jueves, 23 de febrero de 2012

"El ocaso", de Osamu Dazai


Llegó la hora de saldar mis cuentas literarias con Osamu Dazai (1909-1948), figura emblemática como pocas de las letras japonesas de la primera mitad del pasado siglo. Y para empezar a rendir a Dazai el tributo lector que se me merece, El ocaso (Shayô, 斜陽) es una acertada elección, o al menos esa es la sensación que el texto me ha transmitido.

Impacta comprobar que Dazai, a un año de su suicidio, logra registrar de forma precisa y en unas pocas páginas todo el desencanto que le andaba rondando la cabeza por aquel entonces, como miembro que era de una sociedad (la japonesa de posguerra) que se veía ante la necesidad y el reto de afrontar cambios muy radicales en su identidad, cambios para los que buena parte de los nipones, anímicamente asfixiados en la derrota, no estaban lo suficientemente preparados ni motivados. Y quizás fue por eso que Dazai decidió quitarse de en medio con solo 39 años. Digo "quizás", porque los verdaderos motivos de aquello lógicamente solo los conoce el propio escritor y posiblemente Tomie, su amante, que decidió acompañarle en el acto suicida.

Lo cierto es que toda esa sensación de amarga decadencia y de incertidumbre, que envolvía a aquel Imperio del Sol Poniente que era aquel Japón inmediatamente posterior a 1945, queda magistralmente personificado en el trío protagonista de El ocaso, que son los tres supervivientes (una madre y sus dos hijos) de una rancia pero arruinada familia aristocrática que naufraga en medio una época en que es irrelevante poseer sangre azul.

De los tres personajes me quedo con Naoji, el hermano varón, que se muestra como un trasunto del propio Osamu Dazai: personaje nihilista y dostoievskiano, desencantado de la vida tras haber servido como soldado durante la guerra, encuentra sólo válvulas de escape en el consumo de drogas. Y al final, ni tan siquiera con eso. Su lógica argumental sobre el suicidio, vertida en un sobrecogedor testamento al final de la novela, acaba resultando incontestable, merced a un planteamiento tan rotundo como minimalista: "Si tenemos derecho a vivir, tenemos derecho a morir".

En cuanto a la madre y a Kazuko, la hija, son el contrapunto moderado a los excesos de Naoji, aunque representan igual que él (o puede que incluso con más fuerza) toda esa decadencia nobiliaria, todo ese férreo anclaje en el pasado. La madre, arruinada en la economía y en la salud; y la hija, que sueña con el amor que una vez tuvo (está divorciada) y anda detrás de un tal Uehara que no hace más que darle largas. Patético cuadro humano para una patética situación coyuntural que no es otra que la del Japón recién derrotado en la Segunda Guerra Mundial.

El libro está agotadísimo, como últimamente es norma cuando se trata de buena literatura. La edición en español más reciente es la de Txalaparta (2004), aunque yo he utilizado la de Luna Books, una editorial ubicada en Japón y que publica obras literarias clásicas de ese país traducidas al castellano, la mayoría por Montse Watkins, como en el caso que nos ocupa. Por si el agotamiento de las ediciones no fuera suficiente obstáculo para acercarse a esta novela, resulta que El ocaso tampoco es un libro disponible en formato digital, según parece, ni por vía legal, ni por vía pirática... En definitiva, que a quien desee leerlo no le queda otra que emprender una romería por todas las bibliotecas públicas de su ciudad, con el ánimo de que alguna de ellas albergue milagrosamente un ejemplar de la obra.

martes, 31 de enero de 2012

"El pabellón de oro", de Yukio Mishima


"Si quemo el Pabellón de Oro, cometeré un acto altamente educativo. Gracias a ello, las gentes aprenderán lo insensato de concluir por analogía en la destrucción de cualquier cosa, aprenderán que el simple hecho de haber seguido existiendo, de haber permanecido de pie sobre las riberas del Espejo del Agua durante 550 años no implica garantía de ninguna clase; [...] las gentes aprenderán a estar menos seguras, con la inquietud de pensar que mañana mismo pueden ser arrojadas como un desecho..."

Así de "didáctico" se muestra el protagonista de esta novela, basada en un hecho real: el incendio que sufrió en 1950 el emblemático monumento de Kinkakuji en Kioto, provocado por un joven monje llamado Hayashi Yoken que, según la Wikipedia, estaba "con las facultades mentales alteradas". No digo que no sea cierto (de hecho los informes psiquiátricos de Hayashi Yoken hablan de esquizofrenia y manías persecutorias), pero la versión novelada que Yukio Mishima (1925-1970) nos proporciona de los hechos en El pabellón de oro (1955) nos acerca a una personalidad mucho más compleja y fascinante que la muy desoladora y bastante simplista realidad clínica. En el texto de Mishima nos encontramos con un personaje que tiene unas ideas muy claras (aunque siempre flotando frágilmente en un profundo mar de dudas), a la par que obsesivas y delirantes (como el propio Mishima) sobre conceptos como la belleza, lo efímero y lo eterno. Y en el centro de sus inquietudes filosóficas, se encuentra el Pabellón de Oro del templo de Rokuonji, donde reside en calidad de monje novicio al servicio de un sacerdote que fue amigo de su ya fallecido padre, también sacerdote budista. La tartamudez del joven monje, unido al odio (justificado) hacia su madre, lo convierten en un personaje singular, algo retraído y meditabundo.

Lo que más me ha gustado de esta novela es que he podido encontrar en ella por primera vez (o al menos con más firmeza que en obras anteriores) los principales temas que preocuparon a Mishima en la segunda mitad de su vida, como por ejemplo ese odio irascible hacia el nuevo Japón que surge de las cenizas de la derrota en la Segunda Guerra Mundial; la llamada a cometer actos concluyentes y algo extremos en cuanto a su simbolismo y a sus consecuencias; un intenso sentido de la estética capaz de influir sobre cualquier otro aspecto del pensamiento...

No es una obra sencilla de leer (Mishima no lo suele ser), pero no por ello deja de ser un trabajo para disfrutar, haciéndose el lector algo cómplice de las ideas y de los actos de este cautivador híbrido de pirómano y pensador zen; actos que a veces son rotundos y firmes, pero a veces vacilantes y contradictorios: de nuevo Mishima se mira al espejo en su personaje.

La obra fue publicada en español por Seix Barral, pero como lleva siglos descatalogado, yo me lo descargué gratuitamente de internet y sugiero a quienes deseen leer esta preciosidad literaria, que hagan exactamente lo mismo, pues no podrán conseguirlo pagando... Si de libros se trata, desgraciadamente se está conviertiendo en habitual que uno desee gastar su dinero en alguno y las editoriales no le brinden la posibilidad de hacerlo.

viernes, 27 de enero de 2012

"La presa", de Kenzaburo Oé


Aprovecho que acabo de ver la película Shiiku (飼育) de Nagisa Oshima (1961) para hablar de la novela corta homónima de Kenzaburo Oé en la que el filme está basado, y que leí hace un par de años. Publicada en 1957, es una de las primeras obras del Premio Nobel japonés y la que permitió descubrir su talento literario al público de su país. En español fue publicada hace casi una década por editorial Quinteto bajo el título de La presa, y antes también la editó Anagrama. Ahora ambas ediciones están agotadas (por lo menos, en las librerías de Madrid que visité hace unas semanas no las tenían), así que quien quiera leer esta obra tendrá que descargarse de internet el .pdf correspondiente; para que luego digan que la gente piratea: ¡Si es que muchas veces no nos queda otra, desde que a las editoriales solo les da por publicar best-sellers! Si alguien está interesado en comprar La presa, no puede hacerlo, y tiene que adquirir el texto por conductos no comerciales... Así están verdaderamente las cosas, y quien quiera interpretar de otra forma el fenómeno de las descargas, allá él/ella.

Hale, ya he descargado mi dosis diaria de adrenalina, así que ahora, ahíto de bienestar, me centro en el libro: la acción transcurre en plena Segunda Guerra Mundial. Un avión militar estadounidense cae por accidente en los alrededores de una humilde aldea japonesa de la isla de Shikoku, cuyos habitantes descubren que el único superviviente de la catástrofe es un oficial de raza negra (o afroamericano, para que no se me enfaden los apóstoles de lo políticamente correcto), lo cual deja descolocados a estos paisanos, porque ellos tenían una idea bastante peyorativa de la gente de este color y se los imaginaban poco menos que como inocentes animales, así que no se hacían a la idea de que los afroamericanos pudiesen también estar participando en los cruentos bombardeos a las principales ciudades japonesas.

