves, 31 de mayo de 2012

"1Q84", de Haruki Murakami


Puede ser que emprendiera la lectura de esta novela con un cierto grado de ansiedad tras varios meses tratando de encontrar un hueco temporal para su lectura, o puede ser que de Haruki Murakami haya leído cosas mucho mejores; pero lo cierto es que, sea por lo que sea, 1Q84 es la fatídica fórmula que sintetiza una de las mayores decepciones literarias que me he llevado en los últimos tiempos.

Cierto es que he conseguido completar la lectura de los tres libros que componen esta obra sin aburrirme ni remolonear en demasía (aunque reconozco que para lograrlo ha sido necesario calzar en el proceso lector algunos relatos de Chéjov: hacía falta una bombona de oxígeno intelectual para alcanzar la meta). Y quizás eso le sirva a Murakami, a quien lo mejor le satisface saber que la gente es capaz de leer de principio a fin más de 1.500 páginas salidas de su pluma, porque a lo mejor supone que los lectores somos mayoritariamente vagos y solemos dejar nuestras lecturas inacabadas: si es eso lo que piensa (que espero que no), ¡qué poco nos conoce! Y que conste que tengo a Murakami por un buen lector, tan bueno o incluso mejor que escritor.

Pero es que me da la sensación de que en 1Q84 Murakami ha pretendido abarcar mucho para finalmente apretar muy poco. Ha querido aunar géneros como la novela romántica, la negra, la de ciencia-ficción, la fantástica, la histórica, para finalmente conseguir un producto que no es ninguna de ellas ni, lo que es mucho peor, una digna suma de todas ellas.

Está muy bien el realismo mágico, o al menos, si no es realismo mágico estrictamente hablando, la fusión en una sola obra de elementos reales y fantásticos. Pero siempre que un autor se adentra en ese campo, debe saber manejar adecuadamente los ingredientes de realidad e irrealidad, conjugarlos sabiamente para que salga algo coherente y creíble (sí, porque incluso los elementos increíbles deben ofrecer al lector cierto grado de posibilidad, para que hagan buen maridaje con los elementos realistas). Y en esta ocasión, me parece que a Murakami se le ha ido la mano… Parece que le apetecía escribirnos esta historia, a costa de lo que fuese, y lo hizo; al fin y al cabo él puede hacerlo.

Pero, qué queréis que os diga, me parece que la relación entre lo real y lo fantástico se ve excesivamente forzada en 1Q84, con situaciones que me han provocado el sonrojo y la hilaridad, a saber:

(SI AÚN NO HAS LEÍDO 1Q84 Y TODAVÍA TE QUEDAN GANAS DE HACERLO, ES MEJOR QUE NO LEAS LO QUE VIENE A CONTINUACIÓN)

Tengo la sensación de que Murakami ha abaratado mucho su estilo: lo lleva haciendo desde que se convirtió en un autor de masas, pero en 1Q84 ha alcanzado niveles de sencillez alarmantes: por momentos creí estar leyendo a Stieg Larsson, con esas frases sencillas, básicas, y la información sobre los personajes y sus actos que se repite una y otra vez a lo largo del texto, por si se nos olvidan, cosa que a lo mejor agradece la mayor parte de los lectores (espero que no), pero a mí me parece que con eso están ofendiendo la inteligencia y la memoria de los lectores, a quienes deben ver incapaces de cumplimentar sin dificultad la lectura de una novela de más de mil páginas. Ignoran Larsson (y ahora también Murakami) que eliminando todas esas repeticiones reducen considerablemente la extensión de su trabajo, de forma que las mil páginas podrían quedarse en ochocientas sin esas reiteraciones innecesarias. Aprecio a aquellos autores que nos permiten, mediante la sencillez de su estilo, disfrutar del placer de la lectura, pero una cosa muy diferente es dárnoslo todo mascado.

No me voy a meter a analizar a la pareja protagonista (Aomame y Tengo): lo dejo en manos de cada lector.  En cualquier caso, son dos personajes muy "murakamianos" y entran dentro de lo que es la línea habitual del autor. Pero el tercer personaje, que comparte protagonismo con Tengo y Aomame a partir del tercer libro, sí que merece un apunte crítico, y no precisamente con intenciones halagüeñas:

El personaje de Ushikawa entra tarde y mal en la novela. Acaba siendo muy previsible en todo lo que hace y en su actitud: el narrador nos predispone para odiarle; es feo por dentro y feo por fuera; es ridículo en todos los aspectos, pese a lo inteligente que es. Estaba anunciado que tenía que acabar mal y mal acaba, aunque su desafortunado encuentro con Tamaru (otro personaje poco trabajado, con su chulería y su frialdad que se queda a la mitad del camino) acaba asemejándose demasiado a un guion de Quentin Tarantino… Insisto en que Murakami se está abaratando mucho, demasiado…

Poca profundidad en líneas generales, lo que ya es triste en más de 1.500 páginas: mucha abundancia de nada… Siempre he admirado a Murakami por sus frases rotundas, por sus incontestables citas, por sus enriquecedoras enseñanzas; pero en esta ocasión no ha habido frase o párrafo que me haya obligado a interrumpir la lectura y tomar el lápiz para subrayar o anotar. 1Q84 sólo me ha servido para descubrir una impetuosa Sinfonietta de Janacek (no pude evitar descargármela), y me ha contagiado con las ganas de leer La isla de Sajalín de Anton Chéjov, aparte de recordarme que el inicio de Ana Karenina es uno de los más certeros de la historia de la literatura mundial en su inapelable contraste sobre la felicidad y el dolor (sí, me refiero al “tarantiniano” discurso de Tamaru ante Ushikawa.

Pero poco más…

miércoles, 9 de mayo de 2012

"La madre del capitán Shigemoto", de Junichirô Tanizaki


Da gusto ver cómo el arte de literario de Tanizaki se va complicando y va madurando en sus ingredientes, pero siempre manteniéndose fiel a la esencia inicial de los mismos, mejorando y perfeccionando, pero sin renunciar a nada; añadiendo si acaso, en vez de quitando.

En este caso, la genialidad de Tanizaki reside en retomar una leyenda tradicional que tiene lugar entre los siglos IX y X (periodo Heian) para convertirla en una historia sugerente, emotiva, plástica y muy "tanizakiana". Se trata de la historia del rapto de una mujer cuyo primer marido, un octogenario llamado Fujiwara Kunitsune, no puede controlar la situación, lo que lleva al ministro Shihei a aprovecharse de la misma y a llevarse a la esposa de este y casarse con ella (así funcionaban las cosas en el Japón de hace mil años). Y en medio de esa situación, un joven llamado Shigemoto, hijo del anciano y de esa mujer, sueña con ver a su madre mientras poco a poco va descubriendo que el abuelete quería a aquella mujer más que a cualquier otra cosa en este mundo.

