viernes, 20 de marzo de 2015

"Underground", de Haruki Murakami



Lo diré cuantas veces hagan falta y aun a riesgo de que por ello se me desee un doloroso y lento proceso de castración: el mundo ha perdido a un excelente ensayista y periodista simplemente porque a ese potencial ensayista y periodista se le ocurrió la nada brillante idea de ponerse a escribir tomaduras de pelo noveladas, y por ello tuvo la fortuna y a la vez la desgracia de que a bastante gente le gustaron. Digo que tuvo la fortuna porque gracias a eso se forró; pero digo que tuvo la desgracia porque con ello se malogró lo que podía haber sido una brillante carrera ensayística y periodística. A los hechos me remito (pinchando aquí tenéis un ejemplo más de lo que digo).

Véase la fecha de hoy: nos encontramos a 20 de marzo de 2015. Es triste tener que recordar que tal día como hoy, pero de hace 20 años, Tokio se vio azotada por la barbarie terrorista. Aquel 20 de marzo de 1995, una de esas sectas donde pululan cerebros agilipollados capaces de lo que no cabe en el seno de ninguna masa encefálica en condiciones adecuadas de funcionamiento, decidió atacar en hora punta una serie de convoyes del metro de Tokio, haciendo para ello uso de unas bolsas que contenían un gas letal llamado sarín. Mediante las puntas afiladas de unos paraguas, los terroristas reventaron aquellas bolsas dentro de varios vagones del metro, reventando también con ello la vida, la salud y las ilusiones de cientos de personas.

A este libro le veo un montón de méritos que no consigo ver en los trabajos de ficción de Murakami: primero, la enorme tarea que debió suponer al autor dar con las víctimas de los atentados, acceder a ellas y obtener su permiso para publicar sus declaraciones… Poco que ver con el poco rigor documental que normalmente Murakami se exige de sí mismo en sus novelas, donde básicamente usa recursos culturales y eruditos al azar y sin motivo aparente: por ejemplo, le apetece hablar de una novela de Dovstoievski aunque no venga a cuento y lo hace, como podría hacer lo mismo si lo que le satisface en otro momento de la obra es comentarnos la calidad de un disco de Beethoven de la Deutsche Grammophon; todo para que los lectores veamos lo culto y lo “requetelisto” que es. Supongo que en Underground, por razones obvias, no se pudo permitir tales frivolidades y prescindió de ellas, para mayor gloria del resultado final. Otro aspecto muy favorable que se aprecia en Underground es que los comentarios de Murakami se reducen al mínimo, no resultan manipuladores ni interfieren en la intervención de los entrevistados; todo lo contrario, están para aclarar aspectos confusos o complementar cuestiones que no hayan quedado suficientemente dilucidadas. Digamos que Murakami deja al lector trabajar, le permite acceder a las declaraciones de las víctimas en el mayor posible de pureza, sin filtros perturbadores. Por ejemplo, fruto de esa concesión a la capacidad deductiva del lector, Murakami en ningún momento se para a comentar o comparar las diferencias de percepción de las víctimas en algunos aspectos cruciales de aquellos atentados. En ese sentido, me ha llamado poderosamente la atención las descripciones tan radicalmente diferentes que ofrecen los entrevistados sobre el olor del gas sarín, que van desde los que lo definen como “un aroma a sirope de pastelería”, hasta los que lo recuerdan como “olor a disolvente”, o “dulzón”, o incluso “a animal muerto”… Ya le entra al lector cierto morbo masoquista y ganas de descubrir el verdadero aroma del sarín inhalándolo por sí mismo. Humor negro aparte (pido perdón si a alguien no le ha gustado la frase anterior), el corpus de entrevistas te hace reflexionar sobre lo selectiva que es la memoria, más aún si cabe ante una situación tan dramáticamente singular como la que tuvieron que vivir y de la que, con secuelas de distinta índole, sobrevivieron.


Y uno, que acaba siempre viendo las cosas en clave española por aquello de que es español, se pregunta si en España hubiera sido posible un libro como Underground; es decir, si uno de nuestros más prestigiosos intelectuales, de esos que ganan premios Cervantes y “principesdeasturias”, y cuyos nombres se barajan cada año en las apuestas sobre ganadores del premio Nobel, se hubiera prestado a hacer la tamaña labor periodística consistente en dar con todas las víctimas de ETA (pongamos por caso) o del 11-M (por poner un ejemplo), y conseguir el suficiente grado de empatía con las mismas para que la mayoría de ellas accedieran a ser entrevistadas y hablasen con total naturalidad sobre su tragedia, y que de todo ello surgiera como resultado un trabajo donde predominara la comprensión profunda de los hechos sobre el lamento estéril, o la objetividad periodística sobre la demagogia ideológica, o el triunfo de la esperanza y el futuro sobre la resentida mirada hacia el pasado… Y entonces uno llega a la conclusión de que trabajos como Underground, de ser escritos en España, entrarían dentro del género de la ciencia-ficción. Razón de más para, en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, quitarse el sombrero ante Murakami.

lunes, 16 de febrero de 2015

"El expreso de Tokio", de Seicho Matsumoto


Soy amigo de dejar mal parada a la literatura negra japonesa. Casi siempre me ha parecido algo ñoña y poco creíble para lo que en occidente entendemos por lo que es una buena novela criminal (la excepción occidental serían los autores escandinavos, con Stieg Larsson a la cabeza, que también hay que echarles de comer aparte). La lectura de El expreso de Tokio me ha permitido descubrir que había otra literatura negra japonesa, de la buena, de la que puede resultar sofisticada, pero sin sacrificar con ello la veracidad ni la credibilidad. Pero claro, esto se ve que llama poco la atención a los editores en lengua española, porque resulta bastante doloroso que de Seicho Matsumoto (1909-1992), alguien a quien podríamos considerar como un padre para la novela negra japonesa (una especie de Vázquez Montalbán nipón) no haya sido traducido a nuestro idioma hasta el año pasado, 22 años después de la muerte de Matsumoto, cuando Libros del Asteroide se animó por fin a publicar el libro que nos ocupa. Que no decaiga el ánimo, amigos del Asteroide: ¡Queremos más Seicho Matsumoto!

Vale que el perfil de El expreso de Tokio no encaja del todo en eso que solemos entender como novela negra. Poco sabemos de la vida privada del subinspector Mihara, el hombre encargado de averiguar quién mató a una atípica pareja (aunque quizás no fuera tan atípica para la época y la sociedad en que se ambienta la novela: el sombrío Japón de la posguerra) formada por un funcionario y una camarera cuyos cadáveres aparecen en una playa de la isla de Kyushu, si es que acaso alguien los mató, porque todo parece indicar que se trata de un doble suicidio por causas sentimentales. Pues sí, el libro no nos habla mucho del perfil humano de Mihara; de si bebe como un cosaco, o si fuma como una central térmica, o si se folla a todas las agentes de policía que se hallan bajo su mando (si es que acaso había mujeres policía en el Japón de los años cuarenta, cosa que ignoro). Pero es que ni puñetera falta hace que nos lo cuenten, la verdad. ¿Por qué nos empeñamos en considerar que una novela negra solo es buena cuando el representante de la ley es más corrupto que la trama Gürtel y su vida tiene más baches que una carretera local en la España de hace treinta años? A medida que uno va leyendo los capítulos de El expreso de Tokio, cada vez va sintiendo menos necesidad de que Matsumoto se ponga a contarnos eso. En cambio, nos vemos envueltos por una trama de una lógica aplastante, por unos datos precisos, matemáticos, en ocasiones más dignos de un estudio de aritmética que de un caso de criminalística. Uno puede llegar a alucinar al final de la novela cuando lee la nota que indica que los horarios de trenes y aviones que se manejan en la novela y sobre los que Mihara logra hallar las claves que le conducen a la resolución del caso son reales y eran los vigentes en 1947… Y entonces, con ese breve apunte, la imaginación fluye casi más que con toda la novela: me pongo catatónico solo de visualizar mentalmente al autor de la novela acudiendo a la estación de Tokio para comprobar el paso de determinados trenes y su permanencia en los andenes (quien haya leído la novela entenderá por qué lo digo). Ya solo con ese leve detalle se percibe el alto nivel de disciplina y de excelencia que Matsumoto debió exigirse a sí mismo en las tareas de documentación que toda buena novela requiere.