Los aldeanos someten al soldado y lo encierran en un granero. Durante el cautiverio del militar, los niños son los que tratan de aproximarse a "la presa" y descubrir que su huésped forzoso no es tan diferente a ellos como creen. Uno de estos niños nos narra en primera persona la historia.

Pero las cosas dejan de ir bien y se acaban torciendo...

La novela es algo autobiográfica, pues recoge las vivencias que el propio Kenzaburo Oé sin duda atesoró durante su infancia, que transcurrió en su modesta localidad natal de la isla de Shikoku durante los años del citado conflicto bélico.

Una novelita muy recomendable, fácil de leer (rasgo que no siempre se da en la literatura de Kenzaburo Oé) y que rezuma sensibilidad por cada página, gracias al tamiz que representa la óptica infantil de ese anecdótico acontecimiento en el seno de una guerra mundial que a ojos de los niños es difícil de entender. ¡Descárguensela!

martes, 17 de enero de 2012

"Flores de verano", de Tamiki Hara


Por fin me animé a emprender la lectura de este libro, lectura que tenía pendiente desde hace seis meses porque siempre había encontrado algo mejor (según mis preferencias y mi criterio) que leer. Deduzco que debo tener alguna especie de instinto oculto que me permite jerarquizar los libros adquiridos en función de la buena o la mala impresión que su lectura me va a causar, porque, como me temía, este Flores de verano no me ha resultado todo lo satisfactorio que debiera.

Y el caso es que me atraía el tema: relatos sobre el bombardeo atómico de Hiroshima narrados por Tamiki Hara (1905-1951), autor que fue superviviente de aquella tragedia, es decir, un representante del movimiento literario llamado genbaku bungaku ("la literatura de la bomba"), destinado a describir y narrar los hechos vividos (sufridos) en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en aquel mes de agosto de 1945, así como las terribles consecuencias para la salud de muchos de quienes tuvieron la mala suerte de salir con vida de aquello pero sin encontrarse lo suficientemente lejos como para no verse afectados por las radiaciones y sus efectos colaterales.

Ya digo que la sinopsis del libro apuntaba buenas maneras, como también lo hace la buena introducción biográfica que el traductor Fernando Cordobés hace sobre la figura de Tamiki Hara, un personaje cuya singular vida ofrece datos como para armar una novela: un licencado en Literatura Inglesa que hacia 1930 hacía incursiones en el movimiento de la literatura proletaria, tan de moda en el Japón de aquellos años (recordemos Kanikosen), pero que pocos años después se convierte en una especie de dandi, a la par que putero (llega a secuestrar a una prostituta en Yokohama, a la que mantiene secuestrada durante un mes, hasta que ella logra escapar). En 1933 sienta la cabeza y se casa, pero su mujer fallece once años después y eso le hace caer en una profunda depresión que le hace abandonar el Tokio donde la pareja había vivido, para trasladarse a Hiroshima, la ciudad natal de Hara, justo unos pocos meses antes del lanzamiento de la bomba atómica sobre esa ciudad, acontecimiento del que él fue testigo y superviviente, y consideró que había que contarlo. Años después, en 1951, quizás sintiéndose incapaz de seguir viviendo con el lastre emocional de aquella terrible experiencia, se suicidó arrojándose a las vías del tren, pero no sin antes dejarnos tres relatos costumbristas y dramáticamente descriptivos sobre lo que fueron aquellos traumáticos hechos del 6 de agosto de 1945. Esos cuentos, que la editorial Impedimenta recopila y publica por primera vez en español con traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, son Flores de verano (1947), De las ruinas (1947) y Preludio a la aniquilación (1949). Siguiendo el orden cronológico de los hechos descritos, que no de la publicación de los textos, Preludio a la aniquilación sería el primero que habría que leer (y por eso figura en primer lugar en la edición de Impedimenta), pues nos introduce a la situación de la familia protagonista de los tres relatos, una familia de Hiroshima con tres hermanos, uno de los cuales, Shôzô, regresa a la ciudad después de haber estado unos años fuera (es evidente que Shôzô es trasunto del propio Tamiki Hara).

Bueno, son tres relatos que se leen con facilidad y en breve tiempo, si bien no dejan demasiada huella... No sé si es que ya estoy curado de espanto y no me impresionan en absoluto los relatos sobre el horror del holocausto nuclear o de cualquier otro tipo de catástrofe bélica, pero lo cierto es que hay ejemplos de este tipo de literatura que han sido capaces de tocar en lo más profundo de mi alma, como La tumba de las luciérnagas de Nosaka. En los tres cuentos de Tamiki Hara veo el mérito que tiene la templanza de ánimo en alguien que, habiendo sufrido aquel horror, fue capaz de contárnoslo para que lo supiéramos y no lo olvidáramos; pero poco más. Hara tenía algo que contarnos y la necesidad de hacerlo (necesidad fundamental para poder iniciar cualquier proceso creativo literario), y así lo hizo. Sin embargo, me quedo con la idea expresada por Fernando Cordobés en la introducción y que viene a corroborar mis sospechas: "De no haber sufrido la experiencia de la bomba, [Tamiki Hara] quizás no habría ocupado un lugar destacado en el panorama literario de su época". Y es que el panorama literario japonés de posguerra no dejaba hueco a autores mediocres: eran los años en que Yukio Mishima iniciaba su fulgurante carrera literaria, mientras que los más veteranos Yasunari Kawabata y Junichiro Tanizaki enriquecían las suyas con algunas de sus mejores obras.

En definitiva, Flores de verano me ha parecido un trabajo necesario por lo que nos cuenta, pero prescindible por lo literario. Si no se lee, no pasa nada. Pero como tampoco va a pasarles nada si lo leen, ¡anímense!

jueves, 12 de enero de 2012

"La escopeta de caza", de Yasushi Inoue


Había escuchado y leído buenas opiniones y críticas sobre esta brevísima a la par que profunda e inquietante novela de Yasushi Inoue (1907-1991), que se puede leer perfectamente de principio a fin en una sola mañana. De todas esas reseñas, me quedo con el análisis que aquí publica Orlando Betancor, de la Universidad de La Laguna, y que viene a disertar sobre el tratamiento que Inoue hace en La escopeta de caza (1949) de la soledad, tema central de cuantos se alojan en las escasas 100 páginas que integran el libro.

En efecto, la soledad se alza como el principal problema humano que se debate en la obra. La soledad, ese concepto que ha sido objeto de tantas y tantas metáforas y personificaciones en la literatura, el cine y otros medios: la soledad del corredor de fondo, la soledad del portero ante el penalti, la soledad del opositor a notarías, la soledad del lector de novelas... Inoue le da una vuelta de tuerca al asunto y localiza el paradigma de la soledad en el cazador que recorre exhaustivamente montes y cotos con una escopeta como única compañía. Una imagen que Inoue anuncia en el prólogo de la novela y que resulta bastante certera si uno se pone a pensar en la literatura cazadora, da igual si ficción o ensayo, de Miguel Delibes (1920-2010), por poner un ejemplo de sobra conocido por el lector hispanohablante.

La soledad, una de las grandes preocupaciones de la sociedad nipona contemporánea, lo que queda una y otra vez reflejado en la literatura y el cine, vemos que ya interesaba a Inoue hace más de 60 años y se alza como asunto principal en La escopeta de caza, aunque abordado con una maestría que lo hace permanecer tímidamente oculto hasta las últimas páginas; de hecho, en los inicios uno cree que se dispone a leer un drama típico sobre adulterio y relaciones de amor-odio entre personas de distinto sexo. Y una inquietante escopeta que está presente incluso en el título y que luego goza de un protagonismo menor que el esperado.

Aparte del tema, es muy sugerente la estructura de la novela, que entra de lleno en el género epistolar, en desuso en Occidente desde mediados del siglo XX pero al que Yasushi Inoue no duda en recurrir. Tres cartas escritas por sendas mujeres, cada una de las cuales ha conocido al protagonista de la historia, un cazador casado que tiene relaciones adúlteras con una divorciada. La esposa, la amante y la hija de ésta son las tres autoras de las misivas, en donde se recuerda al hombre que está más solo que la una: la hija de la amante, que sabe lo que ha pasado por el diario de su madre, no quiere volver a verle; su esposa legítima, que conoce su relación desde hace tiempo, le manifiesta su odio; la amante, aquejada de una severa enfermedad, yace en su lecho de muerte, desde donde lanza unas crudas reflexiones sobre amar y ser amado que acaban de hundir al cazador en la miseria...