Con esta novela he podido llegar a entender a quienes aseguran que la obra de Tanizaki es difícil. Y lo cierto es que La madre del capitán Shigemoto me ha parecido tan placentera en su lectura como cualquiera de las obras anteriores de Tanizaki. Sin embargo, la complejidad argumental de este trabajo, ejemplo del alto nivel de madurez literaria alcanzado por el autor, obliga al lector a esforzarse un poquito más en su tarea, pero sin que con ello deje de resultar una novela asequible. Es compleja también en lo relativo al estudio de la condición humana: al incrementarse el número de personajes (Tanizaki se manejaba con bastantes menos en sus anteriores novelas), aumenta también el repertorio de pasiones, virtudes y vicios a analizar y describir. Véase por ejemplo ese contraste casi maniqueísta entre Shihei, el "malo-malísimo" de la historia que abusando de su poder se lleva a la madre de Shigemoto; y Fujiwara Kunitsune, el "bueno-buenísimo" que permanece fiel al amor de su raptada esposa.

Como broche de oro a la historia, entran en escena elementos budistas místicos y ascéticos como el principio de la Contemplación de la Impureza, según el cual a través de lo impuro se puede alcanzar lo puro, o incluso, rizando el rizo, tomar conciencia de la inexistencia de lo puro. Y eso llega a servirle a Tanizaki para poner en marcha situaciones como la visita a cementerios para meditar mediante la contemplación de cadáveres, cuando no al robo de orinales para obtener las pruebas de que la mujer amada no es una diosa y posee imperfecciones humanas (y no cuento más sobre esta historia de corte escatológico, porque no quiero privar a los futuros lectores del placer de descubrirla por ellos mismos).

En definitiva, una historia profunda, bella, a ratos tierna, donde el amor y la eterna búsqueda del mismo por parte del hombre son los principales mecanismos que mueven a los actores.

domingo, 29 de abril de 2012

"Retrato de Shunkin", de Junichirô Tanizaki


Lo mío con la literatura de Tanizaki está empezando a alcanzar el grado de vicio, de incontrolable adicción. Será quizás porque comparto sus inquietudes estéticas y su refinado gusto hacia las relaciones humanas y sentimentales atípicas o poco convencionales como las que él suele escoger, todas ellas dignas de ser noveladas. Lamento que pronto llegará el momento en que se me agote la munición literaria de Tanizaki. Pero bueno, cuando eso suceda ya no me quedarán más excusas razonables para seguir posponiendo la lectura de 1Q84, así que no hay mal que por bien no venga...

Como ya hiciera un año antes en El cortador de cañas, Tanizaki retrocede a los años iniciales de la era Meiji (último tercio del siglo XIX más o menos) para ambientar la historia de Shunkin y Sasuke, la pareja protagonista de Retrato de Shunkin (1933). Y lo hace mediante una técnica narrativa que a mí se me antoja muy moderna, muy adelantada al tiempo en que escribía Tanizaki (es lo que tiene este autor de genial), viendo sobre todo lo tan en boga que está actualmente. Esa técnica consiste en que alguien, que se presenta al lector y le permite conocer sus circunstancias haciendo uso de la primera persona, narra la historia de otros sujetos, pero no de modo omnisciente ni basándose en las experiencias que pudiera haber compartido con ellos, sino a partir de fuentes escritas, en este caso de una biografía que ha adquirido en una librería. En ese volumen alguien cuenta la vida de la tal Shunkin, una mujer de gran belleza que había sido una virtuosa para la música y ello en parte debido a que de niña se quedó ciega, lo que la llevó a dedicar su juventud al aprendizaje del tañido de los principales instrumentos tradicionales de cuerda japoneses. Como la tal Shunkin pertenecía a una familia de comerciantes de Osaka bien pertrechada de yenes, sus padres ponen a su servicio a un joven lazarillo llamado Sasuke, que se aficionará al samisen a partir de la relación con su nueva ama y con los años acabará conviertiéndose en un virtuoso del citado instrumento. Y entonces entre Shunkin y Sasuke se inicia una singular relación, tortuosa para Sasuke (aunque a él le gusta), que se convierte prácticamente en un esclavo de Shunkin, quien en la biografía que cae en manos del narrador aparece retratada como una mujer dominadora, caprichosa y tiránica con todos aquellos que le rodean, sean alumnos, criados o el propio Sasuke. No es por ello de extrañar que alguien se enfadara un poco más de lo normal y acabara desfigurándole la cara a modo de venganza. Despojada de su belleza, uno de sus más importantes atributos naturales, Shunkin se encierra en sí misma y no quiere que nadie la vea, ni siquiera el propio Sasuke, de ahí que para satisfacer a su señora éste acabe cometiendo un enorme sacrificio que supone una muestra de la más incondicional de las abnegaciones, si no del más radical de los masoquismos...

De nuevo, en las páginas de esta novela Tanizaki baraja con maestría conceptos y elementos estéticos que recubren su obra con una capa de sensualidad muy placentera para el lector: se olfatean aromas, se perciben formas artísticas o intensidades lumínicas, se escuchan acordes musicales...

Una vez más, Tanizaki es la guía para acercarnos al mundo de los sentidos y la estética del Japón tradicional, unos sentidos y una estética que, pese a la modernización que el país experimentó en la era Meiji, pervivieron hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Y Tanizaki tuvo la suerte de ser testigo y certero partícipe en aquel universo de valores artísticos y emocionales. Y ya sólo por eso merece la pena leer y leer su legado.

viernes, 27 de abril de 2012

"El cortador de cañas", de Junichirô Tanizaki


Leyendo a Tanizaki no se le agota a uno la capacidad de sorprenderse... Ni de deleitarse. En mi recorrido retrospectivo por su bibliografía ahora le llegaba el turno a El cortador de cañas (Ashikari). Escrita en 1932, es considerada como una de sus primeras obras de madurez, aunque por fortuna no se aleja del espíritu de sus anteriores trabajos y de todo aquello que me ha llevado a abonarme a la obra de este hacedor de fábulas donde siempre se indaga con mucho arte en lo insólito de las relaciones sentimentales, pero siempre bajo un atractivo (si no adictivo) envoltorio estético.

Ambientada en una zona lacustre próxima a Kioto, el protagonista de la historia es una especie de excursionista que se topa con un tipo que es cortador de cañas y que, al igual que él, acude a ese espacio natural para contemplar la belleza del plenilunio otoñal, que queda tan bellamente registrado en el cielo como en el reflejo que se percibe sobre la superficie del lago: a Tanizaki le interesaba tanto la estética en el arte y la literatura como en la naturaleza, normal por otra parte en una cultura como la japonesa, donde los fenómenos naturales son la gran inspiración de artistas y escritores.

Y ese cortador de cañas tiene a bien contarle al viajero la curiosa relación que su padre mantuvo con una tal señorita Oyû, oficialmente su cuñada, aunque en la práctica se trataba de la mujer a la que amaba. La tal Oyû era la viuda de un personaje importante, lo que le impedía volver a casarse, pues según la costumbre de la época (la acción transcurre a comienzos de la era Meiji, en la segunda mitad del siglo XIX) ello hubiera sido algo escandaloso y humillante para la familia del difunto. Por eso mismo, la familia de Oyû propone al padre del cortador de cañas que se case con la hermana menor de aquella, y eso es lo que hace. Y a partir de ese momento se inicia una extravagante relación a tres bandas en la que la señorita Oyû ejerce sobre los otros dos miembros del triángulo sentimental el papel de hembra dominante tan tanizakiano, mientras la hermana menor trata de hacer ante la sociedad el paripé de estar casada, aunque evita mantener relaciones con su marido sabiendo que él a quien ama es a Oyû...