Pero no todo es técnica y precisión en El expreso de Tokio. De manera muy sutil, el factor humano y el mundo de las emociones, encarnados en la curtida experiencia vital del policía local Jutaro Torigai, suponen la chispa que enciende la mecha que lleva al subinspector Mihara a ver que aquellas dos muertes tenían muy poco de suicidio.


El lector se ve sumergido en un viaje a un Japón que ya se antoja casi mítico en su distanciamiento con respecto al presente. Un Japón lejano tanto en el tiempo como en la percepción que actualmente uno puede tener del país. Es un Japón que se visualiza en blanco y negro y se escucha a ritmo de enka, envuelto en modestia, precariedad y, si se ahonda en las capas menos escrupulosas de aquella sociedad, pringado de corrupción por los cuatro costados. El expreso de Tokio es el ingenio que nos permite emprender ese viaje. No pierdan el tren.

viernes, 30 de enero de 2015

"Cambios", de Mo Yan


Ya tenía yo ganas de que el mercado editorial español por fin lanzara una obra de Mo Yan a un precio asequible. Han sido los de Austral en edición de bolsillo (previamente la publicó Seix Barral a 20 eurazos), porque los de Kailas, la editorial que habitualmente publica los trabajos del Premio Nobel 2012 en nuestro idioma, se pasan unos cuantos pueblos con el importe de los ejemplares, hasta el punto de que al lector que aún no se ha iniciado en el arte literario de Mo Yan le pueden llegar a surgir serias dudas sobre si de verdad merecerá la pena hacer tan oneroso esfuerzo económico para, a cambio, intentar descubrir la obra de un autor que a lo mejor luego resulta que no logra dejarle, cuando menos, mediamente satisfecho.

Lo ideal sería iniciarse a Mo Yan leyendo su Sorgo rojo, la novela que le catapultó a la fama a mediados de los años ochenta y que le permitió obtener prestigio internacional, en parte gracias a la talentosa adaptación cinematográfica que hizo Zhang Yimou en 1987 y que para mi gusto sigue siendo la mejor película china de todos los tiempos: aquella fotografía tan poderosa en sus gamas cromáticas y su luz, y aquella Gong Li tan primitiva y joven pero ya tan sugerente a todos los niveles, ocupan una parte trascendental de mi educación emocional y sentimental. Pero, claro, si en España un ejemplar de Sorgo rojo sigue valiendo lo que sigue valiendo, pues casi mejor es que los no iniciados no arriesguen y en su lugar prueben con las 127 paginitas de Cambios (2010), una de las más recientes obras de Mo Yan, y que se puede leer en clave de novela corta o en clave de autobiografía, pues eso es ni más ni menos lo que tenemos entre manos: un brillante ejemplo de economía verbal, de cómo se puede contar con maestría en solo un centenar de páginas lo más destacado en la vida de una persona y de todo un país a lo largo de cuatro décadas, las que van de 1969 a 2010, cruciales en el devenir vital de Mo Yan y de toda China.

Cambios. No solo es escueto el contenido del libro, sino que el título también lo es, pero es que así, en una sola palabra, se dice todo sin necesidad de recurrir a mayores ornamentos lingüísticos. Y a través de su propia vida, en constante metamorfosis de aspiraciones y profesiones, aunque siempre con la literatura como uno de sus principales intereses, Mo Yan nos va ofreciendo, en pequeñas dosis, fugaces instantáneas que nos permiten percibir los brutales y radicales cambios que ha ido experimentando China desde los años setenta. No se recrea en los hechos históricos; simplemente los sobrevuela, incluso los que a ojos occidentales deberían merecer varias páginas; por ejemplo, sobre ese acontecimiento de 1988 que a la prensa occidental obsesiona hasta el delirio y que los medios españoles suelen presentar como “la matanza de Tiannanmen”, Mo Yan pasa fugazmente: “Pero no tardó en estallar el movimiento estudiantil, la situación fue cobrando una tensión creciente y mucha gente dejó de tener ganas de ir a clase”. Y punto. Alguien pensará que esa levedad casi frívola en el tratamiento de ese hecho histórico responde a la censura, a la intención de silenciar y ocultar lo que en Tiannanmen sucedió. Yo prefiero creer que a Mo Yan no le inspiran tanto esos grandes acontecimientos y sí el pulso cotidiano que sabe tomar a todos esos modestos personajes que se cruzaron por su vida, y que funcionan en la novela como verdaderos motores de la historia con minúsculas y de la Historia con mayúsculas. No obstante, la transformación de China y su presunta modernización no se contempla de un modo triunfalista, lo que resulta atípico tanto dentro como fuera de China. Tendemos a creer que en la China de hoy se atan los perros con longaniza, que el desarrollo alcanza a todo el mundo, que en ese país se vive bajo la normalidad, y lo que Mo Yan deja entrever es una China que, pese a la obvia mejoría del país en contraste con la precariedad y falta de libertad en que vivía bajo Mao Zedong, ha mantenido, si no incrementado, sus hábitos sociales menos saludables, tales como la deshonestidad, el enchufismo y el abuso de poder.

En definitiva, un trabajo donde se dan cita el humor, el sarcasmo, la confidencialidad, la sinceridad y la lección de que el proceso de cambio tiene su cara y su cruz. Y la satisfacción del lector, que se siente un ser privilegiado al recorrer espacios y etapas de China de la mano de un guía sólidamente acreditado para ejercer de tal.

viernes, 23 de enero de 2015

"El arte de la guerra", de Sun Tzu


Conozco esta obra desde que era adolescente e iba al instituto. Al menos en Madrid, que era donde yo vivía en aquellos años ochenta, rara era la biblioteca popular donde no hubiera como poco un ejemplar de este título. Pese a todo, nunca me llamó la atención. Este libro jamás se encontró en mi lista de textos pendientes de ser leídos. La verdad sea dicha, un libro de hace 2.600 años, en el que un general chino muy taimado y curtido en mil batallas se dedicaba a contarnos sus truquillos para superar al enemigo, no entraba dentro de mis planes de lectura, más que nada porque lo castrense no hacía maridaje (os robo la palabreja, Ferran Adrià y compañía) con mis aspiraciones vitales: lo de tener que cuadrarme no me cuadraba.

