miércoles, 26 de noviembre de 2014

"Los años de peregrinación del chico sin color", de Haruki Murakami


Ya lo saben: otra vez Haruki Murakami se quedó sin el Nobel. Y, aprovechando que sus incondicionales fans prorrogan su año de duelo oficial (y ya van ni se sabe cuántos) por la no obtención de tal galardón por parte de su ídolo, venía bien publicar esta reseña. Y de paso, recordar los vaticinios de grandes “profetas” del mundo (bueno, de El Mundo) como Sánchez Dragó y Vasconcellos, que hace un año auguraban mejor suerte para Murakami tras la publicación de su Los años de peregrinación del chico sin color.

Menos mal que no solo me pasa a mí. Hace meses, mientras me desayunaba, leía unas declaraciones de Gao Xingjian, ese premio Nobel francés que sin embargo escribe en chino, porque realmente es chino, a pesar de lo que diga su pasaporte y la Wikipedia: “El posmodernismo ha sido catastrófico, es una ideología que ha influido muchísimo en la manera de crear y de pensar. Pero ¿qué es el posmodernismo? Está vacío de sentido, como modelo, lenguaje, en sentido gramatical. Es un callejón sin salida…”

Entiendo esa desazón, por haberla sufrido en carnes y retinas propias, que Gao Xingjian padece al enfrentarse a ese vacío, a la más desesperanzadora nada, a la angustia de encontrarte, tras la lectura de un libro, más desposeído de lo que estabas antes de empezar a leerlo. Y en consonancia con ese pensamiento, a veces pienso que me va la marcha, que me gusta flagelarme sin piedad y al final siempre acabo con el último libro de Murakami en las manos, a pesar de que me había jurado a mí mismo: “¡Nunca más!”

Pero no. Reincidí. Acabé leyendo la nueva, poco edificante y menos congruente historia de Tsukuru, ese chico sin color que tenía cuatro amigos en el instituto, cada uno de los cuales se identificaba con un color. Una pena que esos colores no coincidan del todo con los colores del parchís, porque mi hilaridad hubiera ido en aumento al recordar en la coincidencia a Parchís, aquel grupo musical compuesto por cinco niñatos (uno de ellos vestía de blanco: era “el chico sin color”) con el que el que sistema trató de fosilizarme las neuronas durante mi tierna infancia, aunque afortunadamente supe reaccionar a tiempo.

Han tratado de convencerme de que la culpa es mía, que no disfruto del arte de Murakami por carecer de la suficiente capacidad intelectual para discernir la delgada línea roja que separa los sueños de la realidad, o por no saber penetrar en el alma del pueblo japonés, etc. Es posible. Pero, qué queréis que os diga, me convence muy poco la historia de un chico que tenía cuatro amigos, los cuales un buen día dejan de hablarle y sin darle razón alguna, y luego, muchos años después, y como por arte de magia, acude a verlos porque así se lo recomienda una chica tras un buen polvete, y descubre que en esa ocasión sus amigos sí le hablan y le tratan amistosamente como si veinte años no fueran nada, y de paso le recuerdan que dejaron de hablarle porque había violado a una de las chicas del grupo. En el mundo real la gente viola y se enfrenta a penas de prisión, a veces incluso de muerte. En Murakami violas y tus amigos dejan de hablarte, pero dos décadas después prescribe el delito y vuelven a dirigirte la palabra. Y Murakami se queda tan ancho escribiendo tales historias, y su público reclama el Nobel y anuncia suicidios colectivos si no se lo conceden.

Esta es la novela que encandila a toda la humanidad. Por eso cada día adoro más a los animales. Menos mal que no solo me pasa a mí.

viernes, 3 de octubre de 2014

"Fukushima. Vivir el desastre", de Takashi Sasaki


“Llévatelo y quédatelo si quieres. No le ha gustado a nadie”. Tal fue la respuesta que me dio alguien a quien vi con un ejemplar de este libro sobre la mesa de su escritorio. Y creo que su autor, Takashi Sasaki (Hokkaido, 1939) se sentiría muy orgulloso de escuchar el comentario, pues estoy convencido de que Fukushima. Vivir el desastre es un texto que nace con el firme propósito de no gustar, de molestar a según qué personas y a según qué colectivos, de despertar a otros de su letargo, así que el señor Sasaki puede sentirse satisfecho, ya que sin duda ha superado con creces tales objetivos. Por otra parte, gracias a sus escritos blogueros que ahora salen a la calle en forma de libro, Sasaki se ha hecho merecedor de la admiración, el reconocimiento y el cariño de un nutridísimo grupo de lectores que, dentro y fuera de Japón, han podido encontrar luz y verdad en el sórdido y encriptado asunto del desastre nuclear de Fukushima que se produjo tras los pavorosos terremoto y tsunami que asolaron la costa oriental de Tohoku el 11 de marzo de 2011.

De los apuntes biográficos que de Takashi Sasaki traza Florentino Rodao en el prólogo del libro deducimos que el autor es un hombre valiente, luchador, inteligente, vitalista pero, sobre todo, un gran inconformista, alguien que no se va a quedar de brazos cruzados ante el menor atisbo de una injusticia o de un irregular funcionamiento de las cosas. Probó a ser clérigo (jesuita) pero lo acabó dejando y se casó. Se puso a trabajar como profesor de español en varias universidades japonesas, pero el desilusionante ambiente universitario acabó hastiándolo, por lo que se retiró a la pequeña localidad de Minamisôma, en la prefectura de Fukushima, donde su familia residía desde 1950. Y allí, en una de las localidades más afectadas por el incidente de la central nuclear de Fukushima Daiichi, a menos de 30 kilómetros del epicentro de la tragedia, es donde Takashi Sasaki permaneció firme, renunciando a la evacuación y escribiendo día a día en el blog que ya mantenía desde antes del terremoto, bajo el título de モノディアロゴス (sí, Monodiálogos, inspirándose en el género homónimo que creara Miguel de Unamuno, de quien Sasaki es admirador y profundo conocedor), y en el que procuraba mantener informado a sus lectores sobre su vida diaria en Minamisôma, a la vez que daba rienda suelta a sus pensamientos y canalizaba sus indignaciones.

Se leen verdades como puños sobre el desastre de Fukushima a lo largo de las poco más de 300 páginas que forman el libro, que abarcan el fragmento de blog que comienza el 10 de marzo de 2011 y finaliza el 6 julio de 2011 (a excepción de una anotación del 11 de marzo de 2012, un epílogo a cargo del escritor Suh Kyungsik y un apéndice biográfico y fotográfico que complementan el texto del diario). Lo cierto es que el blog sigue todavía activo y Sasaki ha ido publicado entradas metódicamente a diario hasta el presente. Supongo que el corte se debe al hecho de que, más tarde o más temprano, al libro en papel tenía que ponérsele irremediablemente un punto final, y la entrada en el blog de 6 de julio concluye de una forma brillante, como deben ser los finales de los buenos libros: “[...] si los dioses de los japoneses de hoy en día son dioses de tercera categoría, tan diminutos, circunstanciales e indignos de confianza como el Gobierno o una gran empresa, las comodidades o la estabilidad de la vida diaria, entonces no es que el asunto sea preocupante, es que debemos temer que hayamos degenerado hasta aproximarnos al escatológico fin del mundo. Quién sabe si esta situación no será, en realidad, más grave que el desastre producido por el accidente nuclear.”

