
Y lo que me he encontrado es con un texto sencillo, modesto en sus
mimbres, de esos que no te van a resultar grandioso, ni tampoco adictivo, pero que
vas a leer con gusto, quizás por lo que tiene de emotivo, de autobiográfico y
de sincero. Te gustará y disfrutarás con su lectura, y todo ello pese al
considerable nivel de crudeza que por momentos impregna las páginas de esta
novela, si bien se trata de una crudeza sostenible gracias al aporte de
emotividad y romanticismo que aportan las pulsiones sentimentales de los
protagonistas, por no hablar de la kafkiana representación que se hace del
aparato represor y “reeducativo” con que contaba el estado maoísta hace cosa de
cuatro décadas, pero que la China de hoy se empeña en seguir sacando a colación
en cuanto cuenta con la menor oportunidad, incluso allende sus fronteras (léase esta noticia).
Bueno, no te deja indiferente la historia de ese par de adolescentes
“burgueses” (término con el que los comunistas suelen denominar solemnemente,
aunque en igual tono despectivo, a los pijos) que son enviados al campo a
trabajar, a ver si se les pega la ignorancia de los campesinos y se olvidan de
memeces tales como tocar el violín o leer a “peligrosos” autores occidentales
tal que Balzac, nada más y nada menos…
En fin, habrá quien diga, amortiguados por ese sanitario colchón
virtual que es Internet, que esto es pura y lacerante propaganda occidental
contra la virtuosa y pluscuamperfecta revolución cultural de Mao; y lo dirán
como si verdaderamente lo hubieran vivido, como si hubieran estado ahí,
reeducándose en el medio rural chino. Yo soy más partidario del castizo “cuando
el río suena, agua lleva”. Y escucho el fluir de las aguas…
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