viernes, 19 de octubre de 2012

"El Japón heroico y galante", de Enrique Gómez Carrillo



No es el objetivo de esta bitácora hablar de literatura en español, pero de vez en cuando no está de más hacer alguna excepción si lo que se lee guarda relación con Oriente y es digno de ser leído. Y el caso que nos ocupa no es para menos: me refiero a la crónica del viaje a Japón que realizó el poeta y diplomático guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) y que públicó en 1912 bajo el coqueto título de El Japón heroico y galante, un feliz descubrimiento (sí, yo lo he descubierto ahora) que debo gracias al blog de la tertulia literaria que Kenzi Guerrero Miyamoto, amigo y compañero del Instituto Cervantes, organiza periódicamente en Tokio.

Insisto en que ha sido una gratísima sorpresa encontrarme con el escrito de un occidental de hace justo un siglo que, a modo de otaku gaijin adelantado a su tiempo, tenía una visión realmente positiva y abierta hacia lo japonés, y tan diferente a lo que pensaban otros viajeros occidentales que en la era Meiji se acercaron a este país, del que no llegaron a hablar demasiado bien, esclavos de sus orejeras etnocéntricas. Tales eran los casos de Pierre Loti y Rudyard Kipling, autores que precisamente por ese tono ligeramente "japonófobo" no me caían demasiado simpáticos; pero Gómez Carrillo se encarga de ponerles en su sitio en esta obra.

Me ha gustado la erudición que gasta el autor guatemalteco en temas de cultura japonesa. En cambio, echo de menos algo más de "sustancia viajera" en el texto, porque hay cierto desequilibro en los contenidos: mucho más trabajo de biblioteca que de campo. Aun así, los apuntes sobre sus vivencias en el desaparecido (o malamente conservado) "putódromo" de Yoshiwara no tienen precio...

En cualquier caso, el lector atisba en el texto de Gómez Carrillo un acercamiento a la realidad japonesa libre de prejuicios, cosa totalmente meritoria en un autor de hace un siglo, viendo lo que había en el panorama literario de la época. Libre de prejuicios para detectar lo bueno, pero también para denunciar lo malo. Porque Gómez Carrillo demuestra ser también un adelantado a su época en cuanto a la percepción de los males que la modernidad ha traído a Japón durante la era Meiji: me hizo mucha gracia ver cómo a un viajero de 1912 ya le llamaba la atención el nada estético laberinto de cables que siempre se extiende bajos los cielos de cualquier ciudad japonesa, algo que cien años después nos sigue llamando poderosamente la atención a quienes nos acercamos a este país. Y todo eso, en rotundo contraste con la pervivencia de usos y valores de antaño: de verdad, si uno elimina las referencias históricas y cronológicas en el texto de Gómez Carrillo, se podría pensar que estamos ante la crónica de viajes de alguien que recorrió Japón el pasado verano. El Japón heroico y galante rezuma vigencia y contemporaneidad por los poros de cada página.

Muy recomendable lectura, la verdad. Yo he usado la edición original centenaria, publicada en Madrid por Renacimiento, pero existen reediciones recientes.

viernes, 5 de octubre de 2012

"El precepto roto", de Shimazaki Tôson



Uno se pregunta en qué andan pensando las editoriales españolas para que vengan a tardar un siglo en traducir y publicar ciertas obras clásicas extranjeras que en su época tuvieron una enorme trascendencia, gozaron del favor del público de su país y recibieron toda suerte de parabienes por parte de los más severos críticos. No he dejado de preguntármelo mientras pasaba cada una de las más de trescientas páginas de El precepto roto, novela de Shimazaki Tôson (1872-1943) que en Japón vio la luz en 1906 pero de la que el lector hispanohablante no pudo disfrutar hasta 1997, fecha en que fue por primera vez publicada en nuestro idioma por la editorial japonesa Luna Books, en una edición muy limitada en cuanto a ejemplares y difusión. Afortunadamente, la editorial Satori lanzó el año pasado una segunda edición que le garantiza una mayor presencia en las librerías españolas. En ambas ediciones se ha utilizado la buena traducción de Montse Watkins. La edición de Satori, además, incluye un esclarecedor y pedagógico estudio introductorio de Carlos Rubio.

Se trata de una historia sencilla, como suele suceder en tantas y tantas obras maestras. Nos cuenta la vida de un maestro de provincias perteneciente a los eta o burakumin, una casta inferior que ha sufrido y sufre la discriminación en Japón. Y se les considera inferiores por el simple hecho de que tradicionalmente se han dedicado a profesiones consideradas “impuras”, como por ejemplo aquellas que tuvieran una relación directa con la muerte (matarife, verdugo, sepulturero, etc.). Por tanto, un burakumin no podía aspirar a ascender socialmente y ejercer otras profesiones que no fueran las mismas que desempeñaban sus antepasados. Sin embargo, el protagonista de El precepto roto establece un pacto con su padre, que le exige que no revele a nadie su origen social. Gracias a ese secreto, consigue entrar en la escuela de magisterio y posteriormente ejercer como profesor de educación infantil, actividad profesional prohibida a los burakumin. Pero una serie de acontecimientos, entre ellos la muerte de su padre y la toma de conciencia de que se encuentra en una sociedad llena de injusticias y prejuicios, llevan al maestro a romper el precepto paterno y a declarar públicamente su condición de burakumin, confesión que, pese a los perjuicios que le ocasiona, tales como la pérdida de su plaza docente, le resulta altamente liberadora.

Pero la cosa no se queda solo en denunciar la situación de marginación que sufren los burakumin. A través de las páginas de El precepto roto se aprovecha para hacer una durísima crítica al ambiente de corrupción y de falso desarrollo y occidentalización en que vivía inmerso el Japón de finales de la era Meiji, es decir, en el paso del siglo XIX al XX. Shimazaki Tôson no deja títere con cabeza y nos ofrece toda una galería de personajes viles y rastreros que dan una pésima imagen de aquella sociedad, fundamentalmente en su faceta política y educativa: políticos corruptos e hipócritas, directores de escuela egocéntricos e incompetentes, profesores trepas, etc.

Insisto en que me ha parecido que se trata de una de las grandes obras de su lugar y momento. Hasta Natsume Sôseki dijo que se trataba del primer trabajo literario del Japón moderno que merecía el calificativo de “novela”. Y tengo la sensación de que no lo dijo bajo los efectos del sake, sino en estadio de sobriedad y con conocimiento de causa: cierto es que un año antes de la publicación de El precepto roto, Sôseki ya había sacado a la luz su Soy un gato, pero esta excelente y cachonda obra, que para nuestros parámetros literarios actuales es sin lugar a dudas una novela, quizás no lo fuera tanto en los albores del siglo XX, y en cambio una obra como El precepto roto sí entraba dentro de la concepción de novela naturalista que triunfaba en el momento en Europa y a la que los autores japoneses aspiraban a imitar. Digamos que Natsume Sôseki fue un adelantado de su tiempo y no era consciente de ellos, mientras que Shimazaki Tôson fue quien entendió a la perfección cómo había que escribir novelas en su tiempo, y lo demostró en El precepto roto. Sôseki captó la idea, le gustó y parece que le influyó bastante cuando poco tiempo después sacó su mordaz Botchan, novela que, al igual que El precepto roto, nos ofrece un poco halagüeño retrato de la sociedad japonesa de provincias y sus centros de enseñanza secundaria, aunque con un toque mucho más ácido y satírico que el empleado por Shimazaki Tôson, más sobrio, con muchas menos concesiones a la ironía y al sarcasmo.

O sea, que está claro, o para mí al menos lo está, que Shimazaki Tôson caló hondo en el arte de Natsume Sôseki y ejerció cierto influjo sobre él. Es evidente que en Shimazaki Tôson entendió y absorbió los mecanismos de la novela europea de la segunda mitad del siglo XIX: leemos El precepto roto y estamos viendo las preocupaciones sociales que Zola recogía en las páginas de Germinal; leemos El precepto roto y vemos a un protagonista que se redime a través de la confesión de un secreto, como el Rashkolnikov de Crimen y Castigo

Pues eso: leamos El precepto roto.

domingo, 30 de septiembre de 2012

"La llave", de Junichirô Tanizaki



Pocas veces me he encontrado con universos literarios como el de Tanizaki. Y sé que no solo me pasa a mí. Lo cierto es que, una vez que el lector se sumerge por primera vez en su cosmovisión de sentimientos, estética y su nada convencional tratamiento de la sexualidad y de las relaciones humanas que en virtud de todo ello se establecen, resulta muy difícil conformarse con esa primera lectura: uno siempre va a querer leer más, mucho más.