No son interpretaciones o versiones diferentes de un mismo hecho, como sucedía en Rashomon, el relato de Akutagawa. Aquí se ponen las cartas sobre la mesa desde el comienzo y conocemos a culpables, a víctimas y, más exactamente, a víctimas-culpables. lo que tenemos es tres formas distintas de sentir y de vivir unos hechos que son evidentes, objetivos e incuestionables. Lo fabuloso es la enorme exposición de sentimientos, anhelos y deseos que desfilan por tan escasas páginas: Inoue nos da una exhibición de economía expresiva.

Fue publicada en español por Anagrama en 1988 (yo he manejado la tercera edición, de 2003), con una traducción de Javier Albiñana y Yuna Alier (colaboración) que merece, como poco, un "tironcillo de orejas", sin ánimo de que nadie se moleste. Aunque en los créditos así no figura, salta a la vista que no es una traducción directa del japonés, sino una traducción hecha a partir de una versión inglesa: ello se nota cuando Shijô-dôri, la famosa calle de Kioto, aparece en el texto como "Shijo Street"... Digo yo que, o lo dejas en Shijô-dôri, o lo traduces completamente en español como "Calle de Shijô". Lo mismo sucede cuando se cita a "Mito City", lo cual quedaría muy lindo si dicho lugar estuviera en Arkansas, pero lo cierto es que se halla en la Prefectura de Ibaraki. ¿Había alguna razón de peso para no traducirlo como "Ciudad de Mito" o simplemente "Mito"? Otro tanto sucede cuando expresan la velocidad de un corredor en "millas por hora" (claro, en la traducción inglesa venía así). Opino que si se traduce desde otra lengua que no es la original (una práctica que, de entrada, suele gustarnos bastante poco a los lectores), se debería advertir, aunque solo sea por una cuestión de honradez intelectual. Aparte de eso, se observa en ocasiones algo de pobreza e imprecisión léxicas en el castellano empleado por los traductores. Para muestra, un botón: "la casi isla de Izu"... Una "casi isla" es eso que en las clases de Geografía de primaria llaman "península", ¿verdad? Pues eso: la península de Izu.

Está claro que el libro perfecto no existe, aunque en esta ocasión las principales imperfecciones no son atribuibles al autor.

domingo, 8 de enero de 2012

"Al sur de la frontera, al oeste del Sol", de Haruki Murakami


No es ni por asomo la obra de Murakami que más me impacto: siempre me pareció una especie de "remake" de Norvegian Wood (otra que tampoco me hizo un excesivo tilín). Pero bueno, por aquello de que me encontraba realizando un expurgo a mi biblioteca y esta novela va a acabar en otras manos que no son las mías, sí quería al menos rescatar algunas de esas frases brillantes que Murakami siempre tiene y que en esta obra tampoco podían faltar:

"A veces, hay personas que pueden herir a los demás por el mero hecho de existir."

"Hay muchas maneras de vivir. Hay muchas maneras de morir. Pero eso no tiene ninguna importancia. Al final, sólo queda el desierto. El desierto es lo único que vive de verdad."

"Nadie se sumerge en ninguna aventura esperando resultados mediocres. La gente, pese a tener un chasco nueve de cada diez veces, desea tener al menos una experiencia suprema, aunque sólo sea una vez. Y eso es lo que mueve el mundo. Eso es el arte, supongo."

jueves, 5 de enero de 2012

"Tatuaje", de Junichiro Tanizaki


Como toda mi vida he procurado ser original en mis propósitos para cada año entrante, esta vez no iba a hacer una excepción. Por tanto, para 2012 no me he marcado como objetivos aprender inglés o dejar de fumar, sino saldar la deuda pendiente de lecturas que tenía con uno de los pesos pesados de la literatura japonesa del pasado siglo: Junichiro Tanizaki (1886-1965).

Hasta ahora, de Tanizaki solo había leído El elogio de la sombra (1933), su certero ensayo sobre el sentido de la estética en Japón y su comparación con la idea que de la belleza se tiene en Occidente. Ya iba siendo hora de dedicarle el tiempo que se merece a su repertorio de obras de ficción, y qué mejor forma de iniciar ese recorrido por su bibliografía con el relato Tatuaje (1910), uno de sus primeros trabajos, del que he podido disfrutar gracias a la elegante edición de Rey Lear, con traducción de Naoko Kuzano y Alicia Mariño (que también es prologuista del libro), e ilustraciones de Manuel Alcorlo.

En las escasas páginas de este relato uno percibe que el profundo conocimiento que Tanizaki demostró poseer en materia de arte y de estética, tanto de Japón como de Occidente, en El elogio de la sombra, no es sino el fruto de toda una vida dedicada a observar el sentido de la belleza en el género humano y a tratar de entender las reacciones que su percepción provoca en el genio creador, sea cual sea la forma de expresarlo. Y es que Tanizaki universaliza la estética; la ve por doquier y no solo en las más sublimes manifestaciones artísticas. Así, si en El elogio de la sombra partía de la oscuridad de unas letrinas japonesas para formular su lograda teoría de la sombra como elemento capital del universo estético nipón, en el relato que ahora nos ocupa se interesa por las inquietudes estéticas de un tal Seikichi, "que se había ganado la vida como pintor de la escuela de los Utagawas de ukiyoe, de los maestros Toyokuni y Kunisada". Y sin embargo, ese Seikichi que parecía estar destinado a convertirse en un genio de la pintura, acaba "descendiendo a la condición de tatuador", aunque eso no le impide poseer su propia visión de la belleza, así como del placer, lo que queda perfectamente registrado en el relato: el cuerpo de sus clientes es el lienzo en el que Seikichi plasma su obra, lo que le lleva a ser muy exigente con quienes acuden a sus servicios, porque este tatuador no solo no admite a cualquiera en su estudio, sino que somete sin piedad a un inimaginable repertorio de dolores a los pocos privilegiados que logran hacerse sobre su epidermis con los favores del artista.

Se puede decir que Seikichi vive en una obsesiva búsqueda del cuerpo perfecto, pero es el descubrimiento fortuito de unos pies femeninos lo que le lleva a entender que ya ha encontrado lo que quería... En definitiva, buena carga sadomasoquista y fetichista la contenida en este lindo relato, que lo hace más atractivo si cabe. Precisamente esos elementos que en el prólogo de Alicia Mariño son presentados como algo transgresor y como un ejemplo de la influencia de la literatura occidental sobre Tanizaki (y no digo que no sea cierto), podrían también interpretarse como el sólido conocimiento que Tanizaki poseía del sentido de la estética y de las perversiones (si es que ellos lo veían como perversiones) que tenían los japoneses durante el shogunato Edo (1600-1868), y que a veces queda reflejado en trabajos de ukiyoe como El sueño de la esposa del pescador de Hokusai. Además, el texto de Tanizaki deja bien reflejado que aquella era una época en que la costumbre de tatuarse la práctica totalidad del cuerpo era bastante popular en Japón, a diferencia de lo que sucede a día de hoy, cuando la mayoría de los japoneses sigue considerando el tatuaje como un hábito propio de colectivos delictivo-marginales o, en el mejor de los casos, algo típico de gaijines.

Y de las ilustraciones de Manuel Alcorlo, debo decir que no son el tipo de dibujos que a mí me llaman la atención ni me provocan reacciones favorables, porque reconozco que para esto soy muy de tópicos y hubiera preferido algo más genuinamente japonés, en plan ukiyoe, máxime tratándose de una historia ambientada en el periodo Edo. Sin embargo, soy consciente de la originalidad que tales dibujos muestran, y al fin y al cabo ilustran de manera bastante fidedigna el texto, que al fin y al cabo es de lo que se trata.

En definitiva, un entrañable cuento cargado de sensualidad y erotismo que te asegura una tarde entretenida. Hay que seguir leyendo a Tanizaki.

lunes, 2 de enero de 2012

"Lun Yu. Reflexiones y enseñanzas", de Confucio (Maestro Kong)


Como estos primeros momentos del año son siempre un tiempo para la reflexión y los buenos propósitos, como por ejemplo imponernos las obligaciones (que no se cumplirán) de estudiar swahili, dejar de fumar, correr diez kilómetros diarios o empezar a llevarnos mejor con la suegra, no estaría de más que nos dedicáramos previamente a "entrenar" nuestra capacidad innata de meditar (por increíble que parezca, todos gozamos de esa capacidad, estoy convencido de ello).

Y qué mejor forma de estimular esa capacidad que recurriendo a Confucio (551-479 a. de C.), uno de los pesos pesados del pensamiento y que te llevará a arrojar al cubo de la basura todo pretencioso manual de autoayuda moderno que puedas haber alojado inocentemente en tus estanterías.