Y es que Sasaki arremete una y otra vez contra el gobierno japonés (el que había durante el desastre, pero también contra todos los anteriores y posteriores, que han contribuido al desarrollo de la carrera energética nuclear en Japón sin reparar en consecuencias), contra los intereses y afanes lucrativos de empresas como Tepco (la empresa que abastece a Tokio de energía eléctrica y gestiona Fukushima y otras centrales nucleares), contra los medios de comunicación sumisos al poder, contra el ciudadano japonés adocenado y borreguil que vuelve la espalda a todo lo que le afecta… Pese a toda su crudeza, la obra es fácil de digerir gracias a los gratos ingredientes de índole cultural y humanístico con que Sasaki adereza sus acometidas: tiernas menciones a su vida cotidiana en Minamisoma y la batalla que su mujer libra diariamente contra la demencia senil; referencias eruditas que muestran una amplia cultura. Sorprende que, en su admiración por España, Sasaki proponga como solución para Japón que siga los pasos de la España que trató de reinventarse tras el desastre que supuso la pérdida en 1898 de las últimas colonias de ultramar. Bueno, yo espero de todo corazón que Japón jamás trate de imitar nuestro devenir histórico. Lo de la reinvención de España a inicios del siglo XX suena muy bonito, pero que no se nos olvide que todo aquello desembocó en tres años de guerra civil y cuarenta de dictadura…


Deliciosa y aleccionadora lectura, no cabe duda. Finalizo esta entrada con una mención especial al traductor del texto, Francisco Javier de Esteban Baquedano, ex compañero de una academia tokiota de idiomas y en la actualidad feliz residente en Okinawa. Le animo a seguir por estos buenos cauces profesionales en el ámbito de la traducción. Y, como siempre, una felicitación a la editorial Satori por su valiente e inteligente apuesta por la publicación en español de textos japoneses imprescindibles. Seguid sorprendiéndonos, por favor.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

"Sin destino", de Imre Kertész


Continúo dándole a la literatura que aborda el duro devenir de los judíos en Europa Central. En la última entrada me detuve en el particular y atractivo sentido del humor con el que Angel Wagenstein gestionaba esa problemática histórica en El Pentateuco de Isaac. Y hoy doy la de arena y me centro en la que, en mi opinión, es una de las visiones más crudas sobre los campos de exterminio nazis de cuantas he leído (supongo también que de cuantas se han escrito) en forma de ficción, y mira que es fácil resultar crudo al tratar semejante asunto.

Sin destino (1975) es uno de esos libros que he leído de manera fortuita, accidental, porque un día llegó alguien, puso en mi mano un ejemplar y me recomendó que lo leyera. De no haber sucedido así, probablemente no lo habría leído nunca, incluso tratándose de una de las novelas fundamentales del pasado siglo, de esas que salen en las listas de obras que hay que leer antes de morir, y cuyo autor, Imre Kertész, recibió el Nobel. A pesar de todo, Sin destino no es uno de esos libros que te recomiendan masivamente, sean de ficción o no, sobre la experiencia de niños o adolescentes ante el horror genocida bajo el nazismo, como sucede con el sobrevalorado El chico del pijama a rayas o, de manera mucho más justificada, con el Diario de Anna Frank. Como suele suceder cada vez que se aborda un tema “de interés general”, parece que nos escuece la originalidad, las formas alternativas o nada tópicas de abordarlo. Y claro, originalidad y buen criterio literario es justo lo que viene a ofrecernos Kertész bajo esta estremecedora y envolvente historia de un adolescente que en cierto día de 1944 es sacado a la fuerza del Budapest donde crecía junto a su familia, para sufrir una particular y atroz odisea por varios de esos lugares donde los nazis se mostraban campeones del cinismo al asegurar a sus “huéspedes” que el trabajo les haría libres…

Como curiosidad, se comenta en la reseña que figura en la contracubierta del libro (hablamos de la primera edición en Acantilado Bolsillo de 2006, que es la que manejo) que Sin destino “no es ningún texto autobiográfico”. No sé qué razones tendrán para afirmar eso, porque lo cierto es que Kertész nació en Budapest en 1929 y, al igual que el protagonista de su novela, sobrevivió al holocausto siendo un adolescente, tras haber pasado unos meses en los infiernos de Auschwitz y Buchenwald. Si eso no es autobiográfico, ya me dirán qué es. No sé si lo que pretenden decir con eso es que se percibe un cierto espíritu de distanciamiento, atípico (y ahí es donde se percibe la genialidad de Imre Kertész) en un texto narrado en primera persona; que el horror (de nuevo la genialidad del autor), más allá del obvio que comportan hechos como el genocidio, las torturas o los trabajos forzados, reside en la estrategia que el chaval elabora para tratar de salir adelante en medio de toda aquella barbarie, y esa estrategia no es otra que invertir de forma aberrante la percepción de lo que es obvio y tratar de convencerse a sí mismo de que lo anormal es normal; que es factible tratar de hallar la felicidad en medio de una cotidianidad de injusticias, abusos y crímenes.

En definitiva, todo un trago para el lector, que ve cómo se le abren un montón de interrogantes y se le graban a fuego infinidad de huellas, o sea, esas cosas que normalmente buscamos cuando acudimos a los libros pero que no siempre hallamos. Pues en esta ocasión, es posible que sí.

viernes, 1 de agosto de 2014

"El ganso salvaje" de Ogai Mori


 
Cuatro años llevaba ya esta novela acumulando polvo en la estantería, y ahora que por fin he acudido en su rescate, no he tardado ni un día en leerla. Supongo que es algo que nos sucede a todos: era uno de esos libros que compras con la intención de leer cuanto antes, pero luego van surgiendo otros títulos que, por la razón que sea (porque crees que son mejores, porque te los han recomendado encarecidamente, porque has de leerlos, porque todo el mundo los lee y tú no vas a ser menos, porque se cumple el aniversario de la publicación de tal o cual obra, o de la muerte de tal o cual autor, porque sí), te obligan a postergar la lectura de aquel modesto librito que con tanta ilusión habías adquirido en la librería años atrás.
 