Y como es menester en Tanizaki, esas singulares relaciones múltiples con dominadoras y sumisos brindan un interés argumental enorme, como encandila todo el trasfondo estético que sabe crear este novelista, en base a la brillante descripción de escenarios, ropajes, iluminación, aromas, actitudes... Todo delicioso.

Lo malo de las novelas de Tanizaki es que se leen en un santiamén: al final siempre acaban ofreciéndome pocas horas de gozo, aunque, eso sí: ¡Qué gozo!

En español la podemos disfrutar gracias a la traducción de María Luisa Balseiro, publicada por ediciones Siruela primero y en Debolsillo.

lunes, 23 de abril de 2012

"La devoción del sospechoso X", de Keigo Higashino


Llámenme burro, ignorante, analfabeto funcional, o lo que gusten (suele pasar cuando alguien declara públicamente según qué gustos), pero lo cierto es que desde hoy Keigo Higashino cuenta con un admirador más.

Antes de disponerme a leer esta sobrecogedora novela, me contaba un amigo japonés que Higashino es un autor demasiado fácil, que leer sus novelas no dice mucho intelectualmente de quienes las leen... Bueno, esas cosas que todos habremos escuchado miles de veces a lo largo de nuestras vidas cuando se habla de best-sellers, de la literatura que llega a millones de lectores y ya por eso hay que suponerla inferior, porque ya no se considera tan meritorio el hecho de leerla.

Al margen de esas apreciaciones, que siempre me han parecido tan carentes de fundamento, yo prefiero tratar de averiguar (me parece mucho más científico, a la par que más interesante y enriquecedor) qué es lo que contiene una obra para que atraiga la atención de tantísima gente. Quizás suceda que tal creación está empatizando con el sentir de la gente de su tiempo, con sus alegrías, con sus temores, con sus preocupaciones, con sus miedos... Quizás aunque sólo fuera por eso, tales obras ya deberían merecer nuestro respeto. Luego, si están escritas con mayor o menor pericia, con mayor o menor oficio, eso ya es harina de otro costal.

Pero es que, tras la lectura de La devoción del sospechoso X (2005, publicada en español en 2011 por Ediciones B), uno tiene la sensación de que pericia narrativa y oficio literario no le faltan a Keigo Higashino. Y a esa habilidad técnica probada cabe añadir otra virtud fundamental cuando se escribe novela en general y novela negra en particular: que Higashino sabe, y bastante, de lo que habla. Y no sólo sabe, sino que le gusta contarlo (denunciarlo) y hacer que los demás también lo sepan. En la novela se abordan problemas sobradamente conocidos del Japón contemporáneo (y de otras muchas sociedades avanzadas), tales como la soledad, la marginación o exclusión de ciertos sectores sociales, la violencia doméstica, etc., pero lo hace con mucha elegancia y equilibrio, sin grandes estridencias y sin caer en el error de convertir un texto literario en un panfleto para alimentar movimientos de indignados. Nada de eso; lo que Higashino nos ofrece es una novela negra con todas las de la ley, con una trama aparentemente sencilla (vamos descubriendo que no lo es tanto a medida que leemos) pero tremendamente envolvente. Y gratamente engañosa, pues desde el principio parece que coloca todas las cartas sobre la mesa y nos ofrece en bandeja, y en las primeras páginas, la resolución del caso planteado, pero al final descubriremos lo equivocados que estábamos.

No me detendré en hacer una narración exhaustiva del argumento ni en describir a los personajes con todo lujo de detalles, pues para eso hay gente que lo ha hecho antes que yo y mejor en sus respectivos blogs, como por ejemplo en este. Además, nunca ha sido ese el propósito de este blog. Sí diré en cambio que la historia nos habla de una mujer divorciada que vive en un apartamento junto a su hija, aunque su marido no deja la ida por la venida y no para de contactar con ella. Un día éste acude a su piso a visitar a su ex mujer; la cosa se complica y ello lleva a que madre e hija acaben cargándose al individuo. En eso entra en escena otro hombre: es el vecino de las dos mujeres, un profesor de matemáticas llamado Ishigami que se ha enterado de todo lo que ha pasado y se ofrece a ayudarlas a deshacerse del cadáver, aparentemente a cambio de nada, si bien la mujer sospecha que este tipo anda desde hace tiempo detrás de ella, pues a menudo acude como cliente a la tienda de obentos donde ella trabaja y es vox populi que lo que menos le interesa al matemático son tales obentos.

Pues sí, cuando creíamos que ya lo sabíamos todo, descubrimos que no estábamos en lo cierto. La trama es impecable, y hasta la última página no dejamos de descubrir cosas, de sorprendernos con el encadenamiento de hechos, con la evolución de la investigación policial y la compleja personalidad y evolucionada inteligencia de Ishigami, muy por encima de lo que le rodea, o eso cree él, porque un amigo suyo y ex compañero de la universidad, físico de profesión y colaborador habitual de la policía (de hecho, este físico también es buen amigo del inspector que lleva a cabo la investigación del homicidio), le complicará bastante las cosas por el mero hecho de conocerle demasiado bien a nivel académico y humano.

Decía antes que Higashino juega a engañar, cosa que no resulta extraña al comprobar que es exactamente a lo mismo que juega su personaje Ishigami: su estrategia para despistar a la policía consiste en hacerles creer que lo importante es justamente lo que carece de importancia; y no digo más, para no fastidiarle la lectura de esta novela a quienes aún no han disfrutado de la misma. Pero no deja de sorprender al lector que las personas y acciones de la novela que a priori parecen irrelevantes luego acaben adquiriendo sus parcelas de protagonismo y vayan mostrando su razón de ser: pienso por ejemplo en esos indigentes que pernoctan bajo plásticos y cartones en la margen del río Sumida y que Ishigami encuentra en sus paseos diarios: al final de la historia esos humildes y anónimos seres acaban siendo algo más que una mera pincelada de denuncia social. Ya el hecho de que desde el inicio conozcamos los pormenores del asesinato que desencadena toda la investigación posterior y los protagonistas resulta casi "contra natura" tratándose de una novela detectivesca (si bien esto no es exclusivo de Higashino, ya que otros representantes de la literatura japonesa contemporánea de este género recurren bastante a esa forma de plantear la historia; pienso en Natsuo Kirino). No obstante, una vez más el autor nos engaña hábilmente y nos demuestra que nuestra presunta omnisciencia era parcial y alicorta; hay que llegar al final de la novela para descubrir que Higashino no había hecho más que racionarnos la verdad.