Muchas son las ediciones de la obra de Confucio que, con mayor o menor gracia, han sido publicadas en castellano. La que yo manejo y recomiendo es este Lun Yu (reflexiones y enseñanzas) de editorial Kairós, con traducción directa del chino, introducción y notas de Anne-Hélène Suárez, porque me parece una edición muy clarita y manejable para besugos que, como yo, somos poco aficionados al pensamento abstracto... Y aquí habría que añadir oportunamente la manida coletilla "y así nos va", porque Confucio es de esos pensadores que le permiten vislumbrar el lado práctico y provechoso de la filosofía incluso al más neuronalmente miope.

Y por aquello de que al andar se hace camino, qué mejor manera de mostrar lo que es Confucio que mediante la selección de citas que extraje de la lectura del libro:

-"Palabras zalameras y apariencia afable poco tienen de humanidad" (I-3)

-"No me preocupa que los hombres no me conozcan. Me preocupa no conocer a los hombres" (I-16)

-"Quien gobierna por su virtud es como la Estrella Polar, que permanece en su sitio mientras los demás astros giran en torno a ella" (II-1)

-"Estudiar sin reflexionar es vano; reflexionar sin estudiar es peligroso" (II-15)

-"¿Te enseño lo que es el saber? Considera que sabes lo que sabes, considera que no sabes lo que no sabes. Ése es el saber" (II-17)

-"Con mesura pocos yerran" (IV-23)

-"Inicialmente, mi actitud con las personas consistía en escuchar sus palabras y creer en sus actos. Ahora, mi actitud con las personas consiste en escuchar sus palabras y observar sus actos" (V-9)

-"La humanidad consiste en formarse formando a los demás, lograr haciendo que logren los demás" (VI-28)

-"¡Estoy de suerte! Si cometo un error, no pasa desapercibido" (VII-30)

-"Se puede arrebatar el jefe a un ejército; pero no se puede arrebatar la voluntad, ni siquiera al hombre más humilde" (IX-25)

-"Si el señor es recto, todo se hace sin necesidad de que mande. Si el señor no es recto, por mucho que mande, no será obedecido" (XIII-6)

-"Es más difícil ser pobre sin resentimiento que rico sin arrogancia" (XIV-11)

-"De joven no respetar a los mayores, de adulto no hacer nada digno de mención, y de viejo no morir: ¡Esto es ser un bellaco!" (XIV-46)

-"Si un hombre merece que hables con él y no lo haces, desperdicias al hombre. Si no merece que hables con él y sin embargo lo haces, desperdicias las palabras" (XV-7)

-"Quien no reflexiona sobre el porvenir, tendrá inquietudes inmediatas" (XV-11)

-"Sé exigente contigo mismo y poco con los demás: alejarás los resentimientos" (XV-14)

-"Con alguien que no se pregunta qué ha de hacer, no tengo nada que hacer" (XV-15)

-"No corregir los errores: eso es lo que llamo error" (XV-29)

-"Llegué a pasar un día entero en ayunas y toda una noche en vela para meditar. No sirvió. Es mejor el estudio" (XV-30)

-"Enseño, no discrimino" (XV-38)

-"¿De qué sirve que deis guía a un ciego si no lo sostenéis cuando vacila ni le dais la mano cuando cae?" (XVI-1)

-"Solo la persona de sabiduría suprema y la de abyecta estulticia no cambian" (XVII-3)

-"Quien a la edad de cuarenta sigue siendo odiado, lo será siempre" (XVII-26)

domingo, 1 de enero de 2012

"La casa de las bellas durmientes", de Yasunari Kawabata


En estas primeras horas de 2012 pongo de nuevo en marcha en blog tras esta semanilla de pausa navideña. Que el nuevo año traiga momentos de buenas lecturas para todos. Bueno, en verdad mi deseo es que nos traiga buenos momentos en general, pero como lo que nos une es la lectura...

Por iniciar el año con algo que contenga cierta sustancia, aprovecho para recordar esta curiosa novela del nobel Kawabata, de la cual no diré mucho, en parte porque la leí hace varios años y además sigo de vacaciones y aún con leves vestigios de resaca; pero en parte también porque poco hay que añadir al preciso análisis que Mario Vargas Llosa hizo de esta obra en su libro recopilatorio La verdad de las mentiras.

Mi impresión general de esta obra es una profunda curiosidad que me envolvió desde la primera página, y eso que la ausencia de acción (precisamente la falta de acción es protagónica) o de una trama intensa hace que a ratos se pueda volver aburrida (son muchos quienes así lo manifiestan en sus respectivos blogs). Pero merece la pena llegar hasta el final, y descubrir la complejidad que como personaje nos ofrece Eguchi, el viejecillo protagonista que acude con asiduidad a un peculiar prostíbulo que da título a la novela, porque en dicha mancebía las jóvenes (jovencísimas) meretrices son drogadas a fin de que los clientes puedan hacer con ellas lo que les plazca y sin la participación activa de las cortesanas, que son utilizadas como meros objetos inertes destinados a satisfacer la frustrada o inoperativa sexualidad de los vetustos varones que recurren a los servicios de tales casas, que al parecer fueron bastante comunes en el Kioto de finales del siglo XIX y la primera mitad del XX.

La novela no deja indiferente a nadie, y ese es el principal valor que le veo, procediendo de un Kawabata que habitualmente recurre al costumbrismo neutro y ejerce por lo general una labor literaria menos hiriente con los valores establecidos del Japón de su tiempo, a diferencia de otros de sus contemporáneos, como por ejemplo Yukio Mishima.

Un trabajo realista, costumbrista, que a la vez ahonda en el perfil psicológico del protagonista, aunque con unas pinceladas onírico-psicodélicas en la segunda mitad del texto que le proporcionan un matiz de originalidad, de fenómeno único e irrepetible: por eso su lectura se hace necesaria.


lunes, 19 de diciembre de 2011

"Adiós, Shanghai", de Angel Wagenstein


Es la última novela del escritor búlgaro Angel Wagenstein; la última de las tres que componen su trilogía dedicada al destino de los judíos de la Europa Central y Oriental a lo largo del siglo XX. Ya tuve ocasión de comentar la segunda de ellas aquí.

De muchos es sabido que la cosmopolita Shanghai fue, en tiempos de la dominación japonesa de la ciudad (1937-1945), es decir, durante la Segunda Guerra Mundial y en los años previos al conflicto, un lugar donde miles de europeos de toda condición encontraron refugio, huyendo de una muerte violenta que en la Europa de aquel entonces resultaba muy probable y que, en el caso de los judíos u otros colectivos que vivían bajo las garras de la Alemania Nazi, de probable pasaba a garantizada.

Como cabe suponer, los dominadores japoneses y sus colaboradores chinos, que eran aliados de los nazis, no acogían a estas masas de refugiados alentados por un espíritu solidario o humanitario. Muy al contrario, en ellos veían una abundante y sumisa mano de obra a la que se podía explotar y manipular sin apenas resistencia, por carecer de recursos económicos y tener que aceptar las condiciones de trabajo que fuesen pero, sobre todo, por vivir permanentemente bajo el miedo de ser expulsados de Shanghai y devueltos al yugo nazi. Pero por supuesto, no todos aquellos refugiados aceptaban de buen grado tan humillante y precaria situación y se esforzaban por seguir haciendo a su manera la guerra contra los regímenes totalitarios que pretendían regir el destino de todo el planeta.

Y en esa anómala situación que se debate en un mar de paradojas, entre lo tenso y lo relajado; lo decadente y lo avanzado; lo deprimente y lo esperanzador, Wagenstein hace coexistir a un rico repertorio de personajes que sin duda son un digno reflejo de lo que allí se vivió y se sufrió. Una buena trama, con una tensión y plasticidad visual que de nuevo nos hace recordar que este autor procede del mundo del guion cinematográfico. Cabe añadir que Wagenstein no estuvo en Shanghai en aquellos tiempos (y no sé si acaso ha estado después, aunque supongo que sí). Para escribir la novela se documentó acudiendo a los archivos, a las bibliotecas y, sobre todo, escuchando los testimonios orales de quienes vivieron aquello. No es por tanto una novela de corte autobiográfico, tan típica en los autores que fueron testigos directos de los acontecimientos, sino que entra más bien dentro del terreno de la novela histórica, lo cual para mí tiene doble mérito, porque Wagenstein podría haber tomado el camino fácil y habernos contado una "batallita" sobre cómo vivió él personalmente la Segunda Guerra Mundial desde Bulgaria. Ahí se ve el enorme interés que ha puesto este autor en conseguir en su trilogía una descripción objetiva y de interés general sobre lo vivido por un colectivo humano a lo largo de un siglo, más allá del presuntuoso "¡esto es así porque yo lo viví y punto!", actitud que a veces me pone de los nervios.