Y me lo estaba perdiendo. Ahora lamento haber dado de lado a El ganso salvaje en beneficio de otros títulos que en su momento supuse más interesantes, más entretenidos, más enriquecedores. La novela corta de Ogai Mori merece recibir el galardón de los tres calificativos de la frase anterior. Me he encontrado con una historia muy bien perfilada y estructurada, que sabe retener y hasta acrecentar el interés del lector, sin nada que envidiar a lo que hacían los grandes novelistas europeos de su época, con un punto de vista narrativo que resulta incluso avanzado para aquellos tiempos: ese narrador subjetivo que conoce bastante bien al protagonista, el estudiante Okada, pero no solo se limita a narrar las peripecias de éste, sino que también interviene en la acción. Es una técnica que haría famoso a Stefan Zweig, pero que, a lo que se ve, Ogai Mori sabía aplicarla con pericia a algunos de sus trabajos. Tiene además la virtud de ir transformando la naturaleza de la historia a lo largo de sus páginas: lo que al principio parecía que iba a ser una comedia sobre las relaciones entre dos estudiantes, Okada y el narrador, va evolucionando y transformándose, sin apenas percibirse, en una historia del enamoramiento de Okada hacia una joven que es la “protegida” de un hombre casado que hace fortuna como usurero de estudiantes (es el “malo” de la novela).
 
Resulta muy interesante por ver la perspectiva histórica de una novela que habla de la plena era Meiji (finales del siglo XIX) desde la perspectiva de la era Taisho (la novela se publica en 1913 y en esa época parece encontrarse el narrador cuando rememora sus vivencias de estudiante de años atrás). Habla de los cambios y metamorfosis que ha vivido la sociedad japonesa y la ciudad de Tokio (hay muchas referencias toponímicas) a lo largo de esas pocas décadas.
 
Toda una delicia, en definitiva. Si, al igual que yo, también la tenéis en la estantería muerta de risa, que sea lo próximo que leáis.

 

miércoles, 9 de julio de 2014

"La isla de Sajalín", de Antón Chéjov


Aunque solo sea por el escenario asiático en que tiene lugar todo lo que en sus páginas se cuenta, este ensayo chejoviano merecía una entrada en esta bitácora. Debo reconocer que no me encuentro entre el cada vez mayor número de adeptos al arte literario de Chéjov: apedréenme si lo desean. Sus relatos de fama y reconocimiento mundial siempre me han parecido, en su mayoría, ejemplos de un humor algo chocarrero, chabacano y facilón. Supongo que esas historias harían mucha gracia en la Rusia de hace poco más de un siglo, pero he de sincerarme y decir que a mí pocas veces han llegado a producirme siquiera la más leve tensión de hilaridad en mi musculatura facial. Y en cuanto a su teatro, me sigue convenciendo más el que hacía su contemporáneo Ibsen. Síganme apedreando.
 
Sin embargo, con La isla de Sajalín por fin he podido (o he sabido) captar esa grandeza de Chéjov que en otros de sus textos no atisbaba ni de lejos. Aquí uno descubre a un autor concienciado ante un problema de su tiempo, y a la vez apasionado ante lo que cuenta y, rizando el rizo, capaz de construir una historia de las que atrapa, quizás por lo real del asunto tratado (en este caso se aceptaría con gusto el tópico de que la realidad supera la ficción); quizás porque todo está muy bien contado, y aquí hago un acto de justicia, me quito la boina y reconozco la responsabilidad de Chéjov en ese brillante resultado.
 
Pocas descripciones tan rotundas y convincentes he leído yo sobre lo que es el horror; pero el horror de verdad, no el que surge de una delirante imaginación, ni el horror expresionista e histéricamente inflamado que surgía a grito pelao (“¡El horror, el horror!”) de la boca de Kurtz, el estremecedor personaje con que Conrad bordó su El corazón de las tinieblas. El horror que Chéjov encuentra en Sajalín es el que emana de las delirantes imaginaciones de los burócratas y políticos rusos, que fueron los que hicieron posible el terrorífico álbum de estampas literarias que el escritor recopiló a lo largo de su periplo por la isla a finales del siglo XIX. En efecto, a través de la narración chejoviana, la isla de Sajalín se muestra a nuestros ojos como ese lugar donde no nos hubiera gustado haber estado, ni siquiera en una fugaz escapada de fin de semana. Puede que hoy Sajalín sea un emplazamiento inolvidable para las vacaciones de verano (y esto tampoco lo sé a ciencia cierta, es pura elucubración), pero Chéjov nos deja bien claro que en el año 1890 no hubierais elegido Sajalín como destino para vuestra luna de miel, salvo que vuestra intención fuera conseguir durante el viaje el divorcio o la viudedad.
 
Si se supera la deprimente descripción de la situación, La isla de Sajalín sirve como difícilmente superable testimonio y documento de lo que fue todo un territorio convertido en prisión, algo con lo que algunos estados experimentaban por aquel entonces, con los deplorables resultados que se pueden percibir a lo largo de las páginas del libro: brutales torturas generalizadas, ausencia absoluta de valores éticos, abusos de poder, corrupción, familias e individuos destrozados, enfermedades, locura, prostitución, alcoholismo, y un ineficaz a la par que absurdo programa de colonización, pensado con los pies, y que te permite entender por qué Japón, con una mentalidad mucho más práctica y racional, lograría ejecutar con mayor éxito que Rusia sus planes de repoblación y explotación del territorio una vez que Japón obtuvo el control político y militar de la mitad meridional de la isla (eso sucedió en 1905, tras el final de la guerra ruso-japonesa). De los japoneses que ya a finales del siglo XIX habitaban el sur de Sajalín bajo control ruso nos habla Chéjov. Parece que los rusos los miraban un poco por encima del hombro (otro error de aquellos “burrócratas” empapados en vodka barato). Y no menos deprimente puede llegar a ser el retrato que Chéjov realiza de las etnias indígenas de Sajalín.
 
En definitiva, una obra de esas que ahora llaman necesarias y que te puede reconciliar con Chéjov si a ti tampoco te hacía mucho tilín este autor. Ahora sí me gustas, Anton.

 

martes, 22 de abril de 2014

"El Pentateuco de Isaac", de Angel Wagenstein


 
Seguramente no todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero el caso es que yo siempre he pensado que elaborar una obra de ficción que aborde alguna de las mayores tragedias de la Humanidad (o cualquiera de nuestras cotidianas tragedias personales) en tono de humor, incluso en tono de humor bufo, es un recomendable ejercicio de salud intelectual por parte de quien lo acomete: si hay calidad y sinceridad en el producto final, el contraste tragicómico no me chirría en absoluto.
 
Y estas reflexiones fueron las que me ocuparon tras la lectura de El Pentateuco de Isaac (1998), la primera de las novelas que constituyen la trilogía que el búlgaro Angel Wagenstein dedica al agitado y estremecedor devenir histórico de los judíos europeos a lo largo del pasado siglo. El Pentateuco de Isaac es la primera entrega de la saga (de la segunda y la tercera ya tuve ocasión de hablar en anteriores entradas de esta bitácora), aunque, original que es uno, ha sido la última que he leído. Y ahora, dándole vueltas a la circunstancia, estoy por pensar que ha sido todo un acierto, aunque este orden en la lectura no haya sido premeditado, sino puramente accidental. Pero, sin desmerecer a Lejos de Toledo (2002) y Adiós, Shanghai (2004), yo he podido apreciar una mayor calidad, una mayor perspectiva y una mayor ambición literaria, con un sólido trabajo previo de documentación histórica y un más amplio abanico de personajes, escenarios y épocas, así como una bien elaborada red de conexiones en la dimensión espacio-temporal (eso que llaman el “cronotopo”).
 