Dejándome llevar por ese inagotable hechizo, acabo de terminar la lectura del undécimo libro de Tanizaki en lo que llevamos del presente año. Se trata de La llave, uno de sus últimos trabajos, publicado en 1956. Me habían hablado muy bien de esta novela, y lo cierto es que no me ha decepcionado, porque en sus páginas parece recuperar el carácter tergiversador y depravado de su bibliografía más temprana. Y en lo estilístico, un retorno a la economía en los recursos del lenguaje, a primacía de la sensación sobre la narración, al impresionismo sobre el naturalismo. Por lo que cuento, es fácil deducir que Las hermanas Makioka (1949) no me gustó demasiado, pero me aventuro a sospechar que a Tanizaki no le gustó mucho más que a mí, o al menos debió encontrarse en terreno ajeno como para pocos años después regresar con La llave a retomar sus viejas identidades literarias.

El planteamiento estructural resulta original: la novela se construye sobre dos diarios personales, el de un marido y una mujer, que van intercalándose a medida que se desarrolla, de forma completamente lineal, la acción de la novela. En ambos diarios se guardan los secretos íntimos de uno y otro protagonista, pero con el morboso ánimo de que lo que en ellos escriben pueda ser leído clandestinamente por su pareja. De esta forma descubrimos que al marido, un cincuentón que ha perdido buena parte de sus ya de por sí escasos bríos sexuales, gusta mucho de drogar o emborrachar a su esposa para luego, una vez anestesiada, hacer con ella todo lo que le apetezca, que básicamente es besarle los pies o tomarle fotos… La mujer, once años más joven que su esposo, no se queda corta en su catálogo de “especialidades”, pues toma como amante al hombre que aspira a ser el prometido de la hija de esta señora y su marido… Y éste, que es sabedor del lío de su cónyuge, no solo no se enfrenta al amante, sino que descubre que los celos le “reactivan” el ánimo y entonces hace al querido de su mujer partícipe de sus fechorías fetichista-fotográficas…

Pues eso, una historia intensa y adictiva por lo que tiene a partes iguales de verosímil e inverosímil. Recuerda mucho a la también tanizakiana Arenas movedizas (Manji), otra obra cumbre del amor a cuatro bandas (en el caso de La llave esa complejidad en las relaciones solo se percibe en el desenlace de la novela), con mujeres fuertes, dominantes, mejor ubicadas en la realidad a todos los niveles que el prototipo de hombre débil, manipulable, obseso, perdedor fracasado y cornudo que suele ejercer el papel de protagonista masculino de las novelas y relatos de Tanizaki.

La novela se ve coronada con un acertadísimo y coherente final que afirma todos estos principios.

Una obra donde Tanizaki de nuevo es capaz de darnos una lección sobre la paradójica complejidad de la sencillez; sobre cómo con elementos escasos (escasa extensión de los textos, escasos rudimentos descriptivos, escasos escenarios y escaso cuadro de personajes principales) se puede crear una nutrida gama de matices portadores de sensualidad y de estética, así como el planteamiento de un abanico de conflictos humanos que van evolucionando ante el lector casi sin que éste se dé cuenta a medida que va navegando por las páginas del texto. De ahí que la navegación a bordo de Tanizaki siempre resulte tan placentera.

martes, 4 de septiembre de 2012

"Libertad bajo palabra", de Akira Yoshimura



Aquí tenemos una novela que parece haber pasado bastante desapercibida entre la crítica y el público españoles, a juzgar por la poca presencia que tiene en la web en cuanto a reseñas. Parece que ni siquiera le ha proporcionado popularidad el hecho de que Shohei Imamura se basara en ella para rodar su Unagi (1997). Una lástima; supongo que a los que cortan el bacalao no les interesa que leamos cosas que meten el dedo en la llaga y cuestionan sin demasiados tapujos lo que ellos consideran incuestionable.

Y en este caso lo que se cuestiona es la supuesta perfección del sistema penitenciario y las leyes que lo rigen; leyes que en principio están orientadas a evitar que se deteriore nuestro estilo de vida, o al menos así es como lo ve Koinuma, un agente de libertad condicional que supervisa al protagonista de la novela, Shiro Kikutani, un señor que había sido maestro de escuela hasta que un día sorprende a su mujer poniéndole los cuernos, en plena faena y en su propio domicilio. Y el señor Kikutani responde al desplante asesinando a su mujer y mutilando al amante (igual me traiciona la memoria, pero en la película de Imamura recuerdo que la mutilación era mucho más contundente que la que se describe en la novela). Por ello, Kikutani es condenado a cadena perpetua, pero por buena conducta se le concede la libertad condicional dieciséis años después de su ingreso en prisión, y a medida que vamos avanzando en la lectura de la novela descubrimos que realmente se trata de una libertad condicional bastante condicional… Demasiado condicional para alguien que ha vivido dieciséis años entre rejas y sin más oportunidades de socializarse que las que le brindaban los leves contactos con sus compañeros de presidio o los funcionarios. Por si eso fuera poco, Kikutani se debe enfrentar a los radicales cambios que ha experimentado su entorno vital a lo largo de ese largo periodo de tiempo, cambios de los que él no tenía más que vagas noticias. Kikutani ingresa en prisión en un Japón que evolucionaba sin pausas pero sin prisas, y regresa a la libertad en otro Japón que vive ahíto de desarrollo, tecnología y bienestar... Y entonces esa readquirida libertad, que en ocasiones ofrecerá maravillosos momentos Kikutani, en otras situaciones se mostrará como una peligrosa arma de doble filo y de difícil manejo que le llevarán irremediablemente a la tragedia…

Además de esa capacidad que Yoshimura demuestra para cuestionar lo que a ojos del poder (y los sumisos al mismo) parece incuestionable, de la novela destaco la sencillez narrativa y estructural, pues es una sencillez que aporta bastante a la comprensión de lo que se plantea, y consecuentemente facilita la credibilidad de lo que se lee. En novelas de esta naturaleza la complejidad no suele aportar nada bueno: mejor que sea fácil.

Y también destaco la habilidad de Yoshimura para sumergirse en la piel de quien vive y sufre la complicada situación existencial de Kikutani, un criminal con entrecomillado que tiene más de víctima que de verdugo, una perspectiva que, supongo, tampoco gustará demasiado a los amigos de lo políticamente correcto, pues concebirán la figura de Kikutani como la de un irredimible practicante de la violencia de género. Ya digo que la novela no deja de meter dedos en las más diversas llagas, y eso a muchísima gente no le gusta. Para mí, en cambio, encontrarme con novelas así es la razón que me queda para seguir leyendo. Espero que a ti también.

En español la publicó la editorial Emecé en 2002, con traducción de César Aira.

domingo, 2 de septiembre de 2012

"Grotesco", de Natsuo Kirino



Cuando se vive en Japón y se leen libros así, aun sabiendo que se trata de libros de ficción, uno no puede dejar de reflexionar sobre el sentido de su estancia en este país y si algún día acabará encajando en su complejo engranaje social y aceptando por completo todas y cada una de sus cláusulas y peculiaridades, incluso las más chocantes y nocivas, que a pesar de todo ahí están, presentes e insoslayables. Cuando uno lee Grotesco en un atestado vagón del metro de Tokio, no puede hacer otra cosa que lanzar alguna que otra fugaz mirada a quienes le acompañan y preguntarse: “¿Dónde me he metido?”