Muy entretenida y educativa; como regalo de Reyes Magos no quedaría nada mal.

Yo de mayor quiero ser como Wagenstein.

El libro lo publicó Libros del Asteroide y lo tradujo del búlgaro al español Venceslav Nikólov.

martes, 13 de diciembre de 2011

"After Dark", de Haruki Murakami


Aprovecho para hablar de esta novelilla, ahora que en estas Navidades que llegan se la voy a regalar a la callista de mis padres, murakamiana impenitente, y que siempre que pasan por su consulta les pregunta qué tal anda el zumbao de su hijo por Japón, lo cual es de agradecer, máxime si quien te pregunta qué tal andas es callista...

Recuerdo que After Dark fue el tercer texto que leí que Haruki Murakami, y el primero de ellos en una traducción en español (tanto Norvegian Wood como After The Quake los había leído en versión inglesa). El libro llegaba a las librerías españolas precedido de una cierta mala fama de ser probablemente el peor trabajo de ficción de Murakami.

A mí la verdad es que no me dejó mal sabor de boca; por eso mismo lo regalo ahora. Me encontré con una trama donde se reúnen elementos propios del surrealismo, pero también de novela social, negra e incluso de ciencia-ficción y terror. Luego la novela no resulta ser nada de eso y, sin embargo, lo es todo a la vez, vertebrada en una trama intensa que engancha, y que va creándole al lector unas expectativas de cara al desenlace que al final no se producen. Pues precisamente esa característica, que para muchos detractores de este novelista no se trata más que de una "tomadura de pelo", es sin embargo lo que me gusta de este libro en particular, y de la obra de Murakami en general. Parece que este escritor siempre nos brinda en las últimas páginas un guiño burlón, como si nos preguntara: "¿pero qué os creíais?"

Por otra parte, al margen del elemento fantástico o irreal que puebla el universo Murakami, y que por supuesto en esta obra también se convierte en un aspecto capital, After Dark ofrece, además, un buen repertorio de variopintos personajes (lo que es mérito añadido si se hace en las escasas páginas de una novela corta): la chica solitaria que pretende estarse toda la noche leyendo en una cafetería afterhours, el friki buenrollista a la par que algo colgao que va detrás de la chica, la prostituta china, el salaryman sádico que descarga sus iracundas frutraciones contra esas prostitutas, los mafiosillos que viven a costa de tales prostitutas, las encargadas de los love otels (lo pongo sin hache para que no se genere automáticamente un enlace publicitario a ofertas de oteles, otra vez sin hache por igual motivo), etc. Son los personajes que suelen poblar la noche tokiota, a través de los cuales se desvela una solapada denuncia hacia el mosaico de injusticias que componen el mundo del comercio sexual, con sus explícitos casos de explotación, violencia y otra serie de abusos. Pocas veces he visto a Murakami tan acertado en el terreno de la denuncia social como en After Dark. Quizás por eso no sea una obra tan prescindible como se suele decir.

La novela fue publicada en español por Tusquets.

martes, 29 de noviembre de 2011

"Azul casi transparente", de Ryu Murakami


Continúo dedicándole a Ryu Murakami toda la atención que se merece pero que sin embargo aún no había tenido en esta bitácora. Y es que no podía faltar en esta bibliotequilla asiática que poco a poco voy configurando la obra que lanzó a Ryu Murakami al estrellato literario tras su publicación en 1976.

Azul casi transparente, con la que Ryu Murakami llegó a obtener el Premio Akutagawa, uno de los más prestigiosos de la literatura en lengua japonesa, narra las experiencias de un grupo de jóvenes japoneses que viven a la sombra de una base militar estadounidense que les minimiza como personas, pero que paradójicamente constituye casi toda su razón de existir. Lidera el grupo Ryu, un joven bisexual y drogadicto que se relaciona con Jackson, un militar afroamericano de la base que es experto en organizar todo tipo de saraos con prostitutas/os, drogas de diseño o lo que se tercie.

La obra me pareció una ambiciosa y personalísima, a la par que amarga, vuelta de tuerca a En el camino, de Kerouac. Más drogas (de las duras), más sexo (durísimo) y más rock&roll (it's rock). Más mal rollo y más desolación, en una certera galería de personajes desencantados que navegan sin rumbo en un mundo hostil a quienes son diferentes y que por ello no parece tener reservada ninguna plaza para ellos. Es evidente que en esa especie de relación amor-odio que parece guardar con esos estadounidenses a quien él tan bien conoce, Murakami se propone hacerles frente con sus armas literarias, pero modelándolas (mejorándolas casi siempre) en beneficio de su universo literario y vital.

Como anécdota, cabe añadir que en 1979 el propio Murakami dirigió una versión cinematográfica de esta novela, pero mi consejo es que, salvo que estéis redactando una tesis doctoral sobre este autor o que seáis mitómanos impenitentes, no profundicéis demasiado en su más que prescindible faceta de cineasta y os quedéis con la literaria.

Azul casi transparente fue publicada en español por Anagrama.

lunes, 28 de noviembre de 2011

"Sopa de miso", de Ryu Murakami

Leí esta novela hace cosa de cuatro años, impulsado por la curiosidad de ver qué tal era Ryu Murakami, ese escritor que en algunos foros de internet llamaban "el Murakami malo" (¡ellos sí que son malos, jejeje...!).

La verdad es que a mí este Murakami, Ryu, me parece un autor tan imprescindible para entender lo que se cuece por Japón como el otro, el Haruki. Quizás no alcance lo sublime como el autor de Kafka en la orilla (quizás no pretenda alcanzarlo), pero la obra de Ryu Murakami siempre nos proporciona el encanto y el atractivo de aquellos textos que parecen haber sido escritos por alguien que tenía algo importante que contarnos y no se lo podía callar. Y un japonés que como él pasó su infancia y juventud a la sombra de una base militar estadounidense (la de Sasebo, prefectura de Nagasaki), obviamente tiene muchas realidades que revelarnos (y no siempre simpáticas) sobre la idiosincrasia yanqui, particularmente en su relación con Japón.

Esa forzada coexistencia es el caldo sobre el que se cuece esta Sopa de miso (1998), novela negra (o de terror, o thriller, o la etiqueta que se le quiera poner) ambientada en Kabukichô, el afamado barrio putero de Tokio. En ese escenario aparece un turista norteamericano que, como es de esperar, no llega a Japón para hacer meditación zen, y que contrata a un guía local para que le lleve a ver los sitios que no salen en la Lonely Planet... Todo bien hasta ahí; lo que sucede es que nuestro ferviente amante de lo oriental tiene otra pasión menos saludable (si es que la de irse de putas acaso lo es) y que no es otra que la de ir por ahí cargándose a la gente, y además de bastante mala manera... Y eso lógicamente provoca un giro en las relaciones entre el guía japonés y el cliente gaijin.

La novela va cobrando una gran tensión a medida que avanza la trama, pese a que desde el comienzo de la misma ya sabemos quién es el asesino. El final podía haber estado un poquito más currado, porque con una trama tan intensa uno esperaba algo más como desenlace. Desde luego, reconozco que esa metáfora final de la sopa de miso no me ha convencido demasiado; la veo muy forzada. Pero teniendo en cuenta que en su momento tampoco me pareció convincente la metáfora del guardián entre el centeno en la famosa novela de Sallinger (obra, por lo demás, fabulosa), pues tampoco significa demasiado: será que simplemente es mi problema al no dejarme convencer.

Sin embargo, me parecen geniales las reflexiones que hace Kenji, que así se llama el guía, sobre Japón, los japoneses y su relación (o falta de la misma) con el mundo "gaijin", crítico y sin pelos en la lengua.

Es una novela entretenida, emocionante, de esas que se leen en un día y que puede servirle al lector de descanso tras haber tratado de digerir lecturas más profundas. Pues eso, que no hay Murakami malo...

Solamente dedico un tirón de orejas a Seix Barral, la editorial que lo publicó en español, porque nos advierten al comienzo: "Traducción del inglés por Javier Martínez de Pisón". ¿Qué pasa, es que todo un pedazo de editorial como Seix Barral no ha podido encontrar un buen traductor que haga una traducción directa del japonés al castellano? Me molesta en grado sumo que las grandes editoriales españolas sigan empeñadas en ofrecernos a los lectores hispanohablantes la cultura de los pueblos y las naciones asiáticas pasando previamente por el tamiz de una traducción inglesa o francesa. Afortunadamente, este tipo de políticas editoriales son cada vez menos frecuentes.

jueves, 10 de noviembre de 2011

"Cantares de Ise (Ise Monogatari)"


Siempre resulta gratificante acercarse a los clásicos, sean del género que sean y pertenezcan a la cultura que pertenezcan. Muy curiosos me han resultado a mí estos Ise monogatari, una obra formada por textos en prosa y poesías, y cuya elaboración se ubica en el amanecer de la literatura en lengua japonesa, a mediados del siglo X, si bien los hechos y personajes citados pertenecen al siglo anterior.