Ya el subtítulo que acompaña al título, al menos en la excelente traducción al español de Liliana Tabákova (publicada por Libros del Asteroide, como todo lo de Wagenstein en nuestra lengua), nos anuncia la naturaleza tragicómica de lo que se va a leer: Sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias. En efecto, asistimos a la nada heroica ni envidiable odisea de quien ha de sufrir en sus carnes (las pocas de que dispondría, me temo) las más siniestras e ingratas consecuencias de los kafkianos avatares políticos de Europa Central durante el siglo XX. Y a pesar de todo, el tal Isaac logra mantenerse con vida y, lo que más me sorprende a la luz de lo narrado, con un convincente sentido del humor. Desde luego, más convincente me ha parecido que otra historia que leí recientemente; una obra presuntamente humorística y de la que se habla muy bien por Internet; una novela de “batallitas del abuelo a lo largo y ancho del mundo” y que se titula El abuelo que saltó por la ventana y se largó, escrita por un tal Jonas Jonasson. En fin, para gustos los colores, pero a mí el humor de Jonasson me resultó bastante bufo, demasiado desaborido, a veces incluso algo pueril, “milikista”. No sé, será porque es sueco y no entiendo su sentido del humor (qué voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo); será porque hoy todo lo que se escribe en Suecia ya mola por el hecho de haber salido de allí, mientras que si el libro sale de Bulgaria tenemos que acudir a la Wikipedia a averiguar dónde está ese sitio, porque la LOGSE no contempla el aprendizaje de tal entidad geográfica. Bueno, pues El Pentateuco de Isaac tiene precisamente ese encanto pedagógico: el de ilustrarnos sobre las complejidades políticas y territoriales que se vivieron en una zona de Europa y que muchos ni hubieran podido imaginar. Y, esto ya se sabe sin tener que haber ido a la ESO, que para eso ya está Hollywood, que los judíos que habitaron tal zona sufrieron especialmente los males de aquellas terribles complejidades. El ficticio Isaac Jacob Blumenfield sería uno de esos millones de judíos y su doble perspectiva de actor y espectador en aquellos años tan canallas y contradictorios le hacen curtirse en ironía, mordacidad y picaresca a lo largo de su vida, quizás las armas más infalibles para combatir el infinito catálogo de sinsentidos que tuvo que verse obligado a torear. Y ahora El Pentateuco de Isaac nos sirve a nosotros para combatir dos de los mayores sinsentidos de nuestro tiempo: la ignorancia y el aburrimiento. Bienvenido sea.

 

viernes, 18 de abril de 2014

"Balzac y la joven costurera china", de Dai Sijie


Ya daba vergüenza que un blog de literatura oriental, después de cuatro años, apenas le haya dedicado entradas a las letras chinas, aunque en el caso que nos ocupa se trate de letras escritas en francés, pues ese ha sido el idioma que el chino Dai Sijie ha elegido para desarrollar su obra literaria. Pero me apetecía leer la novela en la que se basa una de mis películas chinas favoritas (por cierto, dirigida por el propio Dai Sijie), ahora que el libro había llegado a mis manos.
 
Y lo que me he encontrado es con un texto sencillo, modesto en sus mimbres, de esos que no te van a resultar grandioso, ni tampoco adictivo, pero que vas a leer con gusto, quizás por lo que tiene de emotivo, de autobiográfico y de sincero. Te gustará y disfrutarás con su lectura, y todo ello pese al considerable nivel de crudeza que por momentos impregna las páginas de esta novela, si bien se trata de una crudeza sostenible gracias al aporte de emotividad y romanticismo que aportan las pulsiones sentimentales de los protagonistas, por no hablar de la kafkiana representación que se hace del aparato represor y “reeducativo” con que contaba el estado maoísta hace cosa de cuatro décadas, pero que la China de hoy se empeña en seguir sacando a colación en cuanto cuenta con la menor oportunidad, incluso allende sus fronteras (léase esta noticia).
 
Bueno, no te deja indiferente la historia de ese par de adolescentes “burgueses” (término con el que los comunistas suelen denominar solemnemente, aunque en igual tono despectivo, a los pijos) que son enviados al campo a trabajar, a ver si se les pega la ignorancia de los campesinos y se olvidan de memeces tales como tocar el violín o leer a “peligrosos” autores occidentales tal que Balzac, nada más y nada menos…
 
En fin, habrá quien diga, amortiguados por ese sanitario colchón virtual que es Internet, que esto es pura y lacerante propaganda occidental contra la virtuosa y pluscuamperfecta revolución cultural de Mao; y lo dirán como si verdaderamente lo hubieran vivido, como si hubieran estado ahí, reeducándose en el medio rural chino. Yo soy más partidario del castizo “cuando el río suena, agua lleva”. Y escucho el fluir de las aguas…

 

domingo, 30 de marzo de 2014

"Muerte en Estambul", de Petros Márkaris


Siempre me había apetecido hablar de uno de mis autores de novela negra favoritos, el griego Petros Márkaris. Bueno, si metemos a la sufrida Grecia actual en el saco de lo oriental, pues entonces las correrías del comisario Kostas Jaritos por las calles de Atenas a lomos de su Fiat Supermirafiori podrían tener cabida en este blog. Pero, qué mejor ocasión para meter a Márkaris en nuestra nómina de autores que con Muerte en Estambul, la quinta novela de la serie Jaritos y la única en la que el cachazudo y pintoresco agente heleno lleva íntegramente a cabo su labor investigadora no solo fuera de la capital griega, sino fuera de la misma Grecia. El buen hombre estaba tratando de pasárselo bien en un viaje organizado por Estambul, cuando le informan de que una abuelita griega va cargándose a gente a golpe de empanadillas de queso generosamente sazonadas con pesticida. La cosa se complica cuando esta abuelita, que antaño perteneció a la comunidad de griegos residentes en Turquía, decide traspasar fronteras y ampliar su actividad asesina por tierras turcas, lo que ya implica profesionalmente al comisario Jaritos, que se ve obligado a dejar aparcadas sus vacaciones y a colaborar con un agente de la policía turca en la investigación del caso.
 