Una novela cruda y plena de desencanto a todos los niveles, que nos acerca en pocas páginas a lo mejor y a lo peor de la condición humana, con personajes que no son de piedra y cuyo talón de aquiles reside precisamente en ese hecho. Descorazona asumir que la capacidad de amar de los seres humanos puede llevar pareja en formidable paradoja la capacidad de cometer las mayores atrocidades. Los detractores de Higashino y su novela dirán que es muy sencilla de leer (como si eso fuera algo malo o carente de mérito), pero que una novela actual te haga reflexionar sobre la mierda de mundo en que vives durante las semanas posteriores a su lectura no tiene precio en estos tiempos que corren de cultura desechable.

miércoles, 11 de abril de 2012

"Los pájaros de fuego. Novela filipina de la guerra", de Jesús Balmori


A veces le llegan a uno rarezas literarias de las que no solo no tenía noticia, sino que ni tan siquiera ese uno hubiera pensado que podrían existir. Y por supuesto, ese uno tampoco hubiera imaginado que finalmente las habría acabado leyendo.

Es lo que me sucedió cuando el otro día me encontré por casualidad en las estanterías de la Biblioteca Federico García Lorca del Instituto Cervantes de Tokio con este curioso ejemplo de literatura filipina en español, publicado recientemente por el Instituto Cervantes de Manila en su colección Clásicos Hispanofilipinos.

Acostumbrados como estamos la mayoría a leer o visionar exclusivamente testimonios japoneses y estadounidenses de la Guerra del Pacífico, resulta mentualmente refrescante darnos de bruces con una versión filipina y en lengua española de los hechos, con el texto de alguien que vivió el horror de los combates entre Japón y EE.UU. en Manila y otros lugares del archipiélago filipino en calidad de víctima nativa de aquel sinsentido.

Y además, en las páginas de Los pájaros de fuego. Novela filipina de la guerra asistimos a la historia de una decepción; la decepción de su propio autor, Jesús Balmori (1887-1948), alguien de quien hasta hace un par de semanas desconocía incluso su existencia (laguna del sistema educativo español, que en los libros de literatura española olvida que en Filipinas y Guinea Ecuatorial hay gente que habla nuestro idioma y a veces le da también por escribirlo, pero quizás la idea resulte demasiado compleja para las simplistas mentalidades ministeriales). Bueno, pues es la historia de una decepción en cuanto que este Balmori era un "niponófilo" de mucho cuidado, de esos que dejaría corto a todos esos españoles que uno se encuentra por las calles de Tokio (o incluso en la misma España) alabando todo lo japonés, hasta el punto de saber encontrar puntualmente el reverso de todo lo negativo que la cultura nipona pueda tener (que algo malo tendrá, me imagino yo). Bueno, a Balmori le bastó vivir la experiencia de una invasión japonesa de Filipinas (y los abusos hacia civiles que ello supuso) para darse cuenta de que no es haiku todo lo que reluce. Y hablamos de un hombre cuya obra literaria recibe una enorme influencia orientalizante, pero particularmente japonesa; de un hombre que veía en Japón el espejo sobre el que debían mirarse el resto de los pueblos asiáticos; el ejemplo a seguir en todos los aspectos... Y en tal situación se halla el protagonista de la novela, trasunto de Balmori: se trata de un hombre de mediana edad que había pasado toda la vida haciendo una defensa acérrima de todo lo japonés, hasta que tras la invasión se encuentra en disposición de no sentirse tan amigo de los nipones, a quienes hasta ese momento había visto incapaces de cualquier tipo de atrocidad.

La novela en general me ha parecido muy curiosa en todos los aspectos. Esperaba encontrarme con un uso arcaico y degenerado del español, pero todo lo contrario, me he encontrado con un castellano bastante depurado y correcto, certero, diverso en sus registros y preciso en el léxico, con un estilo que no se quedaba al margen de las corrientes literarias de vanguardia de aquellos años.

Es posible que Balmori haya exagerado mucho en la descripción de aquel triste episodio de la historia de Filipinas; y lo más seguro es que cayera en el maniqueísmo más descarado, con unos estadounidenses que al final se erigen como salvadores de la libertad e independencia del archipiélago (para mear y no echar gota), pero claro, viendo de lo que eran capaces los japoneses, resulta normal que la mayor parte de los filipinos al final prefiriesen lo malo conocido... Cada acción, cada imagen recogida en la novela guarda una enorme carga simbólica que en definitiva supone un canto patriótico y un grito de protesta hacia lo que debió suceder en la Manila de 1945: un sutil programa de genocidio hacia los filipinos hispanohablantes, iniciado por los japoneses y rematado por los estadounidenses, que con sus bombardeos indiscriminados sobre la capital filipina hicieron tanto daño al enemigo japonés como a la población local (supuestamente amiga). Hay quienes aseguran que con ello se garantizaron la práctica eliminación de la lengua española en Filipinas, una lengua que tenía mucho más peso en la sociedad filipina antes de la Segunda Guerra Mundial y que por ello hacía demasiada sombra al inglés. Tras leer Pájaros de fuego y su estudio introductorio, no me parece descabellada la teoría.

En definitiva, creo que esta es una de esas obras que hay que leer, aunque solo sea por la contundencia del testimonio y por tener otro asidero argumental de donde agarrarnos que no sea el asidero nipón o el asidero yanqui. Aunque sólo sea por eso (y encima no es sólo por eso), Los pájaros de fuego ha de tener su oportunidad.

miércoles, 28 de marzo de 2012

"Hogueras en la llanura", de Shohei Ooka


“Sabía de sobras que al final de mi camino sólo me esperaban el horror y la muerte, pero quizá la oscura curiosidad que sentía me impulsaba a saborear hasta las últimas consecuencias la soledad y la desesperación que precederían a mi último suspiro, pues la muerte me aguardaba en cualquier rincón desconocido de esos campos tropicales”. En tan emocionante como poco envidiable situación se encontraba el soldado Tamura, protagonista de la novela Hogueras en la llanura (1957), obra cumbre del novelista japonés Shohei Ooka (1909-1988). Tamura es uno de los muchos japoneses que fueron movilizados por el ejército de su país para luchar en los más remotos rincones de Asia y el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Y en el caso de Tamura, su destino de combate fueron las Islas Filipinas, lugar al que también fue enviado el propio autor del texto, de ahí que fuera testigo directo de las muchas atrocidades que los japoneses infligieron y sufrieron a partes iguales en aquella contienda, lo que nos permite reconocer que tras la ficción que nutre las páginas de este libro subyace una base de sólida, fiable y sincera realidad.

Desde los primeros capítulos del libro, la figura de Tamura muestra unos rasgos de excepcionalidad que le permiten entender al lector que sea aquél y no cualquier otro soldado quien sirva de hilo conductor de los hechos. Su condición de tuberculoso en un ejército japonés al borde de la derrota le otorga una condición de perdedor de perdedores: ante la falta de víveres, los militares enfermos o heridos son rechazados tanto por sus propias unidades como por los hospitales japoneses de campaña, de ahí que los convalecientes se vean obligados a vagar a su suerte y sin rumbo definido por las selvas filipinas, viviendo del saqueo a la población nativa y del abuso de poder hacia compañeros de milicia (cuando no recurriendo al canibalismo, como se denuncia en la novela sin ningún tipo de pudor) con la esperanza de que, en el mejor de los casos, sean hechos prisioneros por las tropas estadounidenses. Y en esa poco edificante situación Tamura se dispone a recibir la muerte, que a él se le antoja próxima, pero nada más lejos de la realidad: a su pesar, deberá ser testigo de una dantesca galería del horror y el dolor en la que él, de nuevo involuntariamente, no podrá limitarse a ser un mero testigo, sino que el devenir de los hechos le llevará a ser un actor destacado en tan macabro espectáculo. Por si fuera poco, el hecho de que Tamura haya recibido en su infancia una educación cristiana (otro rasgo de excepcionalidad tratándose de un japonés) le lleva a sumirse en una serie de profundos debates morales sobre el drama que le ha tocado vivir. Y en una situación tan extrema para el cuerpo y la mente, el fantasma de la locura amenaza con hacer acto de presencia.