Grotesco (2003) es una de esas novelas que tienen la virtud de retratar con brillantez y sin pretensiones eso que ahora nos da por llamar “el mal rollo”. Más allá de la historia de un crimen ya anunciado desde las primeras páginas (el de dos prostitutas que habían estudiado en el mismo instituto), Grotesco me ha parecido un catálogo del odio, de lo diversa y rica en matices que esta emoción humana puede llegar a ser, y de lo poco que en realidad podemos llegar a hacer contra ella: nadie está a salvo del odio, y el que crea que sí es un iluso que lee demasiado a Paulo Coelho. Y además se trata de un odio que viene dado por el profundo determinismo en que parece encontrarse sumida la sociedad japonesa, al menos tal como lo plantea Kirino en este trabajo: da la sensación de que cada uno tiene un sitio ya asignado en función de lo que tiene o de lo que puede ofrecer (o de lo que tienen y pueden ofrecer sus familias), y es muy difícil, si no imposible, tratar de hacer algo por superarse a uno mismo; y resulta mucho más complicado aún tratar de competir contra quienes han de estar por encima de uno en esa jerarquización tan férrea establecida por el sistema, ya sea porque tienen más dinero que uno, porque son más guapos que uno, porque sacan mejores notas que uno o porque tienen una sangre menos mestiza que uno (quien haya leído la novela, entenderá). Y el papel que en ese sentido juega el sistema educativo es bastante desolador. Desde luego, las escuelas (al menos cierto tipo de escuelas elitistas) no salen muy bien paradas de Grotesco. Ante tales premisas, es lógico que a quienes les toque desempeñar el papel de perdedores o de menos favorecidos acaben fraguando intensas dosis de resentimiento y odio hacia quienes están por encima.

Pues eso, mal rollo y odio a raudales: justo lo que una buena novela negra necesita. Para pensamientos en positivo ya tenemos los encuentros de la juventud con Benedicto XVI, los cursos de autoempleo para parados de larga duración del INEM y las canciones de AKB48. Muchos dirán que a esta novela le falta la presencia del clásico detective cínico y algo chuloputesco, a lo Philipe Marlowe, para ser una novela negra como dictan los cánones. Yo, muy al contrario, me alegro de ver que hoy en día es posible desembarazarse de la herencia de Chandler y Hammett y poder abordar con intensidad, originalidad y gracia literaria la esencia del crimen y la naturaleza criminal. Los clichés de género están precisamente para tenerlos en mente y tratar de recurrir a ellos lo menos posible, y Kirino en ese sentido se muestra de lo más solvente.

Y es que por encima de todo, lo que más me ha gustado de Grotesco es la maestría narrativa que posee la autora, Natsuo Kirino, la misma maestría que ya supo mostrar años atrás en Out (1997). En esta ocasión, la historia se nos va revelando a través de los diarios, cartas o declaraciones de todos los implicados en el asunto (las dos prostitutas asesinadas, el presunto asesino y otras personas relacionadas con ellas), mientras que la narradora principal es la hermana de una de las prostitutas y ex compañera de clase de la otra. Todos mienten, o todos cuentan verdades a medias; quizás la peor de todas esas voces sea la de la narradora, que muestra un odio y un rencor inusitados hacia todos los demás participantes en la trama (a excepción de su abuelo, con quien vivió durante su adolescencia y a quien manifiesta algo de aprecio). Textos tan subjetivos y tan cargados de falsedades y resentimientos ofrecen al lector un esfuerzo de lectura añadido que es de agradecer: me molestan esas novelas-papilla que ahora están tan en boga y donde se lo dan al lector todo mascadito. En fin, una estructura narrativa muy atractiva y muy inteligentemente montada, con la subjetividad y la diversidad de puntos de vista como bandera: no he podido evitar pensar en los relatos de Akutagawa, principalmente en Rashomon, que sin duda habrán influido en el proceder literario de Natsuo Kirino. Además, se nota una mayor clase en la recreación de ambientes por parte de la autora, que ya no recurre a esos excesos gore que manejaba en Out; y ni falta que le hace, porque en Grotesco sigue mostrándose como una maestra en la descripción de todo lo sucio, y hablamos tanto de suciedad moral como suciedad ambiental: el lector palpará y sentirá el lado más inmundo y menos presentable del Japón de hoy, y siempre codeándose irreverentemente con ese Japón superficial de dinero a espuertas, marcas y pijerío.

Y ya está; no pienso hacer una sinopsis de la novela ni revelar detalles de su argumento, porque para eso ya está la Wikipedia y la contraportada del libro. Solo diré que es una de esas novelas que harán deteneros en cada página y os permitirán reflexionar sobre lo que hay, y puede que incluso sobre vosotros mismos. Una página os llevará a la siguiente y, si os encontráis en el Hemisferio Norte, habréis encontrado una bonita forma de dar carpetazo al presente verano.

viernes, 24 de agosto de 2012

"La gata, Shozo y sus dos mujeres", de Junichirô Tanizaki



“Pues sí, mi amor, al final tú eres mucho más humana que yo”. Eso es lo que le dice Shinako, una de las dos mujeres de Shozo, a la gata Lily.

Como en Arenas movedizas (Manji), Tanizaki nos trae en La gata, Shozo y sus dos mujeres (1936) una nueva historia de amor a cuatro bandas, con la diferencia de que en esta ocasión uno de los cuatro implicados en el asunto no pertenece a la especie sapiens, lo que, como ya ha quedado claro, no es óbice para que goce de menores cualidades humanas que los otros tres protagonistas.

Una historia a cuatro bandas atípica pero que nadie se imagine lujuriosas escenas de zoofilia. Cierto es que Tanizaki era muy amigo de reflejar en sus escritos las tendencias sexuales más alternativas que se practicaban en el Japón de su tiempo y en el de tiempos anteriores, pero no llegaba a tanto. En esta ocasión por amor me refiero a eso mismo: a cuando decimos “amor” porque no pretendemos decir “sexo”. De hecho, aunque hemos hecho la inevitable alusión a Manji, esta historia se encuentra, por temática y por atmósfera, más cercana a Las hermanas Makioka que a Arenas movedizas.

Hay libros capaces de hacerte entender el comportamiento de los pueblos o colectivos humanos donde surgieron. Y libros como este son los que te permiten comprender por qué los japoneses han cultivado tan intensamente el amor hacia sus mascotas, en este caso concretamente hacia los gatos. La historia cuenta la intensa relación de cariño que viven Shozo y su gata Lily. Shozo es un hombre de esos que no son un ejemplo a seguir: manipulable y manipulado por todos los que le rodean, a la vez que tendente a la holgazanería. Shozo se había casado con Shinako, una mujer que le amaba pero no soportaba que él dedicara tanto tiempo a la gata. Por intereses familiares (de nuevo surge en Tanizaki la figura de los matrimonios concertados tan arraigada en el Japón de su época), Shinako es obligada a divorciarse de Shozo y este contrae nupcias con Fukuko, una mujer que en el fondo le desprecia. A modo de venganza, Shinako exige quedarse con la gata como compensación y la familia de Shozo ha de aceptar. Y aunque Shinako odiaba a la gata, al final termina por cogerle cariño y a partir de ese momento empieza a entender ciertas cosas de su ex marido y de la relación de ambos.

El final es redondo, aunque triste para el pusilánime Shozo, que recibe una lección de su gata y le enseñará a valorar los sentimientos por encima de los intereses sociales. Una vez más, la gata se muestra más humana que muchos de los humanos. Como es habitual, Tanizaki nos ofrece una forma de narrar precisa y económica, capaz de transmitir en pocas palabras y con elegancia todo lo que el lector necesita saber, pero sin caer con ello en el minimalismo rácano y famélico.

Una novela de esas que te hace reflexionar incluso semanas después de su lectura. Ideal para el verano. En español nos lo han publicado los de Siruela recientemente (2011), con una traducción directa del japonés de Ryukichi Terao y la colaboración de Ednodio Quintero.

martes, 17 de julio de 2012

"Las hermanas Makioka", de Junichirô Tanizaki


Será en parte porque los calores del verano han empezado a atizar fuerte sobre las calles de Tokio, pero lo cierto es que terminar de leer las más de 500 páginas que componen Las hermanas Makioka (1943-1948) me ha costado sudores. Es quizás una de las novelas más populares de Tanizaki y, sin embargo, la menos característica de su estilo, al menos de cuantas llevo leídas. Ya de entrada la extensión del texto resulta enorme y desmesurada en un autor que suele resolver sus historias en menos de 150 páginas. Eso ya pone en guardia al lector y le anuncia que probablemente vaya a encontrarse con algo diferente. Y así es: el autor que siempre se manifestó contra el Naturalismo literario nos brinda en esta ocasión una obra de rasgos naturalistas, inspirada en la mejor novela europea de finales del siglo XIX tal que la que escribía Tolstoi o Zola, pero con la diferencia de que a Tanizaki eso no le pega demasiado y eso se le nota, pues no alcanza la sutileza técnica ni la viveza de los dos autores arriba citados en la descripción del cuadro social que pretende reflejar: el drama de una familia aristocrática japonesa de Osaka, los Makioka, que en los años 30 del pasado siglo han ido considerablemente a menos, pero que se esfuerzan enormemente por guardar las apariencias y siguen gozando del mismo esplendor de antaño. Y esa decadencia se ve que afecta fundamentalmente a Yukiko y Taeko, las dos hermanas menores de las cuatro que representan a la familia, ya que ambas siguen solteras, situación que es más insostenible si cabe para la treintañera Yukiko, en una época en que si una mujer no se casaba, era socialmente un cero a la izquierda. Por su parte, Taeko, la modern girl de la familia, llega a tener varios pretendientes e incluso logra proporcionarles a los Makioka lo que les faltaba en su humillante situación: la joven se queda embarazada en soltería…