Pese a lo excepcional de esta nueva aventura de Jaritos en cuanto al escenario de sus acciones, la novela en sí no difiere mucho de las restantes de la saga. Vemos a un Jaritos mordaz e irónico, de vuelta ya de casi todo, en constante batalla dialéctica con Adrianí, su histérica e indomeñable mujer. Al margen de esos detalles ya rutinarios, como del sentido del humor “marca Jaritos” que desde la primera página ya te convierte en fan incondicional del poli griego, y de la trama detectivesca bien hilvanada y que lleva a la resolución del caso, lo realmente interesante e innovador de Muerte en Estambul desde un punto de vista cultural o antropológico es sin duda la certera y didáctica descripción que Márkaris hace de los rum, es decir, la colonia de griegos que reside en territorio turco, a día de hoy muy exigua, dados los crudos avatares de su historia más reciente, y que Márkaris describe con precisión y presteza a lo largo de la novela. Al fin y al cabo sabe de lo que habla, porque el propio Petros Márkaris perteneció a esa comunidad (nació en Estambul en 1937), pero como la gran mayoría de sus miembros, tuvo que huir a Grecia a mediados del siglo pasado debido a uno de los muchos episodios trágicos que han ensangrentado la convivencia entre turcos y griegos a lo largo de su historia más reciente. La novela no deja de hacer hincapié en ese lado tan oscuro del pasado grecoturco, así como en lo duro que siempre es pertenecer a una minoría, no importa cuál y no importa dónde. Murat, el agente turco que colabora con Jaritos, lo ha sufrido en sus propias carnes, pues su familia tuvo que emigrar a Alemania. Es lo bueno de Márkaris: siempre nos permitirá viajar por cada uno de los rincones que configuran la cruda realidad griega (o incluso de más allá), cruda como realmente es, ya se trate de la baja consideración con que en Grecia se trata a inmigrantes balcánicos y africanos, o del auge y la caída de la economía helena, o de ese siniestro pasado griego de dictadura fascista y un no más halagüeño presente de neonazis y niñatos de extrema derecha. Pero Márkaris, ecuánime, hará gala de un magistral ejercicio de integración literaria y dejará siempre espacio a las voces de todos los puntos de vista implicados. Al final, a uno siempre le queda la sensación de que toda Grecia está en Márkaris.
 

martes, 18 de marzo de 2014

"El samurai", de Shusaku Endô



En este año dual del (supuesto) inicio de las relaciones diplomáticas entre Japón y España, mucho se ha oído hablar sobre lo maravilloso de tal empresa, o sea, la que un tal Hasekura emprendió junto a algunos de los suyos, atravesando dos océanos, con México (entonces Nueva España) de por medio. Viendo lo bien que se lo pasan ahora los emisarios de uno y otro estado, con ese príncipe heredero de Japón a la cabeza, dándose un garbeo por Coria del Río para visitar a esos españoles apellidados Japón y de paso, y con ese vago pretexto, ponerse morado de jamón ibérico, entre otras delicias (según me cuentan, el caviar de Coria goza de cierto reconocimiento entre los gourmets), a costa del erario público coriano, vengando así a aquellos compatriotas suyos que arribaron a las márgenes del Guadalquivir hace cuatro siglos y que seguramente no catarían tales manjares en demasía; más adelante veremos por qué.
 
En otras palabras: con tanto acto conmemorativo da la sensación de que realmente hay algo que celebrar, de que aquella expedición doblemente transoceánica de 1613-1614 fue más trascendente para nuestro devenir histórico que el Concilio de Trento, la batalla de Rocroi, la invención del chupachús o el gol de Iniesta en Suráfrica. Vamos, que aquellos intrépidos diplomático-marinerillos de tres al cuarto hicieron en España algo más sustancioso que adiestrar a Águila Roja en el manejo de la katana.

 
Afortunadamente, ya había literatura que hace más de una década, y aunque fuera bajo la sanitaria y precavida forma de una obra de ficción, trató de poner al acontecimiento en su debido sitio. Y quizás por eso mismo no se hable tanto de esta literatura y permanezca tan escondida en las estanterías de las librerías. De hecho, El samurai es uno de esos libros que resultan difíciles de encontrar, a pesar de las halagüeñas perspectivas comerciales que podría tener su reedición aprovechando la coyuntura del año dual de marras. Pero no. Y eso es una lástima; se ve que las editoriales en lengua española no han acabado de cogerle el suficiente cariño a Shusaku Endô, aunque en los últimos años parece que se han multiplicado los esfuerzos por hacerle un hueco a su obra en las librerías del mundo hispanohablante. Porque además Endo tiene la gracia de que, en su condición tan peculiar de japonés cristiano, está en una situación privilegiada para interpretar aquellos momentos o acontecimientos históricos en los que Japón y Occidente se encuentran, cuando no se dan directamente de bruces, y en virtud de ello se ven obligados a entenderse, o a menos a intentarlo.

 
Y en el caso de la novela El samurai, vemos un análisis minucioso de ese proceso, un proceso que desemboca en el absoluto fracaso del proyecto común. Vale que Endô, insisto, recurre a la ficción y altera sustancialmente los hechos históricos, que no fueron exactamente como él los narra, pero la esencia del momento histórico queda sagazmente captada, al margen de todo artificio literario: se describen dos mundos fanatizados, el del Imperio español, y el del Japón de los primeros años del periodo Edo. En el Imperio español, si no eras católico, eras hombre muerto; y en el Japón de Edo podías morir exactamente por todo lo contrario: por ser católico. Estaba claro que dos mundos así no podían entenderse ni para formar pareja en una partida de mus. Y así de mal (no cuento más) les fue a Hasekura y compañía en la novela de Endo.

 
Pero El samurai no se queda en la mera novelita histórica de aventuras. De hecho, no es una novelita histórica de aventuras de esas que ahora se leen tanto y se escriben más, y que en ocasiones te dejan intelectualmente más vacío de lo que estabas antes de iniciar su lectura. Lo que Endo pretende, al narrarnos la odisea del equipo de Hasekura, es ahondar en el otro viaje que experimentaron los miembros de la expedición: el viaje interior, la transformación profunda y paulatina de que van siendo objeto, la génesis de la duda ante el descubrimiento del otro y de sus valores espirituales, todo un hallazgo en un contexto histórico en que, como ya dije líneas más arriba, el fundamentalismo y la cerrazón eran moneda de uso común. Y en eso reside el valor de esta historia: en lo bien que se describe cómo va brotando en Hasekura el germen de la duda, en su escalonado descubrimiento de un mundo opuesto al que conocía en su Japón natal, y que a ratos va odiando, y a ratos le va cogiendo cariño. Y el valor es doble en cuanto a que descubrimos (lo confesaba el propio Endo) que la novela histórica es en parte una novela autobiográfica, pues a Endô la religión cristiana también le fue impuesta, pues su familia profesaba esa religión, pero a él no le convencía demasiado. Como a Hasekura, los crucifijos le inspiraban más incomprensión y repugnancia que otra cosa, con ese “dios” torturado y envuelto en harapos que poco tenía de glorioso; pero los años y un mayor conocimiento del lado miserable de la vida le fueron proporcionando las bases para el acercamiento a una fe que posteriormente se convirtió en algo genuinamente suyo.

 
En definitiva, El samurai es la lectura ideal para todos aquellos que siempre buscan el “algo más”, porque sin duda que lo van a encontrar.