Lo que tampoco cabía en mi imaginación por aquel entonces es que los consejos del general Sun Tzu podían llegar a ofrecer innumerables lecturas y aplicaciones paralelas 26 siglos después de su época. Tuvo que ser un autor de nuestro tiempo, mi apreciado Lorenzo Silva, quien me demostrara en La estrategia del agua, una de sus más logradas novelas negras protagonizadas por el tándem picoleto Bevilacqua-Chamorro, que en El arte de la guerra había mucha más cera que la que aparentemente ardía bajo tan escueto título. Por aquel entonces, al leer la novela de Silva, yo ya sabía que incluso muchos ejecutivos occidentales contemplaban la obra de Sun Tzu como una sustanciosa fuente de técnicas para triunfar en los mercados y derrotar o anular a sus “enemigos” del campo empresarial, aunque no me fiaba demasiado de esta fervorosa devoción por Sun Tzu en el universo “yupi”, porque todos sabemos que a la tribu de los engominados (o lo que ahora esté de moda en materia de peluquería VIP, que en ese sentido yo me quedé en la era de Mario Conde, ex presidente de Banesto y actual presidiario) que mueven los hilos de las grandes firmas les suele dar por las más insospechadas aficiones, muchas veces por pura frivolidad y esnobismo, sin ninguna razón en concreto y mostrándose altamente veleidosos en sus inclinaciones, de tal modo que hoy pueden declararse devotos lectores de El arte de la guerra del mismo modo que mañana podrían mostrarse acérrimos defensores de la meditación zen, o del vuelo sin motor, o de las sagas islandesas, o del coleccionismo de mariposas, o del cocido maragato. O sea, que como para seguirles la corriente…

De todos modos, lo que estaba claro es que había que leer a Sun Tzu para descubrir por uno mismo si su obra valía lo que decían que valía. Y a ello me puse. Y lo que me encontré es con una lectura asequible, siempre y cuando uno esté dispuesto a leer en clave de metáfora y no le moleste que al pan a veces no se le llame pan, ni que en ocasiones al vino no se le defina como vino. Y, aparte de su rotunda sencillez estilística, de su irreductible minimalismo, uno recibe con perplejidad el frescor de unas enseñanzas para las que 2.600 años no parecen haber sido nada. De verdad que tengo la sensación de que el hombre del siglo XXI juega a ser Sun Tzu. Con este general uno descubre que la palabra que mejor define ese arte de la guerra es la palabra engaño: “Todo el arte de la guerra está basado en el engaño” (I, 17). En contra de lo que los legos en materia castrense podríamos pensar (¡qué gran daño nos ha hecho el cine bélico e histórico, sobre todo el de Hollywood y más recientemente, qué cosa, las superproducciones chinas que tienen más de videojuegos que de películas!), en la antigüedad no se ganaban las guerras “a lo burro”, cortando a tutiplén cabezas y otros órganos, vitales o no, aunque por supuesto también hubiera mucho de eso. Pues no, resulta que la guerra era ante todo el arte de hacerle creer al enemigo que en tus filas tenías mil soldados aunque en realidad solo contaras con cuatro gatos lisiados, o llevarle a pensar que te retirabas cuando en realidad estabas iniciando un ataque frontal… Pues eso: vigencia absoluta. ¿Acaso no es eso a lo que juegan los políticos de hoy, que no se sabe si van o vienen, si tienen los ojos en la cara o en el culo? Y de verdad que lo hacen muy bien: me inclino ante los molt honorables de toda etnia y nacionalidad que se ocultan bajo esa opaca costra de incierta honorabilidad para mientras ir metiéndose unos cuantos milloncejos del erario público en sus cuentas privadas de Suiza, Andorra o la Jauja Fiscal que tengan más a mano. Se suele decir que El príncipe de Maquiavelo es el libro de cabecera de todo político, y no lo dudo, pero apuesto lo que sea a que tampoco hay político contemporáneo que no le haga a Maquiavelo compartir estantería con Sun Tzu. Desde luego, hay un consejo del general chino que todo político sigue a pies juntillas: “Tu meta es tomar intacto todo lo que hay bajo el cielo” (III, 11). Y si se lo permitimos, sin duda que van a cumplir a rajatabla este precepto: todo lo toman y lo gozan.

Eso sí, también se ve que, como suele ser menester, nuestra podredumbre política escoge de sus lecturas lo que les sale de sus continentes testiculares u ovulares, y desestima lo que les desfavorece. No es nada que haya de extrañarnos: en España lo hacen a diario con la Constitución de 1978, cuando se pasan por el forro esos artículos (no recuerdo los números, pero para eso está la Wikipedia) que hablan del derecho al trabajo y a la vivienda, pero consideran incuestionables los títulos y artículos que hablan de la Corona o de la indivisibilidad de España. Así, en consonancia con esa forma de ver las cosas y de actuar, no es de extrañar que presten toda la atención del mundo a aquellos pasajes de El arte de la guerra que versan sobre el arte de engañar y de tomar posesión de aquello que en principio no es de uno, pero que por otra parte descuiden su lectura en el momento en que Sun Tzu se pone a describir las cualidades que ha de tener un buen líder y cómo ha de conseguir el respeto de sus subordinados, como por ejemplo cuando nos dice que “si se castiga a las tropas antes de haber conseguido su fidelidad, serán desobedientes” (IX, 47). Dicho en clave de lo que nos toca vivir: ponte a recortar derechos y servicios públicos, y verás cómo en las próximas elecciones no te vota ni tu tía. Pero no, se ve que el capítulo IX de El arte de la guerra, rico en consejos destinados a ser un buen jefe, no se lo han leído: una pena.


Ustedes no hagan lo mismo que nuestros políticos y léanlo bien y de cabo a rabo. Una edificante lectura, sin duda, de esas para leer con el lápiz en la mano y no parar de subrayar.

miércoles, 14 de enero de 2015

"Abril quebrado", de Ismail Kadaré


Recientemente escribí sobre los masivamente aclamados aspirantes a premios Nobel que no se lo merecen, y hoy toca hablar de aspirantes al premio Nobel que perecerán en el intento porque parecen vivir en el olvido de todos. O de casi todos. Tal me parece el caso de Ismail Kadaré, un autor de quien no parecen acordarse ni los miembros de la Academia Sueca, que año tras año le niegan el “nobélico” galardón; ni los lectores, que no se animan a apostar por él en esas quinielas que todos los años se hacen para tratar de pronosticar el fallo de los académicos de Estocolmo.

Por lo que a mí respecta, y desde mi más humilde posición de bloguero de mierda que trata de mantener este blog de mierda, poco puedo hacer para darle un empujoncito hacia el Nobel a quien creo que se lo merece. Pero lo que está claro es que, por poco que sea, no me voy a privar de hacerlo. Y en el caso de Kadaré, además, no va a ser la primera vez que lo haga, así que periódicamente voy a tratar de rescatar en esta bitácora algunos de sus ya clásicos e imprescindibles trabajos. El primero fue El palacio de los sueños, novela de frontera entre el género histórico y el de la ciencia-ficción por su original e inquietante temática, y a la que muchos consideran la obra maestra del autor albanés. Y hoy le toca salir a la palestra bloguera a Abril quebrado, una novela de corte mucho más realista y crudo, pero que, quizá por ese motivo, sigue siendo la obra de Kadaré que con mayor firmeza permanece en mi memoria y con la que ahora he vuelto a estremecerme en una relectura.

Abril quebrado tiene el morbo que suelen tener esas novelas con desenlace conocido ya desde la exposición inicial; de esas en las que desde las primeras páginas sabes lo que va a pasar al final del libro, pero en las que el autor te castiga con la inmensa duda (y en eso estriba su encanto) de no saber de qué manera se va a producir esa conclusión ya publicitada. Estamos ante la crónica de una muerte anunciada escrita originalmente en 1978 y publicada en 1980, o sea, un poquito antes de una de las más conocidas de esas crónicas de muertes anunciadas: la de Gabriel García Márquez. Abril quebrado nos traslada a la Albania presocialista, rural y profunda, en un momento en el que regía una ley no escrita y conocida como kanun, en la que se reglamentaba el sistema para ejercer la venganza entre familias enemistadas. Por contarlo de un modo resumido y didáctico, digamos que, si alguien mataba a alguien, la familia del asesinado tenía derecho a vengar la muerte de su pariente, pero a su vez, la familia del primer agresor se convertía en familia agraviada al perder a uno de sus miembros, que a lo mejor no era el asesino de la primera víctima. Y para regular la forma de ejercer esa especie de “ojo por ojo y diente por diente” estaba el kanun, que establecía unas normas que todo el mundo acataba en el interior de Albania.