El resultado me ha resultado enteramente satisfactorio. La novela me ha recordado mucho a las del mejor Conrad, tal que El corazón de las tinieblas. Las descripciones que Ooka hace de un medio tan poco acogedor al género humano como es la selva filipina, me parecen tan plásticas, convincentes y rotundas como las que Conrad realizaba sobre el Alto Congo en la citada novela; y lo mismo digo sobre la recreación del horror que ambos espacios geográficos fueron capaces de albergar en distintos momentos del pasado. Se comenta en el prólogo, a cargo de José Jiménez Lozano, de la edición española de la novela (publicada por Libros del Asteroide en 2006 y traducida por Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala), que Ooka se dejó mucho influir por Stendhal, y no digo que no sea cierto, pero desde luego también he visto mucho de conradiano en las páginas de esta novela.

Si hay que leer algo sobre el lado más siniestro del imperialismo japonés, ese algo puede ser este libro.



viernes, 16 de marzo de 2012

"Arenas movedizas", de Junichirô Tanizaki


Enganchado me encuentro al arte literario de Junichirô Tanizaki, a un nivel de adicción similar al del fumador empedernido que, con las brasas que aún brotan de la colilla del cigarrillo que acaba de consumir, enciende el siguiente pitillo y continúa, sin concederse tregua, con su programa suicida de inhalación de nicotina.

Y así, cuando aún perduraba el grato regusto que dejó en mi memoria la lectura de Naomi, abordé la lectura de 卍 (manji), novela que fue originalmente publicada por entregas en la prensa japonesa entre 1928 y 1930, y que se tradujo en castellano (traducción a cargo de Carlos Manzano, publicada por Ediciones Siruela) bajo el título de Arenas movedizas, expresión que en un pasaje de la novela emplea la protagonista, Sonoko Kakiuchi, para referirse al carácter insoslayable, envolvente y peligroso de su compleja situación sentimental, una situación que se inicia el día en que la señora Kakiuchi, mujer casada de la alta burguesía de la Osaka de entreguerras, decide matricularse en una escuela de arte, donde conoce a una joven llamada Mitsuko, que ejerce como modelo en dicha academia y posa desnuda para los aspirantes a artistas. Y nada, las dos se enamoran locamente, aunque luego el lector descubrirá que al principio quizás no tanto en el caso de Mitsuko, que tiene otros planes que ha calculado friamente (de nuevo surge en una obra de Tanizaki la figura de la mujer adelantada a su tiempo, dominadora, taimada y manipuladora), a la vez que surgen otros problemas adicionales, lo que hace que en el juego finalmente acaben entrando los dos hombres de estas mujeres (el marido de Sonoko y el novio de Mitsuko), y eso dará inicio a un complejo juego de relaciones a cuatro bandas que proporciona sentido al título original de la novela, porque Manji es el símbolo budista de cuatro aspas (卍), que en el caso de esta novela viene a representar la convergencia de las cuatro partes implicadas en la historia.

Título simbólico para una novela que también lo es: las historias de Tanizaki deben leerse siempre en clave conceptual más que al pie de la letra. Sigo pensando que los textos de Tanizaki, al menos los del primer Tanizaki, no son difíciles de leer, si bien en el caso de Arenas movedizas, he encontrado una cierta complejidad argumental, rozando lo detectivesco, bajo una especie de guerra de mentiras y contramentiras en la que combaten los cuatro personajes implicados y algún que otro cómplice de cierta relevancia como Ume, la criada de Mitsuko. Y, como siempre en Tanizaki, el sentido de la estética y de la belleza está siempre bien presente: no es casualidad que la pareja de mujeres enamoradas se conozca en una academia de arte y que la belleza sea el principal motor que haga evolucionar los acontecimientos.

Muy entretenida y envolvente en definitiva; uno de esos libros que, más que leerse, se devoran.

domingo, 11 de marzo de 2012

"Naomi", de Junichirô Tanizaki


Sigo avanzando en la lectura de la obra de Tanizaki (1886-1965). En esta ocasión tocaba Naomi (1924), originalmente titulada 痴人の愛 (chijin no ai), un título que podía inspirar traducciones mucho más rotundas que Naomi (el nombre de la protagonista), como por ejemplo El amor de un gilipollas, o incluso El amor de un capullo, que serían mucho más fieles al original y al espíritu que Tanizaki quiso imprimir a la novela, aparte de que comercialmente resultarían bastante más acertadas, porque un lector que se acerca a una librería, se topa con una pila de libros cuya portada lleva impresa en letras mayúsculas las palabras El amor de un gilipollas, y lo mínimo que hace es detenerse un minuto y tomar un ejemplar de esa obra en sus manos. Lo de Naomi, en cambio, queda bastante ñoño, para qué negarlo, y nos hace pensar, si no sabemos nada de Tanizaki ni de su estilo, en aquellas novelas europeas decimonónicas tituladas con el nombre de la heroína. Pero lo de Tanizaki no es lo de Balzac, ni lo de Zola, ni lo de Tolstoi. No es ni mejor ni peor: simplemente es diferente. Otra cosa es que los editores europeos logren entenderlo; pero eso ya no depende de mí.

De hecho, ni tan siquiera tengo claro si a la tal Naomi cabría calificarla de heroína o de villana, porque lo más probable es que no sea ninguna de las dos cosas. Naomi es una joven mujer (una adolescente diríamos hoy, o incluso una menor, pero recordemos que es el Japón de hace 90 años) que trata de vivir el tiempo que le ha tocado vivir e intenta adaptarse a lo que hay. Eran los tiempos de la era Taishô (1912-1926), que es cuando esta novela se escribe; tiempos que Japón vivió, como en la anterior era Meiji (1868-1912), en una atmósfera de constante cambio, de modernización y occidentalización (americanización), pero a la vez bajo una permanente mirada hacia atrás, hacia un pasado no tan remoto en que Japón aún cerraba sus puertas (no siempre rigurosamente ni al 100%) a personas e ideas extranjeras. Y en un Japón que se esforzaba en reinventarse, con mayor o menor fortuna, Naomi trataba de hacer exactamente los mismo: era una chica "moderna" y eso, que a veces despertaba admiración en algunos de sus compatriotas varones, en otras ocasiones podía provocar en ellos furibunda incomprensión, sobre todo si el varón le doblaba la edad, como era el caso de Jôji, el protagonista de la historia, que nos la cuenta en primera persona. Él se lleva a Naomi, cuando no era más que una chiquilla procedente de una humilde familia del barrio tokiota de Asakusa, que hoy será un sitio muy turístico y muy mono, pero en aquella época era lo peor de lo peor en la capital nipona: era el corazón del maleado y deprimido Shitamachi (los barrios bajos). Y Jôji, un asalariado que está más solo que la una, adopta el papel de "papaíto" educador y se la lleva a un mejor sitio, pero con el tiempo acabará convirtiéndose en el "varón domado"...