 

viernes, 7 de marzo de 2014

"Diario de una vagabunda", de Hayashi Fumiko


Hay literatura de la de verdad, de esa que no persigue objetivos comerciales, que no piensa más en el lector o el editor que en el autor; de esa que solo puede salir del corazón, o de las vísceras, o incluso de ambas en mayor o menor grado de proporción. Es lo que creo que sucede con Diario de una vagabunda, la curiosa e inquietante aportación autobiográfica de la escritora japonesa Hayashi Fumiko (1903-1951), mujer que, según se desprende de la lectura de su libro, las pasó bastante putas a lo largo de su corta vida, sobre todo en sus años de infancia y juventud (los que describe su libro, escrito en 1930), pero eso no le impidió en todo momento luchar con encono para tratar de ser ella misma, aunque para ello tuviera que navegar contra viento y marea. En las páginas del Diario de una vagabunda se ofrece un catálogo de todos los amores y los odios de Hayashi Fumiko, que trataba de ser escritora y, más audaz si cabe, vivir de ello. Pero ni los tiempos ni el lugar en los que le tocó vivir parecían ser los mejores aliados para lograr semejantes objetivos, y entonces ahí vemos a Fumiko viéndose obligada a desempeñar trabajos ingratos, a acercarse a ciertos hombres por necesidad, a vagar por todo lo largo y lo ancho de la geografía japonesa en busca de lo que Tokio no podía ofrecerla. Nos encontramos con un espíritu libre, que no dudaba en criticar mordazmente a los intelectuales de su época que se abonaban a la literatura proletaria y que veían en la revolución socialista la panacea que les iba a librar de todos los males, si bien en un momento de su vida su libertad incurrió en la contradicción de aceptar trabajos de cronista en varios lugares de Asia colaborando con el régimen dictatorial japonés. Pero bueno, muchos escritores han tenido similares borrones en sus trayectorias; recordemos al premio Nobel noruego Knut Hamsun (por cierto, apreciadísimo por Hayashi Fumiko, y a quien cita en más de una ocasión en el Diario de una vagabunda), que en la Segunda Guerra Mundial acabó apoyando al régimen nazi. Aun así, con todas sus contracciones, o precisamente por ellas, la figura de Hayashi Fumiko merece la pena conocerse. Y, gracias a los de Satori (una vez más), es posible conocerla.

 

miércoles, 26 de febrero de 2014

"El camarada", de Takiji Kobayashi


Takiji Kobayashi (1903-1933) ya no era un descubrimiento para mí. La lectura que hace unos años hice de Kanikosen, novela redescubierta por las nuevas generaciones de japoneses, me hizo darme de bruces con la fuerza de un autor japonés de literatura proletaria o de inspiración revolucionaria que nada tenía que envidiar a los Gorki, los Jack London o los Steinbeck.
 
No mentiría si dijera que El camarada me ha llenado e impactado más que Kanikosen, siendo la primera una obra menos conocida y probablemente inferior a la segunda en lo técnico. Pero es que el componente visceral y bastante autobiográfico que se percibe en las páginas de El camarada hace que lleguen al lector con la contundencia que siempre muestra la sinceridad, la literatura que sale del alma, del “porque sí”, del “caiga quien caiga” y del “te guste o no”, y no de la sumisión a unos gustos generales para la consecución de unos objetivos comerciales.
 
El camarada contiene todos esos elementos que dan a este tipo de literatura obrera unos tintes de épica que ni Homero: sensación de peligro y heroicidad constantes en los protagonistas, con un maniqueísmo que ni en el Poema de Mio Cid: la patronal, la policía y los trabajadores espías son los perfectos villanos, dispuestos a destruir al héroe, al personaje que está dispuesto a hacer el sacrificio de morir por la salvación de sus camaradas. Mi abuelo, comunista de pro, ya lo decía: “Jesucristo fue el primer comunista de la historia”. Desde luego, en la idea del sacrificio por el bien común parece que los extremos (si es que realmente cristianismo y comunismo son extremos) se unen. En fin, ya solo por ese detalle, El camarada es una de esas lecturas que te hacen reflexionar sobre lo relativo (por no decir lo fraudulento y lo demagógico) de todo lo que te han estado vendiendo desde tus años más mozos en el colegio, en casa, en la tele… Quizás por eso mismo, libros como El camarada nunca serán lecturas obligatorias en los institutos. Nosotros nos los perdemos, y ellos se lo ganan.
 
Como Kanikosen, El camarada también ha sido publicada por Ático de los libros, e igualmente traducida por Jordi Juste y Shizuko Ono.
 

martes, 18 de febrero de 2014

"Estoy desnudo", de Yasutaka Tsutsui


Ya tenía yo ganas de volver a leer algo de Tsutsui, aunque la cosa está bastante difícil para quienes tratamos de hacer algo así, por lo poco que hay publicado en español y lo escasamente presente que suele estar en las librerías. Lo poco que hay, o te dicen que está agotado, o lo encuentras milagrosamente en alguna librería. En fin, es una pena que las editoriales españolas maltraten o cuando menos ninguneen al irreverente Tsutsui. Sólo Ediciones Atalanta se muestra valiente y leal a la obra del genio de Osaka. Tres títulos ofrecen ya de Tsutsui en su catálogo; a ver si la cifra crece.

 
De verdad que los lectores hispanohablantes nos estamos perdiendo algo si Tsutsui sigue mostrándose ausente de nuestras estanterías. Pocas personas han entendido el Japón de finales del siglo XX tan bien como Tsutsui. Resulta desolador, ácido, mordaz, incontestable, y seguro que hasta intolerable para más de uno, puede que incluso para el propio Tsutsui, de ahí que a veces opte por camuflar la realidad presente bajo el velo de la ciencia-ficción y ubique sanitariamente su historia en un inalcanzable planeta o en un no menos intangible futuro.

 
Y para ejemplo de lo que comento, la lectura de hoy: Estoy desnudo, una antología de ocho cuentos que el propio Tsutsui seleccionó a petición de los de Atalanta. Algunos de estos cuentos nos hablan de hilarantes situaciones ambientadas en el Japón de hoy. La clave del humor tsutsuiano normalmente radica en la irrupción de lo anormal, lo excepcional y lo imprevisible en el archiorganizado y ultraprogramado estilo de vida nipón, principalmente si se trata del ámbito laboral. En ese sentido, la visión satírica del universo de los salarymen nipones que nos ofrece en Estoy desnudo (el relato que da nombre a todo el libro) o en Maneras de morir, dos de los cuentos con mayor retranca de esta antología, es difícilmente superable. En ese microcosmos que es la empresa japonesa, donde todo está tan perfectamente organizado y programado, no hay nada como el surgimiento de una novedad que venga a trastocarlo todo, no importa si se trata de un incendio en un love hotel donde un asalariado echa un polvete con una mujer casada, o de la aparición de un oni asesino en una prosaica oficina.

 
Tsutsui también le da lo suyo a los medios de comunicación, a su poder y su capacidad manipuladora. En el caso de esta antología, el relato La ley del talión es una sátira mordaz sobre la obsesiva búsqueda de morbo y sensacionalismo por parte de los medios.

 
Y, como no podía ser de otra forma, en el libro se podrán leer relatos de ciencia-ficción como El peor contacto posible, que en el fondo a Tsutsui le sirve para mofarse del carácter introspectivo de los japoneses, frecuentemente tan poco comunicativos y quizás algo torpes en el entendimiento de otras culturas. El papel que un japonés desempeña en un hipotético intercambio cultural con los habitantes del planeta Magumagu es de lo más elocuente.