Así, Gjorg Berisha, el protagonista de la novela, se cobra la vida de alguien cumpliendo religiosamente el mandato del kanun. La víctima pertenecía a una familia con la que la suya llevaba ya siete décadas intercambiando derramamientos de sangre. A partir de ese momento, Gjorg dispone de treinta días de besa (término con el que el kanun denominaba a una ley o sentencia), y pasados esos treinta días, él podrá ser víctima de la venganza a la que desde ese momento tendrá derecho la otra familia: “Le quedaban aún treinta días de vida a salvo de peligro alguno. Después todo su ser quedaría envuelto por el acecho de la muerte. […] Después vendría el vagar del murciélago, con el que él ya no contaba siquiera.”

Horroriza pensar que esto del kanun no es una genialidad que haya surgido de la imaginación de Kadaré, sino que es uno de esos sinsentidos perfectamente asentados en la realidad y que toda sociedad ha sabido generar en su seno y mantenerlo a lo largo de los siglos, y hasta defenderlo como uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta dicho grupo humano. Y los hechos le llevan a Gjorg a sufrir las consecuencias más negativas de esa práctica, e ingresa en una cuenta atrás de angustia vital en la que su existencia sucumbe a una funesta ambigüedad de muerto viviente.

Y en ese sombrío panorama de espiral inagotable de asesinatos aparece Besian Vorpsi, una suerte de escritor y señorito de ciudad a quien no se le ocurre otra cosa que irse a la montaña albanesa con su mujer para hacer allí su luna de miel. Le interesa la práctica del kanun y allá va a conocerla. Lo que no se imaginaba este iluso es que quien juega con fuego se suele quemar, y que entre la trágica situación de Gjorg y el viaje lúdico-científico de Besian no había ningún tipo de material aislante.

Literatura de la buena, con acción y emoción, pero también con hondas reflexiones sobre lo absurdas que pueden resultar en muchas ocasiones las prácticas que lleva a cabo el género humano y lo difícil, cuando no imposible, que le puede resultar al individuo tratar de evadirse de ellas. En definitiva, un sincero, a la par que angustioso y descorazonador canto al “no somos nadie”, aunque (y he aquí las buenas noticias) en un texto de los que encandila y atrapa al lector.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

"Los años de peregrinación del chico sin color", de Haruki Murakami


Ya lo saben: otra vez Haruki Murakami se quedó sin el Nobel. Y, aprovechando que sus incondicionales fans prorrogan su año de duelo oficial (y ya van ni se sabe cuántos) por la no obtención de tal galardón por parte de su ídolo, venía bien publicar esta reseña. Y de paso, recordar los vaticinios de grandes “profetas” del mundo (bueno, de El Mundo) como Sánchez Dragó y Vasconcellos, que hace un año auguraban mejor suerte para Murakami tras la publicación de su Los años de peregrinación del chico sin color.

Menos mal que no solo me pasa a mí. Hace meses, mientras me desayunaba, leía unas declaraciones de Gao Xingjian, ese premio Nobel francés que sin embargo escribe en chino, porque realmente es chino, a pesar de lo que diga su pasaporte y la Wikipedia: “El posmodernismo ha sido catastrófico, es una ideología que ha influido muchísimo en la manera de crear y de pensar. Pero ¿qué es el posmodernismo? Está vacío de sentido, como modelo, lenguaje, en sentido gramatical. Es un callejón sin salida…”

Entiendo esa desazón, por haberla sufrido en carnes y retinas propias, que Gao Xingjian padece al enfrentarse a ese vacío, a la más desesperanzadora nada, a la angustia de encontrarte, tras la lectura de un libro, más desposeído de lo que estabas antes de empezar a leerlo. Y en consonancia con ese pensamiento, a veces pienso que me va la marcha, que me gusta flagelarme sin piedad y al final siempre acabo con el último libro de Murakami en las manos, a pesar de que me había jurado a mí mismo: “¡Nunca más!”

Pero no. Reincidí. Acabé leyendo la nueva, poco edificante y menos congruente historia de Tsukuru, ese chico sin color que tenía cuatro amigos en el instituto, cada uno de los cuales se identificaba con un color. Una pena que esos colores no coincidan del todo con los colores del parchís, porque mi hilaridad hubiera ido en aumento al recordar en la coincidencia a Parchís, aquel grupo musical compuesto por cinco niñatos (uno de ellos vestía de blanco: era “el chico sin color”) con el que el que sistema trató de fosilizarme las neuronas durante mi tierna infancia, aunque afortunadamente supe reaccionar a tiempo.

Han tratado de convencerme de que la culpa es mía, que no disfruto del arte de Murakami por carecer de la suficiente capacidad intelectual para discernir la delgada línea roja que separa los sueños de la realidad, o por no saber penetrar en el alma del pueblo japonés, etc. Es posible. Pero, qué queréis que os diga, me convence muy poco la historia de un chico que tenía cuatro amigos, los cuales un buen día dejan de hablarle y sin darle razón alguna, y luego, muchos años después, y como por arte de magia, acude a verlos porque así se lo recomienda una chica tras un buen polvete, y descubre que en esa ocasión sus amigos sí le hablan y le tratan amistosamente como si veinte años no fueran nada, y de paso le recuerdan que dejaron de hablarle porque había violado a una de las chicas del grupo. En el mundo real la gente viola y se enfrenta a penas de prisión, a veces incluso de muerte. En Murakami violas y tus amigos dejan de hablarte, pero dos décadas después prescribe el delito y vuelven a dirigirte la palabra. Y Murakami se queda tan ancho escribiendo tales historias, y su público reclama el Nobel y anuncia suicidios colectivos si no se lo conceden.

Esta es la novela que encandila a toda la humanidad. Por eso cada día adoro más a los animales. Menos mal que no solo me pasa a mí.

viernes, 3 de octubre de 2014

"Fukushima. Vivir el desastre", de Takashi Sasaki


“Llévatelo y quédatelo si quieres. No le ha gustado a nadie”. Tal fue la respuesta que me dio alguien a quien vi con un ejemplar de este libro sobre la mesa de su escritorio. Y creo que su autor, Takashi Sasaki (Hokkaido, 1939) se sentiría muy orgulloso de escuchar el comentario, pues estoy convencido de que Fukushima. Vivir el desastre es un texto que nace con el firme propósito de no gustar, de molestar a según qué personas y a según qué colectivos, de despertar a otros de su letargo, así que el señor Sasaki puede sentirse satisfecho, ya que sin duda ha superado con creces tales objetivos. Por otra parte, gracias a sus escritos blogueros que ahora salen a la calle en forma de libro, Sasaki se ha hecho merecedor de la admiración, el reconocimiento y el cariño de un nutridísimo grupo de lectores que, dentro y fuera de Japón, han podido encontrar luz y verdad en el sórdido y encriptado asunto del desastre nuclear de Fukushima que se produjo tras los pavorosos terremoto y tsunami que asolaron la costa oriental de Tohoku el 11 de marzo de 2011.

De los apuntes biográficos que de Takashi Sasaki traza Florentino Rodao en el prólogo del libro deducimos que el autor es un hombre valiente, luchador, inteligente, vitalista pero, sobre todo, un gran inconformista, alguien que no se va a quedar de brazos cruzados ante el menor atisbo de una injusticia o de un irregular funcionamiento de las cosas. Probó a ser clérigo (jesuita) pero lo acabó dejando y se casó. Se puso a trabajar como profesor de español en varias universidades japonesas, pero el desilusionante ambiente universitario acabó hastiándolo, por lo que se retiró a la pequeña localidad de Minamisôma, en la prefectura de Fukushima, donde su familia residía desde 1950. Y allí, en una de las localidades más afectadas por el incidente de la central nuclear de Fukushima Daiichi, a menos de 30 kilómetros del epicentro de la tragedia, es donde Takashi Sasaki permaneció firme, renunciando a la evacuación y escribiendo día a día en el blog que ya mantenía desde antes del terremoto, bajo el título de モノディアロゴス (sí, Monodiálogos, inspirándose en el género homónimo que creara Miguel de Unamuno, de quien Sasaki es admirador y profundo conocedor), y en el que procuraba mantener informado a sus lectores sobre su vida diaria en Minamisôma, a la vez que daba rienda suelta a sus pensamientos y canalizaba sus indignaciones.