En fin, que como sucedía en Tatuaje, Tanizaki se revela como un maestro indiscutible en la creación de personajes femeninos atractivos, altamente seductores, inquietantemente dominadores y psicológicamente poderosos... Y como en aquella novela, hay elementos de carácter fetichista (muchas referencias a los pies de Naomi y la costumbre que tenía Jôji de lamérselos) que harán las delicias de más de uno. Si la obra de un autor tiene algo de autobiográfico, sospecho que a Tanizaki debía de irle bastante "la marcha", como también seguramente vivía agobiado y bastante desorientado, al igual que la mayor parte de sus compatriotas contemporáneos, en aquella década que, si bien muchos historiadores occidentales no dudan en llamar Roaring Twenties, para otros no fueron más que los Crazy Years, definición que resulta mucho más acertada cuando se habla de Japón, a juzgar por lo que se percibe en las páginas de Naomi: la locura colectiva alcanzaba cotas de verdadera esquizofrenia en los salones de baile del siempre elegante barrio de Ginza, que se llenaban de japoneses que se occidentalizaban de forma forzosa, artificial y bastante ridícula, simplemente porque era modern. Las descripciones satíricas de esos ambientes que Tanizaki nos lanza en las páginas de Naomi no tienen desperdicio. Y la vida en pareja de Jôji y Naomi, que para Jôji constituye realmente un sinvivir, no es más que una brillante metáfora que Tanizaki traza de ese Japón que estaba dejando de ser lo que hasta entonces había sido.

Quizás no sea lo mejor de la producción literaria de Tanizaki, pero en cualquier caso se trata de una obra asequible para el público general (rasgo a tener en cuenta en un autor que tiene fama de difícil, aunque hasta ahora a mí no me lo está pareciendo), muy envolvente merced a esa trama lineal, sencilla, pero fluida y equilibrada, que hace que el final de un capítulo te lleve irremediablemente a empezar el siguiente. Te gustará.

jueves, 23 de febrero de 2012

"El ocaso", de Osamu Dazai


Llegó la hora de saldar mis cuentas literarias con Osamu Dazai (1909-1948), figura emblemática como pocas de las letras japonesas de la primera mitad del pasado siglo. Y para empezar a rendir a Dazai el tributo lector que se me merece, El ocaso (Shayô, 斜陽) es una acertada elección, o al menos esa es la sensación que el texto me ha transmitido.

Impacta comprobar que Dazai, a un año de su suicidio, logra registrar de forma precisa y en unas pocas páginas todo el desencanto que le andaba rondando la cabeza por aquel entonces, como miembro que era de una sociedad (la japonesa de posguerra) que se veía ante la necesidad y el reto de afrontar cambios muy radicales en su identidad, cambios para los que buena parte de los nipones, anímicamente asfixiados en la derrota, no estaban lo suficientemente preparados ni motivados. Y quizás fue por eso que Dazai decidió quitarse de en medio con solo 39 años. Digo "quizás", porque los verdaderos motivos de aquello lógicamente solo los conoce el propio escritor y posiblemente Tomie, su amante, que decidió acompañarle en el acto suicida.

Lo cierto es que toda esa sensación de amarga decadencia y de incertidumbre, que envolvía a aquel Imperio del Sol Poniente que era aquel Japón inmediatamente posterior a 1945, queda magistralmente personificado en el trío protagonista de El ocaso, que son los tres supervivientes (una madre y sus dos hijos) de una rancia pero arruinada familia aristocrática que naufraga en medio una época en que es irrelevante poseer sangre azul.

De los tres personajes me quedo con Naoji, el hermano varón, que se muestra como un trasunto del propio Osamu Dazai: personaje nihilista y dostoievskiano, desencantado de la vida tras haber servido como soldado durante la guerra, encuentra sólo válvulas de escape en el consumo de drogas. Y al final, ni tan siquiera con eso. Su lógica argumental sobre el suicidio, vertida en un sobrecogedor testamento al final de la novela, acaba resultando incontestable, merced a un planteamiento tan rotundo como minimalista: "Si tenemos derecho a vivir, tenemos derecho a morir".

En cuanto a la madre y a Kazuko, la hija, son el contrapunto moderado a los excesos de Naoji, aunque representan igual que él (o puede que incluso con más fuerza) toda esa decadencia nobiliaria, todo ese férreo anclaje en el pasado. La madre, arruinada en la economía y en la salud; y la hija, que sueña con el amor que una vez tuvo (está divorciada) y anda detrás de un tal Uehara que no hace más que darle largas. Patético cuadro humano para una patética situación coyuntural que no es otra que la del Japón recién derrotado en la Segunda Guerra Mundial.

El libro está agotadísimo, como últimamente es norma cuando se trata de buena literatura. La edición en español más reciente es la de Txalaparta (2004), aunque yo he utilizado la de Luna Books, una editorial ubicada en Japón y que publica obras literarias clásicas de ese país traducidas al castellano, la mayoría por Montse Watkins, como en el caso que nos ocupa. Por si el agotamiento de las ediciones no fuera suficiente obstáculo para acercarse a esta novela, resulta que El ocaso tampoco es un libro disponible en formato digital, según parece, ni por vía legal, ni por vía pirática... En definitiva, que a quien desee leerlo no le queda otra que emprender una romería por todas las bibliotecas públicas de su ciudad, con el ánimo de que alguna de ellas albergue milagrosamente un ejemplar de la obra.

martes, 31 de enero de 2012

"El pabellón de oro", de Yukio Mishima


"Si quemo el Pabellón de Oro, cometeré un acto altamente educativo. Gracias a ello, las gentes aprenderán lo insensato de concluir por analogía en la destrucción de cualquier cosa, aprenderán que el simple hecho de haber seguido existiendo, de haber permanecido de pie sobre las riberas del Espejo del Agua durante 550 años no implica garantía de ninguna clase; [...] las gentes aprenderán a estar menos seguras, con la inquietud de pensar que mañana mismo pueden ser arrojadas como un desecho..."

Así de "didáctico" se muestra el protagonista de esta novela, basada en un hecho real: el incendio que sufrió en 1950 el emblemático monumento de Kinkakuji en Kioto, provocado por un joven monje llamado Hayashi Yoken que, según la Wikipedia, estaba "con las facultades mentales alteradas". No digo que no sea cierto (de hecho los informes psiquiátricos de Hayashi Yoken hablan de esquizofrenia y manías persecutorias), pero la versión novelada que Yukio Mishima (1925-1970) nos proporciona de los hechos en El pabellón de oro (1955) nos acerca a una personalidad mucho más compleja y fascinante que la muy desoladora y bastante simplista realidad clínica. En el texto de Mishima nos encontramos con un personaje que tiene unas ideas muy claras (aunque siempre flotando frágilmente en un profundo mar de dudas), a la par que obsesivas y delirantes (como el propio Mishima) sobre conceptos como la belleza, lo efímero y lo eterno. Y en el centro de sus inquietudes filosóficas, se encuentra el Pabellón de Oro del templo de Rokuonji, donde reside en calidad de monje novicio al servicio de un sacerdote que fue amigo de su ya fallecido padre, también sacerdote budista. La tartamudez del joven monje, unido al odio (justificado) hacia su madre, lo convierten en un personaje singular, algo retraído y meditabundo.