 
No me cansaré de repetirlo: que se aparten los los Harukis Murakamis y las Bananas Yoshimotos, que por la puerta asoma Yasutaka Tsutsui para darnos lecciones de lo que es hacer literatura japonesa de la buena.

 

miércoles, 5 de febrero de 2014

"En el bosque, bajo los cerezos en flor", de Ango Sakaguchi


Cada vez estoy más fascinado con la labor editorial de la gijonesa Satori Ediciones, que se ha empeñado en dar a conocer al lector hispanohablante esos tesorillos de la literatura japonesa que hasta ahora habían permanecido ocultos en la caverna del desconocimiento generalizado (al menos más allá de Japón), bien porque sus autores no tienen el suficiente caché como para que sus obras resulten vendibles en España (por aquellas tierras, si eres japonés y quieres que te lean incondicionalmente, tienes que llamarte Haruki Murakami), bien porque tocaban temas de escaso interés (o de elevadísimo interés, pero solo para determinadas minorías o hermandades otaku-frikis).
 
Pero los de Satori no incurren ni en la mediocridad ni en el convencionalismo tan arraigado en el sector editorial español; al contrario, se ponen el mundo por montera (o por hachimaki), agarran al toro (o al oni) por los cuernos y nos acercan figuras literarias como la de Ango Sakaguchi (1909-1955), todo un descubrimiento (al menos para mí lo ha sido).
 
En un solo volumen, bajo el título de En el bosque, bajo los cerezos en flor, los de Satori nos proporcionan tres relatos representativos del arte literario de Sakaguchi, que se revela ante el lector como todo un maestro del género del terror y la fantasía más delirante. Tras los tres cuentos se puede leer un epílogo biográfico a cargo de Jesús Palacios, aunque yo recomiendo que, si no se sabe mucho sobre Sakaguchi, se lea antes de los relatos a modo de prólogo, pues sus páginas resultarán de lo más esclarecedoras. Por ejemplo, descubrirás que Sakaguchi era un personaje de lo más singular, pero que a su vez, y como vulgarmente se dice, los tenía bastante bien puestos, pues en plena Segunda Guerra Mundial (1942) se ponía a cuestionar en un artículo asuntos como el nacionalismo, el patriotismo o los valores tradicionales japoneses que a veces se colocaban por encima de otros valores que podían resultar más beneficiosos para el bienestar del conjunto de la población, algo que, es obvio decirlo, no podía beneficiar en nada al bienestar de Sakaguchi en aquellos oscuros tiempos. No contento con eso, y ya en tiempos de posguerra (1946), escribe otro superpolémico artículo sobre la decadencia de la cultura japonesa, que me imagino que era justo lo que muchos japoneses no tenían ganas de leer en ese preciso momento, incluso aunque estuviesen de acuerdo.
 
La verdad es que me gustaría leer en el futuro este par de ensayos, pues seguramente dicen tanto o más de su autor que los relatos de terror, magníficos pese a todo. Pero es que ese pensamiento nihilista y poco amigo de la realidad y el tiempo que a su titular le tocó vivir se va a ver reflejado en los artículos de no ficción, y será sin duda el motivo que lleve a Sakaguchi a encontrar refugio en la fantasía y en la recreación de mundos terroríficos ambientados en un Japón que respira irrealidad y fundamento histórico a partes iguales y que ya no es el Japón sombrío de los inicios de la era Showa. No menos cierto (lo cuenta también Palacios en el epílogo) es que Sakaguchi se amparaba también en otros refugios paralelos como el philopon, una droga de diseño que causó verdaderos estragos en el Japón de posguerra y que forma parte de esas muchas cosas que nunca verás escritas en los libros de historia nipones, aunque si la verás mencionada en trabajos mucho más transparentes e intelectualmente honestos sobre la época, como en la monumental saga cinematográfica Battles Without Honor and Humanity, de Kinji Fukasaku. Quién sabe lo que tales coqueteos con lo tóxico pudieron proporcionar a Sakaguchi en cuanto a originalidad y tremendismo.
 
De las tres historias que integran el volumen, la que más me ha convencido es la primera, que da título al libro, y nos describe a la mujer fatal perfecta, algo que también se le daba muy bien al escritor japonés Tanizaki, y la verdad es que pueden llegar a dejar bastante mal paradas a la Naná de Zola, la Sónnica de Blasco Ibáñez o la Lolita de Nabokov. Y tampoco tiene precio la figura del bandido rural calzonazos que se apodera de esta mujer en uno de sus asaltos, pero que finalmente acaba haciendo todo lo que a ella le viene en gana. Quizás como la vida misma; tal vez lo más fantástico de la literatura fantástica radica en que puede llegar a ser menos fantástica de lo que parece.
 

martes, 28 de enero de 2014

"Relatos japoneses de misterio e imaginación", de Edogawa Rampo


La Navidad te brinda tiempo para visitar librerías y allí hacer descubrimientos literarios de lo más gratos y fortuitos, de esos que no se consiguen ni recurriendo a las revistas que hacen eco de las novedades editoriales, ni navegando en mil páginas web o bitácoras dedicadas al mundo de los libros, sino simplemente dándote de narices con una portada cuyo título o diseño, por la razón que sea, te sugiere algo. El placer de recorrer las estanterías de una librería y encontrar un autor y un título desconocido pero cuya lectura piensas que va a merecer la pena, adquirirlo, leerlo y comprobar que tenías razón y que te estabas perdiendo algo, es uno de esos escasos placeres que la vida nos sigue proporcionando a quienes ya empezamos a tener una edad en que todo lo placentero va paulatinamente ingresando en el terreno de lo mítico, de lo poco probable o de lo apenas perceptible.
 
En esta ocasión, una portada con el dibujo de una japonesa de ojos alienantemente almendrados y ataviada con un quimono, acompañada a la derecha del nombre de Edogawa Rampo (1894-1965), maestro de la literatura de misterio y fantástica japonesa, bastó para que me pusiera a ojear y hojear el ejemplar y pocos minutos después me dirigiera a la caja.
 
No me defraudó en absoluto la adquisición compulsiva que, bajo el título de Relatos japoneses de misterio e imaginación, contiene en sus páginas una selección de nueve relatos de Rampo. En las pocas horas que tardé en leerlo, Edogawa Rampo me proporcionó unas nutridas raciones de emociones fuertes y de un misterio como los de antes, de corte clásico, de esos cuya lectura resultaría de provecho en los talleres literarios, brillantes ejemplos de lo que es hacer un cuento como dios manda, como los de su admirado e imitado Edgar Allan Poe… por cierto, no sabía que el nombre de Edogawa Rampo es en realidad un seudónimo que procede de la lectura en katakana del nombre del autor estadounidense por el que el japonés sentía verdadera devoción. Ese detalle lo cuenta, entre otras muchas cosas, Antonio Ballesteros González en su prólogo a esta edición, publicada por Jaguar, traducida por Juan José Pulido (me temo que desde el inglés, que no del japonés), y fenomenalmente ilustrada bajo un convincente minimalismo cromático de dos tintas (la negra y la roja) por Leticia Vera. Insisto en que me he enamorado de la japonesa de portada (ahora entiendo a los que pretenden casarse con personajes de manga o anime), pero os aseguro que el resto de las ilustraciones tampoco os van a dejar fríos, sino todo lo contrario: creo que han sido todo un acierto, pues contribuyen a intensificar el clímax de inquietud y de miedo que requieren las historias de Rampo.
 