Seré franco: la obra, literariamente, me ha parecido un rollo. Yo creo que Tanizaki quiso hacer una obra naturalista para demostrar que él también sabía escribir ese tipo de novelas a las que él tanto criticaba. Aun así, la obra merece nuestra atención como catálogo de costumbres de la decadente nobleza nipona durante los años en que se gestaba e iniciaba la Segunda Guerra Mundial, fundamentalmente la costumbre del miai, tradición que la familia Makioka eleva a la categoría de arte a juzgar por el nutrido catálogo de estrategias que emplean para tratar de encontrar marido a la pobre Yukiko. A pesar de todo, y a la vista de los numerosos fracasos cosechados en las intentonas matrimoniales, no parece que esa sabiduría no les sirviera de mucho en un mundo que, aunque no lo pareciera, estaba cambiando y las relaciones humanas empezaban a medirse por otros patrones, incluso en Japón. La novela registra un final agridulce que resume de una forma bastante certera la escala de valores de la familia, muy chocante para cualquier cabeza pensante de inicios del siglo XXI.

De nuevo, Tanizaki exterioriza su debate interno entre tradición y modernidad y lo pone al servicio del lector. Ya digo que la obra es árida y algo pestiño por momentos, pero como ciertas medicinas, tiene probados efectos beneficiosos para la salud a pesar del sabor: la letra con sangre entra…

Como es habitual en lo que suelo comentar en este blog, el libro está descatalogado. Esta es la edición de Seix Barral de los años 60, que he podido leer gracias a la biblioteca de la Japan Foundation de Tokio. Creo que en breve van a reeditarla en español: serán buenas noticias.

viernes, 6 de julio de 2012

"Hay quien prefiere las ortigas", de Junichirô Tanizaki


No me viene a la memoria ninguna obra literaria que aborde el fenómeno del divorcio con tanta precisión y riqueza de matices como Hay quien prefiere las ortigas. Esta obra parece marcar el inicio de una nueva etapa en la bibliografía de Tanizaki; el momento en que el autor consolida su reconciliación con la cultura japonesa tras unos años de coqueteo con los valores estéticos occidentales. Escrita en 1929, en la misma época de su Manji, en las páginas de Hay quien prefiere las ortigas demuestra el enorme aprecio (y el vasto conocimiento) que Tanizaki sentía hacia manifestaciones culturales tan tradicionales y tan genuinamente niponas como el bunraku (teatro de marionetas), arte dramático que en esta novela se ve homenajeado al ubicar varias escenas en algunos de esos teatros de títeres, tanto en la ciudad de Osaka como en la isla de Awaji, próxima a Kobe.

Pero no es el bunraku el principal motor argumental de la novela, sino el drama personal que sufre el matrimonio formado por Kaname (él) y Misako (ella). Desde hace tiempo, Misako tiene un amante, lo que Kaname conoce y tolera, aunque el divorcio se atisba como la solución más conveniente. Pero lo de divorciarse no parecía tarea fácil en aquel Japón de entreguerras que coqueteaba con lo moderno y lo occidental, a la par que para muchas cosas permanecía anclado en su inamovible tradición nipona. No había impedimentos legales para solicitar el divorcio, pero sí muchas trabas de índole social: el hijo que ambos cónyuges tenían, el qué dirán y, la más importante, el padre de Misako, un hombre de gustos refinados, amante de la cultura tradicional japonesa y detractor de toda innovación foránea y, como es de suponer en semejante perfil, un hombre ultraconservador que no va a aceptar el divorcio de su hija así como así, ni mucho menos el hecho de que ella tenga un querido, pese a que este señor, que ya ha enviudado, no tiene reparo alguno en mantener a una concubina llamada O-hisa con la que va a todas partes, incluso a ver funciones de bunraku.

Ante tal situación, y aprovechando un viaje a la isla de Awaji para asistir a uno de esos espectáculos, Kaname le comunicará a su suegro qué es lo que está pasando entre Misako y él.

Bueno, los que quieran encontrarse con la vertiente sadomasoquista o fetichista de Tanizaki tal vez se lleven una decepción al leer Hay quien prefiere las ortigas, pero a mí me ha gustado porque esta obra parece un avance en fórmula de ficción del pensamiento que el autor manifestó sobre la cultura y la estética tradicionales japonesas en el ensayo El elogio de la sombra. Se ve un giro obvio en los gustos de Tanizaki, aquel hombre que en los años diez del pasado siglo adoraba lo occidental pero que en la década de los veinte y siguientes parecía encontrarse más a gusto percibiendo belleza en el arte y el espectáculo de su tierra natal. Y en esta novela se percibe ese giro, esa victoria del sentido nipón de lo bello sobre el europeo. Son deliciosos los parlamentos que ofrece el padre de Misako a su yerno en relación a las manifestaciones más primitivas del teatro de guiñol de Awaji, cuya oscuridad y primitivismo supera a la grandeza escénica del sofisticado bunraku de Osaka, y lo supera precisamente por eso: porque en esa tosquedad y esa imperfección él cree ver la esencia de la estética tradicional japonesa.

Insisto en que ese paréntesis estético no es más que un tema accesorio, una excusa para mostrar a un padre desencantado con la vida moderna, sobre todo porque ésta parece estar afectando a sus hijos que se encaminan hacia el divorcio. Sin embargo, hay que reconocer que un divorcio poco va a atraer la atención del lector de hoy. En cambio, le va a motivar muchísimo más viajar por unos instantes a las profundidades del alma artística nipona. Aunque solo sea por eso, hay que leer esta novela.

Eso sí, hay que leerla siempre y cuando se encuentre, porque me temo que está descatalogadísima. Y ni siquiera parece encontrarse en formato digital para que nos la podamos descargar de internet por la jeta. Yo he podido leerla gracias a que en la biblioteca de la Japan Foundation de Tokio conservan un ejemplar de una edición de 1963 publicada por Seix Barral con una traducción algo limitada de María Luisa Borrás, supongo que porque la tradujo de una edición inglesa en vez de hacerlo directamente del japonés: era lo habitual en aquella época, aunque por desgracia tales prácticas, si bien con menos asiduidad, aún se siguen llevando a cabo en el presente por ciertas editoriales, como si no hubiera buenos traductores de japonés a español. En fin, tal vez algún día se den cuenta de que sí.

jueves, 28 de junio de 2012

"Tristeza de hereje", de Junichirô Tanizaki


Esta novela corta, junto a Jotaro el masoquista, se publicó en un solo volumen por Bid & Co. Editor, con traducción de Ryukichi Terao en ambos relatos. Y como sucede con aquélla, ésta es una de esas obrillas que en su modestia literaria nos pueden ofrecer abundantes datos sobre el autor y su forma de ver y hacer las cosas, tanto o más que en algunas de las llamadas “obras maestras”. Escrita por Tanizaki en 1917, Tristeza de hereje nos sumerge en la existencia de Shozaburo, un joven tokiota de rollo nihilista y bastante egocéntrico, hasta el punto de que la muerte prematura de un amigo suyo llega a causarle cierta alegría por el mero hecho de que con ello se libra del pago de una pequeña deuda que había contraído con el difunto…

Una vez más se observa la historia de una degeneración a todos los niveles, con un Shozaburo que parece cada vez menos interesado por todos aquellos que le rodean (claro, que viendo el infame cuadro familiar que nos retrata Tanizaki, uno puede llegar a entender al protagonista). Y ello le lleva a encaminar sus pasos “al alcohol y la lujuria”, en palabras de Tanizaki, e incluso a la literatura, que Shozaburo elaboraba “con las fabulosas pesadillas que fermentaban en su mente”. En el texto se puede leer alguna que otra crítica, soterrada o no, hacia la novela naturalista, corriente literaria que Shozaburo odia tanto como el propio Tanizaki la odiaba en vida. ¿Texto autobiográfico? Seguro que sí; Tanizaki debía ser eso que comúnmente llamamos “un elemento de cuidado”. Y yo la verdad es que me alegro mucho por él de que así fuera, como me alegro egoístamente por el notorio efecto benefactor de ese rasgo de su personalidad sobre su quehacer literario.

lunes, 25 de junio de 2012

"Jotaro el masoquista", de Junichirô Tanizaki


Suele tener bastante de grato la tarea de leer esas obras literarias de menor envergadura que todo gran autor posee en su bibliografía y que muchas veces no dudamos en calificar de “obras menores”. Lo cierto es que muchas de ellas me han permitido apreciar las virtudes y defectos de mis escritores favoritos con mucho mayor detalle que las llamadas “obras maestras”, quizás porque buena parte de esos “trabajillos”, que normalmente son ignorados por la gran masa lectora y yacen ahítos de polvo en las estanterías de librerías y bibliotecas, nacen en la espontaneidad y la sinceridad creativas más absolutas. Son esas obras que muchas veces se regalan los autores a sí mismos. No las escriben a su pesar: las escriben le pese a quien le pese.