Se leen verdades como puños sobre el desastre de Fukushima a lo largo de las poco más de 300 páginas que forman el libro, que abarcan el fragmento de blog que comienza el 10 de marzo de 2011 y finaliza el 6 julio de 2011 (a excepción de una anotación del 11 de marzo de 2012, un epílogo a cargo del escritor Suh Kyungsik y un apéndice biográfico y fotográfico que complementan el texto del diario). Lo cierto es que el blog sigue todavía activo y Sasaki ha ido publicado entradas metódicamente a diario hasta el presente. Supongo que el corte se debe al hecho de que, más tarde o más temprano, al libro en papel tenía que ponérsele irremediablemente un punto final, y la entrada en el blog de 6 de julio concluye de una forma brillante, como deben ser los finales de los buenos libros: “[...] si los dioses de los japoneses de hoy en día son dioses de tercera categoría, tan diminutos, circunstanciales e indignos de confianza como el Gobierno o una gran empresa, las comodidades o la estabilidad de la vida diaria, entonces no es que el asunto sea preocupante, es que debemos temer que hayamos degenerado hasta aproximarnos al escatológico fin del mundo. Quién sabe si esta situación no será, en realidad, más grave que el desastre producido por el accidente nuclear.”

Y es que Sasaki arremete una y otra vez contra el gobierno japonés (el que había durante el desastre, pero también contra todos los anteriores y posteriores, que han contribuido al desarrollo de la carrera energética nuclear en Japón sin reparar en consecuencias), contra los intereses y afanes lucrativos de empresas como Tepco (la empresa que abastece a Tokio de energía eléctrica y gestiona Fukushima y otras centrales nucleares), contra los medios de comunicación sumisos al poder, contra el ciudadano japonés adocenado y borreguil que vuelve la espalda a todo lo que le afecta… Pese a toda su crudeza, la obra es fácil de digerir gracias a los gratos ingredientes de índole cultural y humanístico con que Sasaki adereza sus acometidas: tiernas menciones a su vida cotidiana en Minamisoma y la batalla que su mujer libra diariamente contra la demencia senil; referencias eruditas que muestran una amplia cultura. Sorprende que, en su admiración por España, Sasaki proponga como solución para Japón que siga los pasos de la España que trató de reinventarse tras el desastre que supuso la pérdida en 1898 de las últimas colonias de ultramar. Bueno, yo espero de todo corazón que Japón jamás trate de imitar nuestro devenir histórico. Lo de la reinvención de España a inicios del siglo XX suena muy bonito, pero que no se nos olvide que todo aquello desembocó en tres años de guerra civil y cuarenta de dictadura…


Deliciosa y aleccionadora lectura, no cabe duda. Finalizo esta entrada con una mención especial al traductor del texto, Francisco Javier de Esteban Baquedano, ex compañero de una academia tokiota de idiomas y en la actualidad feliz residente en Okinawa. Le animo a seguir por estos buenos cauces profesionales en el ámbito de la traducción. Y, como siempre, una felicitación a la editorial Satori por su valiente e inteligente apuesta por la publicación en español de textos japoneses imprescindibles. Seguid sorprendiéndonos, por favor.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

"Sin destino", de Imre Kertész


Continúo dándole a la literatura que aborda el duro devenir de los judíos en Europa Central. En la última entrada me detuve en el particular y atractivo sentido del humor con el que Angel Wagenstein gestionaba esa problemática histórica en El Pentateuco de Isaac. Y hoy doy la de arena y me centro en la que, en mi opinión, es una de las visiones más crudas sobre los campos de exterminio nazis de cuantas he leído (supongo también que de cuantas se han escrito) en forma de ficción, y mira que es fácil resultar crudo al tratar semejante asunto.

Sin destino (1975) es uno de esos libros que he leído de manera fortuita, accidental, porque un día llegó alguien, puso en mi mano un ejemplar y me recomendó que lo leyera. De no haber sucedido así, probablemente no lo habría leído nunca, incluso tratándose de una de las novelas fundamentales del pasado siglo, de esas que salen en las listas de obras que hay que leer antes de morir, y cuyo autor, Imre Kertész, recibió el Nobel. A pesar de todo, Sin destino no es uno de esos libros que te recomiendan masivamente, sean de ficción o no, sobre la experiencia de niños o adolescentes ante el horror genocida bajo el nazismo, como sucede con el sobrevalorado El chico del pijama a rayas o, de manera mucho más justificada, con el Diario de Anna Frank. Como suele suceder cada vez que se aborda un tema “de interés general”, parece que nos escuece la originalidad, las formas alternativas o nada tópicas de abordarlo. Y claro, originalidad y buen criterio literario es justo lo que viene a ofrecernos Kertész bajo esta estremecedora y envolvente historia de un adolescente que en cierto día de 1944 es sacado a la fuerza del Budapest donde crecía junto a su familia, para sufrir una particular y atroz odisea por varios de esos lugares donde los nazis se mostraban campeones del cinismo al asegurar a sus “huéspedes” que el trabajo les haría libres…

Como curiosidad, se comenta en la reseña que figura en la contracubierta del libro (hablamos de la primera edición en Acantilado Bolsillo de 2006, que es la que manejo) que Sin destino “no es ningún texto autobiográfico”. No sé qué razones tendrán para afirmar eso, porque lo cierto es que Kertész nació en Budapest en 1929 y, al igual que el protagonista de su novela, sobrevivió al holocausto siendo un adolescente, tras haber pasado unos meses en los infiernos de Auschwitz y Buchenwald. Si eso no es autobiográfico, ya me dirán qué es. No sé si lo que pretenden decir con eso es que se percibe un cierto espíritu de distanciamiento, atípico (y ahí es donde se percibe la genialidad de Imre Kertész) en un texto narrado en primera persona; que el horror (de nuevo la genialidad del autor), más allá del obvio que comportan hechos como el genocidio, las torturas o los trabajos forzados, reside en la estrategia que el chaval elabora para tratar de salir adelante en medio de toda aquella barbarie, y esa estrategia no es otra que invertir de forma aberrante la percepción de lo que es obvio y tratar de convencerse a sí mismo de que lo anormal es normal; que es factible tratar de hallar la felicidad en medio de una cotidianidad de injusticias, abusos y crímenes.

En definitiva, todo un trago para el lector, que ve cómo se le abren un montón de interrogantes y se le graban a fuego infinidad de huellas, o sea, esas cosas que normalmente buscamos cuando acudimos a los libros pero que no siempre hallamos. Pues en esta ocasión, es posible que sí.

viernes, 1 de agosto de 2014

"El ganso salvaje" de Ogai Mori


 
Cuatro años llevaba ya esta novela acumulando polvo en la estantería, y ahora que por fin he acudido en su rescate, no he tardado ni un día en leerla. Supongo que es algo que nos sucede a todos: era uno de esos libros que compras con la intención de leer cuanto antes, pero luego van surgiendo otros títulos que, por la razón que sea (porque crees que son mejores, porque te los han recomendado encarecidamente, porque has de leerlos, porque todo el mundo los lee y tú no vas a ser menos, porque se cumple el aniversario de la publicación de tal o cual obra, o de la muerte de tal o cual autor, porque sí), te obligan a postergar la lectura de aquel modesto librito que con tanta ilusión habías adquirido en la librería años atrás.
 