Por comentar los relatos que mayor impresión me han causado, destaco el primero de ellos, La butaca humana. A caballo entre el sueño y la realidad, resulta inquietante la historia de este carpintero que decide ocultarse dentro de una de sus butacas para entrar en contacto con los cuerpos de quienes se sientan en ella. El final es bastante anticlimático, de esos que te cortan el buen rollo, de los que te recomiendan en los talleres de escritura que hay que evitar a toda cosa, pero todo se le puede perdonar a un gran maestro como Edogawa Rampo, incluso finales así.
 
A La oruga le tenía yo ganas ya que hace unos pocos años vi la película Caterpillar (Kôji Wakamatsu, 2010), basada en este cuento de Rampo. No voy a menospreciar el filme, que también me dejó acongojado por describir el contexto bélico en una aldea japonesa adonde regresa un héroe mutilado que es recibido por sus paisanos poco menos que como una semidivinidad y cuya abnegada esposa se encarga de cuidar de él día y noche aunque él se porta bastante mal con ella. Pero es que el cuento de Rampo se ve desde otra óptica, que es la de una mujer que de abnegada no tiene mucho, y de la que sabemos que ya desde niña gustaba de abusar de los débiles, lo que llevará a una exposición de los hechos bien distinta a la que Wakamatsu nos sirvió en su largometraje. Pero bien por ambos, escritor y director.
 
El test psicológico trata con brillantez el tópico de la imposibilidad del crimen perfecto, en el que solo creen algunos escritores, sobre todo de novela negra, porque les viene muy bien para hilvanar sus relatos, pero vive Dios que el crimen perfecto existe; no hay más que repasar la actualidad política y económica de un país como España y ver a tanto hijoputa suelto en la calle y hasta con cargo político para darse cuenta y derribar el mito. Rampo ofrece guiños al Crimen y castigo dostoievskiano, el clásico del negacionismo del crimen perfecto.
 
La cámara roja me encantó también por lo que tiene de sátira hacia los clubes del misterio en los que cuatro pedantes se ponen a contar “historias para no dormir” a los alelados que las quieran escuchar (algo así como lo que sucede en cierto programa de la Cadena SER que emiten en la madrugada de los fines de semana). A ver si alguna madrugada de estas reciben una llamada de alguien similar al protagonista de La cámara roja y nos divertimos un poco.
 
En definitiva, uno de esos libros que pueden ser fantásticos como regalo (incluso para regalárselo a uno mismo). Ahora que las nuevas generaciones han redescubierto a Poe (y han hecho muy requetebién), Edogawa Rampo entra dentro de la onda imperante y visto desde el presente resulta fresco, actual, vigente, tan convincente o más que hace tres cuartos de siglo.
 

martes, 21 de enero de 2014

"El ladrón", de Fuminori Nakamura


Lo vengo comprobando desde hace tiempo: no hay nada como poner en la contraportada o en las solapas de un libro que la novela contenida en él guarda similitudes con la obra o el estilo de tal o cual autor clásico, para que así el libro se venda mejor. Incluso cuando las supuestas influencias son falsas, o verdaderas pero excesivamente superficiales como para considerarlas genuinas y poderosas influencias.

Es la sensación que he percibido al leer El ladrón, novela de un joven novelista japonés llamado Fuminori Nakamura. Desde luego, el título no ha sido puesto en balde y resulta algo premonitorio, pues debo declarar que me he sentido algo robado al recordar, mientras lo leía, que el libro me costó 18,50 euros. En la contraportada aparece un comentario que es el objeto de mi decepción: en él se asegura que esta novela tiene ecos de Dostoievski, de Yukio Mishima y de Patricia Highsmith… Y claro, con esas premisas, le generan al lector unas expectativas que en muchos casos desembocarán en la más absoluta de las decepciones.

Dostoievski, Mishima y Highsmith, todo en uno. Casi nada. Desde luego, hay ciertos críticos en la prensa que deberían estar en cuarentena y bajo vigilancia intensiva. Lamento decir que El ladrón no me ha convencido ni tan siquiera como novela de entretenimiento, ni muchísimo menos como novela negra, que es lo que parece que pretende ser. Ya resulta rocambolesco el planteamiento inicial de la historia, con un hábil e infalible carterista que habitualmente opera en el metro de Tokio como protagonista. ¿Pero hay carteristas en Japón? ¡Si los japoneses descubren la existencia de semejante “profesión” el día en que pasean por la Puerta del Sol de Madrid y les birlan la cartera de Louis Vuitton y el pasaporte! La cadena de inverosimilitudes prosigue cuando a este carterista le proponen ciertos mafiosos hacer un robo a mano armada en la vivienda de un millonario, hecho que cambiará su existencia y que sirven al autor para “vender” unas pretenciosas y nada trabajadas reflexiones sobre lo que es el destino, lo que complementa con el encuentro del carterista con una mujer cuyo hijo pequeño se dedica a mangar comida en los supermercados para subsistir (otro par de personajes que resultan de ciencia-ficción si los ubicamos en Tokio: ¡Niños que roban en los supermercados y madres que les animan a hacerlo!). Total, que al final no me quedó muy claro por qué era tan trascendente el tema del destino en esta novela. ¿Porque el carterista no puede huir de la mafia que le hizo aquel encargo? Bueno, no creo que haya nada de sorprendente en ese hecho; en toda novela que se precie los personajes se ven implicados en problemas difíciles de resolver o eludir y que constituyen el motor de la historia. Por eso mismo no entiendo cómo algo tan normal se vende como algo tan extraordinario.

Y lo de su posible influencia de Dostoievski tal vez venga de una alusión que hace el jefe de los mafiosos a Crimen y castigo, en la que pone como panoli a Rashkolnikov porque no logró el crimen perfecto. Como chascarrillo o “guiño” puede estar gracioso; pero como muestra de la presunta influencia trascendente que Dostoievski ejerce en la novela de Nakamura, provoca bastante hilaridad. Se ve que Nakamura sigue la estela de Haruki Murakami en lo relativo a la inclusión de citas vacuas y algo forzadas, básicamente con el poco edificante objetivo de demostrar una erudición y una profundidad intelectual de la que con toda probabilidad carecen.

Con todo y con eso, esta novela ganó el prestigioso premio Kenzaburo Oe del año 2009, así que puede que la culpa sea mía por no haber sabido disfrutar de las páginas de esta novela. Pese a ello, mi consejo no puede ser otro que el que les hago a continuación: ahórrense 18,50 euros.