Y yo acabo de descubrir una de esas obras menores que poseen, me parece, todos los rasgos arriba descritos. Jotaro el masoquista (1914) es una novela corta que pasa desapercibida dentro de la extensa bibliografía de Junichirô Tanizaki: por no figurar, no aparece citada ni en la entrada que Wikipedia dedica a este autor (hablo de las versiones en inglés y español, porque en la versión japonesa sí figura, como era de esperar). Y la acabo de descubrir gracias a la magnífica biblioteca que la Japan Foundation tiene en Tokio: allí se conserva un ejemplar de la edición española que de esta novela y otra titulada Tristeza de hereje (1917) publicó Bid & Co. Editor en 2009, con traducción directa del japonés a cargo de Ryukichi Terao, revisada por Ednodio Quintero, quien además aporta una introducción biográfica de Tanizaki bastante curiosa.

De nuevo nos encontramos a un Tanizaki preocupado por retratar personajes con inclinaciones sexuales singulares, y los enormes problemas que ello les podía suponer en el Japón de hace un siglo, un país que se iba modernizando a pasos agigantados pero probablemente no lo suficiente. El protagonista de la historia, Jotaro, es un masoquista declarado que encuentra serias dificultades para dar con una pareja a la medida de sus necesidades. Parece ser que en Tokio de 1914 no era tarea sencilla dar con una mujer que aceptara “zumbar de lo lindo” a su pareja, ni siquiera recurriendo a la emergencia de la prostitución. Vamos, que ni pagando… Y eso le hace sufrir enormemente a Jotaro, que envidia a los masoquistas de ciudades europeas como Berlín, Viena o Londres, quienes al parecer en aquella época lo tenían mucho más sencillo que los masoquistas tokiotas. ¡Cómo ha cambiado todo en un siglo!

La búsqueda de una “sádica” que sepa ponerle “en órbita” lleva a Jotaro a experimentar toda suerte de sinsabores y de problemas y van conduciéndole a una degeneración personal en la que se mezclan tintes de comedia y de drama… Algo muy de Tanizaki. En ese sentido me ha recordado bastante a la novela Naomi que escribió años después, aunque insisto en que sólo se le parece en ese sentido, ya que lo que a uno más le llama la atención de Jotaro el masoquista es que esta novelita pertenece a una etapa de la vida de Tanizaki en la que, según parece, el escritor vivía enamorado de la cultura occidental, a la que veía claramente superior a la japonesa; o sea, nada que ver con el estado de animo en el que el autor emprendió la redacción de Naomi, obra donde se critica y se satiriza la excesiva occidentalización de los usos y costumbres del Japón urbano de los años 20. En Jotaro el masoquista, por el contrario, Tanizaki aprovecha para denostar al teatro clásico japonés, que en ese momento concebía como aburrido y falto de interés, muy al contrario de lo que opinaba del teatro europeo que empezaba a verse en los escenarios tokiotas.

Quizás esto sea una muestra más del carácter inconformista y tendente a lo alternativo de Tanizaki: cuando la cultura occidental todavía era una especie de rareza en Japón, él la adoraba; pero cuando se popularizó, Tanizaki empezó a sentirse disgustado por ella y volver a oriental la mirada hacia los valores estéticos tradicionales japoneses. En definitiva, una muestra más del genio de un personaje que podía ver bastante más lejos que la gran mayoría de sus contemporáneos.

lunes, 18 de junio de 2012

"Indigno de ser humano", de Osamu Dazai


Mañana es 19 de junio, aniversario del nacimiento del escritor Osamu Dazai (1909-1948), fecha que sus seguidores celebran cada año con visitas al templo de Zenrin-ji de la ciudad de Mitaka, donde se encuentra la tumba de este ilustre suicida (a ver si este año tengo tiempo y voy). Así que no podía haber mejor día para hablar de la última de las novelas de Dazai y probablemente la más significativa de cuantas componen la bibliografía de este autor.

Significativa a nivel literario, por el enorme poso “dostoyevskiano” que se percibe en sus páginas, y por lo que ha influido en la literatura japonesa posterior y en las generaciones de japoneses que vivieron en la segunda mitad del siglo pasado y hasta en lo que llevamos del presente, pues hoy son muchos quienes ven en Indigno de ser humano un texto digno de ser leído, lo que ya dice bastante de esta novela en un país como Japón donde, como otros muchos países, los jóvenes rara vez orientan masivamente su mirada hacia productos culturales que vieron la luz medio siglo antes que ellos.

Y significativa también a nivel biográfico, pues el camino de constante degeneración y pérdida de dignidad humana que sigue Yozo, el protagonista de la historia, no es otro que el que el propio Osamu Dazai debió tomar, al menos en el último tramo de su existencia, sin rumbo definido, sin ver ni la más mínima chispa de luz en su túnel de alcohol y morfina. La escena en la que Yozo convence a su novia para perpetrar un doble suicidio arrojándose a las aguas del Pacífico en una fría noche de otoño no parece sino un grotesco borrador literario del suicidio real que Dazai y su amante protagonizaron en el río Tama de Mitaka (ciudad del área metropolitana de Tokio) en ese mismo 1948 en que Indigno de ser humano fue publicada.

Un cuadro realmente triste, deprimente, con un Yozo que cae en un irreparable proceso de autodestrucción, pese a haberse criado en un entorno social de clase media-alta que en apariencia resulta más proclive a garantizar su éxito y su desarrollo personal que a privarle del mismo; pero la acción del individuo y su escala de valores (cuando no la ausencia de valor alguno) se muestra determinante. Quizás por eso mismo surja en él ese sentimiento de culpa, y en eso una vez más se percibe, rotunda, la huella de Dostoyevski, como se nota también en el estudio tan preciso que elabora de la decadencia del individuo y su alejamiento del resto de sus semejantes, un alejamiento que contiene ciertas dosis de misantropía y por tanto resulta deseado, pero en parte también desemboca en un arrepentimiento del protagonista que le lleva a sentirse carente de la dosis mínima de dignidad necesaria para considerarse un ser humano.

Novela repleta de valores y de humanística pero no por ello difícil de leer. Ni tampoco aburrida. Muy al contrario, entre esas páginas cargadas de crudeza e incontestable sinceridad, el lector halla frecuentes oasis de comedia que le permiten esbozar alguna que otra sonrisa.

jueves, 31 de mayo de 2012

"1Q84", de Haruki Murakami


Puede ser que emprendiera la lectura de esta novela con un cierto grado de ansiedad tras varios meses tratando de encontrar un hueco temporal para su lectura, o puede ser que de Haruki Murakami haya leído cosas mucho mejores; pero lo cierto es que, sea por lo que sea, 1Q84 es la fatídica fórmula que sintetiza una de las mayores decepciones literarias que me he llevado en los últimos tiempos.

Cierto es que he conseguido completar la lectura de los tres libros que componen esta obra sin aburrirme ni remolonear en demasía (aunque reconozco que para lograrlo ha sido necesario calzar en el proceso lector algunos relatos de Chéjov: hacía falta una bombona de oxígeno intelectual para alcanzar la meta). Y quizás eso le sirva a Murakami, a quien lo mejor le satisface saber que la gente es capaz de leer de principio a fin más de 1.500 páginas salidas de su pluma, porque a lo mejor supone que los lectores somos mayoritariamente vagos y solemos dejar nuestras lecturas inacabadas: si es eso lo que piensa (que espero que no), ¡qué poco nos conoce! Y que conste que tengo a Murakami por un buen lector, tan bueno o incluso mejor que escritor.