Y me lo estaba perdiendo. Ahora lamento haber dado de lado a El ganso salvaje en beneficio de otros títulos que en su momento supuse más interesantes, más entretenidos, más enriquecedores. La novela corta de Ogai Mori merece recibir el galardón de los tres calificativos de la frase anterior. Me he encontrado con una historia muy bien perfilada y estructurada, que sabe retener y hasta acrecentar el interés del lector, sin nada que envidiar a lo que hacían los grandes novelistas europeos de su época, con un punto de vista narrativo que resulta incluso avanzado para aquellos tiempos: ese narrador subjetivo que conoce bastante bien al protagonista, el estudiante Okada, pero no solo se limita a narrar las peripecias de éste, sino que también interviene en la acción. Es una técnica que haría famoso a Stefan Zweig, pero que, a lo que se ve, Ogai Mori sabía aplicarla con pericia a algunos de sus trabajos. Tiene además la virtud de ir transformando la naturaleza de la historia a lo largo de sus páginas: lo que al principio parecía que iba a ser una comedia sobre las relaciones entre dos estudiantes, Okada y el narrador, va evolucionando y transformándose, sin apenas percibirse, en una historia del enamoramiento de Okada hacia una joven que es la “protegida” de un hombre casado que hace fortuna como usurero de estudiantes (es el “malo” de la novela).
 
Resulta muy interesante por ver la perspectiva histórica de una novela que habla de la plena era Meiji (finales del siglo XIX) desde la perspectiva de la era Taisho (la novela se publica en 1913 y en esa época parece encontrarse el narrador cuando rememora sus vivencias de estudiante de años atrás). Habla de los cambios y metamorfosis que ha vivido la sociedad japonesa y la ciudad de Tokio (hay muchas referencias toponímicas) a lo largo de esas pocas décadas.
 
Toda una delicia, en definitiva. Si, al igual que yo, también la tenéis en la estantería muerta de risa, que sea lo próximo que leáis.

 

miércoles, 9 de julio de 2014

"La isla de Sajalín", de Antón Chéjov


Aunque solo sea por el escenario asiático en que tiene lugar todo lo que en sus páginas se cuenta, este ensayo chejoviano merecía una entrada en esta bitácora. Debo reconocer que no me encuentro entre el cada vez mayor número de adeptos al arte literario de Chéjov: apedréenme si lo desean. Sus relatos de fama y reconocimiento mundial siempre me han parecido, en su mayoría, ejemplos de un humor algo chocarrero, chabacano y facilón. Supongo que esas historias harían mucha gracia en la Rusia de hace poco más de un siglo, pero he de sincerarme y decir que a mí pocas veces han llegado a producirme siquiera la más leve tensión de hilaridad en mi musculatura facial. Y en cuanto a su teatro, me sigue convenciendo más el que hacía su contemporáneo Ibsen. Síganme apedreando.
 
Sin embargo, con La isla de Sajalín por fin he podido (o he sabido) captar esa grandeza de Chéjov que en otros de sus textos no atisbaba ni de lejos. Aquí uno descubre a un autor concienciado ante un problema de su tiempo, y a la vez apasionado ante lo que cuenta y, rizando el rizo, capaz de construir una historia de las que atrapa, quizás por lo real del asunto tratado (en este caso se aceptaría con gusto el tópico de que la realidad supera la ficción); quizás porque todo está muy bien contado, y aquí hago un acto de justicia, me quito la boina y reconozco la responsabilidad de Chéjov en ese brillante resultado.
 
Pocas descripciones tan rotundas y convincentes he leído yo sobre lo que es el horror; pero el horror de verdad, no el que surge de una delirante imaginación, ni el horror expresionista e histéricamente inflamado que surgía a grito pelao (“¡El horror, el horror!”) de la boca de Kurtz, el estremecedor personaje con que Conrad bordó su El corazón de las tinieblas. El horror que Chéjov encuentra en Sajalín es el que emana de las delirantes imaginaciones de los burócratas y políticos rusos, que fueron los que hicieron posible el terrorífico álbum de estampas literarias que el escritor recopiló a lo largo de su periplo por la isla a finales del siglo XIX. En efecto, a través de la narración chejoviana, la isla de Sajalín se muestra a nuestros ojos como ese lugar donde no nos hubiera gustado haber estado, ni siquiera en una fugaz escapada de fin de semana. Puede que hoy Sajalín sea un emplazamiento inolvidable para las vacaciones de verano (y esto tampoco lo sé a ciencia cierta, es pura elucubración), pero Chéjov nos deja bien claro que en el año 1890 no hubierais elegido Sajalín como destino para vuestra luna de miel, salvo que vuestra intención fuera conseguir durante el viaje el divorcio o la viudedad.
 
Si se supera la deprimente descripción de la situación, La isla de Sajalín sirve como difícilmente superable testimonio y documento de lo que fue todo un territorio convertido en prisión, algo con lo que algunos estados experimentaban por aquel entonces, con los deplorables resultados que se pueden percibir a lo largo de las páginas del libro: brutales torturas generalizadas, ausencia absoluta de valores éticos, abusos de poder, corrupción, familias e individuos destrozados, enfermedades, locura, prostitución, alcoholismo, y un ineficaz a la par que absurdo programa de colonización, pensado con los pies, y que te permite entender por qué Japón, con una mentalidad mucho más práctica y racional, lograría ejecutar con mayor éxito que Rusia sus planes de repoblación y explotación del territorio una vez que Japón obtuvo el control político y militar de la mitad meridional de la isla (eso sucedió en 1905, tras el final de la guerra ruso-japonesa). De los japoneses que ya a finales del siglo XIX habitaban el sur de Sajalín bajo control ruso nos habla Chéjov. Parece que los rusos los miraban un poco por encima del hombro (otro error de aquellos “burrócratas” empapados en vodka barato). Y no menos deprimente puede llegar a ser el retrato que Chéjov realiza de las etnias indígenas de Sajalín.
 
En definitiva, una obra de esas que ahora llaman necesarias y que te puede reconciliar con Chéjov si a ti tampoco te hacía mucho tilín este autor. Ahora sí me gustas, Anton.

 

martes, 22 de abril de 2014

"El Pentateuco de Isaac", de Angel Wagenstein


 
Seguramente no todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero el caso es que yo siempre he pensado que elaborar una obra de ficción que aborde alguna de las mayores tragedias de la Humanidad (o cualquiera de nuestras cotidianas tragedias personales) en tono de humor, incluso en tono de humor bufo, es un recomendable ejercicio de salud intelectual por parte de quien lo acomete: si hay calidad y sinceridad en el producto final, el contraste tragicómico no me chirría en absoluto.
 
Y estas reflexiones fueron las que me ocuparon tras la lectura de El Pentateuco de Isaac (1998), la primera de las novelas que constituyen la trilogía que el búlgaro Angel Wagenstein dedica al agitado y estremecedor devenir histórico de los judíos europeos a lo largo del pasado siglo. El Pentateuco de Isaac es la primera entrega de la saga (de la segunda y la tercera ya tuve ocasión de hablar en anteriores entradas de esta bitácora), aunque, original que es uno, ha sido la última que he leído. Y ahora, dándole vueltas a la circunstancia, estoy por pensar que ha sido todo un acierto, aunque este orden en la lectura no haya sido premeditado, sino puramente accidental. Pero, sin desmerecer a Lejos de Toledo (2002) y Adiós, Shanghai (2004), yo he podido apreciar una mayor calidad, una mayor perspectiva y una mayor ambición literaria, con un sólido trabajo previo de documentación histórica y un más amplio abanico de personajes, escenarios y épocas, así como una bien elaborada red de conexiones en la dimensión espacio-temporal (eso que llaman el “cronotopo”).
 