Se trata de una obra de autoría anónima, circunstancia que uno va entendiendo a medida que navega por las páginas de estos cantares: importantes personajes de la época son citados, incluyendo a miembros de la familia imperial japonesa. Se desvelan toda suerte de amoríos hechos y deshechos, reales o ficticios (los especialistas en la obra no se ponen de acuerdo), pero que en todo caso a bien seguro que sacarían los colores a tan ilustres personajes, por lo que poner nombre y apellidos al texto podría resultar una temeridad, si no un motivo para perder el sueño...

Una obra de temática amorosa, como ya he dicho en el párrafo anterior, con un protagonista que, al contrario que su autor, sí posee una identidad: se trata de Ariwara no Narihira (825-880), conocido militar, poeta y, a lo que se ve, alguien incapaz de dejar indiferente a ninguna moza que se cruzara por su camino. De ser cierto lo que se nos narra en los Cantares de Ise, en asuntos de mujeres el tal Ariwara no Narihira era infinito: se las llevaba de calle, y pese a algún que otro comentario clasista registrado en el texto, a la hora de la verdad no parecía discriminar a las amantes en función de su cuna, de tal modo que él siempre se encontraba bien dispuesto tanto para emperatrices como para campesinas (ya digo que el anonimato del autor está más que justificado).

Resulta muy entretenida esta apuesta de amor cortés a la japonesa, a la que no voy a dedicar más espacio, puesto que los entresijos de la obra y el contexto histórico y literario de la misma queda muy bien explicado en la introducción crítica que Antonio Cabezas, su traductor al español, hace en la edición de Hiperión. Son de ese tipo de obras de las que lo mejor que se puede decir de ellas es que se lean.

martes, 8 de noviembre de 2011

"Hombres salmonela en el planeta Porno", de Yasutaka Tsutsui


Yasutaka Tsutsui (Osaka, 1934) es un hombre que está, sin exagerar, muchos pasos por delante del resto. Lo tiene que estar para idear unas historias tan fuera de lo común y tener el valor de escribirlas; pero lo tiene que estar para conseguir que una editorial se desmelene y le publique tales "idas de olla"; pero sobre todo, lo tiene que estar para captar la atención de miles de lectores y ser una de las figuras más relevantes del panorama literario japonés actual.

Será por eso que lo que más me ha gustado de esta colección de relatos es la entrevista a Tsutsui que se incluye al final del libro, realizada por Jesús Carlos Álvarez Crespo, traductor al español de estos textos, publicados por Atalanta. Y lo digo, por supuesto, sin restarle mérito a la calidad intrínseca de los cuentos, pues todos ellos constituyen un canto a la extravagancia y a la vasta imaginación, pero aderezada con una mordaz y sarcástica visión de la realidad social en que a Tsutsui le ha tocado vivir. Pero en esa entrevista están las claves para entenderlo todo; por qué escribe sobre lo que escribe y por qué lo hace como lo hace. Aunque la entrevista sirve de epílogo al volumen de relatos, no puedo dejar de recomendar que se lea en primer lugar, por lo que tiene de esclarecedora.

En esa entrevista descubrimos a un Yasutaka Tsutsui que se aficionó desde joven a la lectura de obras de ciencia-ficción, pero también al visionado de películas de los hermanos Marx, a la vez que de su padre recibió instrucciones de zoología y botánica. Asimismo, la obra de Freud y Jung no le es desconocida a Tsutsui: hagamos un refrito de todos esos ingredientes y no nos extrañará en absoluto que de ello surja una dinamita literaria del poderío de Hombres salmonela en el planeta Porno, el relato que da nombre a toda la colección. Curiosamente, de los seis que integran el volumen, es el que menos me ha convencido, lo que no significa que me haya dejado indiferente (no creo que a nadie le deje frío). Simplemente pasa que ha sido demasiado desvarío para mi gusto, demasiada planta y demasiado animalillo "salidorros", y demasiado expedicionario terrícola con ganas de marcha...

Para cuentos "de alta temperatura", me quedo con El bonsái Dabadaba, donde se narran las experiencias que un asalariado goza (y sufre) con un bonsái que proporciona sueños eróticos a quienes lo instalan en su dormitorio. El cuento me ha gustado porque viola (en el buen sentido de la palabra) descaradamente ese encorsetado principio de taller literario elemental según el cual un escritor se carga su historia si al final todo ha sido un sueño. Aquí se demuestra que los autores que están por encima del bien y del mal trascienden de todo tabú.

Me encantó también Rumores sobre mí, en el que otro asalariado no para de percibir por todas las fuentes de información que le rodean (prensa, tele, megafonía en las estaciones de tren, etc.) noticias sobre su vida personal. Me ha parecido una crítica feroz al poder de los medios de comunicación y cómo estos pueden "fabricar" una noticia o hacer que algo deje de serlo.

También tiene su miga El mundo se inclina, una historia de ciencia-ficción ambientada en una ciudad futurista construida sobre el agua con bolas de pachinko como material de cimentación... Un día descubren que la ciudad se está inclinando, aunque la alcaldesa se empeña en defender que no. Crítica mordaz a los fenómenos especuladores y a la manipulación política e indiferencia ante las catástrofes (sorprende el paralelismo subyacente en las actitudes reflejadas en el cuento y las que la clase política japonesa ha mostrado en la realidad tras el accidente nuclear de Fukushima). El cuento también mete el dedo en la llaga del feminismo radical... Como dice Ana María Matute, la buena literatura está reñida con lo políticamente correcto.

El último fumador, relato de elocuente título, narra la experiencia del último terrícola que, acorralado y al margen de lo legal, sigue encontrando placer en el hecho de meterse humo nicotinado en los pulmones. Podríamos clasificarlo como de ciencia-ficción, pero al ritmo con que van evolucionando las distintas políticas antitabaco del "mundo-mundial", el cuento, más que futurista, casi me parece una crónica periodística.

En definitiva, lo de Tsutsui es de otro planeta. Creo que, aun a riesgo de tener que pedir cita al psiquiatra después, merece la pena iniciarse en la aventura de leer a este autor.

viernes, 28 de octubre de 2011

"Renacimiento", de Kenzaburo Oé


Me dispuse a leer Renacimiento (2000) bastante más atraído y motivado por el personaje principal de la novela que por su autor, y eso que es nada menos que el Nobel japonés Kenzaburo Oé (Uchiko, prefectura de Ehime, 1935). Quería ver como Oé plantaba cara a la nada cómoda (y bastante arriesgada) labor de edificar el personaje de Goro, un director de cine ficticio que no es sino el trasunto del cineasta real Juzo Itami (1933-1997), cuñado del mismo Kenzaburo Oé. Como muchos de vosotros sabréis, Itami fue un director cuyas comedias retrataban los usos sociales del Japón de finales del siglo XX de una forma bastante sincera a la par que descarnada y, sobre todo, muy molesta para ciertos núcleos de poder, como las sectas religiosas, los yakuzas y hasta el mismísimo Gobierno nipón. Su película Minbo no onna (1992) le hizo sufrir una agresión por parte de unos yakuzas que no estaban satisfechos con la imagen ridícula y patética que del crimen organizado japonés se daba en el filme. Cinco años después, Itami se suicidaba tras haberse extendido unos rumores de que le era infiel a su mujer. Y caso cerrado, al menos por parte de la policía. Pero lo que mucha gente se preguntó entonces (y se lo siguen preguntando) es si Itami realmente se suicidó o si "le suicidaron"; de igual modo que les extraña que se quitara la vida por tan absurdo motivo (si todos los artistas se suicidaran por las habladurías, tengan o no fundamento, no quedaría ni uno vivo).

Y uno de los que aún contempla con escepticismo la versión oficial de aquellos hechos es Kenzaburo Oé, quien traslada este asunto a la ficción de la siguiente manera: el director de cine Goro se suicida, lo que lleva a su cuñado, el escritor Kogito, a sufrir una fuerte depresión que le lleva a viajar hasta Alemania para tratar de reponerse y a la vez para averiguar las causas que pudieron llevar a Goro a poner fin a su vida. Sin remilgos de ningún tipo, Oé va desvelando, en boca de Kogito, los sucios mecanismos empleados por la yakuza para forzar el silencio de los intelectuales japoneses que osan hacerles frente.