Pero es que me da la sensación de que en 1Q84 Murakami ha pretendido abarcar mucho para finalmente apretar muy poco. Ha querido aunar géneros como la novela romántica, la negra, la de ciencia-ficción, la fantástica, la histórica, para finalmente conseguir un producto que no es ninguna de ellas ni, lo que es mucho peor, una digna suma de todas ellas.

Está muy bien el realismo mágico, o al menos, si no es realismo mágico estrictamente hablando, la fusión en una sola obra de elementos reales y fantásticos. Pero siempre que un autor se adentra en ese campo, debe saber manejar adecuadamente los ingredientes de realidad e irrealidad, conjugarlos sabiamente para que salga algo coherente y creíble (sí, porque incluso los elementos increíbles deben ofrecer al lector cierto grado de posibilidad, para que hagan buen maridaje con los elementos realistas). Y en esta ocasión, me parece que a Murakami se le ha ido la mano… Parece que le apetecía escribirnos esta historia, a costa de lo que fuese, y lo hizo; al fin y al cabo él puede hacerlo.

Pero, qué queréis que os diga, me parece que la relación entre lo real y lo fantástico se ve excesivamente forzada en 1Q84, con situaciones que me han provocado el sonrojo y la hilaridad, a saber:

(SI AÚN NO HAS LEÍDO 1Q84 Y TODAVÍA TE QUEDAN GANAS DE HACERLO, ES MEJOR QUE NO LEAS LO QUE VIENE A CONTINUACIÓN)

Tengo la sensación de que Murakami ha abaratado mucho su estilo: lo lleva haciendo desde que se convirtió en un autor de masas, pero en 1Q84 ha alcanzado niveles de sencillez alarmantes: por momentos creí estar leyendo a Stieg Larsson, con esas frases sencillas, básicas, y la información sobre los personajes y sus actos que se repite una y otra vez a lo largo del texto, por si se nos olvidan, cosa que a lo mejor agradece la mayor parte de los lectores (espero que no), pero a mí me parece que con eso están ofendiendo la inteligencia y la memoria de los lectores, a quienes deben ver incapaces de cumplimentar sin dificultad la lectura de una novela de más de mil páginas. Ignoran Larsson (y ahora también Murakami) que eliminando todas esas repeticiones reducen considerablemente la extensión de su trabajo, de forma que las mil páginas podrían quedarse en ochocientas sin esas reiteraciones innecesarias. Aprecio a aquellos autores que nos permiten, mediante la sencillez de su estilo, disfrutar del placer de la lectura, pero una cosa muy diferente es dárnoslo todo mascado.

No me voy a meter a analizar a la pareja protagonista (Aomame y Tengo): lo dejo en manos de cada lector.  En cualquier caso, son dos personajes muy "murakamianos" y entran dentro de lo que es la línea habitual del autor. Pero el tercer personaje, que comparte protagonismo con Tengo y Aomame a partir del tercer libro, sí que merece un apunte crítico, y no precisamente con intenciones halagüeñas:

El personaje de Ushikawa entra tarde y mal en la novela. Acaba siendo muy previsible en todo lo que hace y en su actitud: el narrador nos predispone para odiarle; es feo por dentro y feo por fuera; es ridículo en todos los aspectos, pese a lo inteligente que es. Estaba anunciado que tenía que acabar mal y mal acaba, aunque su desafortunado encuentro con Tamaru (otro personaje poco trabajado, con su chulería y su frialdad que se queda a la mitad del camino) acaba asemejándose demasiado a un guion de Quentin Tarantino… Insisto en que Murakami se está abaratando mucho, demasiado…

Poca profundidad en líneas generales, lo que ya es triste en más de 1.500 páginas: mucha abundancia de nada… Siempre he admirado a Murakami por sus frases rotundas, por sus incontestables citas, por sus enriquecedoras enseñanzas; pero en esta ocasión no ha habido frase o párrafo que me haya obligado a interrumpir la lectura y tomar el lápiz para subrayar o anotar. 1Q84 sólo me ha servido para descubrir una impetuosa Sinfonietta de Janacek (no pude evitar descargármela), y me ha contagiado con las ganas de leer La isla de Sajalín de Anton Chéjov, aparte de recordarme que el inicio de Ana Karenina es uno de los más certeros de la historia de la literatura mundial en su inapelable contraste sobre la felicidad y el dolor (sí, me refiero al “tarantiniano” discurso de Tamaru ante Ushikawa.

Pero poco más…

miércoles, 9 de mayo de 2012

"La madre del capitán Shigemoto", de Junichirô Tanizaki


Da gusto ver cómo el arte de literario de Tanizaki se va complicando y va madurando en sus ingredientes, pero siempre manteniéndose fiel a la esencia inicial de los mismos, mejorando y perfeccionando, pero sin renunciar a nada; añadiendo si acaso, en vez de quitando.

En este caso, la genialidad de Tanizaki reside en retomar una leyenda tradicional que tiene lugar entre los siglos IX y X (periodo Heian) para convertirla en una historia sugerente, emotiva, plástica y muy "tanizakiana". Se trata de la historia del rapto de una mujer cuyo primer marido, un octogenario llamado Fujiwara Kunitsune, no puede controlar la situación, lo que lleva al ministro Shihei a aprovecharse de la misma y a llevarse a la esposa de este y casarse con ella (así funcionaban las cosas en el Japón de hace mil años). Y en medio de esa situación, un joven llamado Shigemoto, hijo del anciano y de esa mujer, sueña con ver a su madre mientras poco a poco va descubriendo que el abuelete quería a aquella mujer más que a cualquier otra cosa en este mundo.

Con esta novela he podido llegar a entender a quienes aseguran que la obra de Tanizaki es difícil. Y lo cierto es que La madre del capitán Shigemoto me ha parecido tan placentera en su lectura como cualquiera de las obras anteriores de Tanizaki. Sin embargo, la complejidad argumental de este trabajo, ejemplo del alto nivel de madurez literaria alcanzado por el autor, obliga al lector a esforzarse un poquito más en su tarea, pero sin que con ello deje de resultar una novela asequible. Es compleja también en lo relativo al estudio de la condición humana: al incrementarse el número de personajes (Tanizaki se manejaba con bastantes menos en sus anteriores novelas), aumenta también el repertorio de pasiones, virtudes y vicios a analizar y describir. Véase por ejemplo ese contraste casi maniqueísta entre Shihei, el "malo-malísimo" de la historia que abusando de su poder se lleva a la madre de Shigemoto; y Fujiwara Kunitsune, el "bueno-buenísimo" que permanece fiel al amor de su raptada esposa.

Como broche de oro a la historia, entran en escena elementos budistas místicos y ascéticos como el principio de la Contemplación de la Impureza, según el cual a través de lo impuro se puede alcanzar lo puro, o incluso, rizando el rizo, tomar conciencia de la inexistencia de lo puro. Y eso llega a servirle a Tanizaki para poner en marcha situaciones como la visita a cementerios para meditar mediante la contemplación de cadáveres, cuando no al robo de orinales para obtener las pruebas de que la mujer amada no es una diosa y posee imperfecciones humanas (y no cuento más sobre esta historia de corte escatológico, porque no quiero privar a los futuros lectores del placer de descubrirla por ellos mismos).

En definitiva, una historia profunda, bella, a ratos tierna, donde el amor y la eterna búsqueda del mismo por parte del hombre son los principales mecanismos que mueven a los actores.

domingo, 29 de abril de 2012

"Retrato de Shunkin", de Junichirô Tanizaki


Lo mío con la literatura de Tanizaki está empezando a alcanzar el grado de vicio, de incontrolable adicción. Será quizás porque comparto sus inquietudes estéticas y su refinado gusto hacia las relaciones humanas y sentimentales atípicas o poco convencionales como las que él suele escoger, todas ellas dignas de ser noveladas. Lamento que pronto llegará el momento en que se me agote la munición literaria de Tanizaki. Pero bueno, cuando eso suceda ya no me quedarán más excusas razonables para seguir posponiendo la lectura de 1Q84, así que no hay mal que por bien no venga...