Lo que más me ha gustado de esta novela es que he podido encontrar en ella por primera vez (o al menos con más firmeza que en obras anteriores) los principales temas que preocuparon a Mishima en la segunda mitad de su vida, como por ejemplo ese odio irascible hacia el nuevo Japón que surge de las cenizas de la derrota en la Segunda Guerra Mundial; la llamada a cometer actos concluyentes y algo extremos en cuanto a su simbolismo y a sus consecuencias; un intenso sentido de la estética capaz de influir sobre cualquier otro aspecto del pensamiento...

No es una obra sencilla de leer (Mishima no lo suele ser), pero no por ello deja de ser un trabajo para disfrutar, haciéndose el lector algo cómplice de las ideas y de los actos de este cautivador híbrido de pirómano y pensador zen; actos que a veces son rotundos y firmes, pero a veces vacilantes y contradictorios: de nuevo Mishima se mira al espejo en su personaje.

La obra fue publicada en español por Seix Barral, pero como lleva siglos descatalogado, yo me lo descargué gratuitamente de internet y sugiero a quienes deseen leer esta preciosidad literaria, que hagan exactamente lo mismo, pues no podrán conseguirlo pagando... Si de libros se trata, desgraciadamente se está conviertiendo en habitual que uno desee gastar su dinero en alguno y las editoriales no le brinden la posibilidad de hacerlo.

viernes, 27 de enero de 2012

"La presa", de Kenzaburo Oé


Aprovecho que acabo de ver la película Shiiku (飼育) de Nagisa Oshima (1961) para hablar de la novela corta homónima de Kenzaburo Oé en la que el filme está basado, y que leí hace un par de años. Publicada en 1957, es una de las primeras obras del Premio Nobel japonés y la que permitió descubrir su talento literario al público de su país. En español fue publicada hace casi una década por editorial Quinteto bajo el título de La presa, y antes también la editó Anagrama. Ahora ambas ediciones están agotadas (por lo menos, en las librerías de Madrid que visité hace unas semanas no las tenían), así que quien quiera leer esta obra tendrá que descargarse de internet el .pdf correspondiente; para que luego digan que la gente piratea: ¡Si es que muchas veces no nos queda otra, desde que a las editoriales solo les da por publicar best-sellers! Si alguien está interesado en comprar La presa, no puede hacerlo, y tiene que adquirir el texto por conductos no comerciales... Así están verdaderamente las cosas, y quien quiera interpretar de otra forma el fenómeno de las descargas, allá él/ella.

Hale, ya he descargado mi dosis diaria de adrenalina, así que ahora, ahíto de bienestar, me centro en el libro: la acción transcurre en plena Segunda Guerra Mundial. Un avión militar estadounidense cae por accidente en los alrededores de una humilde aldea japonesa de la isla de Shikoku, cuyos habitantes descubren que el único superviviente de la catástrofe es un oficial de raza negra (o afroamericano, para que no se me enfaden los apóstoles de lo políticamente correcto), lo cual deja descolocados a estos paisanos, porque ellos tenían una idea bastante peyorativa de la gente de este color y se los imaginaban poco menos que como inocentes animales, así que no se hacían a la idea de que los afroamericanos pudiesen también estar participando en los cruentos bombardeos a las principales ciudades japonesas.

Los aldeanos someten al soldado y lo encierran en un granero. Durante el cautiverio del militar, los niños son los que tratan de aproximarse a "la presa" y descubrir que su huésped forzoso no es tan diferente a ellos como creen. Uno de estos niños nos narra en primera persona la historia.

Pero las cosas dejan de ir bien y se acaban torciendo...

La novela es algo autobiográfica, pues recoge las vivencias que el propio Kenzaburo Oé sin duda atesoró durante su infancia, que transcurrió en su modesta localidad natal de la isla de Shikoku durante los años del citado conflicto bélico.

Una novelita muy recomendable, fácil de leer (rasgo que no siempre se da en la literatura de Kenzaburo Oé) y que rezuma sensibilidad por cada página, gracias al tamiz que representa la óptica infantil de ese anecdótico acontecimiento en el seno de una guerra mundial que a ojos de los niños es difícil de entender. ¡Descárguensela!

martes, 17 de enero de 2012

"Flores de verano", de Tamiki Hara


Por fin me animé a emprender la lectura de este libro, lectura que tenía pendiente desde hace seis meses porque siempre había encontrado algo mejor (según mis preferencias y mi criterio) que leer. Deduzco que debo tener alguna especie de instinto oculto que me permite jerarquizar los libros adquiridos en función de la buena o la mala impresión que su lectura me va a causar, porque, como me temía, este Flores de verano no me ha resultado todo lo satisfactorio que debiera.

Y el caso es que me atraía el tema: relatos sobre el bombardeo atómico de Hiroshima narrados por Tamiki Hara (1905-1951), autor que fue superviviente de aquella tragedia, es decir, un representante del movimiento literario llamado genbaku bungaku ("la literatura de la bomba"), destinado a describir y narrar los hechos vividos (sufridos) en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en aquel mes de agosto de 1945, así como las terribles consecuencias para la salud de muchos de quienes tuvieron la mala suerte de salir con vida de aquello pero sin encontrarse lo suficientemente lejos como para no verse afectados por las radiaciones y sus efectos colaterales.

Ya digo que la sinopsis del libro apuntaba buenas maneras, como también lo hace la buena introducción biográfica que el traductor Fernando Cordobés hace sobre la figura de Tamiki Hara, un personaje cuya singular vida ofrece datos como para armar una novela: un licencado en Literatura Inglesa que hacia 1930 hacía incursiones en el movimiento de la literatura proletaria, tan de moda en el Japón de aquellos años (recordemos Kanikosen), pero que pocos años después se convierte en una especie de dandi, a la par que putero (llega a secuestrar a una prostituta en Yokohama, a la que mantiene secuestrada durante un mes, hasta que ella logra escapar). En 1933 sienta la cabeza y se casa, pero su mujer fallece once años después y eso le hace caer en una profunda depresión que le hace abandonar el Tokio donde la pareja había vivido, para trasladarse a Hiroshima, la ciudad natal de Hara, justo unos pocos meses antes del lanzamiento de la bomba atómica sobre esa ciudad, acontecimiento del que él fue testigo y superviviente, y consideró que había que contarlo. Años después, en 1951, quizás sintiéndose incapaz de seguir viviendo con el lastre emocional de aquella terrible experiencia, se suicidó arrojándose a las vías del tren, pero no sin antes dejarnos tres relatos costumbristas y dramáticamente descriptivos sobre lo que fueron aquellos traumáticos hechos del 6 de agosto de 1945. Esos cuentos, que la editorial Impedimenta recopila y publica por primera vez en español con traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, son Flores de verano (1947), De las ruinas (1947) y Preludio a la aniquilación (1949). Siguiendo el orden cronológico de los hechos descritos, que no de la publicación de los textos, Preludio a la aniquilación sería el primero que habría que leer (y por eso figura en primer lugar en la edición de Impedimenta), pues nos introduce a la situación de la familia protagonista de los tres relatos, una familia de Hiroshima con tres hermanos, uno de los cuales, Shôzô, regresa a la ciudad después de haber estado unos años fuera (es evidente que Shôzô es trasunto del propio Tamiki Hara).