Una gran novela. Quizás uno espera una trama mucho más intensa y con un mayor suspense y acción, dado que la yakuza hace acto de presencia, y sin embargo nos encontramos con una narración suave, profunda e intimista, que nos adentra en lo que debió ser el universo creador y personal de Juzo Itami y su relación con Kenzaburo Oé, bajo la forma de dos personajes de ficción que, según se va leyendo, no parece que lo sean tanto. Una novela muy valiente, que a ratos incluso se muestra tan sincera como dura, ya no sólo por las sospechas sobre la falsedad del suicidio de Itami y por el retrato que hace de la yakuza, sino también por la severa descripción que se hace de otros personajes que pueden tener cierta correspondencia con la realidad, como se puede ver en este pasaje, digno de un Kenzaburo Oé totalmente desmelenado y sin pelos en la lengua:

Un director de cine procedente de la comedia, que fue premiado en un festival en Italia [¿Takeshi Kitano?], comentó en una visita a Estados Unidos, durante la promoción de una película:

-Mi pobre amigo Goro. Tal vez, mientras contemplaba el suelo desde la azotea del edificio, mi premio le diera un pequeño empujón.

En definitiva, una novela que los incondicionales de Kenzaburo Oé (y de Juzo Itami, faltaría más) deben leer.

La publicó Seix Barral, y me parece que ya hay edición de bolsillo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

"De qué hablo cuando hablo de correr", de Haruki Murakami


Ahora que después de muchos años sin participar en ninguna carrera popular he vuelto, en buena medida por imperativo sanitario, a calzarme un par de zapatillas y salir a la calle a tirar millas a golpe de calcetín, tiendo a dirigir la mirada a aquella literatura de ficción o no que de manera directa o indirecta aborda el tema de las maratones y el atletismo de fondo en general.

No podía pasar por alto este trabajo autobiográfico de Haruki Murakami, donde, a modo de sui géneris salida de armario, el novelista nos revela los entresijos de una de sus facetas personales menos conocidas y quizás menos interesantes tanto para el público general como para sus fieles lectores: la del Murakami que hace footing. Y sin embargo, una vez más Haruki-san da muestras de ese peculiar talento que tiene para lograr que situaciones absurdas o cuestiones aparentemente baladíes se conviertan en objeto de interés, cuando no de declarado fetiche intelectual, para millones de lectores en todo el mundo. Como tantas y tantas personas en el planeta, Murakami hace algo tan simple como plantarse un pantalón corto y bajarse al parque más próximo a su casa para hacerse unos kilómetros al trote. La diferencia es que él nos cuenta en un libro por qué lo hace (y nos lo cuenta bien, aunque también es cierto que él nunca va a tener problemas para encontrar una editorial dispuesta a publicar lo que sea con tal de que lleve su firma); nosotros después lo leemos.

Lo que son las cosas: se trata probablemente de la más realista de todas las publicaciones de Murakami. Aquí no hay fantasía de ningún tipo ni licencias oníricas que valgan. Y sin embargo, me ha parecido la obra más "friki" de cuantas he leído de este autor. Y eso es quizás porque nos tiene tan acostumbrados a navegar por esos improbables universos paralelos que él sabe crear, que cuando se pone a hablar de algo que está sólidamente cimentado en la realidad, resulta extraño e inesperado. Aunque, al igual que sucede en la literatura de ficción de Murakami, en este ensayo abundan las frases y opiniones lapidarias, certeras, rotundas, de esas que son dignas de ser enmarcadas o nutrir las páginas de un libro de citas. Estos son solo tres ejemplos:

"Así es la escuela. Lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí."

"No existe en ninguna parte del mundo real nada como tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura."

"En última instancia, tal vez solo pueda afirmarse una cosa: que quizá la vida sea así. Y que quizá no nos quede otra opción que aceptarla sin más, tal cual, sin buscar circunstancias ni motivos. Como los impuestos, las subidas o bajadas de las mareas, la muerte de John Lennon o los errores arbitrales en el Mundial de Fútbol."

Pero por encima de todo esto, la principal enseñanza que se obtiene de esta lectura es la de que Murakami es un personaje absolutamente modesto en su grandeza, humilde en su gran sabiduría; una persona totalmente "del montón", en el buen sentido de la palabra; un escritor de la gente y para la gente. Y esto que acabo de decir, que en principio debería de ser irrelevante, a mí me parece que es uno de los rasgos que convierten a la figura de Murakami en más atractiva si cabe. Acostumbrados como estamos los lectores (sobre todo los lectores españoles) a toparnos con autores engreídos, ensoberbecidos, aparentes candidatos a una oposición de la estupidez o a una competición deportiva en la que gana el mayor de los gilipollas, resulta de lo más grato comprobar que en tierras lejanas existen autores cuya salud mental fluye pareja a su salud física. Que le dure muchos años al bueno de Murakami.

Este título fue publicado en español por Tusquets y traducido del japonés por Francisco Barberán.

martes, 18 de octubre de 2011

"La caza del carnero salvaje", de Haruki Murakami


Escribo poco sobre Haruki Murakami, y no porque haya leído poco de él (al revés; acudo a sus textos con asiduidad) o porque no me guste lo que escribe (todo lo contrario). Simplemente se me antoja poco original y no demasiado motivador hablar de la obra de un hombre que es admirado y hasta tomado como "canon de lo contemporáneo" por media humanidad según parece. Vamos, que lo de Steve Jobs, que ahora resulta que era poco menos que el padre de todos nosotros, se va a quedar en nada el día en que la palme Haruki Murakami (día que espero tenga lugar dentro de muchísimo tiempo). Compréndase que yo, que siempre me he caracterizado por anotar concienzudamente todo aquello que se debe hacer o pensar según el dictado de los gurús de marras, para a continuación actuar de una forma radicalmente contraria a lo que proponen, poca motivación puedo encontrar en hablar de un personaje (por evitar llamarle "ídolo de masas") tan aclamado y reconocido por individuos y colectividades del más diverso pelaje.

Además, me da incluso miedo decir algo que guarde relación con un señor que muchos querrían ser, a juzgar por la cantidad de escritores y "escritoroides" que dicen "homenajear" a Murakami en sus textos; por no hablar de algún director (directora) de cine que también insinúa haberse inspirado en él. Una editorial española traduce y publica un título cualquiera de un autor japonés determinado, da igual si se trata de novela negra o de haikus, y en la campaña de promoción del libro no pueden evitar la comparación con Haruki Murakami, como si este buen hombre fuera el comodín que sirviese para referenciar todo el quehacer literario del Japón de hoy. Da la sensación de que si vas de rollo japonés y no se te ocurre decir que creas bajo la influencia del gran Haruki Murakami, estás haciendo el indio: vamos, que ya estás tardando en hacerte el seppuku (o en arrojarte a la vía del tren; método mucho más adecuado para los tiempos de Murakami: al César lo que es del César, y a Mishima lo que es de Mishima).

Y hoy, aprovechando que en Facebook se ha estado hablando de La caza del carnero salvaje (1982, publicada en español por Anagrama en 1992 con traducción de Fernando Rodríguez Izquierdo), me he decidido a lanzar esta reseña, con el inconveniente de que leí la novela hace un par de años y no conservo frescos en la memoria todos los pormenores, aunque mantengo los suficientes elementos como para seguir guardando un grato recuerdo de la lectura de una de las primeras novelas de Murakami, de las anteriores a Norvegian Wood (1987). Eran tiempos en los que este buen hombre no era conocido ni en su casa a la hora de la cena (será por eso que esta novela me conmueve más que muchas de las que Murakami ha escrito posteriormente, en plena embriaguez de éxito, cuando hasta las ventosidades emitidas por el genio son susceptibles de metabolizarse en miles de lectores... Y en millones de yenes...).

La caza del carnero salvaje es una obra fresca y de muy fácil lectura, que nos va enganchando a medida que vamos avanzando en sus páginas, con un fino sentido de la ironía y de lo absurdo (en el buen sentido del término). La aventura de su protagonista no tiene desperdicio: un joven tokiota que posee una agencia de publicidad junto a un amigo y se ve obligado a desplazarse a la isla de Hokkaido para buscar un carnero que aparece en una foto que emplearon en una de sus campañas. Al parecer, el jefe de una importante firma tiene ciertos vínculos con ese carnero y por eso es importante dar con el animalito. Más surrealista no puede ser el argumento. Para colmo, si el protagonista no da con el carnero, pasará a formar parte de todas las listas negras de Japón, es decir, que no podrá volver a trabajar en toda su puñetera vida (exagerado, pero no imposible: todo muy entroncado con la cruda realidad laboral nipona).