Ya el subtítulo que acompaña al título, al menos en la excelente traducción al español de Liliana Tabákova (publicada por Libros del Asteroide, como todo lo de Wagenstein en nuestra lengua), nos anuncia la naturaleza tragicómica de lo que se va a leer: Sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias. En efecto, asistimos a la nada heroica ni envidiable odisea de quien ha de sufrir en sus carnes (las pocas de que dispondría, me temo) las más siniestras e ingratas consecuencias de los kafkianos avatares políticos de Europa Central durante el siglo XX. Y a pesar de todo, el tal Isaac logra mantenerse con vida y, lo que más me sorprende a la luz de lo narrado, con un convincente sentido del humor. Desde luego, más convincente me ha parecido que otra historia que leí recientemente; una obra presuntamente humorística y de la que se habla muy bien por Internet; una novela de “batallitas del abuelo a lo largo y ancho del mundo” y que se titula El abuelo que saltó por la ventana y se largó, escrita por un tal Jonas Jonasson. En fin, para gustos los colores, pero a mí el humor de Jonasson me resultó bastante bufo, demasiado desaborido, a veces incluso algo pueril, “milikista”. No sé, será porque es sueco y no entiendo su sentido del humor (qué voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo); será porque hoy todo lo que se escribe en Suecia ya mola por el hecho de haber salido de allí, mientras que si el libro sale de Bulgaria tenemos que acudir a la Wikipedia a averiguar dónde está ese sitio, porque la LOGSE no contempla el aprendizaje de tal entidad geográfica. Bueno, pues El Pentateuco de Isaac tiene precisamente ese encanto pedagógico: el de ilustrarnos sobre las complejidades políticas y territoriales que se vivieron en una zona de Europa y que muchos ni hubieran podido imaginar. Y, esto ya se sabe sin tener que haber ido a la ESO, que para eso ya está Hollywood, que los judíos que habitaron tal zona sufrieron especialmente los males de aquellas terribles complejidades. El ficticio Isaac Jacob Blumenfield sería uno de esos millones de judíos y su doble perspectiva de actor y espectador en aquellos años tan canallas y contradictorios le hacen curtirse en ironía, mordacidad y picaresca a lo largo de su vida, quizás las armas más infalibles para combatir el infinito catálogo de sinsentidos que tuvo que verse obligado a torear. Y ahora El Pentateuco de Isaac nos sirve a nosotros para combatir dos de los mayores sinsentidos de nuestro tiempo: la ignorancia y el aburrimiento. Bienvenido sea.

 

viernes, 18 de abril de 2014

"Balzac y la joven costurera china", de Dai Sijie


Ya daba vergüenza que un blog de literatura oriental, después de cuatro años, apenas le haya dedicado entradas a las letras chinas, aunque en el caso que nos ocupa se trate de letras escritas en francés, pues ese ha sido el idioma que el chino Dai Sijie ha elegido para desarrollar su obra literaria. Pero me apetecía leer la novela en la que se basa una de mis películas chinas favoritas (por cierto, dirigida por el propio Dai Sijie), ahora que el libro había llegado a mis manos.
 
Y lo que me he encontrado es con un texto sencillo, modesto en sus mimbres, de esos que no te van a resultar grandioso, ni tampoco adictivo, pero que vas a leer con gusto, quizás por lo que tiene de emotivo, de autobiográfico y de sincero. Te gustará y disfrutarás con su lectura, y todo ello pese al considerable nivel de crudeza que por momentos impregna las páginas de esta novela, si bien se trata de una crudeza sostenible gracias al aporte de emotividad y romanticismo que aportan las pulsiones sentimentales de los protagonistas, por no hablar de la kafkiana representación que se hace del aparato represor y “reeducativo” con que contaba el estado maoísta hace cosa de cuatro décadas, pero que la China de hoy se empeña en seguir sacando a colación en cuanto cuenta con la menor oportunidad, incluso allende sus fronteras (léase esta noticia).
 
Bueno, no te deja indiferente la historia de ese par de adolescentes “burgueses” (término con el que los comunistas suelen denominar solemnemente, aunque en igual tono despectivo, a los pijos) que son enviados al campo a trabajar, a ver si se les pega la ignorancia de los campesinos y se olvidan de memeces tales como tocar el violín o leer a “peligrosos” autores occidentales tal que Balzac, nada más y nada menos…
 
En fin, habrá quien diga, amortiguados por ese sanitario colchón virtual que es Internet, que esto es pura y lacerante propaganda occidental contra la virtuosa y pluscuamperfecta revolución cultural de Mao; y lo dirán como si verdaderamente lo hubieran vivido, como si hubieran estado ahí, reeducándose en el medio rural chino. Yo soy más partidario del castizo “cuando el río suena, agua lleva”. Y escucho el fluir de las aguas…

 

domingo, 30 de marzo de 2014

"Muerte en Estambul", de Petros Márkaris


Siempre me había apetecido hablar de uno de mis autores de novela negra favoritos, el griego Petros Márkaris. Bueno, si metemos a la sufrida Grecia actual en el saco de lo oriental, pues entonces las correrías del comisario Kostas Jaritos por las calles de Atenas a lomos de su Fiat Supermirafiori podrían tener cabida en este blog. Pero, qué mejor ocasión para meter a Márkaris en nuestra nómina de autores que con Muerte en Estambul, la quinta novela de la serie Jaritos y la única en la que el cachazudo y pintoresco agente heleno lleva íntegramente a cabo su labor investigadora no solo fuera de la capital griega, sino fuera de la misma Grecia. El buen hombre estaba tratando de pasárselo bien en un viaje organizado por Estambul, cuando le informan de que una abuelita griega va cargándose a gente a golpe de empanadillas de queso generosamente sazonadas con pesticida. La cosa se complica cuando esta abuelita, que antaño perteneció a la comunidad de griegos residentes en Turquía, decide traspasar fronteras y ampliar su actividad asesina por tierras turcas, lo que ya implica profesionalmente al comisario Jaritos, que se ve obligado a dejar aparcadas sus vacaciones y a colaborar con un agente de la policía turca en la investigación del caso.
 
Pese a lo excepcional de esta nueva aventura de Jaritos en cuanto al escenario de sus acciones, la novela en sí no difiere mucho de las restantes de la saga. Vemos a un Jaritos mordaz e irónico, de vuelta ya de casi todo, en constante batalla dialéctica con Adrianí, su histérica e indomeñable mujer. Al margen de esos detalles ya rutinarios, como del sentido del humor “marca Jaritos” que desde la primera página ya te convierte en fan incondicional del poli griego, y de la trama detectivesca bien hilvanada y que lleva a la resolución del caso, lo realmente interesante e innovador de Muerte en Estambul desde un punto de vista cultural o antropológico es sin duda la certera y didáctica descripción que Márkaris hace de los rum, es decir, la colonia de griegos que reside en territorio turco, a día de hoy muy exigua, dados los crudos avatares de su historia más reciente, y que Márkaris describe con precisión y presteza a lo largo de la novela. Al fin y al cabo sabe de lo que habla, porque el propio Petros Márkaris perteneció a esa comunidad (nació en Estambul en 1937), pero como la gran mayoría de sus miembros, tuvo que huir a Grecia a mediados del siglo pasado debido a uno de los muchos episodios trágicos que han ensangrentado la convivencia entre turcos y griegos a lo largo de su historia más reciente. La novela no deja de hacer hincapié en ese lado tan oscuro del pasado grecoturco, así como en lo duro que siempre es pertenecer a una minoría, no importa cuál y no importa dónde. Murat, el agente turco que colabora con Jaritos, lo ha sufrido en sus propias carnes, pues su familia tuvo que emigrar a Alemania. Es lo bueno de Márkaris: siempre nos permitirá viajar por cada uno de los rincones que configuran la cruda realidad griega (o incluso de más allá), cruda como realmente es, ya se trate de la baja consideración con que en Grecia se trata a inmigrantes balcánicos y africanos, o del auge y la caída de la economía helena, o de ese siniestro pasado griego de dictadura fascista y un no más halagüeño presente de neonazis y niñatos de extrema derecha. Pero Márkaris, ecuánime, hará gala de un magistral ejercicio de integración literaria y dejará siempre espacio a las voces de todos los puntos de vista implicados. Al final, a uno siempre le queda la sensación de que toda Grecia está en Márkaris.
 