Bueno, son tres relatos que se leen con facilidad y en breve tiempo, si bien no dejan demasiada huella... No sé si es que ya estoy curado de espanto y no me impresionan en absoluto los relatos sobre el horror del holocausto nuclear o de cualquier otro tipo de catástrofe bélica, pero lo cierto es que hay ejemplos de este tipo de literatura que han sido capaces de tocar en lo más profundo de mi alma, como La tumba de las luciérnagas de Nosaka. En los tres cuentos de Tamiki Hara veo el mérito que tiene la templanza de ánimo en alguien que, habiendo sufrido aquel horror, fue capaz de contárnoslo para que lo supiéramos y no lo olvidáramos; pero poco más. Hara tenía algo que contarnos y la necesidad de hacerlo (necesidad fundamental para poder iniciar cualquier proceso creativo literario), y así lo hizo. Sin embargo, me quedo con la idea expresada por Fernando Cordobés en la introducción y que viene a corroborar mis sospechas: "De no haber sufrido la experiencia de la bomba, [Tamiki Hara] quizás no habría ocupado un lugar destacado en el panorama literario de su época". Y es que el panorama literario japonés de posguerra no dejaba hueco a autores mediocres: eran los años en que Yukio Mishima iniciaba su fulgurante carrera literaria, mientras que los más veteranos Yasunari Kawabata y Junichiro Tanizaki enriquecían las suyas con algunas de sus mejores obras.

En definitiva, Flores de verano me ha parecido un trabajo necesario por lo que nos cuenta, pero prescindible por lo literario. Si no se lee, no pasa nada. Pero como tampoco va a pasarles nada si lo leen, ¡anímense!

jueves, 12 de enero de 2012

"La escopeta de caza", de Yasushi Inoue


Había escuchado y leído buenas opiniones y críticas sobre esta brevísima a la par que profunda e inquietante novela de Yasushi Inoue (1907-1991), que se puede leer perfectamente de principio a fin en una sola mañana. De todas esas reseñas, me quedo con el análisis que aquí publica Orlando Betancor, de la Universidad de La Laguna, y que viene a disertar sobre el tratamiento que Inoue hace en La escopeta de caza (1949) de la soledad, tema central de cuantos se alojan en las escasas 100 páginas que integran el libro.

En efecto, la soledad se alza como el principal problema humano que se debate en la obra. La soledad, ese concepto que ha sido objeto de tantas y tantas metáforas y personificaciones en la literatura, el cine y otros medios: la soledad del corredor de fondo, la soledad del portero ante el penalti, la soledad del opositor a notarías, la soledad del lector de novelas... Inoue le da una vuelta de tuerca al asunto y localiza el paradigma de la soledad en el cazador que recorre exhaustivamente montes y cotos con una escopeta como única compañía. Una imagen que Inoue anuncia en el prólogo de la novela y que resulta bastante certera si uno se pone a pensar en la literatura cazadora, da igual si ficción o ensayo, de Miguel Delibes (1920-2010), por poner un ejemplo de sobra conocido por el lector hispanohablante.

La soledad, una de las grandes preocupaciones de la sociedad nipona contemporánea, lo que queda una y otra vez reflejado en la literatura y el cine, vemos que ya interesaba a Inoue hace más de 60 años y se alza como asunto principal en La escopeta de caza, aunque abordado con una maestría que lo hace permanecer tímidamente oculto hasta las últimas páginas; de hecho, en los inicios uno cree que se dispone a leer un drama típico sobre adulterio y relaciones de amor-odio entre personas de distinto sexo. Y una inquietante escopeta que está presente incluso en el título y que luego goza de un protagonismo menor que el esperado.

Aparte del tema, es muy sugerente la estructura de la novela, que entra de lleno en el género epistolar, en desuso en Occidente desde mediados del siglo XX pero al que Yasushi Inoue no duda en recurrir. Tres cartas escritas por sendas mujeres, cada una de las cuales ha conocido al protagonista de la historia, un cazador casado que tiene relaciones adúlteras con una divorciada. La esposa, la amante y la hija de ésta son las tres autoras de las misivas, en donde se recuerda al hombre que está más solo que la una: la hija de la amante, que sabe lo que ha pasado por el diario de su madre, no quiere volver a verle; su esposa legítima, que conoce su relación desde hace tiempo, le manifiesta su odio; la amante, aquejada de una severa enfermedad, yace en su lecho de muerte, desde donde lanza unas crudas reflexiones sobre amar y ser amado que acaban de hundir al cazador en la miseria...

No son interpretaciones o versiones diferentes de un mismo hecho, como sucedía en Rashomon, el relato de Akutagawa. Aquí se ponen las cartas sobre la mesa desde el comienzo y conocemos a culpables, a víctimas y, más exactamente, a víctimas-culpables. lo que tenemos es tres formas distintas de sentir y de vivir unos hechos que son evidentes, objetivos e incuestionables. Lo fabuloso es la enorme exposición de sentimientos, anhelos y deseos que desfilan por tan escasas páginas: Inoue nos da una exhibición de economía expresiva.

Fue publicada en español por Anagrama en 1988 (yo he manejado la tercera edición, de 2003), con una traducción de Javier Albiñana y Yuna Alier (colaboración) que merece, como poco, un "tironcillo de orejas", sin ánimo de que nadie se moleste. Aunque en los créditos así no figura, salta a la vista que no es una traducción directa del japonés, sino una traducción hecha a partir de una versión inglesa: ello se nota cuando Shijô-dôri, la famosa calle de Kioto, aparece en el texto como "Shijo Street"... Digo yo que, o lo dejas en Shijô-dôri, o lo traduces completamente en español como "Calle de Shijô". Lo mismo sucede cuando se cita a "Mito City", lo cual quedaría muy lindo si dicho lugar estuviera en Arkansas, pero lo cierto es que se halla en la Prefectura de Ibaraki. ¿Había alguna razón de peso para no traducirlo como "Ciudad de Mito" o simplemente "Mito"? Otro tanto sucede cuando expresan la velocidad de un corredor en "millas por hora" (claro, en la traducción inglesa venía así). Opino que si se traduce desde otra lengua que no es la original (una práctica que, de entrada, suele gustarnos bastante poco a los lectores), se debería advertir, aunque solo sea por una cuestión de honradez intelectual. Aparte de eso, se observa en ocasiones algo de pobreza e imprecisión léxicas en el castellano empleado por los traductores. Para muestra, un botón: "la casi isla de Izu"... Una "casi isla" es eso que en las clases de Geografía de primaria llaman "península", ¿verdad? Pues eso: la península de Izu.

Está claro que el libro perfecto no existe, aunque en esta ocasión las principales imperfecciones no son atribuibles al autor.