Como ya hiciera un año antes en El cortador de cañas, Tanizaki retrocede a los años iniciales de la era Meiji (último tercio del siglo XIX más o menos) para ambientar la historia de Shunkin y Sasuke, la pareja protagonista de Retrato de Shunkin (1933). Y lo hace mediante una técnica narrativa que a mí se me antoja muy moderna, muy adelantada al tiempo en que escribía Tanizaki (es lo que tiene este autor de genial), viendo sobre todo lo tan en boga que está actualmente. Esa técnica consiste en que alguien, que se presenta al lector y le permite conocer sus circunstancias haciendo uso de la primera persona, narra la historia de otros sujetos, pero no de modo omnisciente ni basándose en las experiencias que pudiera haber compartido con ellos, sino a partir de fuentes escritas, en este caso de una biografía que ha adquirido en una librería. En ese volumen alguien cuenta la vida de la tal Shunkin, una mujer de gran belleza que había sido una virtuosa para la música y ello en parte debido a que de niña se quedó ciega, lo que la llevó a dedicar su juventud al aprendizaje del tañido de los principales instrumentos tradicionales de cuerda japoneses. Como la tal Shunkin pertenecía a una familia de comerciantes de Osaka bien pertrechada de yenes, sus padres ponen a su servicio a un joven lazarillo llamado Sasuke, que se aficionará al samisen a partir de la relación con su nueva ama y con los años acabará conviertiéndose en un virtuoso del citado instrumento. Y entonces entre Shunkin y Sasuke se inicia una singular relación, tortuosa para Sasuke (aunque a él le gusta), que se convierte prácticamente en un esclavo de Shunkin, quien en la biografía que cae en manos del narrador aparece retratada como una mujer dominadora, caprichosa y tiránica con todos aquellos que le rodean, sean alumnos, criados o el propio Sasuke. No es por ello de extrañar que alguien se enfadara un poco más de lo normal y acabara desfigurándole la cara a modo de venganza. Despojada de su belleza, uno de sus más importantes atributos naturales, Shunkin se encierra en sí misma y no quiere que nadie la vea, ni siquiera el propio Sasuke, de ahí que para satisfacer a su señora éste acabe cometiendo un enorme sacrificio que supone una muestra de la más incondicional de las abnegaciones, si no del más radical de los masoquismos...

De nuevo, en las páginas de esta novela Tanizaki baraja con maestría conceptos y elementos estéticos que recubren su obra con una capa de sensualidad muy placentera para el lector: se olfatean aromas, se perciben formas artísticas o intensidades lumínicas, se escuchan acordes musicales...

Una vez más, Tanizaki es la guía para acercarnos al mundo de los sentidos y la estética del Japón tradicional, unos sentidos y una estética que, pese a la modernización que el país experimentó en la era Meiji, pervivieron hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Y Tanizaki tuvo la suerte de ser testigo y certero partícipe en aquel universo de valores artísticos y emocionales. Y ya sólo por eso merece la pena leer y leer su legado.

viernes, 27 de abril de 2012

"El cortador de cañas", de Junichirô Tanizaki


Leyendo a Tanizaki no se le agota a uno la capacidad de sorprenderse... Ni de deleitarse. En mi recorrido retrospectivo por su bibliografía ahora le llegaba el turno a El cortador de cañas (Ashikari). Escrita en 1932, es considerada como una de sus primeras obras de madurez, aunque por fortuna no se aleja del espíritu de sus anteriores trabajos y de todo aquello que me ha llevado a abonarme a la obra de este hacedor de fábulas donde siempre se indaga con mucho arte en lo insólito de las relaciones sentimentales, pero siempre bajo un atractivo (si no adictivo) envoltorio estético.

Ambientada en una zona lacustre próxima a Kioto, el protagonista de la historia es una especie de excursionista que se topa con un tipo que es cortador de cañas y que, al igual que él, acude a ese espacio natural para contemplar la belleza del plenilunio otoñal, que queda tan bellamente registrado en el cielo como en el reflejo que se percibe sobre la superficie del lago: a Tanizaki le interesaba tanto la estética en el arte y la literatura como en la naturaleza, normal por otra parte en una cultura como la japonesa, donde los fenómenos naturales son la gran inspiración de artistas y escritores.

Y ese cortador de cañas tiene a bien contarle al viajero la curiosa relación que su padre mantuvo con una tal señorita Oyû, oficialmente su cuñada, aunque en la práctica se trataba de la mujer a la que amaba. La tal Oyû era la viuda de un personaje importante, lo que le impedía volver a casarse, pues según la costumbre de la época (la acción transcurre a comienzos de la era Meiji, en la segunda mitad del siglo XIX) ello hubiera sido algo escandaloso y humillante para la familia del difunto. Por eso mismo, la familia de Oyû propone al padre del cortador de cañas que se case con la hermana menor de aquella, y eso es lo que hace. Y a partir de ese momento se inicia una extravagante relación a tres bandas en la que la señorita Oyû ejerce sobre los otros dos miembros del triángulo sentimental el papel de hembra dominante tan tanizakiano, mientras la hermana menor trata de hacer ante la sociedad el paripé de estar casada, aunque evita mantener relaciones con su marido sabiendo que él a quien ama es a Oyû...

Y como es menester en Tanizaki, esas singulares relaciones múltiples con dominadoras y sumisos brindan un interés argumental enorme, como encandila todo el trasfondo estético que sabe crear este novelista, en base a la brillante descripción de escenarios, ropajes, iluminación, aromas, actitudes... Todo delicioso.

Lo malo de las novelas de Tanizaki es que se leen en un santiamén: al final siempre acaban ofreciéndome pocas horas de gozo, aunque, eso sí: ¡Qué gozo!

En español la podemos disfrutar gracias a la traducción de María Luisa Balseiro, publicada por ediciones Siruela primero y en Debolsillo.

lunes, 23 de abril de 2012

"La devoción del sospechoso X", de Keigo Higashino


Llámenme burro, ignorante, analfabeto funcional, o lo que gusten (suele pasar cuando alguien declara públicamente según qué gustos), pero lo cierto es que desde hoy Keigo Higashino cuenta con un admirador más.

Antes de disponerme a leer esta sobrecogedora novela, me contaba un amigo japonés que Higashino es un autor demasiado fácil, que leer sus novelas no dice mucho intelectualmente de quienes las leen... Bueno, esas cosas que todos habremos escuchado miles de veces a lo largo de nuestras vidas cuando se habla de best-sellers, de la literatura que llega a millones de lectores y ya por eso hay que suponerla inferior, porque ya no se considera tan meritorio el hecho de leerla.

Al margen de esas apreciaciones, que siempre me han parecido tan carentes de fundamento, yo prefiero tratar de averiguar (me parece mucho más científico, a la par que más interesante y enriquecedor) qué es lo que contiene una obra para que atraiga la atención de tantísima gente. Quizás suceda que tal creación está empatizando con el sentir de la gente de su tiempo, con sus alegrías, con sus temores, con sus preocupaciones, con sus miedos... Quizás aunque sólo fuera por eso, tales obras ya deberían merecer nuestro respeto. Luego, si están escritas con mayor o menor pericia, con mayor o menor oficio, eso ya es harina de otro costal.

Pero es que, tras la lectura de La devoción del sospechoso X (2005, publicada en español en 2011 por Ediciones B), uno tiene la sensación de que pericia narrativa y oficio literario no le faltan a Keigo Higashino. Y a esa habilidad técnica probada cabe añadir otra virtud fundamental cuando se escribe novela en general y novela negra en particular: que Higashino sabe, y bastante, de lo que habla. Y no sólo sabe, sino que le gusta contarlo (denunciarlo) y hacer que los demás también lo sepan. En la novela se abordan problemas sobradamente conocidos del Japón contemporáneo (y de otras muchas sociedades avanzadas), tales como la soledad, la marginación o exclusión de ciertos sectores sociales, la violencia doméstica, etc., pero lo hace con mucha elegancia y equilibrio, sin grandes estridencias y sin caer en el error de convertir un texto literario en un panfleto para alimentar movimientos de indignados. Nada de eso; lo que Higashino nos ofrece es una novela negra con todas las de la ley, con una trama aparentemente sencilla (vamos descubriendo que no lo es tanto a medida que leemos) pero tremendamente envolvente. Y gratamente engañosa, pues desde el principio parece que coloca todas las cartas sobre la mesa y nos ofrece en bandeja, y en las primeras páginas, la resolución del caso planteado, pero al final descubriremos lo equivocados que estábamos.