martes, 18 de marzo de 2014

"El samurai", de Shusaku Endô



En este año dual del (supuesto) inicio de las relaciones diplomáticas entre Japón y España, mucho se ha oído hablar sobre lo maravilloso de tal empresa, o sea, la que un tal Hasekura emprendió junto a algunos de los suyos, atravesando dos océanos, con México (entonces Nueva España) de por medio. Viendo lo bien que se lo pasan ahora los emisarios de uno y otro estado, con ese príncipe heredero de Japón a la cabeza, dándose un garbeo por Coria del Río para visitar a esos españoles apellidados Japón y de paso, y con ese vago pretexto, ponerse morado de jamón ibérico, entre otras delicias (según me cuentan, el caviar de Coria goza de cierto reconocimiento entre los gourmets), a costa del erario público coriano, vengando así a aquellos compatriotas suyos que arribaron a las márgenes del Guadalquivir hace cuatro siglos y que seguramente no catarían tales manjares en demasía; más adelante veremos por qué.
 
En otras palabras: con tanto acto conmemorativo da la sensación de que realmente hay algo que celebrar, de que aquella expedición doblemente transoceánica de 1613-1614 fue más trascendente para nuestro devenir histórico que el Concilio de Trento, la batalla de Rocroi, la invención del chupachús o el gol de Iniesta en Suráfrica. Vamos, que aquellos intrépidos diplomático-marinerillos de tres al cuarto hicieron en España algo más sustancioso que adiestrar a Águila Roja en el manejo de la katana.

 
Afortunadamente, ya había literatura que hace más de una década, y aunque fuera bajo la sanitaria y precavida forma de una obra de ficción, trató de poner al acontecimiento en su debido sitio. Y quizás por eso mismo no se hable tanto de esta literatura y permanezca tan escondida en las estanterías de las librerías. De hecho, El samurai es uno de esos libros que resultan difíciles de encontrar, a pesar de las halagüeñas perspectivas comerciales que podría tener su reedición aprovechando la coyuntura del año dual de marras. Pero no. Y eso es una lástima; se ve que las editoriales en lengua española no han acabado de cogerle el suficiente cariño a Shusaku Endô, aunque en los últimos años parece que se han multiplicado los esfuerzos por hacerle un hueco a su obra en las librerías del mundo hispanohablante. Porque además Endo tiene la gracia de que, en su condición tan peculiar de japonés cristiano, está en una situación privilegiada para interpretar aquellos momentos o acontecimientos históricos en los que Japón y Occidente se encuentran, cuando no se dan directamente de bruces, y en virtud de ello se ven obligados a entenderse, o a menos a intentarlo.

 
Y en el caso de la novela El samurai, vemos un análisis minucioso de ese proceso, un proceso que desemboca en el absoluto fracaso del proyecto común. Vale que Endô, insisto, recurre a la ficción y altera sustancialmente los hechos históricos, que no fueron exactamente como él los narra, pero la esencia del momento histórico queda sagazmente captada, al margen de todo artificio literario: se describen dos mundos fanatizados, el del Imperio español, y el del Japón de los primeros años del periodo Edo. En el Imperio español, si no eras católico, eras hombre muerto; y en el Japón de Edo podías morir exactamente por todo lo contrario: por ser católico. Estaba claro que dos mundos así no podían entenderse ni para formar pareja en una partida de mus. Y así de mal (no cuento más) les fue a Hasekura y compañía en la novela de Endo.

 
Pero El samurai no se queda en la mera novelita histórica de aventuras. De hecho, no es una novelita histórica de aventuras de esas que ahora se leen tanto y se escriben más, y que en ocasiones te dejan intelectualmente más vacío de lo que estabas antes de iniciar su lectura. Lo que Endo pretende, al narrarnos la odisea del equipo de Hasekura, es ahondar en el otro viaje que experimentaron los miembros de la expedición: el viaje interior, la transformación profunda y paulatina de que van siendo objeto, la génesis de la duda ante el descubrimiento del otro y de sus valores espirituales, todo un hallazgo en un contexto histórico en que, como ya dije líneas más arriba, el fundamentalismo y la cerrazón eran moneda de uso común. Y en eso reside el valor de esta historia: en lo bien que se describe cómo va brotando en Hasekura el germen de la duda, en su escalonado descubrimiento de un mundo opuesto al que conocía en su Japón natal, y que a ratos va odiando, y a ratos le va cogiendo cariño. Y el valor es doble en cuanto a que descubrimos (lo confesaba el propio Endo) que la novela histórica es en parte una novela autobiográfica, pues a Endô la religión cristiana también le fue impuesta, pues su familia profesaba esa religión, pero a él no le convencía demasiado. Como a Hasekura, los crucifijos le inspiraban más incomprensión y repugnancia que otra cosa, con ese “dios” torturado y envuelto en harapos que poco tenía de glorioso; pero los años y un mayor conocimiento del lado miserable de la vida le fueron proporcionando las bases para el acercamiento a una fe que posteriormente se convirtió en algo genuinamente suyo.

 
En definitiva, El samurai es la lectura ideal para todos aquellos que siempre buscan el “algo más”, porque sin duda que lo van a encontrar.

 

viernes, 7 de marzo de 2014

"Diario de una vagabunda", de Hayashi Fumiko


Hay literatura de la de verdad, de esa que no persigue objetivos comerciales, que no piensa más en el lector o el editor que en el autor; de esa que solo puede salir del corazón, o de las vísceras, o incluso de ambas en mayor o menor grado de proporción. Es lo que creo que sucede con Diario de una vagabunda, la curiosa e inquietante aportación autobiográfica de la escritora japonesa Hayashi Fumiko (1903-1951), mujer que, según se desprende de la lectura de su libro, las pasó bastante putas a lo largo de su corta vida, sobre todo en sus años de infancia y juventud (los que describe su libro, escrito en 1930), pero eso no le impidió en todo momento luchar con encono para tratar de ser ella misma, aunque para ello tuviera que navegar contra viento y marea. En las páginas del Diario de una vagabunda se ofrece un catálogo de todos los amores y los odios de Hayashi Fumiko, que trataba de ser escritora y, más audaz si cabe, vivir de ello. Pero ni los tiempos ni el lugar en los que le tocó vivir parecían ser los mejores aliados para lograr semejantes objetivos, y entonces ahí vemos a Fumiko viéndose obligada a desempeñar trabajos ingratos, a acercarse a ciertos hombres por necesidad, a vagar por todo lo largo y lo ancho de la geografía japonesa en busca de lo que Tokio no podía ofrecerla. Nos encontramos con un espíritu libre, que no dudaba en criticar mordazmente a los intelectuales de su época que se abonaban a la literatura proletaria y que veían en la revolución socialista la panacea que les iba a librar de todos los males, si bien en un momento de su vida su libertad incurrió en la contradicción de aceptar trabajos de cronista en varios lugares de Asia colaborando con el régimen dictatorial japonés. Pero bueno, muchos escritores han tenido similares borrones en sus trayectorias; recordemos al premio Nobel noruego Knut Hamsun (por cierto, apreciadísimo por Hayashi Fumiko, y a quien cita en más de una ocasión en el Diario de una vagabunda), que en la Segunda Guerra Mundial acabó apoyando al régimen nazi. Aun así, con todas sus contracciones, o precisamente por ellas, la figura de Hayashi Fumiko merece la pena conocerse. Y, gracias a los de Satori (una vez más), es posible conocerla.