En definitiva, un delicioso paseo por el Japón norteño y aislado de la mano de Murakami, en una novela cargada de símbolos y magia.

viernes, 14 de octubre de 2011

"Estupor y temblores", de Amélie Nothomb


Hoy me permitiré la licencia de hacer una excepción y hablar de literatura no oriental, aunque se trata de una novela ambientada en Japón y por una autora que, aunque belga de nacionalidad y francófona de idioma, nació en Kobe (Japón), domina el japonés y se supone (aunque las páginas de este libro siembran la duda) que conoce en profundidad la sociedad del país del Sol Naciente.

Incluso he sentido la tentación de decir que voy a hacer dos excepciones si atendemos a lo manifestado en la segunda parte del subtítulo de esta bitácora (lo de "sin arrepentirme después"). Pero me paro a pensar y llego a la conclusión (y supongo que esto nos pasa a la gran mayoría) de que al final ninguna lectura es objeto de arrepentimiento, incluso si lo que se lee decepciona profundamente.

Pues sí, decepción es el regusto que me deja la lectura de "Estupor y temblores". Me temo que me ha pasado lo que a muchos de sus lectores, que nos habían hablado maravillas de esta novela (y de su autora, de quien hasta ahora solo he leído esto), y luego no hemos visto tales virtudes literarias. Lo que me he encontrado es con una novela muy sencilla (en el mal sentido de la palabra), una historia contada como la podría contar cualquiera, con la diferencia de que si la cuenta Nothomb se publica y recibe premios, pero si la cuenta otra persona no pasa ni del misericorde visto bueno en el más elemental de los talleres de escritura.

La acción sucede en el curso de un año, concretamente en 1990. Nos cuenta la historia de una chiquilla belga (la propia autora, pues se ha de creer que todo esto lo experimentó la Nothomb en sus carnes) que es contratada por una empresa japonesa por sus conocimientos de idiomas y experiencia, pero luego, una vez en Tokio, es relegada a las más sencillas tareas, a cada cual más ingrata y humillante. Desde luego, los jefes se lo ponen muy difícil a la joven empleada, pero no menos cierto es que ella da en ocasiones palpables muestras de ineficacia (ciertos problemas insalvables con el manejo de la contabilidad), cuando no de tendencia al cretinismo: da lástima por la propia Nothomb pensar que esta historia pueda tener algo de autobiográfico, por lo que prefiero suponer que tal insinuación no es más que un farol literario de la autora sin consonancia con la realidad.

Vivo y trabajo en Japón, y la descripción que hace del mundo laboral me ha parecido muy exagerada, tomando como referencia lo que percibo por acá en el día a día. Insisto en que la autora pretende vendernos la historia como autobiográfica, pero yo lamento tener que ponerlo en duda: que una persona con dominio del japonés y que llega a Japón esponsorizada por una empresa, sea relegada a la condición de limpiadora de váteres, no es realista (ni tampoco cautiva literariamente como recurso "hardcore" o de "surrealidad", al menos tal como lo cuenta) y no conozco a ningún "gaijin" (extranjero) que haya vivido esa experiencia. A lo mejor es que la situación laboral de los extranjeros (europeos y pijos como Nothomb, claro, que con los asiáticos es otro cantar) ha cambiado mucho en los últimos 20 años, pero sinceramente no creo que la coyuntura en 1990 fuera muy distinta a la de hoy. Muy extravagante (y de nuevo poco creíble) en sus arrebatos de locura y sus delirios de mujer-pájaro sobrevolando Tokio con la mente.

Y muy sosa la relación de amor-odio de corte lésbico-platónico que se trae con Fubuki, su superiora. Si esa situación hubiera caído en manos de otro autor menos ñoño y ajeno a las vocaciones minimalistas (aunque quizás eso sea lo mejor del libro: su levedad; la agonía no se prolonga en demasía), de ahí habría salido un sólido motivo para adorar esta novela.

Estupefacto y trémulo me he quedado... Lo siento, pero no.

martes, 4 de octubre de 2011

"Lejos de Toledo", de Angel Wagenstein


Durante el tiempo que pasé en Bulgaria, que fueron cinco años como el que no quiere la cosa, posiblemente una de las frases que más escuché en labios de mis interlocutores búlgaros al manifestar mi sorpresa ante algunas de sus costumbres o comportamientos (rara vez dejan indiferente al forastero), fue la siguiente: "Bulgaria es Oriente". Una afirmación que podría interpretarse como justificación o incluso como disculpa ante lo que a ojos de un europeo occidental que anda de paso por aquel país balcánico carece de una sencilla y aparente explicación. Y es que Bulgaria en ocasiones puede llegar a ser paradigma de lo irracional (y no se interprete esto como defecto, sino más bien como virtud).

El que caso es que, certera o no, apropiada o no, la frase de marras a mí me viene al pelo para poder hablar en esta bitácora de literatura oriental sobre una novela y un autor búlgaros de los que me apetecía hablar. Y si tenemos en cuenta que el autor, además de búlgaro, es judío, se incrementa más aún el aroma a "orientalidad" en todo este asunto.

Una gran sorpresa fue para mí descubrir hace pocos años a este Angel Wagenstein (Plovdiv, Bulgaria, 1922), un judío sefardí cuyos datos bibliográficos (los que figuran en la solapa de este libro y en la Wikipedia) son ya de por sí la jugosa base para una intensa novela de aventuras. De todos ellos, el que más me sorprendió con diferencia fue uno que le hace acreedor de frases hechas, refranes y topicazos tan recurrentes como "a la vejez, viruelas"; "más vale tarde que nunca" o (quizá el más adecuado) "nunca es tarde si la dicha es buena". Y es que resulta que, a sus 78 años, mientras muchos de sus coetáneos programaban un viaje a Benidorm con el IMSERSO, se echaban su partida diaria de dominó en el centro municipal de la tercera edad, o simplemente se narcotizaban con la programación televisiva de sobremesa, el bueno de Wagenstein decide iniciar una carrera literaria con su novela El Pentateuco de Isaac, que tendrá una buena acogida entre críticos y lectores, y será traducida a varios idiomas,entre ellos al español. En 2002, dos años después de El Pentateuco de Isaac, publica su segunda novela, que es esta a la que hoy dedicamos nuestra atención. Y todavía le han quedado ganas para publicar una tercera: Adiós, Shanghai (2004). Cierto es que Wagenstein había hecho sus pinitos como guionista cinematográfico en la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial, lo que quiere decir que la escritura ficcional no era para él un terreno inexplorado. Aun así, que alguien escriba las tres primeras novelas de su vida en el curso de cuatro años y siendo un octogenario, aparte de que debería ser "carne de telediario" (aunque por desgracia, noticias así no suelen salir en la tele), me parece un ejemplo a seguir (pero por desgracia, no lo suele ser).

De estas tres novelas de Wagenstein, que en su conjunto forman una trilogía dedicada al destino de los judíos de la Europa Central y del Este a lo largo de la última centuria, es Lejos de Toledo la que más nos toca desde el punto de vista temporal, ya que la acción transcurre en el tránsito del siglo XX al XXI, en una Bulgaria ya inmersa (salvajemente inmersa) en la sociedad de mercado y en constante transformación, para lo bueno y para lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad... Es una Bulgaria con muchas lagunas y agujeros negros en su frenético desarrollo, con un pie en la Unión Europea y otro fuera de ella. Una Bulgaria que avanza funámbula en la cuerda floja del desarrollo sin rumbo y ve como principal salvación el potencial turístico de sus escenarios naturales y urbanos, la especulación inmobiliaria y el empacho de ladrillo (algo que resulta peligrosamente familiar al otro lado del Viejo Continente, ¿verdad?).

Y a esa Bulgaria llega, procedente de Israel, Albert Cohen, judío de origen búlgaro que, tras muchos años viviendo en Oriente Medio, regresa a Plovdiv, su ciudad natal, con ocasión de la celebración de un congreso. Y allí revivirá algunos de los momentos más entrañables de su infancia, pero también se dará de bruces con algunos de los cambios que la república balcánica ha experimentado en las últimas décadas, como la presión a la que le someten ciertos individuos mafiosos que andan detrás de ciertas propiedades que la familia de Albert Cohen mantenía en Plovdiv.

En definitiva, es una novela que, como pocas, resume las virtudes y los vicios de la Bulgaria de nuestros días, pero hábilmente acompañada de contrapuntos de nostalgia, y todo ello con un talento narrativo y una plasticidad que dan fe del oficio que Wagenstein tiene como guionista cinematográfico. A ratos tierna, a ratos cínica, a ratos canalla, muy entretenida de principio a fin.

Está publicada por Libros del Asteroide y la traducción del búlgaro corrió a cargo de Venceslav Nikólov.