No me detendré en hacer una narración exhaustiva del argumento ni en describir a los personajes con todo lujo de detalles, pues para eso hay gente que lo ha hecho antes que yo y mejor en sus respectivos blogs, como por ejemplo en este. Además, nunca ha sido ese el propósito de este blog. Sí diré en cambio que la historia nos habla de una mujer divorciada que vive en un apartamento junto a su hija, aunque su marido no deja la ida por la venida y no para de contactar con ella. Un día éste acude a su piso a visitar a su ex mujer; la cosa se complica y ello lleva a que madre e hija acaben cargándose al individuo. En eso entra en escena otro hombre: es el vecino de las dos mujeres, un profesor de matemáticas llamado Ishigami que se ha enterado de todo lo que ha pasado y se ofrece a ayudarlas a deshacerse del cadáver, aparentemente a cambio de nada, si bien la mujer sospecha que este tipo anda desde hace tiempo detrás de ella, pues a menudo acude como cliente a la tienda de obentos donde ella trabaja y es vox populi que lo que menos le interesa al matemático son tales obentos.

Pues sí, cuando creíamos que ya lo sabíamos todo, descubrimos que no estábamos en lo cierto. La trama es impecable, y hasta la última página no dejamos de descubrir cosas, de sorprendernos con el encadenamiento de hechos, con la evolución de la investigación policial y la compleja personalidad y evolucionada inteligencia de Ishigami, muy por encima de lo que le rodea, o eso cree él, porque un amigo suyo y ex compañero de la universidad, físico de profesión y colaborador habitual de la policía (de hecho, este físico también es buen amigo del inspector que lleva a cabo la investigación del homicidio), le complicará bastante las cosas por el mero hecho de conocerle demasiado bien a nivel académico y humano.

Decía antes que Higashino juega a engañar, cosa que no resulta extraña al comprobar que es exactamente a lo mismo que juega su personaje Ishigami: su estrategia para despistar a la policía consiste en hacerles creer que lo importante es justamente lo que carece de importancia; y no digo más, para no fastidiarle la lectura de esta novela a quienes aún no han disfrutado de la misma. Pero no deja de sorprender al lector que las personas y acciones de la novela que a priori parecen irrelevantes luego acaben adquiriendo sus parcelas de protagonismo y vayan mostrando su razón de ser: pienso por ejemplo en esos indigentes que pernoctan bajo plásticos y cartones en la margen del río Sumida y que Ishigami encuentra en sus paseos diarios: al final de la historia esos humildes y anónimos seres acaban siendo algo más que una mera pincelada de denuncia social. Ya el hecho de que desde el inicio conozcamos los pormenores del asesinato que desencadena toda la investigación posterior y los protagonistas resulta casi "contra natura" tratándose de una novela detectivesca (si bien esto no es exclusivo de Higashino, ya que otros representantes de la literatura japonesa contemporánea de este género recurren bastante a esa forma de plantear la historia; pienso en Natsuo Kirino). No obstante, una vez más el autor nos engaña hábilmente y nos demuestra que nuestra presunta omnisciencia era parcial y alicorta; hay que llegar al final de la novela para descubrir que Higashino no había hecho más que racionarnos la verdad.

Una novela cruda y plena de desencanto a todos los niveles, que nos acerca en pocas páginas a lo mejor y a lo peor de la condición humana, con personajes que no son de piedra y cuyo talón de aquiles reside precisamente en ese hecho. Descorazona asumir que la capacidad de amar de los seres humanos puede llevar pareja en formidable paradoja la capacidad de cometer las mayores atrocidades. Los detractores de Higashino y su novela dirán que es muy sencilla de leer (como si eso fuera algo malo o carente de mérito), pero que una novela actual te haga reflexionar sobre la mierda de mundo en que vives durante las semanas posteriores a su lectura no tiene precio en estos tiempos que corren de cultura desechable.

miércoles, 11 de abril de 2012

"Los pájaros de fuego. Novela filipina de la guerra", de Jesús Balmori


A veces le llegan a uno rarezas literarias de las que no solo no tenía noticia, sino que ni tan siquiera ese uno hubiera pensado que podrían existir. Y por supuesto, ese uno tampoco hubiera imaginado que finalmente las habría acabado leyendo.

Es lo que me sucedió cuando el otro día me encontré por casualidad en las estanterías de la Biblioteca Federico García Lorca del Instituto Cervantes de Tokio con este curioso ejemplo de literatura filipina en español, publicado recientemente por el Instituto Cervantes de Manila en su colección Clásicos Hispanofilipinos.

Acostumbrados como estamos la mayoría a leer o visionar exclusivamente testimonios japoneses y estadounidenses de la Guerra del Pacífico, resulta mentualmente refrescante darnos de bruces con una versión filipina y en lengua española de los hechos, con el texto de alguien que vivió el horror de los combates entre Japón y EE.UU. en Manila y otros lugares del archipiélago filipino en calidad de víctima nativa de aquel sinsentido.

Y además, en las páginas de Los pájaros de fuego. Novela filipina de la guerra asistimos a la historia de una decepción; la decepción de su propio autor, Jesús Balmori (1887-1948), alguien de quien hasta hace un par de semanas desconocía incluso su existencia (laguna del sistema educativo español, que en los libros de literatura española olvida que en Filipinas y Guinea Ecuatorial hay gente que habla nuestro idioma y a veces le da también por escribirlo, pero quizás la idea resulte demasiado compleja para las simplistas mentalidades ministeriales). Bueno, pues es la historia de una decepción en cuanto que este Balmori era un "niponófilo" de mucho cuidado, de esos que dejaría corto a todos esos españoles que uno se encuentra por las calles de Tokio (o incluso en la misma España) alabando todo lo japonés, hasta el punto de saber encontrar puntualmente el reverso de todo lo negativo que la cultura nipona pueda tener (que algo malo tendrá, me imagino yo). Bueno, a Balmori le bastó vivir la experiencia de una invasión japonesa de Filipinas (y los abusos hacia civiles que ello supuso) para darse cuenta de que no es haiku todo lo que reluce. Y hablamos de un hombre cuya obra literaria recibe una enorme influencia orientalizante, pero particularmente japonesa; de un hombre que veía en Japón el espejo sobre el que debían mirarse el resto de los pueblos asiáticos; el ejemplo a seguir en todos los aspectos... Y en tal situación se halla el protagonista de la novela, trasunto de Balmori: se trata de un hombre de mediana edad que había pasado toda la vida haciendo una defensa acérrima de todo lo japonés, hasta que tras la invasión se encuentra en disposición de no sentirse tan amigo de los nipones, a quienes hasta ese momento había visto incapaces de cualquier tipo de atrocidad.

La novela en general me ha parecido muy curiosa en todos los aspectos. Esperaba encontrarme con un uso arcaico y degenerado del español, pero todo lo contrario, me he encontrado con un castellano bastante depurado y correcto, certero, diverso en sus registros y preciso en el léxico, con un estilo que no se quedaba al margen de las corrientes literarias de vanguardia de aquellos años.

Es posible que Balmori haya exagerado mucho en la descripción de aquel triste episodio de la historia de Filipinas; y lo más seguro es que cayera en el maniqueísmo más descarado, con unos estadounidenses que al final se erigen como salvadores de la libertad e independencia del archipiélago (para mear y no echar gota), pero claro, viendo de lo que eran capaces los japoneses, resulta normal que la mayor parte de los filipinos al final prefiriesen lo malo conocido... Cada acción, cada imagen recogida en la novela guarda una enorme carga simbólica que en definitiva supone un canto patriótico y un grito de protesta hacia lo que debió suceder en la Manila de 1945: un sutil programa de genocidio hacia los filipinos hispanohablantes, iniciado por los japoneses y rematado por los estadounidenses, que con sus bombardeos indiscriminados sobre la capital filipina hicieron tanto daño al enemigo japonés como a la población local (supuestamente amiga). Hay quienes aseguran que con ello se garantizaron la práctica eliminación de la lengua española en Filipinas, una lengua que tenía mucho más peso en la sociedad filipina antes de la Segunda Guerra Mundial y que por ello hacía demasiada sombra al inglés. Tras leer Pájaros de fuego y su estudio introductorio, no me parece descabellada la teoría.

En definitiva, creo que esta es una de esas obras que hay que leer, aunque solo sea por la contundencia del testimonio y por tener otro asidero argumental de donde agarrarnos que no sea el asidero nipón o el asidero yanqui. Aunque sólo sea por eso (y encima no es sólo por eso), Los pájaros de fuego ha de tener su oportunidad.