jueves, 12 de enero de 2012

"La escopeta de caza", de Yasushi Inoue


Había escuchado y leído buenas opiniones y críticas sobre esta brevísima a la par que profunda e inquietante novela de Yasushi Inoue (1907-1991), que se puede leer perfectamente de principio a fin en una sola mañana. De todas esas reseñas, me quedo con el análisis que aquí publica Orlando Betancor, de la Universidad de La Laguna, y que viene a disertar sobre el tratamiento que Inoue hace en La escopeta de caza (1949) de la soledad, tema central de cuantos se alojan en las escasas 100 páginas que integran el libro.

En efecto, la soledad se alza como el principal problema humano que se debate en la obra. La soledad, ese concepto que ha sido objeto de tantas y tantas metáforas y personificaciones en la literatura, el cine y otros medios: la soledad del corredor de fondo, la soledad del portero ante el penalti, la soledad del opositor a notarías, la soledad del lector de novelas... Inoue le da una vuelta de tuerca al asunto y localiza el paradigma de la soledad en el cazador que recorre exhaustivamente montes y cotos con una escopeta como única compañía. Una imagen que Inoue anuncia en el prólogo de la novela y que resulta bastante certera si uno se pone a pensar en la literatura cazadora, da igual si ficción o ensayo, de Miguel Delibes (1920-2010), por poner un ejemplo de sobra conocido por el lector hispanohablante.

La soledad, una de las grandes preocupaciones de la sociedad nipona contemporánea, lo que queda una y otra vez reflejado en la literatura y el cine, vemos que ya interesaba a Inoue hace más de 60 años y se alza como asunto principal en La escopeta de caza, aunque abordado con una maestría que lo hace permanecer tímidamente oculto hasta las últimas páginas; de hecho, en los inicios uno cree que se dispone a leer un drama típico sobre adulterio y relaciones de amor-odio entre personas de distinto sexo. Y una inquietante escopeta que está presente incluso en el título y que luego goza de un protagonismo menor que el esperado.

Aparte del tema, es muy sugerente la estructura de la novela, que entra de lleno en el género epistolar, en desuso en Occidente desde mediados del siglo XX pero al que Yasushi Inoue no duda en recurrir. Tres cartas escritas por sendas mujeres, cada una de las cuales ha conocido al protagonista de la historia, un cazador casado que tiene relaciones adúlteras con una divorciada. La esposa, la amante y la hija de ésta son las tres autoras de las misivas, en donde se recuerda al hombre que está más solo que la una: la hija de la amante, que sabe lo que ha pasado por el diario de su madre, no quiere volver a verle; su esposa legítima, que conoce su relación desde hace tiempo, le manifiesta su odio; la amante, aquejada de una severa enfermedad, yace en su lecho de muerte, desde donde lanza unas crudas reflexiones sobre amar y ser amado que acaban de hundir al cazador en la miseria...

No son interpretaciones o versiones diferentes de un mismo hecho, como sucedía en Rashomon, el relato de Akutagawa. Aquí se ponen las cartas sobre la mesa desde el comienzo y conocemos a culpables, a víctimas y, más exactamente, a víctimas-culpables. lo que tenemos es tres formas distintas de sentir y de vivir unos hechos que son evidentes, objetivos e incuestionables. Lo fabuloso es la enorme exposición de sentimientos, anhelos y deseos que desfilan por tan escasas páginas: Inoue nos da una exhibición de economía expresiva.

Fue publicada en español por Anagrama en 1988 (yo he manejado la tercera edición, de 2003), con una traducción de Javier Albiñana y Yuna Alier (colaboración) que merece, como poco, un "tironcillo de orejas", sin ánimo de que nadie se moleste. Aunque en los créditos así no figura, salta a la vista que no es una traducción directa del japonés, sino una traducción hecha a partir de una versión inglesa: ello se nota cuando Shijô-dôri, la famosa calle de Kioto, aparece en el texto como "Shijo Street"... Digo yo que, o lo dejas en Shijô-dôri, o lo traduces completamente en español como "Calle de Shijô". Lo mismo sucede cuando se cita a "Mito City", lo cual quedaría muy lindo si dicho lugar estuviera en Arkansas, pero lo cierto es que se halla en la Prefectura de Ibaraki. ¿Había alguna razón de peso para no traducirlo como "Ciudad de Mito" o simplemente "Mito"? Otro tanto sucede cuando expresan la velocidad de un corredor en "millas por hora" (claro, en la traducción inglesa venía así). Opino que si se traduce desde otra lengua que no es la original (una práctica que, de entrada, suele gustarnos bastante poco a los lectores), se debería advertir, aunque solo sea por una cuestión de honradez intelectual. Aparte de eso, se observa en ocasiones algo de pobreza e imprecisión léxicas en el castellano empleado por los traductores. Para muestra, un botón: "la casi isla de Izu"... Una "casi isla" es eso que en las clases de Geografía de primaria llaman "península", ¿verdad? Pues eso: la península de Izu.

Está claro que el libro perfecto no existe, aunque en esta ocasión las principales imperfecciones no son atribuibles al autor.

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